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Semanario de Junín » Cultura » 16 sep 2017

RELIQUIAS OLVIDADAS

Día de la Historieta: emotivo homenaje a la narrativa gráfica como arte secuencial

En la Argentina floreció una poderosa industria del comic, tebeo, manga o como quieran llamarle en otras latitudes. Se desarrollaron talentos, surgieron maestros del dibujo y del guion, que luego pasearon su arte por Europa y América del Norte.


Por:
ISMAEL CANAPARO

El lunes 4 de septiembre se celebró en el país el “Día de la Historieta”, un proyecto que nació en 2005 promovido por un grupo de artistas, editores, críticos y lectores. Se sancionó recién el 15 de octubre de 2009 por la legislatura porteña, a través de la Ley 3.200, instando al Poder Ejecutivo de la CABA a “realizar actividades y promover políticas destinadas a desarrollar la historieta como arte e industria cultural”.

La jornada elegida para aplaudir y celebrar la historieta tiene un origen claro y definido. Es el día que apareció en los quioscos, en 1957, el primer ejemplar de la revista semanal “Hora Cero”, publicada por la Editorial Frontera, propiedad de un talentoso del género: Héctor Germán Oesterheld. En sus mismas páginas, trascendió hasta límites insospechados una obra que marcó un singular hito: “El Eternauta”, de Oesterheld y Francisco Solano López.

Precisamente, cuando usted viaje a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires con tiempo, no deje de visitar el Parque Rivadavia. Si le gusta reencontrarse con un siglo de publicaciones periodísticas argentinas, no lo dude: es un maravilloso paseo por la nostalgia del que no debe privarse. Pero vaya un domingo, que es el día de mayores propuestas en tal sentido. Allí encontrará una gran parte de los creadores de la cultura nacional. Se trata de un verdadero museo a cielo abierto de las revistas criollas. Naturalmente, es un lugar espacioso y tranquilo. Incluso puede ir con chicos. Se aburrirán, pero tendrá la certeza de que no van a romper nada. Los escaparates  de los quiosqueros ponen distancia: parecen peceras llenas de libros y revistas embalsamadas.

“Una imagen vale más que mil palabras”. El remanido aforismo tiene su razón de ser cuando se trata de historietas, esas que cuentan cosas con dibujos. En los años ‘60, el género se nutrió de grandes nombres. Dibujantes como Hugo Pratt, Alberto Breccia o Altuna y guionistas como Oesterheld y Trillo fueron, en su momento, excepcionales virtuosos de ese arte. Pero en los últimos años este flujo cambió totalmente: la producción y sobre todo la distribución de origen norteamericano aplastó la historieta local. La aplastó con tonterías, con cosas desechables y provisionales.

En este baño de nostalgia, usted puede encontrar otras publicaciones que iluminaron nuestra niñez e hicieron prender –en nuestro caso- ese “bichito” increíble del periodismo. Una cosa es que te lo cuenten y otra es ver los ejemplares ahí, de carne, hueso y tinta. Obras de muchos años, muchísimos, pero que reúnen una agilidad gráfica extraordinaria, capaz de hacer avergonzar hasta a los más avanzados graduados del diseño, esos mismos que también ahora  –computación incluida- hacen verdaderas maravillas.

Y vemos un número de “Caras y Caretas” -quince mil ejemplares dice la tapa del primer número, gran dibujo a color de Mayol, satirizando a Sarmiento- remite a otras cuestiones: en Buenos Aires se podía hacer esa revista, vender esa cantidad y con esa calidad de impresión hace más de un siglo: 1898. Para ponerse a llorar, hoy.

Además, existen centenares de curiosidades. Por ejemplo, el costumbrismo de Dante Quinterno, que en 1928 presentó al avasallante “Patoruzú”, un indio tehuelche que gozó de enorme popularidad. La historieta del cacique y la de su padrino Isidoro, fue la gran dominadora de un montón de años que vinieron después, décadas en la que convergieron importantes producciones: “PBT”, “Plus Ultra”, “Fray Mocho”. También se puede nombrar, casi al voleo, a revistas como “El Tony”, “D´Artagnan”, “Fantasía”, “Pif-Paf”, Tit-Bits”, “Pucky”, “Corto Maltés”, “Skorpio”. Una época en la que nacieron personajes entrañables, como Don Fulgencio de Lino Palacios, la Vaca Aurora y Capicúa, de Mazzone.

Escrita en un lenguaje preciso y ameno, la completísima crónica de la historieta (ya pasada y pisada, como dirían, peyorativamente, aquellos que suelen criticar lo “antiguo”, como si la “modernidad” fuera algo de lo que tuviéramos que solazarnos), reúne valiosos datos de archivo e hilvana pasajes inolvidables. Surgen, así como al pasar, las aventuras de Bull Rockett, El Sargento Kirk, Fuerte Argentino, Flecha de Oro, El detective Dick Tracy, Colt el justiciero, Kim de la Nieve, Rubio Kayoe, Laredo de Texas, Lawewncw, El enmascarado justiciero y tantos otros

La calidad siempre existió en la gráfica de aventuras, tan cara a nuestros sentimientos adolescentes y hasta un poco más. Otro ejemplo: ¿quién no se emocionó con los memorables episodios de “Misterix”, “Rayo Rojo”, “Batman”, “Hora Cero”, que competían con “Amarrotto”, de Oski y “Purapinta”, de Janiro?

Ah, ni que hablar de las rupturas renovadoras de Atlántida con su hermoso “Billiken” inicial, que acompañó una niñez sin malicias, pero sí con picardías y travesuras. Las tapas de “El Gráfico”, pintadas en color, donde antes de la llegada de Maradona, un juninense, Luis Angel Firpo, tenía el “podio” de apariciones en ella: ¡dieciséis veces estuvo el Toro Salvaje de las Pampas mirándonos desde ese lugar privilegiado de la revista de los Vigil!

Un poco más cerca en el tiempo, pero no tanto, apareció “Rico Tipo”, pensada por Guillermo Divito, dentro de una publicación donde crecieron personajes que “dibujaron” los paisajes cotidianos del pueblo y la ciudad: el “Doctor Merengue” y sus famosas chicas. A Divito se le agregaron Juan Carlos Columbres (Landrú), Oski (con César Bruto). Después vinieron los “herederos” de estos monstruos: Caloi, Crist, Mordillo, Sendra y el infaltable y extrañado Roberto Fontanarrosa con su inigualable “Inodoro Pereyra”. Y la lista sigue: “Humor”, “Hortensia”, “Primera Plana”, “Satiricón”, “Chau Pinela”, las colecciones dispersas de “La Opinión”, el diario de Jacobo Timerman, que revolucionó el periodismo argentino. Ediciones sueltas del “Crítica” de Botana, que reflejó –en su momento- una modernidad apaisada. Los combativos “Cuadernos de Forja”, del linqueño Arturo Jauretche.

Y el baño de nostalgia continúa. Uno podría pasarse semanas enteras en el Parque Rivadavia, sin aburrirse en lo más mínimo, hojeando –y comprando- verdaderas reliquias. Nuestra tradición gauchesca también tuvo sus “brochazos” con la revista “Contrapunto”, editada en los años ´60 por la Editorial Caymi (responsable, también, de numerosos bolsilibros policiales y de aventuras), donde pueden leerse las memorables payadas entre Gabino Ezeiza y Pablo Vásquez.

Las historias de deportes eran muy comunes por aquellos años, tejidas por antiguos folletines y revistas por entregas semanales. “El as de los boxeadores” era una de ellas, mucho antes de Carlos Monzón, Ringo Bonavena, Marvin Hagler, Sugar Ray Leonard y de Wilfredo Benítez. El muchachito protagonista de esta serie practicaba la dulce ciencia de mantener a raya cuanto malandrín se le pusiera a tiro.

Por muchos motivos, la historieta seguirá siendo indispensable, aunque cueste encontrarla para poder interpretar fielmente, por nosotros mismos, la belleza de las pequeñas cosas. Para darle una mirada distinta a los recuerdos y quedarnos, si podemos, con lo bello y lo chiquititito, sin grandes estridencias...

En la lejanía de libros y lectura

Convengamos que hoy los jóvenes, en su gran mayoría, están muy lejos de los libros y de la lectura. Metidos de lleno en la Wikipedia, en el Facebook, en la onda insulsa del chateo, en las lindezas de la play station, en los mensajes de textos y en el acceso exclusivo a los books de tapa dorada, se sumergen en otros escenarios, en otros aggiornamientos. Entonces, ¿no cabe otra que enterrar definitivamente a la historieta con un ramillete de despedida y que descanse en paz? Enorme error, si se piensa así. Ciertamente, hay hábitos arraigados que tambalean y antiguos puntos de referencia que desaparecen. El peligro de caer en viejos errores nos amenaza. Pero sucede algo hermoso con la nostalgia: cuando más lejos llega nuestra mirada, más intenso es el deseo que experimentamos de ahondar en nuestras raíces y de volver a nuestra intimidad.

 

 

 

 

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