Junín. martes 04 de agosto de 2020
Semanario de Junín » Cultura » 1 ago 2020

Dos décadas y media sin Pugliese

Maestro, ¿dónde estaba Dios cuando te fuiste?

Le puso jerarquía a un oficio que inventó con la sabia complicidad de todo un pueblo: fue un digno trabajador del tango y de la emoción. Pugliese cultivó la coherencia como el mejor estilo de un mensaje sin dobleces.


Por:
Ismael A. Canaparo

Se cumplieron 25 años de la muerte de Osvaldo Pugliese, un maestro por decisión popular. Parece que fue ayer que partió al Olimpo para encontrarse con Gardel, De Caro, Troilo, Di Sarli, Maderna, Basso, Demare, Laurenz y Ciriaco Ortiz, los otros grandes, inmensamente grandes, de la historia de la música argentina. Un fuera de serie. Interpretaba el tango con la misma humildad con la que hablaba, sutil y sugerente, siempre lejos de lo melancólico, de lo frívolo. Su orquesta, sobre todo en las piezas instrumentales, sonaba compacta, con una rítmica vidriosa, ríspida, angulosa, netamente tanguera.

“Rompió el abismo que existe entre la razón y el corazón”, dijo alguna vez Alejandro Prevignano, uno de los últimos bandoneones que sonó con Pugliese. La orquesta de Osvaldo, que era un poco la continuación de sus manos en el piano, llevaba adosada una expresión muy honda e intensa. Había una concepción idéntica entre todos los músicos. Tenía una significativa simpleza armónica, criticada por algunos especialistas de la época (especialmente a partir de Piazzolla), sin entender que estaban frente a un momento histórico: el de la austeridad, cargada de intensidad y expresividad.

Pugliese fue un revolucionario, simplemente porque cambió el estilo de recibir a una orquesta típica. La gente bailaba con ella, dentro de un entusiasmo sin límites. Pero en un momento dado, se acercaba al escenario a escuchar, a deleitarse con sus compases. Creo que fue él y no otro el que inauguró los conciertos en los clubes. Su música nunca fue complaciente y conseguía, al mismo tiempo, tener al público con el corazón abierto de par en par.

En un país repleto de paradojas, lo que pasa con Osvaldo Pugliese nos remite al destino de otros grandes, tanto de la literatura como de la música: ser más mencionado que frecuentado. Ahora hay que recordarlo en un terreno en el que, invariablemente, seduce y emociona: sus discos, allí donde deja perfectamente establecido que lo suyo fue la invención del modo en que el tango debía interpretarse. Lamentablemente, después sobreviene una disyuntiva: no saber bien de qué apropiarse y qué desechar.

Cuenta Lidia Elman, su esposa: “Osvaldo lo quería mucho a Joan Manuel Serrat. Me parece que el cariño era mutuo. Serrat se enteró de que iba a hacer una gira por España y le dijo que quería cantar con él. Osvaldo le envió desde aquí un casete con la música de “Melodía de arrabal”. Cuando llegamos a Madrid, de inmediato se puso en contacto con todos nosotros. Nos llevó a la televisión. Serrat no acostumbra a codearse con ella, le escapa a la tevé. Por eso, apenas lo vieron le dijeron: “Nano, ¿tú por aquí?”. Y lo quisieron entrevistar. El se negó: “No, los artistas son ellos -dijo-, yo sólo los acompaño”, y obligó a que le hicieran la nota a Osvaldo y a los músicos. Después hizo otra cosa que no acostumbra: se vistió de esmoquin para cantar con la orquesta en el teatro Albéniz”.

A diferencia de cualquier otro de los grandes del tango, Osvaldo Pugliese se postuló como un militante político comprometido, que nunca ocultó su adhesión al Partido Comunista. Pero pagó muy caro ese “atrevimiento”, puesto que durante el peronismo fue encarcelado y proscripto en varias ocasiones, al extremo de volverse habitual un clavel rojo colocado sobre el piano, como mudo testigo de su ausencia forzada. Pero la prohibición no disminuyó su popularidad. Ninguna otra agrupación podía hacer que se lo olvidase.

Aplicó sus ideas al arte: “Yo fui un músico explotado y no quiero ser un explotador”, dijo alguna vez, explicando por qué organizó la orquesta en una cooperativa. Más de una vez rechazó propuestas para achicar su grupo o tocar con un cuarteto. Se jugó con valentía por su concepción musical e ideológica, sin importarle la cárcel.

A partir de 1945, el Maestro fue un preso habitual en Villa Devoto. Los “colegas” detenidos lo asediaban todo el tiempo, preguntándole cosas de la orquesta. Para ellos, se parecía más a un privilegio que a un castigo. Era común verlo pasar el lampazo por el piso o pelando papas, siempre de buen humor. En una de esas noches interminables, un jovencito le acercó a Osvaldo un poema y él le puso música. Así nació el tango “No juegues a la guerra”. En todas las canchas, en la previa de los partidos de fútbol, las hinchadas dejaban escapar globos rojos como un unánime repudio, con la siguiente leyenda: “El tango está preso”.

Nunca se lamentó de ir a parar a la cárcel. “Cuando uno decide afiliarse a un partido, opta por todas las satisfacciones y por todos los inconvenientes que la cosa acarrea. Y lo hace porque le parece lo mejor”. Definitivamente reconciliado con el justicialismo, guardó en el fondo de su corazón una frase que Juan Domingo Perón deslizó en sus oídos una tarde de 1973 en Olivos: “Gracias por olvidar, gracias por perdonar”.

Estuvo muchísimas veces en Junín, al frente de su gran orquesta, en bailes memorables de diferentes clubes locales. Casi siempre, él y sus músicos solían parar en la casa de Orlando D´Andrea, ese Tano tan auténtico y comprometido, en medio de una amistad inolvidable, donde el asado se transformaba en una mera excusa. El 9 de abril de 1980, en dos sesiones, brindó un concierto de antología en la sala del Teatro Italiano, con la voz de Abel Córdoba, donde rayó a gran altura su estilo perfecto, pulcro, casi perfumado por la cadencia de los fueyes de Roberto Alvarez y Alejandro Prevignano. Puede decirse, con alardes jactanciosos, que los juninenses asistieron a un ensayo anticipado de lo que sería la presentación de Osvaldo Pugliese en el Teatro Colón, cinco años después. El domingo 18 de diciembre de 1983, con las voces de Abel Córdoba y Adrián Guida, maravilló a los juninenses en el Club Ciclista, con un recital brillante, pulcro y emotivo.

A cualquier gustador del tango le bastará escuchar “La yumba”, “Recuerdo” o “La biandunga” para medir el gran talento de Pugliese como compositor e interprete, dotado de una armonía y una técnica impresionante. Osvaldo acariciaba las teclas para darle sabor especial al género. Lo curioso es que tuvo un pensamiento musical vanguardista que caló muy hondo en lo popular. ¿Quién sino él pudo andar de la mano de los dos extremos, dentro de dimensiones épicas?

Junto a Piazzolla, en Holanda

Llegaron a vivir en barrios muy próximos, se cruzaron en decenas de teatros, se tributaron mutuos elogios, pero hizo falta atravesar el océano Atlántico y aterrizar en un canal de televisión de Holanda para que pudieran conversar y tocar juntos por única vez en la historia de sus vidas. Cuando Astor Piazzolla quiso tocar “La yumba” con su sexteto, no pudo seguirle el ritmo a la orquesta de Osvaldo Pugliese. Lo mismo le pasó a Pugliese en “Adiós Nonino”, pero siguieron tocando y el público holandés disfrutó a rabiar un recital histórico. Ocurrió la noche del 26 de junio de 1989 (ESCUCHÁ).

Por donde se lo mire, resiste el embate de la investigación

Jorge Göttling e Irene Amuchástegui, editores de una brillante colección de tango que publicó Clarín hace unos años, dijeron de Pugliese: “Fue un ciudadano libre de toda sospecha. Se definía con humildad, con modestia interior, como “un trabajador de la música”. Pero fue, en realidad, un músico fenomenal, capaz de ser heredero de un estilo (absolutamente decareano) y conformar otro, con línea propia, con claves para ser descifradas solo por sus pares. Fue fiel a sus convicciones estéticas, tanguero por definición, por mandato. Y fue también leal a sus valores éticos, subordinando todo provecho personal, colocándose más allá de cualquier interés que no fuera la gente.

Evocarlo, decreta inmediatas ternuras secretas. Esa voz ligeramente atenorada, casi aflautada, que le valió un apodo cariñoso, que solo circulaba en su entorno más íntimo: “Chicharrita”.

La palabra como destello invariable del honor, su convicción en torno de la posibilidad de erigir un mundo más justo, la inclinación natural hacia los más débiles, aun a costa de su propio patrimonio e, incluso, de su libertad.

Incondicionalmente venerado por todos los músicos que pasaron por sus orquestas, que veían en él a un maestro del arte y de la vida. Fabricó instituciones musicales elaboradas con talento: grupos humanos que hacían su misma tarea y requerían las mismas cosas. Osvaldo Pugliese no se quedó en la escuela normativa de una cooperativa, sino que la implantó con firmeza de espíritu.

A través de más de sesenta años de trayectoria cumplida escrupulosamente en los palcos, son variados los elementos para ser ponderados. Por un lado, la creación de un sonido grueso y acompasado, algo así como un secreto proyecto memorial: cada obra tuvo calidad de sinfonía. No es casual que quien lo escuche, cualquiera sea su preferencia tanguera, lo deberá hacer en silencio, con actitud abstracta, como si fuera un réquiem.

Otras pausas fueron inesperados crepúsculos por esa defensa irrestricta de su convicción. El silencio le llegó por no callar, precisamente por no silenciar. En uno de los momentos más importantes de su carrera, décadas del 40 y del 50, pagó con cárcel su aroma de libertad. Un pianista es siempre reemplazable, pero Pugliese no. La orquesta siguió tocando en esos cortos lapsos, pero omitiendo el sonido manejador y directriz del pianista: sobre el monumental instrumento reposaban claveles rojos, signo de respeto, reverencia, gesto de sumisión ante la grandeza del maestro.

Pugliese no necesito hacer estilo ni fabricar vanguardia para afirmar su propia personalidad. Le bastó crear y recrear, con una originalidad que invade centenares de tangos, sin achaques, sin rebuscamiento y, sobre todo,, sin ficticias incursiones por fuera del alma del género.

El genio que escarba y el genio que construye difícilmente coinciden en una misma persona: Osvaldo Pugliese fue la arista del encuentro. Como tanguero, queda dicho, fue un suscitador de atmósferas. Como artista, desdeñó la etiqueta intelectual en el propósito de no separarse de lo popular. Nada melló ese corazón chapado a la izquierda. Esa visión ética que presidió su vida se traduce en la admiración que expresan los músicos de todos los géneros que, como prueba de cariño, utilizan su apellido (Pugliese) como talismán antimufa”.

 

 

 

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