Junín. miércoles 20 de septiembre de 2017
Semanario de Junín » Opinión » 25 ago 2017

elecciones Paso

La argentinidad al palo

Con qué estilo van a seguir tratando de convencernos de que votar es bueno por sí mismo aunque esos votos no decidan, casi. Con qué estilo van a seguir hablando de democracia, más que nada.


Por:
LUCIANO CANAPARO

“La calle más larga, el río más ancho, las minas más lindas del mundo; el dulce de leche, el gran colectivo, alpargatas, soda y alfajores; las huellas digitales, los dibujos animados, las jeringas descartables, la birome; la transfusión sanguínea…”, dice uno de los himnos de la Bersuit Vergarabat, editado en 2004, y que titula esta nota. El texto enumera la jactancia argenta de inventos, algunos de los cuales ya estaban inventados: el dulce de leche, el colectivo, la birome... Últimamente podemos jactarnos de otro también, aunque lo estén llevando a un punto de perfección extrema: celebrar elecciones que no eligen a nadie.

El domingo 13, en Argentina, 33 millones de personas tenían la obligación de votar en unas presumidas elecciones primarias donde prácticamente ningún partido presentaba más de un postulante para que los votos populares decidieran a quién preferían. Casi todos tenían uno solo: estas elecciones les sirvieron para calibrarlos.

Fueron, en definitiva, unas encuestas glorificadas, pagadas –2.800 millones de pesos– por el Estado para que candidatos oficialistas o semioficialistas o incluso un poco opositores pudieran medir fuerzas, rearmar estrategias para las elecciones que sí eligen –tampoco tanto-: las de octubre.

Treinta y tres  millones debían votar; votaron unos veinticuatro. La obligatoriedad que nadie cumple es otro rasgo argentino. En cualquier caso, lo que hubo no fueron elecciones sino una excusa para mandar postales de sociología barata.

Los operadores del gobierno, y aquellos de la oposición, se pasaron todo el domingo dando cifras muy favorables –que CFK ganaba en Provincia, que Massa llegaba al 20%, que Carrió no sé qué, etc.– y resultó que eran muy falsas. Lo raro no fue que mintieran; lo raro fue que mintieran tanto sabiendo que en pocas horas (eternas horas) todos sabrían que su mentira tenía patas cortísimas. El relato en todo su esplendor.

Las encuestas dan para muchas inferencias –y podríamos seguir un rato largo. Pero son encuestas y las llaman elecciones. Son casi inútiles. A menos que las defendamos por su poder educativo, su potencia de metáfora estúpida. Estas elecciones nos muestran lo que ya sabemos, lo que siempre sucede: que votamos y votamos y al final da más o menos lo mismo.

En octubre, por ejemplo, cuando estas mismas elecciones sean –un poco más– en serio, va a ser más o menos lo mismo: mínimos cambios en la estructura legislativa que podrán modificar, como mucho, cuestiones de modales.

Allí, si acaso, lo único importante que se decidirá es algo personal: si la doctora (¿?) Fernández sigue o no sigue en carrera hacia 2019. Pero ya hace más de un año y medio que resulta inverosímil que siga y, aun así: si se presentará en 2019 o si no –si en 2019 nos gobernará Macri, ella o un tal Massa– todo va a ser muy parecido. Lo que puede parecer una discusión política será una discusión por el estilo: con qué estilo va a funcionar un país resignado a su papel sojero, con qué estilo se va a entregar el petróleo y todo lo demás, con qué estilo se van a seguir degradando los servicios que el Estado debe a sus ciudadanos, con qué estilo se va a mantener la marginación de un cuarto de los argentinos y sus terribles consecuencias.

Con qué estilo van a seguir tratando de convencernos de que votar es bueno por sí mismo aunque esos votos no decidan, casi. Con qué estilo van a seguir hablando de democracia, más que nada.

NOTA PUBLICADA EN LA EDICIÓN IMPRESA DEL SÁBADO 19 DE AGOSTO 2017                                           

OPINÁ, DEJÁ TU COMENTARIO:

NEWSLETTER

Suscríbase a nuestro boletín de noticias

VIDEOS