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Semanario de Junín » Deportes » 16 abr 2020

PANZERI, 42 AÑOS DESPUÉS

La sinceridad en el periodismo deportivo sigue estando de duelo

En un país en donde la indignidad se impone con la fuerza de un modelo, la memoria de Dante Panzeri sigue siendo una herramienta de lucha.


Por:
Ismael A. Canaparo

“El lunfardismo porteño tiene una definición genial del impostor, el embustero, el trepador, el embaucador, el mentiroso que además es seductor, “entrenador” que también lo llaman… ¡El Chanta!  El deporte en general y muy especialmente el fútbol profesionalizado se han convertido en dominio de ese personaje. Los embusteros se apoderaron del deporte como una gran fuente industrial, empezando por falsificar el lenguaje. Punto de partida de todos los desquicios, inmoralidades y sofisticaciones humanas. Si hablamos mal, no podemos pensar bien”, dijo Dante Panzeri en un párrafo de su libro Burguesía y gangsterismo en el deporte” (Líbera, 1974).

El 14 de abril se cumplieron 42 años de la muerte del gran periodista. Desde entonces, la sinceridad está de duelo.

Los vendedores de fantasías pasajeras volverán a exhalar suspiros de alivio y los profesionales del engaño repetirán, bien para adentro, que fue un malhumorado. Dante Panzeri trazará un poco más de cuatro décadas de ausencia y esa es, a esta altura, una tranquilidad bastante larga para quienes sentían o sabían que en cada agachada iban a encontrar a un hombre que los criticaba de pie. El 14 de abril de 1978, cuando murió el más épico de los periodistas deportivos, les dio un descanso injusto a los inmundos y a los torcidos.

Mientras los años sin su pluma se van volviendo definitivamente muchos, Panzeri es de un modo cada vez más nítido el responsable principal de un corte histórico en los modos de mirar, de contar y de entender el fenómeno deportivo en Argentina. Fue el primer analista especializado que comprendió que el deporte suele ser un espejo de lo que no es deporte y que está tan cerca del poder que, a veces, se convierte en una porción del poder mismo.

Si hasta Panzeri hubo lugar para la ingenuidad sobre la incidencia política y social del deporte en la Argentina, después de su obra cualquier ingenuidad se convirtió en complicidad. Si hasta Panzeri la vinculación del periodismo deportivo con los poderosos pudo teñirse de complacencias, tras sus textos cualquier complaciente en transformó en chupamedias.

Jamás fue premiado, nunca recibió siquiera una mención honoraria, ciertamente porque subrayar sus méritos habría desnudado en forma tácita el “chanterío” de los que no se comportaban como él. Así, ni aún muerto, se destacó públicamente su personalidad incorruptible,  limpia y pura hasta lo increíble.

No fue perfecto ni mucho menos. Pero sus detractores le endilgaron defectos que no tenía. Su prédica no era resentida ni triste. Poseía una actitud crítica frente a la vida y frente al deporte. Y, por lo general, a los fanáticos del conformismo, la indulgencia y los oficialismos, les incomoda la condena de cualquier individuo.

Acaso Panzeri no creyó o no logró la integración de su enorme preocupación sobre la sociedad en una voluntad colectiva de transformación que lo sacara de su permanente papel de luchador solitario. O, tal vez, como montones de hombres en el tiempo, no encontró una causa de muchos donde depositar su razón y su fe.

Constituyó, en ese sentido, una metáfora de una conducta bien argentina: cuestionó, pero no tuvo la fortuna de vencer aquello que cuestionaba. Fue brillante, pero su brillantez fue sobre todo solitaria. Y ninguna brillantez solitaria parece haber trastocado alguna vez el orden social de la historia.

A propósito de la violencia y de la vinculación del Estado con el fútbol, esto decía Panzeri en 1974: “Aquella pusilanimería inspirada en causas múltiples, que van desde la especulación politiquera hasta la explotación industrial del fútbol, tiene ahora la vergonzosa ganancia de una corrupción que quizá sea irreversible hasta tanto no se instituyan métodos realmente nuevos de hacer deporte, que acaso deberán apuntar al ideal de casi vaciar las tribunas de espectadores para multiplicar al máximo de su cupo el número de efectivos actores de esta actividad educacional, con cuyo déficit tiene muchísimo que ver el subdesarrollo de nuestra educación integral”.

En cuanto a la visión que tenía sobre las divisiones inferiores, recopilamos apenas un párrafo de su libro “Fútbol, dinámica de lo impensado” (Paidos, 1967): “Cuantitativa y cualitativamente, el fútbol evolucionó mucho más hacia sus mayores cumbres de seducción como espectáculo de ingenio y destreza, a través del instinto de los jovencitos vagabundos que le pusieron su acento picaresco en la creación dictada por la espontaneidad, que no a lo largo de todos sus más pedagógicos y racionalizados procesos de enseñanza organizada en niveles educacionalmente más formales. El fútbol es, en ese aspecto, una de las mejores exteriorizaciones concretas que tendrían los modernos preceptos de educación física que abogan por el entrenamiento de los ‘movimientos naturales’ o el desarrollo de los sentidos que hacen a la manera diaria de vivir. El ‘muchacho de la calle’ está en constante ‘entrenamiento para el fútbol’, en su constante necesidad de esquivar los riesgos y las leyes de vida propias del libertinaje callejero. El ‘muchacho de su casa’ difícilmente tenga otro acceso al fútbol hasta no llegar a la cancha misma. Uno convive con la picardía, el otro convive con el orden. Y el fútbol no es precisamente orden en el sentido académico de la expresión. Mucho más, es desorden. Mucho más que el orden es picardía, siendo que es el ‘arte del imprevisto’. Se ha dicho, con razones bastante sólidas para afirmarlo, que el fútbol es hijo de la miseria. En la Argentina también decimos que ‘el fútbol necesita chicos atorrantes’. Vaya una aclaración muy expresa al respecto: no estamos abogando por un sistema de educación infantil, ni menos aún exponiendo preferencias en la cuestión. Solamente estamos exponiendo un proceso social-deportivo, del que, desde luego, no creemos que se haya dado el proceso ideal para formar mejores ciudadanos, pero sí para formar los mejores futbolistas”.

En enero de 1962, en momentos que ejercía la dirección de El Gráfico, encaró un movimiento llamado “Rearme moral del fútbol y cruzada honoraria de la decencia”, destinado a convocar a los lectores para que se involucraran contra los disturbios en los estadios. La violencia actual no es nueva. Ya cumplió más de 60 años. Estas eran algunas de las frases que esgrimía Panzeri para luchar contra el flagelo, ciertamente de una actualidad rayana al asombro: “Frenemos el caos antes que el caos termine con el orden”, “La batalla tiene aparentemente un fácil ganador: el bien común, usted, los más, todos”, “¿Usted puede dedicarle un rato de su vida al bien común? Si no lo tiene tendrá que tener tiempo para soportar el mal común”, “No le pedimos que use uniforme ni armas, tampoco que arriesgue su vida. Simplemente le pedimos que señale los delitos”, “La alternativa es clara: autodefendernos o sufrir. Defender al fútbol o ver morir el fútbol”, “No tema ser “delator” de la delincuencia. Tema no ser buen argentino permitiendo que el fútbol se siga entregando al delito” y “Somos mayoría los quejosos del caos que nos agobia. Entonces, una minoría no puede agobiarnos en el caos”, entre otras.

Tengo en mi biblioteca una entrevista que se hizo a sí mismo en la revista Satiricón, en 1972, titulada: “Che, Panzeri, ¿qué dejan tus 35 años de bronca?”. Contaba que aprendió a leer con textos de fútbol y que “la causa de la honradez y el no compromiso con el poder sólo le sirvió para vivir tranquilo”. Al referirse a la carrera que abrazó desde la adolescencia, apuntó: “Periodismo, para los periodistas, fue siempre escribir mucho de lo que no se sabe nada. Hay periodistas que se enorgullecen de ello, los hace felices proclamarse caraduras. A mí me daba mucha vergüenza, aunque me decían que ‘así se hace el periodista’”.

Su riqueza expresiva y el invalorable aporte de su archivo, que formó con especial esmero, apuntalaron la solidez de los argumentos que esgrimía, contra los que era imposible intentar una defensa. Por otra parte, el haber llegado a dirigir la revista más importante de Sudamérica hizo más vigoroso su mensaje, con el que gran parte de la ciudadanía se sintió consustanciada. Pero su alejamiento de El Gráfico fue claramente perjudicial para el periodismo deportivo, porque esa publicación varió drásticamente su estilo, que de rigurosamente crítica, se convirtió en conformista y aduladora. Se inauguró entonces, a partir de 1962, la era de “la desmesura del elogio”, que se mantiene invariable en la actualidad, en otros diarios como OLE y en diferentes programas televisivos. De tal modo, hoy es imposible encontrar en el mediocre periodismo deportivo alguien que pueda merecer atención por un mensaje calificado, pues en este medio que carece de maestros, imperan la censura y la autocensura.

Fue un gran periodista. Una utopía impregnada de amarguras. Un corazón que soñaba cambios. Una ilusión que despreciaba corrupciones. Una molestia para los venales. Una obcecación tentada asiduamente por el escepticismo. Hasta un francotirador. Y, fundamentalmente, una conciencia que observaba. Mejor y peor, fuerte y débil, humano al mango, el viejo maestro fue un peleador honesto que amó el deporte y aspiró a elevar la condición humana. En un país en donde la indignidad se impone con la fuerza de un modelo, la memoria de Dante Panzeri sigue siendo una herramienta de lucha.

Es la única profesión en la que basta con ser audaz

“Los periodistas deportivos, con mi inclusión en primer término, somos, en inmensa mayoría, fruto de la audacia de escribir o hablar de lo que sabemos poco. La generalidad ingresó en la profesión porque alguien que subestimó la importancia del deporte consideró que ‘no le hace mal a nadie’. O, simplemente, porque tuvimos amigos, circunstancias o audacia para ejercerla. La hilaridad que produce, como verdadero número humorístico, el vocabulario que se utiliza en diarios, radio o televisión para transmitir y comentar el hoy llamado ‘evento deportivo’, no puede quedar en mera sátira de algo que, en estos momentos, es una de las pocas cosas que nos divierten. Responsablemente, al mismo tiempo que reímos por lo divertido que es escuchar aquel concierto de alaridos y asesinatos dialécticos, es ineludible empezar, alguna vez, a resolver este auténtico problema del subdesarrollo mental argentino”. (Dante Panzeri, La Opinión, 30 de marzo de 1975). 

 

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