Junín. domingo 19 de noviembre de 2017
Semanario de Junín » Opinión » 23 oct 2017

corrupcion en casa

Pura mecánica


Por:
LuCa

Siempre creí que uno de los grandes frenos que trababan al estado argentino era la insistente ilegalidad con que la mayoría de los ciudadanos nos relacionamos con él. Todos sabemos que casi todos lo hacemos. Aunque hay, por supuesto, grados y maneras.

Una cosa es ese tercio largo de los trabajadores que debe resignarse a vivir en negro: que no puede gozar de las garantías y seguridades de trabajar legalmente porque su necesidad y el poder de sus patrones –privados, públicos– consiguen que así sea.

Otra, la costumbre perfectamente generalizada de esquivar ciertas cargas: no declarar ingresos, no hacer una factura, coimear a un policía en lugar de pagar una multa.

Y otra más, muy distinta, es el complejo sistema de disfraces, desvíos y corruptelas de funcionarios que practican las empresas más o menos grandes para no cumplir con las reglas fiscales.

Son formas muy diversas pero todas responden a esa palabra tan nuestra: trucho. Bien exacta, bien argentina. Trucho es como quien dice falso con cariño, te engaño pero con buena onda, no es lo que debería ser pero igual sirve. Trucho incluye, claro, ese resto de aprecio, casi admiración, por los que consiguen truchar bien esto o aquello.

Pero nunca más que en los tratos con el estado. Nos parece lógico “engañarlo”, y tiene alguna lógica: ¿por qué habría que pagarle a un estado manejado por un gobierno que se gasta buena parte de lo que le pagamos en agarrarse al poder y beneficiar a sus amigos? ¿Por qué, a un estado que le sirve a los miembros de ese mismo –y cualquier otro– gobierno para llevársela con pala ancha? ¿Por qué, a un estado que no ofrece a cambio aquello que supuestamente le pagamos: educación, salud, transportes, seguridad, justicia? El estado, con su funcionamiento, justifica el engaño al estado.

El estado pierde fortunas, es obvio, por este sistema –que, últimamente, sin cambiar el mecanismo, está recuperando al incrementar la presión fiscal. Lo que no había entendido es cuánto gana.

El Estado aprovecha la ilegalidad establecida para imponer su voluntad. Si no fuera por esa ilegalidad, todo le resultaría más complicado. Un empresario que tiene “todo en blanco” podría negarse a ciertas cosas, un actor no necesitaría romperse las palmas aplaudiendo, un periodista podría escribir sin miedos. Al currarle al estado se entregan a la discrecionalidad del estado; al engañarlo juegan su juego de engaños: se ponen en sus manos.

La ilegalidad media argentina es tan funcional al gobierno del estado argentino como la pobreza de millones de argentinos al mantenimiento de un sistema político clientelar y dependiente. O, dicho de un modo paranoico: somos un poco corruptos porque al Estado le conviene.

Va a ser muy difícil sacudirse la carga de este Estado corrompido, del poder que tan bien lo aprovecha, mientras sigamos coimeando al policía del semáforo. Pura mecánica.

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