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Semanario de Junín » Cultura » 8 may 2020

Leyenda eterna del tango

Los naranjos en flor de Virgilio Expósito

POR ISMAEL CANAPARO.- Se anticipó a una época, principalmente por su impronta lírica. Dueño de una vasta cultura (hablaba cuatro idiomas) heredada principalmente de su padre y de un gran talento musical, compuso también con varios artistas como Enrique Santos Discépolo, entre otros. Tuvo una participación como actor en cine. Obtuvo el Premio Konex en 1995.


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Hijo de padres anarquistas y hermano del también célebre Homero, Virgilio Hugo Expósito cumpliría mañana 96 años. Nació en Zárate el 3 de mayo de 1924 y falleció en Buenos Aires el 25 de octubre de 1997, a los 73 años. Fue un brillante compositor de tango y pianista, reconocido como uno de los músicos más representativos de la generación del 40 y 50.

Al analizar detalladamente su producción autoral, habría que aceptar que ella conforma toda una franja estupenda e inspirada creatividad en la poesía del tango. En rigor, su composición no tuvo continuadores, al menos con esos matices tan suyos. Transmite, acaso, un contraste profundo con los músicos del género, cuyas influencias estilística se han sucedido en todas las modalidades y épocas de su evolución. La inimitable originalidad de Virgilio constituye así un curioso fenómeno que contribuye a resaltar con más nítidos perfiles la sobresaliente personalidad creadora de este excepcional compositor.

Toda lista suele ser arbitraria. Es por eso que su trabajo en tanto años se transforma, apenas, en una pequeña y enriquecedora muestra de la evolución del género durante el siglo XX. Estas son sus obras con letras de su hermano Homero, un maestro de la poesía: “Absurdo” (1940), vals; “Barquitos de papel” (1939, inédito); “Batilana” (1993); “Chau, no va más” (1980), último tango que compusieron juntos; “De zurda” (milonga); “Eso” (foxtrot); “Fangal” (1945), obra póstuma de Enrique Santos Discépolo, terminada con Homero Expósito; “Farol” (1941); “Maquillaje” (1938, compuesto a los catorce años de edad); “Naranjo en flor” (1941),grabada por la orquesta de Aníbal Troilo en noviembre de 1944; “Oro falso”; “Piti piti”, interpretada por Billy Caffaro; “Pobre piba”; “Siempre París” (1942); “Tu casa ya no está” (vals) ; “La Cruz del Sur” (canción) Y “Vete de mí” (1946), un bolero con más de 400 versiones, incluyendo las de Bola de Nieve, Caetano Veloso (en el disco Fina estampa, de 1994, Cantares de la Universidad de Colima (con arreglo del maestro Jaime Ignacio Quintero Corona), Enrique Bunbury (en su álbum "Archivos Vol.1: Tributos y Besos", publicado en 2016).

Claro que tuvo su producción propia, lejos de “Mimo” Expósito, su hermano: “Afuera con el sol” (1978), “Canción de amor a Colombia” (1978), “Como otras tantas veces” (1978), “El eco de nuestra soledad”, “El momento” (1940), “Entre otras cosas” (1965), “Full-time”, “La línea del destino” (1983), “Sólo cuando estás conmigo” (1989), “Todos los días”, “Tontos” (1978), “Chau Piazzolla” (tango instrumental), “Esta semana que no estás aquí” (1980), letra de José Servidio y “Parisien” (tango instrumental, con Héctor Stamponi).

En la adolescencia, las luces del centro, imán poderoso para la muchachada del interior, lo vio recorrer editoriales como "pasador de obras musicales”,  igual que Gershwin en el Tin Pan Alley. Comenzó a incursionar con temas propios, versos y corcheas suyos en "El momento" y, además, con Homero, que estudiaba filosofía y era todo un revolucionario, capaz de ponerle letra a la tonada de un sifonero que pasaba silbando. Con él pergeñó "Maquillaje" "Naranjo en flor" y "Fangal", entre otras.

Ya en Buenos Aires, la casona familiar de Carlos Calvo 2820, próxima a las de Osmar Maderna y Atilio Stampone, se transformó en una verdadera usina creativa con estos dos hermanos "vendiendo azul o gris", frase de "Siempre París", que compusieron sin conocer la Ciudad Luz.

En la última entrevista que dio antes de morir, Virgilio Expósito recordó: “Mi viejo nos puso estos nombres, Homero a mi hermano y Virgilio a mí, y parece que nos anticipaba el camino por el que más tarde anduvimos”. Era una frase que repetía en sus conciertos, siempre antes de tocar alguna canción compuesta junto a su hermano, el poeta Homero. Sus vidas y sus obras están ligadas. Componiendo todos los días, entre ambos construyeron un repertorio ineludible dentro del tango canción. Composiciones como “Maquillaje”, “Chau no va más”, “Naranjo en flor” y el bolero “Vete de mí”, del que se han grabado infinidad de versiones.

Y en esa charla periodística, agregaba: “Piazzolla decía: ‘A mí me nefriega (sic) todo lo que dicen estos tipos. Ahora lo voy a torcer, voy a hacer lo que yo quiero y si no les gusta, que se vayan a la mierda”. Algunos tipos dicen que hay un Piazzolla, vamos a decir, hasta el tango de Pichuco y otro después del tango de Pichuco. Yo digo que hay dos partes en mi vida: hasta los 9 años y después de los 9 años. Homero era un tipo muy inquieto. Cuando yo tenía 9, él ganó un concurso literario, ahí cumple quince y papá le dice: “Bueno, cumplió quince años y va a tener un día solo en Buenos Aires, haga lo que usted quiera. Acá tiene 200 pesos”. ¡Era un sueldo! Entonces Homero vino por primera vez a Buenos Aires solo, se bajó en Retiro y dijo: “Si mi papá caminó hasta Banfield, yo voy a caminar hasta llegar adonde yo quiera”. Empezó a caminar por la calle Maipú y se fue, atravesó Corrientes y encontró la primera casa de música, la Breyer, que vendía pianos. Entra y dice: “Yo de tangos lo sé todo, creo que debo tener todo. Yo busco otra cosa, otros nombres, otra idea”. Entonces, el vendedor le dice: “Usted debería meterse en asuntos de jazz”. “¿De jazz? ¿Cómo es?”. “Vea, siga, camine treinta o cuarenta metros más y se va a encontrar con la casa Neuman”. Entonces Homero va a esa casa que tenía toda la música importada que se pueda imaginar, editada por ellos mismos, y mi hermano se llevó doscientos pesos de música. Incluido todo, todo, ¿eh? No quedaba nada. Cayó en mi casa con la ‘Rhapsody in Blue’, con el álbum de Duke Ellington, toda la música de Gershwin, todo, todo, todo lo que había. Y entonces me dice: ‘Mirá, esto va a ser un despelote, así que si no empezamos por ordenarnos un poco se nos va a armar un quilombo. Porque vos fijate hasta dónde hemos llegado. Tocá este tango que vos tocás’, y yo toqué ‘Churrasca, mi churrasquita’ (canta)”.            

En dos casetes quedó guardada la hilacha de voz de Virgilio contando su vida. En esa entrevista de Radar, el suplemento cultural de Página/12, habló lento, tranquilo, pausado. Se le notaba el cansancio, pero se entusiasmaba al evocar la obra de Francisco Canaro, de Astor Piazzolla, recuperaba la vitalidad mientras revolvía sus cosas en busca de viejas partituras que citaba y tocaba en el piano, en el living de su piso en Recoleta, en el que se amontonaban dos teclados, una computadora, carpetas y estanterías con discos y adornos de su esposa. Era 1997 y sus dos hermanos ya habían fallecido: Homero en 1987 y Luis María en 1992. Había dado clases desde la mañana y estaba en la semana de una mudanza. Fueron cerca de dos horas de anécdotas y recuerdos, habló de lo que quiso pasando del piano al sillón, recitando y cantando fragmentos de sus obras, forzando a que las preguntas interrumpieran su monólogo. Era como si supiese que le quedaba poco tiempo. Fundamentalmente mostró su compromiso con el trabajo y su pasión por el camino emprendido. Contaba su vida cantando sus obras, una ternura recia viaja en su voz chiquita y áspera.

En la última década de su vida colaboró con artistas sobresalientes del rock argentino, primero con Litto Nebbia, luego con Charly García en la banda de sonido de “Funes, un gran amor”, y después con Andrés Calamaro. Tuvo de alumnos a Juan Carlos Baglietto y a Max Masri, uno de los creadores del tango electrónico. También abonó el terreno del proto rock argentino: a fines de la década de los ’50 se convirtió en productor discográfico de Billy Cafaro y viajó a Estados Unidos tocando en un barco con una orquesta de jazz.

Apenas fue una parte del camino que anduvo junto a su hermano y en el que los puso Manuel Juan Expósito. El padre había sido criado en la Casa de Niños Expósitos, el hogar de huérfanos de la calle Montes de Oca, en Buenos Aires, hasta que se escapó de su familia adoptiva, se fue hacia Banfield y después a Zárate, donde comenzó a trabajar en una panadería, luego se empleó en el ferry que transportaba los trenes hacia Entre Ríos, llegó a dominar cuatro idiomas y más tarde fundó una confitería con la que se convirtió en pastelero de profesión, a la vez que se mantuvo activo como poeta y director de teatro con ideas anarquistas.

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