Junín. sábado 18 de noviembre de 2017
Semanario de Junín » Cultura » 1 nov 2017

JUNÍN TIENE QUIEN LE ESCRIBA

"Adela y cocoliche", un cuento de Eduardo Cormick

En Semanario tenemos la intención de divulgar nuevas (y también experimentadas) voces de la literatura local, y en ese desafío hoy continuamos con “Adela y cocoliche”, un relato de Eduardo Cormick, escritor que fue seleccionado para "Nuestros cuentos", la antología recientemente editada por Rama Negra.


Los perros dejaron el rincón de la galería donde estaban acurrucados, atravesaron el cerco de ligustrinas y salieron al camino, todavía en silencio. Doña Adela, que los vio desde la cocina, mate en mano, dijo:

-Fijate, José, qué pasa.

En su silla, Don José se ajustó las alpargatas para seguirlos.

-Han escuchado un ruido -dijo en voz baja, como hablándole a las alpargatas.

-Debe venir gente -le dijo a su mujer y se acercó al camino que para esa hora era un borroso dibujo en la tardecita colorada.

Los perros comenzaron a ladrar, el cuzco el primero, provocador. Don José vio la silueta, recortada en el atardecer, del hombre que caminaba lento.

-Buenas -dijo don José.

-Sera -saludó el caminante sin detener la marcha.

Estaba poco abrigado para esa tarde de comienzo de invierno; apenas un pantalón y una camisa ombú, un saco de gabardina que cerraba con las manos, alpargatas.

-¿Va lejos?

-A Rocas.

-¿A Roca? ¿O a Rojas?

-Ecco.

Don José giró la cabeza y dijo mirando en dirección a la cocina:

-Éste está perdido.

-Hacelo entrar —ordenó doña Adela, que descolgó el sol de noche y comenzó a caminar hacia la puerta.

-¿No quiere pasar a tomar algo caliente? -invitó don José.

El hombre se detuvo.

A la luz del sol de noche tomaron las primeras impresiones del hombre: no era más alto que las ligustrinas, un metro y medio con suerte, una edad que podía ser cincuenta años, el pelo corto y la cara afeitada.

-Venga, hombre, pase -doña Adela repitió la invitación de su marido.

Era claro que el hombre estaba desorientado. No importa si caminaba con rumbo a Roca o a Rojas. Ese camino no llevaba a ninguno de esos lugares.

Ese camino no llevaba a ningún otro lugar más que a ese en el que vivían don José y doña Adela con sus hijos. Un poco más allá, al llegar a la cañada, una tranquera cerraba el paso, y comenzaba el acceso a un puesto de la estancia.

-Venga para adentro –le dijo doña Adela, y lo fue llevando con suaves palmadas en la espalda. Le ofreció una de las sillas, que puso cerca de la cocina económica. Encargó a su hija que llenara una olla con agua y la pusiera a calentar y se fue para los dormitorios.

Volvió con alguna ropa en los brazos, controló el agua de la olla y se llevó al viajero a un cuartito detrás de la despensa.

-Pase por acá. Le dejo el agua y la palangana; el jabón, la toalla. Lávese para darse calor, y se pone esta ropa que le irá bastante bien.

-Va bene.

Cuando los hijos varones llegaron de Obligado, la mesa estaba puesta. Había un plato de más.

-¿Quién está?

-Ahora viene -fue toda la respuesta.

El caminante apareció al rato, ya vestido con la ropa seca y abrigada que le habían provisto.

-Buenas tardes -lo saludó Felipe.

-Buonna…

-¿Cómo se llama? -Felipe le hizo una pregunta que sus padres habían olvidado hacer.

La respuesta fue larga, entrecortada, incomprensible.

A doña Adela, la única que entendió algo, le pareció que había dicho algo como Omaretto, pero no podría asegurarlo.

Todos quedaron en silencio.

-No importa, vamos a cenar -indicó doña Adela y comenzó a echar sopa en los platos.

Don José cortó pan y ofreció al invitado; buscó la botella de vino, quitó el corcho y echó vino en su vaso y en el de la visita. Puso el sifón frente al plato del visitante y le hizo señas de que se sirviera a gusto. El vino pasó por cada comensal.

Tomaron la sopa en silencio, como estudiándola.

-Negra, serví el puchero -dijo doña Adela rato después, y la hija trajo la olla y comenzó a servir.

-¿De dónde viene? -preguntó Felipe al rato.

La respuesta fue parecida a la que dio cuando le preguntaron el nombre.

Como no entendieron, cada uno siguió atento a su plato, hasta dejarlo limpio.

-Traigan mantas y cueros -dijo doña Adela cuando terminaron de cenar, señalando para el lado del galpón. Acomodó todo en un rincón de la despensa, entre papas y leña, zapallos y productos del almacén. Agregó cobijas e improvisó una almohada.

-Acá va a estar abrigado.

-Grazietante.

La Negra dejó los platos en un fuentón con agua junto a las hornallas y limpió la mesa. Felipe se acercó a su madre y le dijo en voz baja.

-Lo mismo. Siempre dice lo mismo Y no se entiende.

-Y, habla cocoliche.

-Cocoliche.

Don José fue el último en salir; antes, apagó el sol de noche.

El recién llegado se despertó con unos ruidos antes de que clareara. A tientas, buscó alguna ropa para abrigarse y abrió el postigo de la pequeña ventana: vio a los dueños de casa, en fila, caminando hacia el corral.

Terminó de vestirse y salió.

Cada uno en la familia estaba sentado en un banquito, frente a las ubres de una vaca, cargando leche en un balde.

-¿E io, cosa faccio?

-Me trae una vaca -le ordenó doña Adela.

-¿Cualunque?

-La primera que encuentre.

Como si supiera, el hombre se acercó al corral de las lecheras, eligió una, hablando quién sabe qué la llevó hasta doña Adela, le ajustó la manea y fue a buscar otra, y así tuvo qué hacer en esa madrugada y en las que le siguieron.

-¿Le entendés lo que te dice?

-No. Pero él me entiende a mí.

Así el hombre se agregó como uno más en las tareas de la casa. Compartió las tardes de lluvia y las mañanas heladas del invierno, y acompañó los diálogos, los silencios y los mates desde un banquito que eligió un día y en el que se mostraba cómodo.

-Coco, me trae leña.

El hombre caminó hasta el monte de acacias, detrás del gallinero, con el hacha que le dio doña Adela sobre la carretilla. Regresó cerca de mediodía, la carretilla cargada de leña.

La familia estaba esperando el comienzo de la novela de radio Porteña, así que al saludo del hombre le respondieron con un chistido y la indicación de sentarse. Que ya estaba la leña, quiso decir, que se sentara, le ordenaron, mientras comenzaban los primeros diálogos de “El apache argentino”.

Se mantuvo en silencio, de pie, las manos apoyadas en el respaldo de una silla, durante la hora que duró el radioteatro y luego, en los primeros minutos del informativo gigante internacional de radio Colonia. Pero algo que alcanzó a decir durante una pausa comercial, llamó la atención de doña Adela, que le preguntó:

-¿Dónde?

-¡La!

-¿Una comadreja?

-Sí.

Entonces todos abandonaron su lugar en la cocina y corrieron más allá del gallinero. Las plumas de unas batarazas eran la única prueba, así que se desplegaron alrededor de los árboles, hasta que con la ayuda de los perros encontraron a la invasora.

 -Dos platos de sopa; dos vasos de vino -dijo doña Adela y don José le dio una palmada en el brazo-. Los tenés ganados.

-Mañana, puchero de gallina -dijo doña Adela. Antes que las maten las comadrejas, las comemos nosotros.

Durante el día, al visitante se le encargó la tarea de cuidar las lecheras y sus crías, que salían a pastar en los costados del camino. Marchaba al mismo ritmo del ganado. Cuando cruzaba frente a una lechuza en su palo, le chistaba; cuando pasaba frente a los jilgueros en el alambre, les silbaba. Lechuzas y jilgueros le respondían, en su idioma. Dialogaba con ellos. Vacas y terneros parecían entender que era hora de regresar cuando el hombre cambiaba la orientación de sus pasos para dirigirse, a igual mínima velocidad, rumbo a las casas; y lo seguían.

Al llegar, las vacas entraban de a una en un corral y los terneros en otro, y con eso dejaba todo preparado para el ordeñe de la siguiente mañana.

Después de haber encerrado las vacas, le quedaba tiempo para cortar leña, o alimentar las gallinas, o barrer el patio. Era una parte del paisaje que veía cualquiera que pasar por allí.

-No se te va a ir más -le advirtió una vecina a doña Adela durante una visita.

-Bueno. Él sabrá cuándo debe irse.

Los días se hicieron más largos y un poco más cálidos.

Era un domingo, cuando el sol ascendió en la mañana clara.

En el tambo, doña Adela notó que Coco estaba inquieto. Como todas las mañanas, ordeñaron en silencio.

Cuando volvieron, antes de desayunar, Coco se lavó la cara y los brazos con el agua de la bomba. Se ajustó la camisa dentro del pantalón y ató bien los cordones de los botines.

Tomó el tazón de café con leche; partió un pan y puso dentro un pedazo de queso; le clavó los dientes. Doña Adela le dejó un pedazo de salame y de queso, con otro pan, junto al tazón. Coco envolvió todo con una servilleta.

Los hijos varones fueron a buscar los caballos para ir a jugar a la pelota en la canchita que estaba al lado del boliche. Doña Adela con la hija preparaban los ravioles para el almuerzo. Don José fue a la quinta a buscar verduras. Al volver, vio que el visitante se iba por el camino.

-Adela -avisó a su esposa- Coco se está yendo.  ¿Qué va a comer este hombre?

-No te preocupes. Lleva algo para pasar el día. Mañana verá qué hacer. Es un lindo día, y a él le gusta caminar -dijo doña Adela y se ajustó el delantal en la cintura.

Perfil

Eduardo Cormick nació en Junín en 1956. En 1992 recibió el 2° premio Iniciación de Novela de la Secretaría de Cultura de la Nación, por su novela Almacén y despacho de bebidas El Alba. En 1996 fue premiado en el certamen Joven Literatura, de la fundación Fortabat. En 2004 recibió el premio Edenor-El arte de la novela corta, otorgado por la fundación El Libro por la novela Quema su memoria (editado por Vinciguerra en 2014). En 2006 publicó Entre gringos y criollos (ediciones De las Tres Lagunas), declarado de interés municipal por el Concejo Deliberante de Junín. Los cuentos “Ese día paró el Cuyano” y “Volar bajito”, que son parte de ese volumen, recibieron menciones especiales en el certamen de cuentos de la CGT Junín (1998) y en el certamen Juninpaís 2004, respectivamente.

En 2010 publicó El primer viaje (ediciones de las Tres Lagunas), declarado de interés legislativo por el Senado de la provincia de Buenos Aires (2010).

En 2017, “John Evans y un hermano” fue seleccionado para la antología ‘Nuestros cuentos’ de la editorial Rama Negra. Este relato pertenece a ‘Hasta que aclare’, libro de próxima aparición.

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