Junín. sábado 21 de octubre de 2017
Semanario de Junín » Opinión » 25 sep 2017

pOBREZA

¿Por qué no nos resulta insoportable?

Es viejo: los ricos temen a los pobres pero simulan que les temen más; entre otras cosas, para convencer a los no tan ricos de que ellos también deben temerlos


Por:
LUCIANO CANAPARO

A veces me da un brote de inocencia y no puedo parar de pensar en esa obscenidad básica y, sobre todo, en cómo conseguimos correrla hacia un costado y, en muchos casos, olvidarla: la pobreza.

También es cierto que cientos de miles de técnicos en economía, periodismo, política, cloacas y encuestas varias trabajan para eso. Pero igual es sorprendente que hayamos conseguido dejar de lado la cuestión, que podamos hablar de tantas otras cosas y no de la central: ¿no es básicamente intolerable que haya ricos muy ricos y, en consecuencia, pobres muy pobres? ¿No es terriblemente pornográfico que haya tantos hombres y mujeres y chicos que no comen suficiente porque algunos se gastan un mes de comida para cuatro en un par de pilchas de marca que usarán un par de veces? ¿Qué yo pueda devorarme en una cena con amigos lo que tantos ganan en una semana de trabajo, si los ganan? ¿Por qué no nos resulta insoportable? ¿Cómo hemos conseguido convencernos de que esa es la lógica del mundo?

Sé que a esta altura del partido uno debería pensar cosas más inteligentes. Pero ahí está la gran trampa, la primera: minucias como estas pasan por torpezas, por consignas trasnochadas. Además, los que prefieren que olvidemos este dato controlan la política y los medios, los focos de producción del discurso. Así fue como nos convencieron de que no existe causalidad: que los pobres nos son pobres porque los ricos son ricos. Y, también, de que existe una “riqueza legítima”: que “robar” está mal, pero que es correcto que un patrón les pague a sus empleados dos con cincuenta mientras se llena de guita gracias al trabajo que les compra.

Me parece que allí actúa, como tantas otras veces, la falta de perspectiva histórica: seguramente vendrán tiempos en que esta idea parezca inverosímil. Si se hubiera hecho una encuesta en las calles de la Roma imperial, todos habrían dicho que la esclavitud era una de las formas naturales de la propiedad, por ejemplo. Y ahora se supone que ya no lo creemos.

La pobreza en Argentina actual es muy impresionante, pero tanto o más impresionante -me parece- es que hayamos aprendido a convivir con todo eso, que no estemos en un estado de indignación permanente ante la obscenidad básica –como sí lo estuvimos y estamos, por ejemplo, ante los curros o curritos, los errores y excesos de la dékada ganada-. Y que pensemos que ese estado de cosas es una especie de fatalidad y no el producto de decisiones políticas que se podrían cambiar con otras decisiones políticas.

Y eso por no hablar de otras cuestiones colindantes. Cómo, por ejemplo, que los nuevos pobres no tienen siquiera la identidad de clase que los pobres solían tener. Los pobres eran, en esos años, señores y señoras que trabajaban en fábricas, talleres y servicios, no ganaban mucho, y tenían unas costumbres que los constituían. Esos señores y señoras no solían llamarse pobres a sí mismos. Eran, según y cómo, los obreros, los trabajadores: su posición se definía con relación a la estructura laboral. Era una posición subordinada –tenían que vender su fuerza de trabajo por no mucho- pero era. Y en relación con esa estructura tenían una cultura de la que estaban orgullosos –su propia cultura- y una idea de sí mismos. La izquierda los veía como la “clase portadora de la historia”; los manuales los enlazaban como los “creadores de la riqueza nacional”; ellos solían definirse, entre otras cosas, como peronistas. Durante medio siglo los trabajadores argentinos fueron peronistas. Hasta que el trabajo fue dejando de estar en el centro y, al final, dejó de estar en cualquier parte. Los obreros –y muchos otros trabajadores- perdieron ese foco organizador y volvieron a convertirse en pobres: su lugar en la sociedad ya no está definido por lo que hacen sino por lo que no tienen.

Y los ricos, que siempre temieron a los pobres –a la reacción que muy de vez en cuando los pobres tienen cuando se hartan y dan vuelta todo- recurrieron otra vez al expediente de criminalizarlos. Es viejo: los ricos temen a los pobres pero simulan que les temen más. Entre otras cosas, para convencer a los no tan ricos de que ellos también deben temerlos. La criminalización de los pobres es una tradición: una manera de generalizar la amenaza que eventualmente representan para algunos.

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