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Semanario de Junín » Cultura » 30 oct 2017

FIGURA DE LA LITERATURA ARGENTINA

Miguel Briante: “Cambian los lectores, no los libros”

“Clandestina, la lengua Briante se habla en los márgenes literarios, que son los geográficos, donde se anclan sus relatos, en las afueras del pueblo, en la orilla del río. Es la lengua de los desposeídos apartados de la moral y las buenas costumbres burguesas” (Guillermo Saccomanno).


Por:
ISMAEL CANAPARO

Miguel Briante, periodista, pintor, guionista, escritor y crítico de arte, nació el 19 de mayo de 1944 en el pueblo bonaerense de General Belgrano (localidad ubicada a 162 kilómetros de Buenos Aires, con algo más de 15 mil habitantes). Murió allí mismo, el 25 de enero de 1995, en un absurdo accidente doméstico, al caerse de una escalera en su casa. Tenía 50 años.

Fue uno de los referentes máximos de la cultura belgranense, lugar donde también son oriundos varios personajes destacados, como: Fulvio Milano (escritor), Rubén y Diego Capria, Osvaldo Nartallo, Leandro Testa y Sebastián Luna (futbolistas) y José Luis Frasinetti (escritor y pintor). Pese a que ya a los nueve años vivía en la Capital Federal, el río Salado, el Club Social, el Rotary, la Intendencia, las calles y las gentes del pueblo continuaron siendo las escenografías y los personajes de sus relatos. “Se trata de un lugar donde los ricos crían y engordan ganado vacuno y cultivan el campo, mientras los “locos” y “desesperados” circulan hasta ser capturados por la narrativa de Briante, quien los convierte en protagonistas de su primer libro de cuentos, “Las hamacas voladoras” (1964), “Kincón” (1975), una única novela y otros dos libros de relatos, “Hombre en la orilla” (1968) y “Ley de fuego” (1983)”, comenta el escritor Vicente Battista, para agregar que “la evocación nostálgica que recrean sus relatos y un estilo poético, que contribuyen a crear un clima de honda melancolía, no obstaculizan sin embargo la punzante crítica que subyace en las historias de seres menudos que luchan contra el estado de cosas abrumante de una sociedad rígida y sin contemplaciones. Los contrastes de clases, el maltrato a los más débiles, el aferrarse a las costumbres, a la división entre los lugareños y los forasteros, entre los pueblerinos y “los de la Capital”, la inocencia o la desconfianza de la gente son temas recurrentes resueltos en una prosa elegante, pero que no evade el juego de tonos y registros diferentes”.

Briante tenía una teoría bien definida. Decía que “cambian los lectores, no los libros”. Quizá por eso volvió a publicarse en octubre de 1993, dieciocho años después de su primera aparición, el mítico libro “Kincón” (Caracas: Monte Ávila, 1975). Pero en la versión de Alfaguara (sello editorial español), Miguel, que se permitió el truco de una reescritura enriquecedora, aclaraba los tantos: “Por suerte, “Kincón” no tuvo mucha circulación, así la pude corregir. La novela fue finalista en Monte Avila, el premio lo ganó otro, pero la editorial consideró que el jurado se había equivocado. Estaba llena de desprolijidades; pasó como un año y pico hasta que se editara. Yo estaba en París, me fui a España a corregir. La corregí a mano sobre las pruebas y las mandé desde Barcelona. La corrección nunca llegó, entonces salió con todos los errores de esa prueba de galera. Y aterrizó en Buenos Aires en un momento en que el dólar estaba muy caro y trajeron cien ejemplares. ¿Qué me pasó volver a la novela después de más de veinte años? Me dio un poco de vergüenza, porque uno con el tiempo va decantando su entusiasmo, se pone más lejano con el mundo. Yo hace tiempo que no narro, salvo en el periodismo. Hay una parte de la novela que son veinte líneas nuevas, taché mucho, le saqué treinta páginas, reescribí un montón de cosas sacándole énfasis, adjetivos, cambiando un adjetivo más sereno por otro, sobre todo en la parte en que hay un narrador. En la primera versión aparecía el narrador mismo, al final se sabía quién era: era el autor con nombre y apellido, Briante. Eso lo saqué, me parecía entre demasiado autorreferencial y como un golpe bajo. Pero de pronto lo que me pasó es que volví al pueblo, volvía a la infancia y a rememorar cosas. Bueno, la memoria no es un escenario muerto. Con “Kincón” me dieron ganas de volver a escribir, pero no sé por dónde”.

Fue un escritor que trabajó con mucha pasión en distintos medios periodísticos. Entre 1967 y 1975 participó activamente en las revistas “Confirmado”, “Primera Plana”, “Panorama” y en el diario “La Opinión” de Jacobo Timerman. Su única novela y sus cuentos padecieron de una recepción mezquina, no exenta de una deliberada crueldad, propia de los prejuicios del academicismo literario que para analizar una obra necesitan repetir, cada dos líneas, el Padrenuestro barthesiano, foucaultiano o derridiano, según quien escriba, tics teóricos rebuscados y pedantería universitaria de la que Briante desconfiaba,  al igual que sucedió con Osvaldo Soriano. Lo de Miguel sintetizaba la sobriedad de quien escribe con elegancia, sin necesidad de presumir, sin estridencias ni exuberancias barrocas.

Desde 1982 y 1984 fue Jefe de Redacción de la revista cultural “El Porteño”, y a partir de 1987 hasta su muerte estuvo a cargo de artes plásticas en el diario “Página/12”, llevado por Jorge Lanata. Con respecto a “El Porteño”, fundada y creada por Gabriel Levinas, Miguel Briante y Jorge Di Paola, salió hasta fines de 1993. Fue revolucionaria para su época.  Se especializó en temas poco conocidos por entonces,  como la desaparición de niños, la lucha de los pueblos originarios, la ecología o la anti-psiquiatría de Alfredo Moffatt. También le otorgaba un espacio importante al arte, arriesgando y abriendo territorios relacionados con nuevos estilos de vida y de arte. La primera editorial, en plena época de la dictadura, tocó el tema novedoso en ese momento: los aborígenes argentinos. Se ocupó de las comunidades indígenas, no desde el punto de vista antropológico, sino informativo, contando como vivían quienes habitaban originariamente la tierra criolla y qué había pasado con sus culturas y sus identidades.

Briante y Levinas le imprimieron a “El Porteño” una característica especial: las investigaciones con denuncias y una búsqueda constante de nuevas voces y de actores sociales poco conocidos. Estos ingredientes se volcaban sobre un formato que combinaba cierto desparpajo en la manera de enfocar la realidad con la mejor literatura. Algo que la prensa norteamericana ya había bautizado como "nuevo periodismo", para diferenciarlo de los cánones clásicos de la gran prensa y el formato agenciero. “En Estados  Unidos ya era un género consolidado con notables exponentes, como por ejemplo Truman Capote, cuyas crónicas de un crimen por boca de dos condenados a muerte por ese hecho fueron la materia prima de “A sangre fría”, una novela escrita en el borde entre la ficción y el realismo más estricto. Acá, las investigaciones político-policiales de Rodolfo Walsh eran lo más parecido. Pero mientras este publicaba algunos de sus trabajos más conocidos en el periódico semi/clandestino de una central sindical combativa, los norteamericanos lo hacían en publicaciones de culto entre la intelectualidad joven, como Rolling Stone o The Newyorker”, contaba el Gordo Soriano.

Sobre el periodismo, esto pensaba Briante: “Cuando era joven suponía que el periodismo hacía mal, pero después tuve que vivir del periodismo y creo que en algún lugar me jodió porque me dejé de ocupar de la literatura o me dio el pretexto para hacerlo. Pero, por otro lado, aprendí a escribir en setenta líneas. Además, lo que me da cierto placer y me afila un poco el lenguaje es tener que hablar de pintura, donde hay que decir de manera sencilla algo que no está en el lenguaje común, que la gente ve como algo inexpresable. Se puede hablar de pintura en serio y se puede sanatear mucho. Los críticos explican la obra a partir de reglas que creen que son ciertas. Cada obra de arte que aparece  plantea una modificación del arte y eso hay que poder transmitirlo, pero uno no es nada más que un puente entre el lector y el artista. Lo que pasa es que en arte se dio mucho el hecho de que hubo críticos que eran buenos escritores y que casi se pusieron a la cabeza de las teorías. Acá también pasó mucho en la literatura. El problema de los críticos de arte es que son demasiados específicos. Por un lado, tiene una formación de la historia del arte. Y después, sanata como los semióticos”.

 

El hombre que usaba las palabras justas

Por Silvina Friera

La distancia temporal con la que se mira (y lee) la obra de Miguel Briante, permite alumbrar una zona medular de su escritura: narrar, a su manera, con el oído adherido al modo de expresarse de los personajes que habitaron su mundo ficcional y periodístico.

El arte de la narración rebasa la copa de la sintonía auditiva porque el escritor apela a la mirada que, más allá de lo aparente, construye zonas que no son meras copias de la –realidad, como el pueblo siempre quieto a la hora de la siesta o las voces y las risas de los adolescentes que emergen a la orilla del río. Era su ley de juego, las fichas que arriesgaba en la literatura.

Se dice que su estilo era económico, ajustado, afilado, que nunca sobraba un adjetivo, un sustantivo o un verbo. Esa adhesión estética permite trazar una cronología en la literatura argentina: hay un antes y después de Briante. No porque rompiera amarras con Sarmiento-Borges-Arlt, o Hernández-Lugones, sino porque se sacaba de encima el peso de la herencia, especialmente la borgeana, integrando y reescribiendo a estos autores canónicos.

Desde la óptica de la crítica literaria, su proyecto consistió en reelaborar el criollismo borgeano, invirtiendo el punto de vista con el que se aproximaba a la pampa. Frente a las referencias universales de Borges, Briante arranca del pueblo chico hacia lo general. Y Ley de juego (cuentos publicados en 1983, pero mayoritariamente escritos durante la década del ’60) transparenta esta empresa, parafraseando a ese adolescente de dieciséis años del relato Ultimo día:-Había que encontrar otra forma de decir las cosas. Y el cuentista prematuro, el pibe Briante, lo hizo.

 

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