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Semanario de Junín » Cultura » 16 oct 2017

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La máquina de hacer música

Se cumplen 40 años de uno de los discos más trascendentes y menos reconocidos del rock nacional. “Películas” es el registro mayor de una banda que duró apenas dos discos, pero que es desde lo musical, la mejor banda que haya tenido Charly García: La Máquina de Hacer Pájaros.


Por:
JOSE LUIS VISCONTI

La década del 70, en la que los músicos componían y editaban una vez al año, donde los discos en vivo eran excepciones en el negocio de la música, fue de ebullición creativa e inestabilidad. Los grupos no duraban más de tres o cuatro años, exprimían todo su universo creativo y se disolvían rápidamente en un big-bang que generaba nuevos sistemas solares, estrellas y planetas. Para entendernos con un ejemplo: en los años que van de 1969 a 1980, Luis Alberto Spinetta formó, deformó y disolvió Almendra, Pescado Rabioso, Invisible y Spinetta Jade, a lo que hay que sumar la Banda Spinetta y un par de incursiones solistas. Doce albums, dos de los cuales fueron dobles, en apenas 11 años.

Algo similar pasó con Charly García en los años que van desde “Vida” (1972) hasta la disolución de Seru Giran en 1982. Cuatro discos con Sui Generis (uno de ellos, un doble en vivo), cinco con Seru Giran, el concierto de Música del Alma. Y en el medio, un ovni musical llamado La Máquina de Hacer Pájaros. Tal vez haya sido la época (el bienio 1976-77), tal vez su menor popularidad en comparación con los otros grupos, pero quedó inevitablemente como el jamón del sándwich. Y sin embargo, allí están sus dos elepés, dispuestos a sostener esa máxima proferida por Alfredo Rosso: “Si los libros de historia se quemaran, uno podría leer la historia de este país escuchando los discos de Charly García”.

LA BANDA QUE ENLAZA PASADO Y FUTURO

El programa “Ojos de videotape” –que se emite por la TV Pública y es producido por el hermano de Charly, Daniel García Moreno- minimizó, ya sea por falta de material o por creencia musical, el lugar que tuvo La Máquina de Hacer Pájaros en la trayectoria de García. El error, en todo caso, consistió en no remarcar siquiera los puentes que tiende entre el folk-rock de Sui Generis y el pop-rock de Seru Giran. Basta con pensar en “Por probar el vino y el agua salada” como un lazo con el pasado o en “Qué se puede hacer salvo ver películas” como un eslabón en la relación con el cine no solo por el uso del recurso de la banda sonora de un film (que más adelante utilizará en “Salir de la melancolía”) sino también en su recorrido por la iconografía clásica  que revive tanto en “Canción de Hollywood” como en “Cinema verité”.

Aún a riesgo de parecer injusto con la estatura de Lebón y Aznar, La Máquina de Hacer Pájaros es el mejor grupo que jamás haya tenido García. Allí exhibe el repertorio más amplio de su creatividad, y la alquimia con Carlos Cutaia (era la primera banda con dos tecladistas) a la hora de los arreglos, dejan en claro que allí había algo realmente serio. Escuchar los dos discos que dejó el grupo es un redescubrimiento asombroso: su modernidad no se encuentra datada y no muestra señales de anacronismo. Por el contrario, sigue sobresaliendo la potencia arrolladora de una banda  que estaba abriendo un camino que luego transitarían Alas y Crucis entre otros. La expansión del universo García que asomaba en la furia eléctrica algo contenida del último elepé de Sui Generis, se multiplica en esos dos años a escalas impensables.

UN EXPERIMENTO PERFECTO

Lo cierto es que mientras los ojos están puestos en los 50 años de la edición de “La balsa”, también se están cumpliendo 40 años de la salida del que quizás sea el disco más complejo y logrado, el que más incentiva la percepción de los detalles, en toda la carrera de Charly. Si ese elemento implica poner la vara muy alta –estamos hablando del mismo artista que construyó enormes discos como “Pequeñas anécdotas sobre las instituciones, “La grasa de las capitales” o “Parte de la religión” solo por nombrar algunos- es porque tiene con qué sostener esa afirmación.

“Películas” abre y cierra con sendos temas instrumentales en los que algunos han querido ver que operan en la mudez por el contexto opresivo, reflejando en la ausencia de palabras, la imposibilidad de pronunciarlas. Por el contrario, creo que tanto “Obertura 777” como “Por las calles de Costa Rica” son consecuencia de dos elementos. El primero, que el propio García venía experimentando desde Sui Generis con pasajes instrumentales más extensos. El segundo, en que son años de gran vitalidad para el llamado rock progresivo, a partir del éxito de los grupos de “rock sinfónico” –como Yes o Emerson, Lake & Palmer- que se empeñaban en el desarrollo de obras conceptuales y predominantemente despojadas de letras. Es así que ambos temas muestran un espíritu de época que se sitúa en el plano de la sonoridad (las referencias souleras hacen recordar los leit motiv de las series de esa década).

De todas maneras, no deja de ser cierto que la letrística de García apuntaba a esa época en la que se asentaba. Las referencias dicotómicas a la prisión/libertad aparecían tanto en “Marylin…” (“Esto no es un juego nena/estamos atrapados”) como en “Qué se puede hacer…” (“Me acercaré al convertible/ le diré quiero ser libre”) y estaban apenas compensadas por el optimismo a futuro de “No te dejes desanimar” (“…quedan tantas mañanas por andar”). Aunque no hay descripción más precisa que la del ominoso entorno que campea en “Hipercandombe” con su atmósfera de ciencia-ficción y su desesperanza a cuestas.

Pero el peso musical de la banda es mayor, y no parece extraño que García haya retomado en sus primeros shows solistas de 1982 temas como “Marylin…”, “No te dejes desanimar” o “Hipercandombe”. Si las dos primeras funcionan sobre un lirismo musical que explota en los estribillos (una marca de la época de García: el paso del susurro al estallido), la última es una masa compacta de furia que encuentra su sonoridad perfecta incluso en la decisión de poner las voces al frente. Si “El vendedor de las muñecas de plástico” parece continuar la mirada que desplegaba “Las increíbles historias del señor Tijeras” en la doble moral sobre lo sexual, su atmósfera ligeramente bluseada y la voz de Gustavo Bazterrica reemplazando a García (un acierto notable para conseguir la ironía que persigue el texto), llevan el tema a un territorio imprevisible. Si “Qué se puede hacer…” y “Ruta perdedora” pasan de una letra casi susurrada en segundo plano a estribillos irresistibles, compensan con sus desarrollos instrumentales, con rupturas aceleradas con la facilidad de García para construir líneas melódicas que intercala como frases y estiletes en una arquitectura compleja de sonidos.

Lo que tiene de extraordinario un disco como éste, es una apuesta que parece contrariar los signos de los tiempos. De aquellos en los que fue concebido, y de estos en que volvemos a escucharlo. El perfecto equilibrio que establece entre la canción popular y la experimentación formal, vuelve a este disco una obra perdurable, una gema absolutamente atemporal. Una obra que, clavada inevitablemente en su tiempo histórico, cifraba en su búsqueda, una mirada, una impronta que se proyectaba hacia otros tiempos. La vanguardia, como diría el propio García, es así.

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