Junín. martes 22 de septiembre de 2020
Semanario de Junín » Opinión » 3 ago 2020

Espacio de opinión

La fiebre amarilla de 1871: retratos que perduran

Escribe: Alejandro Colli.


En enero de 1871, bajo un verano sofocante, la Ciudad de Buenos Aires se preparaba para los carnavales. Por entonces  gobernaba el país Domingo F. Sarmiento y hacía casi un año que había finalizado el genocidio sobre el pueblo paraguayo en la guerra de la Triple Alianza . La ciudad  estaba bajo la autoridad de una Comisión Municipal presidida por  Narciso Martínez de Hoz, (cuyo nieto, José Alfredo, fue el ministro de economía y cara del poder civil del Terrorismo de Estado entre 1976 y 1983),  albergaba cerca de 190.000 habitantes (estimado por el primer censo elaborado en 1869), de los cuales la mitad eran inmigrantes europeos, y la mitad de estos eran de origen italiano, que residían en la zona portuaria, en los barrios de la Boca , San Telmo y Barracas. Cuando el día 27, el doctor Juan Antonio Argerich acude a  la casa de inquilinato de la calle Bolívar 392, se encuentra con los primeros dos casos de fiebre amarilla: el italiano Ángel Bignollo de 68 de años de edad y su nuera Colomba de 18. Otro caso similar ocurre en Cochabamba 113 y constituyen los primero casos identificados por el Consejo de Higiene Pública de San Telmo. Si bien en el certificado de defunción Argerich expresó que las muertes de la calle Bolívar 392  se debió en el primero de los casos  a una gastroenteritis, y el de la segunda a una inflamación de los pulmones,  en el informe oficial, elevado al jefe de la policía, Enrique O´Gorman, se registró que ambos casos eran de fiebre amarilla. Pese a que esto ya era una clara advertencia  de  la presencia de un brote epidémico, la Comisión Municipal decidió no dar a  publicidad los casos.

El periodista catamarqueño, Mardoqueo Navarro , quién se convirtió en fundamental testigo y testimonio de la epidemia al registrar en su diario todo el proceso que se  extendió desde ese 27 de enero hasta el mes de junio, ese día anotó, irónicamente: “27 de enero: Según las listas oficiales de la Municipalidad, 4 de otras fiebres, ninguna de la amarilla”. Mientras tanto las autoridades escondían la presencia del  brote de fiebre amarilla, comenzaba el carnaval: el diario La República anunciaba que "en Maipú 27 se encuentra el mayor surtido en decoración de balcones”. "En Florida 202, se venden pomitos, desde 25 pesos". El 24 de febrero, Mardoqueo Navarro escribía: “La fiebre salta de San Telmo al Socorro. Pasada la locura carnavalesca, viene la calma y a ésta sucede el pánico”.

Los  conventillos, expresión de la pobreza de esa época, serán el escenario trágico de la mayor epidemia de la Ciudad en toda su historia, los inmigrantes pobres de origen italiano, sus actores principales. La fiebre, llamada amarilla porque quienes se enferman se les pone la piel y los ojos de ese color, se extendió rápidamente por los barrios más populares de la Ciudad. El número de muertos se fue incrementando día a día hasta  llegar a casi 14 mil muertes según cifras oficiales.

PESADO CARNAVAL: LA MUERTE

Iniciado marzo, la cantidad de muertes aumentó vertiginosamente. Los cadáveres se multiplicaban y la peste se extendía desde San Telmo hacia el resto de la ciudad. Parroquias y policía distribuían cajones y carros para trasladar los muertos,  Las muertes diarias pasaron de doscientas a superar las quinientas en el mes de abril. Los hospitales colapsaron. El cementerio del sur, ubicado donde es hoy el parque Ameghino, no tuvo más lugar para los entierros.

En "la Chacarita de los Colegiales", que era el campo recreativo de los alumnos del Colegio Nacional Buenos Aires creado en 1863,  se creó el nuevo Cementerio del Oeste, donde se llegaron a enterrar 564 personas en un solo día. Chacarita nació, escribiría Borges, "porque Buenos Aires no pudo mirar esa muerte"  Las víctimas eran recogidas por las calles y depositadas por carros en esquinas para ser  transportadas en el llamado “tren de la muerte” empujado por la locomotora  “La Porteña”. El punto de partida era la estación “Bermejo” en la actual esquina de Jean Jaures y Corrientes y en su recorrido cargado de muerte, llegaba hasta el nuevo cementerio. El diario La Tribuna comentaba que en horas de la noche, las calles eran tan sombrías que “verdaderamente parece que el terrible flagelo hubiese arrasado con todos sus habitantes” Paul Groussac , recordaba lo siguiente:

“mientras cruzábamos el campo y las quintas, veníamos conversando casi alegremente. Al acercarnos al Retiro, sin darnos cuenta de ello nosotros mismos, la charla fue arrastrándose penosamente entre grandes intervalos de silencio. Al embocar la calle Florida, muda, vacía, oscura, sin otra vida aparente, en algunas esquinas, que las fogatas de alquitrán, cuya llama fuliginosa en las ‘tinieblas visibles’ movía sombras fantásticas, me suena todavía en el oído la voz ahogada del buen inglés, que minutos antes venía callado: ‘Esto es demasiado triste: galopemos’. Y entramos a todo galope en la inmensa necrópolis”.

LA HUIDA

Buenos Aires se llenó de muerte. También de miedo y desolación. Las clases acomodadas dejaron el centro y  huyeron hacia el norte de la ciudad.  El presidente de la República, Domingo F. Sarmiento,  abandonó la ciudad  el 19 de marzo y se dirigió a Mercedes, en la provincia de Buenos Aires, mientras su Vicepresidente Alsina hacía lo mismo.

El diario La Nación, opositor de Sarmiento y propiedad de los Mitre,  el 21 de marzo, tituló “El Presidente huyendo”, afirmando: “Hay ciertos rasgos de cobardía que dan la medida de lo que es un magistrado…” y  continúa el editorial “¿Es posible que haya tanto desprecio por este  pueblo noble e ilustrado? Que lo veamos huir repatingado y lleno de comodidades en un tren oficial, en vez de subir a un carruaje, para recorrer el hogar del dolor, a visitar los hospitales y lazaretos, dando ejemplo de un valor cívico que estimularía y levantaría el espíritu público”. En medio del éxodo y de las críticas a las autoridades nacionales y municipales,  la prensa y  sectores opositores convocaron a congregarse en la Plaza de la Victoria y  conformaron una Comisión Popular, liderada por José Roque Pérez, para actuar contra la epidemia. Pocos días después de la conformación de la nueva comisión, José Roque Pérez murió  por la fiebre amarilla. En mayo sucedía lo mismo con Manuel Argerich. Ambos quedarán retratados  como los “mártires” que socorrieron a las víctimas durante la epidemia   en el cuadro de Blanes “Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires”.

XENOFOBIA Y POBREZA

En esos meses en que la muerte se instaló en Buenos Aires, también lo hicieron  la xenofobia y la persecución contra todo  habitante (pobre) de los conventillos. Como la mayoría de los inmigrantes eran italianos, estos fueron  objeto de una verdadera psicosis anti-italiana.  El historiador norteamericano  William Bunkley, expresaba: “…se culpó de la epidemia a los inmigrantes italianos. Se los expulsó de sus empleos. Recorrían las calles sin trabajo, ni hogar, algunos incluso murieron en el pavimento, donde sus cadáveres quedaban con frecuencia sin recoger durante horas. Había un gran pedido de pasajes para Europa. La compañía Genovesa vendió 5.200 pasajes en quinces días…” Mientras aumentaban las víctimas de la epidemia, la Comisión Popular recorrían los barrios, echando a la calle a todos los habitantes de los inmuebles donde se registraban casos.  Escribirá Mardoqueo Navarro en su diario:”Fueron los conventillos los que padecieron este tipo peculiar de requisa. Los desdichados inmigrantes, desarraigados, perdidos en medio de la locura en que se hallaban sumergidos, contemplaban entre desolados y temerosos a esos señores que les impartían órdenes incomprensibles. Recién comenzaban a entenderse cuando a empujones los echaban a la calle, muchas veces  sin dejarles recoger sus pertenencias. Es natural que se resistieran, que gritaran su desvalimiento, que intentaran salvar lo poco que tenían. Pero todo cuanto había en la casa estaba condenado. Policías y comisionados recogían las míseras camas, los tristes muebles, los pobres enseres e incluso la ropa de los inquilinos, los apilaban en el patio y encendían una estupenda hoguera, verdadero auto de fe. El conventillo era encalado, desinfectado y cerrado. Los comisionados y la policía se iban y quedaban los inmigrantes en la calle librados a su suerte”.

 DESDICHADOS Y MÁRTIRES

En la madrugada del 17 de marzo  un sereno de la policía observó que la puerta de  un conventillo de la calle Balcarce no estaba cerrada con candado y decidió ingresar. La imagen con la que  se encontró era realmente dramática: en una de esas  miserables habitaciones, un niño aferrado al seno de su madre que yacía muerta en el suelo. Al día siguiente La tribuna escribía en sus páginas:

“Horroroso. Anteanoche el sereno de la manzana, en que se halla situada la casa que en la calle Balcarce lleva el número 348, notó que la puerta principal de ella se encontraba abierta [...] encontró en una de las piezas el cadáver de una mujer, en cuyo seno mamaba un niño. No sin algún trabajo consiguió desasirlo de los brazos de la muerta”.  “Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires” , es el cuadro del pintor Juan Manuel Blanes inspirado en aquella escena narrada por la prensa. Este cuadro es el retrato más representativo de la epidemia  que azotó Buenos Aires en 1871. La mujer muerta en el piso, víctima del terrible mal y los dos hombres parados, Roque Pérez y Manuel Argerich de la Comisión Popular, asistiendo. Aunque la presencia de estos hombres en el cuadro no se ajusta a la realidad del episodio, logra constituirse como la representación simbólica  de la tragedia: el padecimiento y la muerte de los desdichados abandonados  y la asistencia de esos hombres de la élite,  martirizados y  heroificados para siempre en una imagen.  

  Retratos actuales: ” Nos piden que nos higienicemos, que nos lavemos las manos, que no salgamos de casa… pero ¿cómo lo hacemos si no tenemos agua?”

 Es inevitable, en estos tiempos de pandemia, que al repasar sobre el devastador paso de la fiebre amarilla que convirtió Bs As en una ciudad fantasmagórica, buscar encontrar algunas similitudes o incluso, intentar realizar analogías con respecto a lo que nos está sucediendo con el covid-19. No parecería posible. Si intentáramos cuantificar, debiéramos decir que las 14 mil muertes de la fiebre amarilla representaron el 7,5% del total de la población, lo que equivaldría a 240 mil muertes hoy. O que el temor a la muerte llevó a la huida masiva de la ciudad de entre 50 y 60 mil personas (30%) en esos meses de 1871 que, en estos tiempos de covid, se recrearon en intentos de huidas, no masificadas, a lugares  donde poder romper el confinamiento obligatorio. Pudimos observar que en el mundo, durante el mes de abril, se repitieron  escenas trágicas de muertes en las calles, cuerpos en carretillas y fosas cavadas apresuradamente como ocurrió en Bs As en mayo de 1871. Pero esas imágenes no las vimos en la Buenos Aires de 2020. La inacción temprana como modo de negar la realidad bajo la “locura carnavalesca” que denunciaban Mardoqueo Navarro en su diario, hoy las pudimos observar en las patéticas actitudes de Bolsonaro en Brasil o Trump en EEUU,  en las metáforas vagas de Macri diciendo que el verdadero “miedo” era la “pandemia del populismo” o en las tantas divagantes expresiones de los anti cuarentena reunidos en el obelisco quizás para conformar su propio “Comisión Popular” bajo el estímulo mediático. Podemos tentarnos jugar a identificar  posibles comportamientos de ambas épocas; individuales, colectivos, solidarios, mezquinos, valientes, cobardes, altruistas, miserables. No sería equiparable. Pero creo que sí podemos encontrar, como en aquél retrato de Blanes, “un episodio”; una imagen donde se amalgaman de alguna manera, 150 años de esta ciudad; esa imagen es la de Ramona Medina. En su rostro pueden representarse las víctimas en el horror del conventillo de entonces como la miseria de las villas ahora,  la voz de la militancia convertida en mártir heroica ante la tardía reacción negligente o el abandono de las autoridades: “Nos piden que nos higienicemos, que nos lavemos las manos, que no salgamos de casa… pero ¿cómo lo hacemos si no tenemos agua?”, decía Ramona. Gritaba. Ramona murió un 17 de mayo de 2020 peleando en la primera línea, denunciando la falta de agua en la villa 31, exigiendo por que el gobierno de la Ciudad declare la emergencia sanitaria, habitacional y alimentaria. ¿Tendrá su Blanes que la retrate?

Muertes de Buenos Aires. J.L.Borges.

La Chacarita

 

Porque la entraña del cementerio del sur

fue saciada por la fiebre amarilla hasta decir basta;

porque los conventillos hondos del sur

mandaron muerte sobre la cara de Buenos Aires

y porque Buenos Aires no pudo mirar esa muerte,

a paladas te abrieron

en la punta perdida del oeste,

detrás de las tormentas de tierra

y del barrial pesado y primitivo que hizo a los cuarteadores.

Allí no había más que el mundo

y las costumbres de las estrellas sobre unas chacras,

y el tren salía de un galón en Bermejo

con los olvidos de la muerte:

muertos de barba derrumbada y ojos en vela,

muertas de carne desalmada y sin magia.

 

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