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Semanario de Junín » Cultura » 20 sep 2017

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Atahualpa Yupanqui: la dimensión de su obra sigue vigente

“Yo no soy viejo, soy antiguo”, solía repetir Don Ata. Fue un verdadero clásico de la cultura latinoamericana. Como tantos otros, murió lejos del país.


Por:
ISMAEL CANAPARO

En mayo pasado se cumplieron 25 años desde el momento en que “las penas son de nosotros”, tristeza que nos acompaña desde que murió “el Gardel del folklore”. Fue un 23 de mayo de 1992, en el sur de Francia, en un pueblito pequeño llamado Nimes, donde se encontraba participando en el festival Cartelera sobre el cine español y latinoamericano. La noche anterior se había transformado en el invitado “estrella”, en un pasaje del acontecimiento destinado a las actuaciones de los músicos latinoamericanos. No tenía fuerzas. Apenas ensayó un breve discurso simplemente por cortesía y abandonó el escenario porque se sentía “un poco cansado”. Genevive Clemens, la presidenta del acontecimiento, dijo: “nos pidió que lo acompañáramos a caminar para respirar un poco de aire fresco. Después tomó una cena ligera y lo llevamos a su hotel”. Cuando amanecía, murió. Atahualpa Yupanqui tenía 84 años. Como tantos otros, partió lejos de su patria. Pero como él mismo afirmaba, “paisano es el que tiene el país adentro”.

"Parece que se ha ido, pero no es cierto". Cuentan que Tomás Eloy Martínez  seleccionó esta frase para su epitafio. El periodista definió una sensación bien nuestra. No sólo porque, al haber sido un importante poeta de poetas, músico, guitarrero y cantor, permanecerá para siempre en el cariño popular, junto  a la composición de más de 1.200 temas suyos y ocho libros escritos. También porque lo que la sentencia tiene de retruécano le cuadra al discurso intencionadamente coherente de los mejores momentos de su personaje de cantor del viento. Su gran conocimiento del hombre y del paisaje, lo transformaron en un faro, en una referencia tan poética como entrañable, todo gracias a una fuerte personalidad, una fuerza fascinante y un enorme poder de comunicación. A veces parecía que abusaba de ternurismo y de amor por sus raíces, pero uno terminaba por convencerse que ese matiz estaba auténticamente construido, y, sobre todo, correspondía a una realidad: tenía el poder de evocar siempre tanto una melodía de arrabal como una brisa campera.

Hijo de un indio quechua, José Demetrio Chavero, empleado por los ingleses para trabajar en los ferrocarriles y de madre de raíz vasca, Higinia Aramburu, Atahualpa nació como Héctor Roberto Chavero Aramburu el 31 de enero de 1908 en la casa de una estancia del paraje Campo de la Cruz, en Pergamino. Tenía dos hermanos: María del Carmen, la mayor, y Demetrio Alberto, el menor. Se casó con Antoinette Paule Peppin, “Nenette”, una concertista de piano francesa, con la que tuvo un hijo: Roberto. Don Ata vivió casi veinte años en Junín, desarrollando aquí toda la niñez, adolescencia y parte de su juventud. Antes de llegar a su gran meta que era Buenos Aires, compuso “Caminito del indio”, su primera canción.

Años atrás se publicó un libro de memorias, escrito por Víctor Pintos, que Atahualpa había empezado a plasmar en borrador, obviamente inconcluso. Se trata de la recopilación de recuerdos del notable folklorista, que dejó registrados en monólogos, charlas y entrevistas. Como contiene muchas vivencias juninenses, entremezcladas con lugares, momentos, anécdotas y semblanzas de apellidos conocidos, aquí van algunas de ellas:

ZURDO PARA ESCRIBIR Y PENSAR

“Yo nací zurdo, totalmente zurdo, pero en el colegio una maestra criolla, Eulogia Rivero, me adiestró a fuerza de ‘picana’ o bastón, golpeando mi mano izquierda continuamente, hasta hacerme cambiar la pluma o la tiza para la mano derecha. Desde entonces, solamente escribo con la mano derecha.  Pero de pequeño, para el lazo, para el látigo, para arrojar una piedra, como después para tocar la guitarra o para jugar al tenis o al billar, siempre, irremediablemente, uso la mano izquierda. Cuando boxeaba, deporte que me apasionaba, me plantaba con la izquierda hacia adelante, cubriendo el mentón con la derecha. Así nos enseñó Charles Murray, un inglés trashumante que pasó por mi pueblo. La guitarra se me negaba cuando llegaba a ella con las manos endurecidas por el saco de arena que golpeaba continuamente. Peleaba en amistosos combates con Horacio de la Cámara, con Rolando y Guillermo Hintz, con Willy Díngevan, hermano de Marina Díngevan, mi inolvidable compañera en los dobles mixtos del tenis en el Club Inglés de Junín”.

LA CAZA

“A veces, en el campo, solía salir con un rifle prestado a perseguir perdices o liebres. Salíamos con Arturo Ramírez, con Emilio Cariac, con Justino Corvalán. Llevábamos un alambre que en uno de sus extremos tenía ajustado un hueso de novillo. Era nuestra arma para cazar palomas. El rifle, para bichos más sagaces y prontos. Una tarde, en el frontón donde los mayores jugaban en la ‘Cancha de los Salamendy’, había un cantor de esos que pasan, ignorados, pobres, sin rumbo. Ese hombre cantó varias cosas y entre ella, una copla: ‘No le tiren a esa liebre,/ cazadores de la tierra,/ porque va a tener un hijo/ y busca su madriguera’. Desde que escuché ese asunto, se terminaron para mí las aventuras y las cacerías. Las palomas podían acampar en los rastrojos o sembrados tiernos. No importa. No sería yo quien fuera a espantarlas ni con piedras ni con carabinas de caza”.

EL ORIGONE

“Mi padre, junto a Pedro Sanguinetti y Juancito Salamendy, hijo de un vasco dueño del frontón de pelota que a la vez era sala de recitales de payadores y cantores de paso, había fundado en Agustín Roca un club de fútbol, el Origone, en homenaje a un joven aviador que se perdió en los Andes con su máquina. Allí practicaban el deporte todos los muchachos. Solía llegar desde Junín Simón Behety, otro vasco, gran pateador  y que hacía de instructor de la juventud. Nosotros, los niños, observábamos y aprendíamos”.

UN BLOOPER FUTBOLERO

“Un domingo ocurrió algo inusitado: el Origone, club de los llamados ‘chiquitos’, le ganó a un club de Junín por un gol a cero, debido a una circunstancia que no creo que se haya repetido nunca. En un momento, casi al final del partido, se produjo un avance del Origone. La defensa adversaria era formidable. Cuando Juan Salamendy avanzaba con la pelota a la carrera tocando casi la línea peligrosa, un defensor se le emparejó y se aprestó a frenarlo. Y en ese justo momento, por entre el grupo de curiosos que se alineaban cerca del arco contrario, apareció el perrito blanco de Salamendy y se lanzó de un salto sobre el juninense y lo derribó. Salamendy pudo, ya libremente, patear y convertir el gol. ¿Fue legal? ¿No fue legal? Esto pasó hace sesenta años y durante mucho tiempo se discutió el asunto”.

CARRERAS CUADRERAS

“Uno de los deportes camperos más practicados fue la carrera de caballos, las llamadas ‘cuadreras’, pues se corría cuadra y media, a lo sumo dos cuadras, es decir doscientos metros. Solamente cuando había desafíos entre comarca y comarca, los hombres de la llanura convenían en correr cuatrocientos metros. Nosotros, los muchachitos del campo, hacíamos nuestras carreras en la distancia de ciento cincuenta metros. Mi rival eterno fue un tobiano de Luisito Crosetti, que siempre me ganó en todos los eventos. Aquel compañero de la niñez y las carreras, aquel Luis Crosetti, con quien hice los primeros años escolares, años después fue abogado y llegó a ser vicegobernador de la provincia de Buenos Aires durante el gobierno del doctor Oscar Alende”.

TRABAJO PERIODÍSTICO

“Ya había cumplido 18 años. Seguía en la ciudad de Junín, trabajando en periódicos, haciendo notas diversas, escribiendo sonetos, malos sonetos, débiles, sin asunto que valga. Pero respondía a una necesidad imperativa de expresarme. Continuaba avanzando en la guitarra, de la mano del maestro Bautista Almirón, quien me hizo descubrir algo del mundo que el instrumento custodiaba en su caja sonora. Mis trabajos en el sencillo periodismo del pueblo hizo posible que pudiera escuchar, la vez que por ahí pasaron, a Miguel Llobet, al maestro Pujol, a Matilde Cuevas, a Ismael Cordero. En el diario trabajaba desde la tardecita hasta medianoche, bajo las órdenes del director Esteban Cichero, un hombre bueno, educado, culto, generoso hasta donde puede serlo alguien criado en un ambiente burgués de provincia. Mis camaradas de trabajo eran José Pedro Nand Gallardo y Moisés Díaz, un muchacho peruano bohemio e inteligente. Recuerdo que una noche de otoño comenzó a llover, estábamos en el periódico y nuestro trabajo había terminado. Ramón Cárdenas, un gaucho que atendía la tipografía, era un hombre cordial, afectuoso y de carácter violento a la vez. Siempre andaba armado, por lo que sospeché que abrigaba un fermento anarquista, pues varias veces le escuché decir: ‘Yo alquilo mi hambre hasta la madrugada para que mis hijos puedan comer mañana’.

LA BELLEZA DE LA LLUVIA

“Una noche de lluvia, en otoño, al terminar el trabajo en el periódico, le dije a Moisés Díaz: ‘Esperemos un rato a que pase la lluvia’. Claro, ninguno tenía impermeable ni paraguas. Moisés, en uno de sus típicos impulsos quijotescos, me respondió: ‘Nada es más bello que caminar lentamente bajo la lluvia en la ciudad dormida’. Yo admiré esa frase, pero no me moví de la oficina. Moisés dijo ‘buenas noches’ y partió como aceptando un desafío del destino. Llovía mucho, fuertemente. Me asomé a la puerta del diario para verlo transitar como un héroe solitario por el medio de la calle. Tenía el deseo de gritarle: ‘¡Espérame!’ Pero Moisés, el romántico andino, era una oscura sombra que volaba en la vereda con increíble velocidad rumbo a su casa. Ni Paavo Nurmi lo hubiera igualado en la corrida”.

LA DECISIÓN

“Algunos domingos, cuando ganaba un partido algún club de fútbol en el pueblo, un amigo de esas comisiones deportivas me buscaba para invitarme a festejar tal victoria. Pero yo debía llevar mi guitarra y tocar algunos temas. Eso me significaba cinco pesos, suma para mí muy importante. Así pude juntar un pequeño dinero y una noche le dije a mi madre: ‘Mamá, déme su bendición, porque me voy del pueblo. Me voy a Buenos Aires. Quiero trabajar en mejores condiciones’”.

LA LLEGADA A LA GRAN CIUDAD

“Llevaba dos cartas solamente. Una de Félix Esteban Cichero para Pallarés Acebal, periodista del diario “La Fronda”, y otra de Moisés Díaz para José R. Luna, ese gran muchacho tucumano que trabajaba en el diario ‘Crítica’ y escribía versos un poco influenciados por el boom de un pequeño y delicioso libro de poemas de Rafael Jijena Sánchez, ‘Achalay’. Así llegué a Buenos Aires y me alojé en casa de la familia Paglieri, gente que había estudiado en el mismo colegio mío. Llevaba también, y esto era para mí cosa muy importante, una frase que siempre me quedó grabada en mi conciencia: ‘El huésped y el pez, a los tres días apestan’.

Las penas son nuestras

Atahualpa Yupanqui dejó más de 1.200 canciones. “Nostalgias tucumanas”, “Caminito del indio”, “Los ejes de mi carreta”, “Luna tucumana”,  “Coplas del payador perseguido”,  “Viene clareando”, “El arriero”, “Zamba del grillo”, “Vidala del adiós”, “El alazán”, “La olvidada”, “Piedra y camino”,  “Huella triste”, “Campo abierto” y “Indicito dormido” son, acaso, las más populares.

De sus libros es interesante destacar a Piedra sola (1939), Aires (1943), Cerro Bayo (1953), Guitarra (1960), El canto del viento (1965), El payador perseguido (1972), Del algarrobo al cerezo (1977) y Confesiones de un payador (1984). Todos trataban sobre los paisajes americanos, sus personajes y su historia.

Sin embargo, Don Ata será recordado, por sobre cualquier otra cosa, por “El payador perseguido”, considerado por los críticos, argentinos y europeos, como el Martín Fierro del siglo XX. Su último trabajo fue una exquisita obra poética en conmemoración del bicentenario de la Revolución Francesa. Hace 25 años, en un pueblito lejano del sur de Francia, dejaron de sonar las cuerdas de su guitarra. Desde entonces, las penas son nuestras.

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