Junín. sábado 18 de noviembre de 2017
Semanario de Junín » Cultura » 6 nov 2017

LA BIBLIOTECA ROJA

Desenterrar la memoria


Por:
JOSE LUIS VISCONTI

“La biblioteca roja” es un libro sobre los libros, sobre cómo pudieron ser peligrosos y sobre cómo fueron ocultados. Pero por sobre todo es un libro que desarrolla en paralelo, la estrategia de desaparición del gobierno militar y la de la reconstrucción encarada por la antropología forense y la lucha por la memoria.

1-Hay libros que no pueden leerse y ya está. No son parte de una rutina de lectura que se agota en el momento de llegar al punto final. Se resisten a abandonar al lector. Lo abrazan, lo mantienen protegido, mientras los sedimentos de la lectura, con el paso de los días, se van acumulando.

2-Todo lector tiene una biblioteca. Si la biblioteca es una construcción de años o décadas, revela a su lector, dice de él más que cualquier foto o filmación. Una biblioteca trasluce ideas, es un recorrido por los pensamientos de su dueño, de lo que se anduvo y de los caminos que se desandaron. Variante de una frase/lugar común: dime qué hay en tu biblioteca y entenderé cómo eres.

3-Por eso, no hay pánico mayor para un lector que la pérdida de una biblioteca. Porque en la pérdida de la materialidad va inscripta la idea de lo irrecuperable. Y perder una biblioteca es como la amputación de una parte del cuerpo. Ya no seremos los que éramos, sino un poco menos: los libros serán memoria, aunque la vida siga adelante. Nuestro cuerpo, escindido de los libros que nos constituyeron, vuelve a ser solo tejidos, músculos, rutina, abandono.

4-¿Cuántas bibliotecas se perdieron en las dictaduras?¿Cuánto pensamiento y lectura fueron a parar a la hoguera? No hay medida posible del daño. Pero había que elegir. Los libros o la vida. Irse o quedarse. Desprenderse de los libros como quien renuncia a una parte de sí mismo para seguir.

5-¿Cuántas familias escondieron libros, los quemaron o los enterraron? ¿Cuántas veces se trató de un acto inútil, porque la maquinaria de la muerte montada por las fuerzas armadas los alcanzó igual? El pensamiento militar puede ser obtuso, pero sigue una lógica. Ellos también entendían, a su manera, que un libro es un indicio, una pista, una punta de ovillo para saber quién es realmente su dueño. Que lo hayan utilizado de manera perversa, persecutoria, es otra historia.

6-Enterrar los libros como quien entierra a sus muertos. Pero sin rituales. Sin que se note. Es curiosa y escalofriante esa sinonimia entre el proceso de enterrar los libros y documentos políticos del lado de los militantes, y el de los militares que enterraban cuerpos en fosas comunes de cementerios o campos de concentración. De un lado y del otro, el razonamiento era el mismo: que no se vea, que no nos delate. Enterrar el presente para asegurarse el futuro.

7-Pero la diferencia es clara. Los militares no querían desenterrar, se resisten a su propia memoria, a asumir la responsabilidad de los actos. Scilingo fue un paria entre sus pares: dijo porque prefirió el peso del juicio y la cárcel al de su conciencia en silencio. Los militantes, en cambio, sabían que había que desenterrar. Que lo que estaba oculto y sepultado, debía ver la luz.

8-No es menos inquietante otra sinonimia: la del primer proceso que encaran Darío y Liliana al regresar del exilio. Desenterrar los libros, volver a buscarlos, recuperarlos: descubrir, como pasaba con los desaparecidos, que estaban allí, pero que no estaban vivos, que no se los podía identificar a simple vista. Que ya no eran lo que habían sido. Lo de los libros era algo personal, propio. Por eso, después de ver el estado del primer paquete, deciden volver a tapar. La frustración era más grande que lo que podía dar cualquier recuperación incompleta.

9-Tal vez era necesario volver al principio. Quitarle ese halo personal para transformar el desentierro de los libros en algo simbólico. Entender, de nuevo, que los libros también fueron desaparecidos, que allí hay una parte de los cuerpos que pudieron escapar de la muerte. Que los hijos deben rescatar el cuerpo de sus padres, como eran en aquel momento. No es casual entonces, que como con los desaparecidos, intervenga el Equipo Argentino de Antropología Forense. Los libros, como los cuerpos de los asesinados por la dictadura, son los huesos de sí mismos, los restos que dan cuenta del pasado.

10-“La biblioteca roja”, el libro, es la búsqueda de recuperar ese pasado como forma, como restos que deben disponerse, ahora, de otra manera: desde la voluntad, no desde el apremio. Su construcción como libro refleja, milagrosamente, la misma fragilidad de los objetos que se busca recuperar. Los reportajes a Darío y Liliana se despegan de toda forma de perfección periodística: parecen una versión taquigráfica que no evade las imperfecciones y repeticiones del habla coloquial. El texto de Gabriela Halac se imbrica entre los de los otros miembros del proyecto, narrando en forma de diario la búsqueda, yendo desde el parecido con la búsqueda del tesoro hasta el hallazgo que vuelve a ligarlo con el peso de los desaparecidos. Las opiniones de especialistas consultados, como coda, ponen la discusión en otro lugar, como algo irresuelto sobre el libro como objeto y como persistencia. Pero lo que impresiona es el registro documental: las fotos que siguen el proceso de búsqueda, el hallazgo, la contundencia de la foto de cada uno de los dieciséis paquetes de libros recuperados junto a su respectiva ficha. Hay que ver esas imágenes en silencio, detenerse en ellas, transportarse a ese lugar y a ese momento. Y entender el dolor, la pérdida, la recuperación.

Bonus Track. “La biblioteca roja” es por sobre todo, un libro de una belleza apabullante. Un libro que requiere dejar lo intelectual en un segundo plano. Es bello desde su construcción como objeto libro. Pero su belleza más profunda proviene de otro lugar, más difícil de precisar, ligada a lo emotivo. Y es la capacidad que tienen todos los grandes libros de mejorar la vida de quien se acerca a ellos.

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