Junín. miércoles 20 de septiembre de 2017
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TRAGEDIA AEREA

Lincoln, de luto por los dos fanáticos de la aviación muertos en el Delta

"Cada vez que volaban cumplían su sueño", dicen los familiares y amigos del piloto y el copiloto de la tragedia. Sobre la calle 9 de Julio, cerca de la Municipalidad de Lincoln, todavía hay carteles pegados con los rostros de Matías Ronzano, Emanuel Vega y Matías Aristi: “Nada nos detiene. Vamos a encontrarlos”, dice la leyenda que acompaña la imagen.


La ciudad de Lincoln, donde vivían el piloto y el copiloto del avión que se estrelló en el Delta, quedó atravesada por el dolor. Un luto que todavía cuesta digerir porque tras la angustia de los 26 días de búsqueda, ahora los familiares y amigos deberán esperar otras dos semanas para darles el último adiós.

Acá, en Lincoln, Ronzano (30) y Vega (25) son Mati y Ema. La mesa del comedor de Pía Ronzano, hermana del piloto, está repleta de aviones en miniatura. Son todos los que su hermano le regaló a su sobrino cada vez que volvía de algún viaje. Con una caja de zapatos le armó una especie de hangar, para que allí guardara los juguetes: “Matías es -Pía habla siempre en presente- un apasionado por los aviones, cada vez que volaba cumplía su sueño”, dice.

Lincoln, de luto por los dos fanáticos de la aviación muertos en el Delta
              Recuerdos. Pía Ronzano, con la foto de su hermano Matías, y los avioncitos de juguete que el piloto le regaló a su sobrino. Foto DAVID FERNANDEZ

Como cualquiera que intenta crecer en la aeronáutica, Matías sabía bien que los cursos de entrenamiento para recibir la habilitación como piloto no eran baratos. Y para eso, decidió aceptar cualquier tipo de trabajo con tal de poder recibir las clases de instrucción: cortó el pasto del aeroclub de la ciudad y dio apoyo logístico desde tierra a aviones de fumigación. Y sus primeras horas de vuelo las hizo para el Circo Rodas, donde por altoparlantes emitía la publicidad del espectáculo y convocaba a los vecinos desde el aire.

Matías y Emanuel se habían conocido en el aeroclub local, donde forjaron su amistad. Ahora a los amigos y familiares de ambos los une la tragedia. Los 26 días de búsqueda y angustia se suman a las dos semanas que, les aseguraron, tardarán las pericias y el análisis del ADN de los cuerpos: “Es una tortura todo esto. A mi hermano sólo lo pude llorar dos veces. No tengo donde llevarle una flor, una carta, un avioncito. Un espacio en donde poder despedirme”.

En la pileta del Club Rivadavia, los que cuentan su dolor son los amigos de Emanuel. Con ellos hizo el curso de guardavidas. “Desde siempre quería ser piloto, el curso de guardavidas lo hacía porque tenía un físico privilegiado, era el mejor de nosotros. En la pileta era un animal, iba y venía y no se cansaba”, cuenta Federico Abalos (19), uno de los que pegó los afiches por toda la ciudad. “Me acuerdo que él me decía que no iba a ser nunca guardavidas, que su objetivo era ser piloto comercial y por eso quería sumar la mayor cantidad de horas de vuelo posible”, agrega.

Lincoln, de luto por los dos fanáticos de la aviación muertos en el Delta
                Carteles. En las calles de Lincoln aún quedan carteles de la búsqueda. Foto: David Fernández

Emanuel trabajaba como piloto para un contratista rural a quien trasladaba por todo el país. El último viaje había sido algunos días antes del accidente en el Delta, cuando fueron hasta Mendoza: “El nos mandaba un mensajito y nos decía por dónde iba a pasar con el avión y nosotros desde abajo salíamos para verlo”, agrega Victoria Berenguer, amiga desde que Vega se había mudado a Lincoln desde Carlos Casares hacía dos años.

 

Lincoln, de luto por los dos fanáticos de la aviación muertos en el Delta
                    Juan Ignacio Briccola, Victoria Berenguer y Federico Abalos, amigos de Emanuel Vega. Foto: David Fernández

Durante el tiempo que no se supo el destino del avión Mitsubishi, a los chicos los movía la fe, la esperanza de que estuvieran por algún sitio perdidos. La hipótesis del secuestro también los mantenía alertas y atentos a que en cualquier momento una llamada podría cambiar la situación. No fue lo que ocurrió: “Todavía no podemos entenderlo, el dolor es enorme y sobre lo que pasó tenemos dudas. Ahora sólo queremos un lugar donde poder despedirlo”, dice Juan Ignacio Briccola (20).

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