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Semanario de Junín » Cultura » 27 ago 2020

PROSA ORIGINAL Y DIVERTIDA

Chandler, el gran maestro de la novela negra

Creador del popular detective privado Philip Marlowe y artífice fundamental de la llamada novela negra, revolucionó la típica trama de intriga y misterio de la literatura policíaca reflejando la dureza de la vida urbana y la corrupción social.


Por:
Ismael A. Canaparo

A quienes nos gustan las novelas policiales bien escritas, siempre volvemos a recorrer sus numerosos textos, cargados de calidad y categoría. Eso provoca Raymond Thornton Chandler (Chicago, 23 de julio de 1888 - La Jolla, California, 26 de marzo de 1959), un fantástico frecuentador de la novela negra.

Curtido por una infancia marcada por la ausencia de un padre alcohólico, que había abandonado a su madre cuando él era apenas un niño, fue conducido por ésta hacia la senda de las letras. La señora Chandler, decidida a hacer de su hijo un hombre de bien, se lo había llevado a Inglaterra. Allí, respaldada por un acaudalado abogado miembro de su familia, había logrado que Raymond ingresase en el Dulwich College de Londres, escuela pública de prestigio, cuna de escritores como Graham Swift o C.S. Forester. Allí se forjaría el escritor. En 1907 se hizo súbdito británico y, tras participar en la Primera Guerra Mundial, regresó a Estados Unidos. En California, trabajó de empleado de banco, periodista, ejecutivo de una firma petrolera y guionista de Hollywood.

Tras terminar con sus estudios, Chandler inició una vida errante. Viajó a Francia y Alemania y, a los 19 años, decidió nacionalizarse británico. Trabajó brevemente en el Almirantazgo, pero la rígida disciplina militar le decantó por el periodismo. Contratado como reportero en dos diarios, empezó a escribir. Publicó 27 poemas y su primer relato fue “The rose Leaf Romance”. Defendió las trincheras en la Gran Guerra, y al finalizar ésta se instaló en California. Allí trabajó durante más de quince años como ejecutivo en compañías petrolíferas. Tras el fallecimiento de su madre, en 1924. Chandler se casó con Cissy Pascal, el gran amor de su vida, una divorciada dieciocho años mayor (él tenía 36 años). Por respeto a su madre, que desaprobaba la unión, no la hicieron oficial mientras ella vivió.

Lector empedernido de diarios y revistas literarias, fue la afición de su esposa por las pulp, revistas de narrativa popular hechas con papel de pulpa de madera, muy baratas, “de usar y tirar”, la que le llevó a descubrir “Black Mask”. Esta publicación, centrada en la ficción dura y detectivesca, prendió la chispa creativa en Chandler. Convencido de que podía superar la “calidad” de sus relatos, decidió probar suerte. Tras cinco meses de ardua entrega su primera narración, “Los chantajistas no matan”, estuvo lista. “Black Mask” la publicó en 1933. La suerte estaba echada y a partir de entonces el antiguo ejecutivo cambió por escritor. Durante los cinco años siguientes, el matrimonio Chandler vivió de la escritura: Chandler publicó entre diecisiete o dieciocho relatos en este soporte. Pero el autor utilizaba los mismos como moneda de cambio, un aprendizaje para alcanzar su objetivo último: la novela. No se sintió satisfecho de ellos hasta un año después, cuando publicaba el tercero, “El chivato”, en el que alumbraría a su hijo predilecto, Philip Marlowe.

Chandler no comenzó a publicar hasta relativamente tarde. Con 51 años crea a Philip Marlowe, al que ya nunca abandonaría, convirtiéndole en uno de los novelistas más famosos de Estados Unidos y, por supuesto, de los más adaptados en Hollywood. “Al borde del abismo”, de Howard Hawks, basado en “El sueño eterno”, en cuyo guion colaboró, se transformó en un auténtico clásico, con Humphrey Bogart como un inolvidable Marlowe.

El fantástico creador de Philip Marlowe, expresó en una frase muy citada su admiración por Dashiell Hammett (“Cosecha roja”, “La llave de cristal”, entre otros libros) y lo que le había aportado de nuevo a la novela policial: "Sacó -dijo- al crimen del jarrón de cristal veneciano y lo arrojó a la calle". El reconocimiento de la violencia sin tapujos era esencial para el desarrollo del género en su versión negra y norteamericana, tan distinta de los razonamientos deductivos del británico Sherlock Holmes. Un autor que se especializó luego en esa clase de novela, agregándole crueldad y retorcimiento psicológico, fue Jim Thompson (1906-1977), en historias como “El asesino dentro de mí” y “1280 almas”, donde los criminales estaban a cargo de la narración.

En ese panorama, los villanos clásicos de toda la vida, los que solían tenernos toda la película esperando que el protagonista los despachase de un disparo o una estocada, son cada vez más lejanos y desconocidos. Ahora los malos se mueven en zonas ambiguas que hasta acaban poniendo al espectador de su parte. Es una visión acorde con los tiempos y tal vez más real: pero también una pena, porque pocos malvados modernos tienen la personalidad y prestancia de sus malignos abuelos. Era gente de la que incluso se podía aprender. Fue Raymond Chandler quien dijo que en la ficción los buenos modales debían dejarse a cargo del villano, y eso fue muy cierto cuando la ficción alumbraba malos estupendos, canallas ejemplares, hombres y mujeres que, encarnados por actores extraordinarios, salpimentaban esas historias de modo fascinante, pues nada era tan eficaz como un buen malo de toda la vida: Fantomas, Fumanchú, el malvado Zaroff. Actores enormes como Robert Mitchum, Joan Crawford, Boris Karlof, Edward G. Robinson, James Cagney, Wallace Beery, Lee Marvin, Peter Lorre y muchos otros lograron creaciones perfectas que hoy jalonan la gran historia del cine.

La bibliografía de la novela negra cuenta que Chandler sólo accedió a trabajar en Hollywood, en el guión de la película “La dalia azul”, con una condición: la Paramount debía asegurarse de que dos secretarias se hallasen siempre en su presencia. El autor no empezaría a dictarles hasta haber alcanzado el grado etílico que diese rienda suelta a su vena artística.

Elegido por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares para escribir en la colección de novelas policiales “El Séptimo Círculo”, Chandler publicó dos libros: “La dama del lago” y “El asesino en la lluvia”.

En 1954 falleció su esposa y él se desmorona. La botella vuelve a dominar su existencia y, presa de una profunda depresión, incluso intenta suicidarse en dos ocasiones. A diferencia de Marlowe, Chandler no era “una persona solitaria” y apenas logra sobrevivirle cinco años. Su lápida recoge una cita de “El sueño eterno”, pero no lleva retrato alguno. Con ello, Chandler, consecuente hasta el último suspiro, obedeció a una de sus máximas, sabedor de que allá en el otro mundo dicho proceder sería mejor acogido: “¿Por qué diablos esos idiotas editores no dejan de poner fotos de escritores en sus sobrecubiertas? Compré un libro perfectamente bueno... estaba dispuesto a que me gustara, había leído sobre él y entonces le echo una mirada a la foto del tipo y es obviamente un completo imbécil, una basura realmente abrumadora (fotogénicamente hablando) y no puedo leer el maldito libro”.

El regreso de Philip Marlowe

Philip Marlowe -como Drácula o Sherlock Holmes, siempre listos para la revisitadora reescritura- nunca se va por completo. Y el suyo es el más largo adiós de todos. Así, con los años, lo hemos visto resucitar con la prolija mediocridad de Robert B. Parker, la ingeniosa e inspirada metaficción de Osvaldo Soriano, o la brillantez estilística de Benjamin Black/John Banville. Y no olvidemos que Faulkner (uno de los guionistas para la versión cinematográfica de “El sueño eterno”) fue uno de los primeros en rehacerlo más o menos suyo.

Lawrence Osborne es, a todos los efectos, el heredero literario de Raymond Chandler, el maestro de la novela negra americana, ya que ha sido el escritor elegido por los gestores del patrimonio de Chandler para volver a dar vida al detective Philip Marlowe –el que interpretó Humphrey Bogart en ese clásico del Hollywood en blanco y negro, “El sueño eterno”–. Si en España se ha resucitado a Pepe Carvalho, que ha pasado de las manos de Manuel Vázquez Montalbán a Carlos Zanón, Osborne hace lo propio con su nuevo personaje en “Only to Sleep”, publicada en 2018. Es, por tanto, también el depositario de una antigua noción de la virilidad encarnada en el detective de timbre áspero, cigarro colgando, gabardina y pestazo a alcohol por la mañana.

 

 

 

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