Junín. domingo 19 de noviembre de 2017
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7 de noviembre

Recuerdos de una sacrificada profesión: el mito hermosísimo de los canillitas

Como un fisgón de crepúsculos, casi en sueños, se recortan las figuras de los responsables de aquellos emocionados contactos con diarios, revistas e historietas.


Por:
ISMAEL CANAPARO

En su novela “Nacha Regules”, Manuel Gálvez narra el acoso de inquietud que sufre la desdichada mujer porque el diario tarda en llegar (“Poco antes de las siete saltó de la cama otra vez (…) y, envuelta en un kimono, salió a la puerta del departamento en busca del diario La Patria, al que se hallaba suscripto (…), y como no lo hubiesen traído, quedó nerviosa. Se asomó varias veces a la ventana de la calle. La mañana estaba nublinosa y el cielo tenía un color amarillento, sucio. ¿Qué podía anunciar un día semejante sino tristezas? Cuando llegó el diario, buscó ávidamente (…), muy lejos de la Argentina, en Londres, Lord Northcliffe  -su nombre corriente era Alfred Harmsworth-, fundador de la cadena de periódicos Northeliffe del Reino Unido y dueño, por lo tanto, del “Daily Mail”, mantenía el hábito de hacer anotaciones en su cuaderno de trabajo personal: “Noviembre de 1919: la fotografía de la señora Steane, en la página siete, era justamente lo que hacía falta para amenizar una página que de otro modo habría resultado desvaída. Es decir, era una página de cosas y no de gente, y la gente es mucho más interesante que las cosas. El diario está bien compuesto. Las cosas insulsas aparecen en lugares insulsos. El día de ayer fue de pocas noticias, pero la redacción trabajó bien con el material que tenía. Esta mañana el diario y las fotografías son iguales. Las fotografías abundan en contraste e interés humano”.

Ayer, como hoy, todos estos detalles pasan inadvertidos para el lector. Lo que éste quiere y exige es tener el diario en la mano. Y para eso está el canillita, aunque ahora se encuentren organizados en un sindicato llamado “de revendedores de diarios y revistas”, que en Junín ostenta ya una larga y fecunda trayectoria. Los “canillitas”, tal y como los bautizara Florencio Sánchez, aquellos que pregonaban cada mañana o cada atardecer los principales titulares desde una esquina, hace rato que desaparecieron.

Uno de los últimos voceadores de ronca garganta fue Martín Esquivel, hasta que el alocado ruido de la calle fue silenciando la figura del hombre de infaltable pañuelo al cuello que durante los crudos inviernos se enfundaba en un clásico sobretodo negro, siempre en la esquina de la Confitería 9 de Julio, en Sáenz Peña y Gandini.

Los hermanos Ponce se disponían a emigrar de la puerta de la vieja Casa Lancestremere con los montones de ejemplares bajo el brazo, para aterrizar en las vidrieras de la Liga Agrícola, bajo el padrinazgo del increíble Orlando Tuso. Felipe, hermano del Cholo e infatigable lector como todos los “canillas” de raza, siguió dando clases de convivencia social y política cuando debió mudarse de lugar.

El gallego Sergio Baños fue otro empecinado consumidor del mismo material que vendía. Pero solo de lo mejor que se publicaba. Tuvo su esplendor cuando cerraba la década del cuarenta y llegaba a cada puerta, un mediodía tras otro, con el canasto de mimbre de su bicicleta de reparto repleta de diarios que exhalaban ese agradable olor a papel y a tinta todavía fresca. En los momentos de descanso, cubierta de punta a punta la distribución, se le podía encontrar sumergido invariablemente en la lectura. Es probable que haya sido él quien descubrió, aquí en Junín, entre los clásicos que imprimía la legendaria Editorial Tor, que el término “descamisados” no lo había inventado Perón ni Evita, sino el miope Francisco de Quevedo la vez que escribió “Los sueños”, donde se describe el Infierno y el reino de la Muerte.

Que nadie se sienta ofendido, porque un canillita que no lee, es medio canillita y ellos lo saben mejor que ninguno. Otro canillita de marca, voceador incansable en dos ruedas, fue Palito Salomón, que el día que sus cuerdas vocales enflaquecieron de tanto ejercicio adoptó un silbato de referí, pero no dejó de andar por los barrios con su carga de noticias, historietas y novelones. Durante las noches, se lo podía encontrar en las escalinatas del Cine San Carlos, como jornalero puntual.

Cuando Marcilla cayó en Santa Fe no dieron abasto. Tampoco las rotaplanas. Sin embargo, con sucesos impactantes o no habiendo grandes novedades, la presencia del canillita resulta fundamental. Incluso si, por imposición de las nuevas costumbres y estilo, acallaron el pregón cotidiano. La voz anunciadora en las esquinas y en las barriadas cedió ante el ruido de la marea mecánica, el modernismo sofocante y la urgencia de cada cual. Aun así y a pesar de los escaparates azules que hacia el final de la década del sesenta empezaron a aparecer en las veredas como signo de una nueva era en el gremio, la imagen del canillita siempre resulta grata y es parte inseparable del color de la ciudad. Los viejos diareros ya no están, pero no todos se han marchado. Decanos como Arnaldo Roncatti, Roberto Freda, Osvaldo Baños, Roberto Díaz y el Tucky Marmisolle, aunque falten Florentino Ibáñez y el Negro,  Gentilucci, el Rengo Martínez (emblema de una Sáenz Peña que ya no existe), Roberto Martín, los Seisdedos (padre e hijo), Martín y Armando Esquivel, Carabina (líder del Crystal Palace), Gino Lombardo (primero en Rivadavia y España y luego en Sáenz Peña y Pellegrini), Los Nicola (Nicola La Vaca y el Oso), Macho Direne y otros se hayan retirado (como Rubén Rusiñol, con 35 años en su parada “El Rafa”, en Primera Junta e Hipólito Yrigoyen), mantienen bien altas las banderas de una actividad que es imprescindible en todas las épocas y en cualquier lugar del país.

En el “mercado de pulgas” en que se transforman nuestros recuerdos, anécdotas y vivencias de la niñez y la adolescencia, casi llegando a la juventud, se pueden encontrar muchas cosas hermosas sobre los “canillas” juninenses, inventariadas a medias, a raíz del vértigo que ha tomado, lamentablemente, la sociedad actual, globalizada y deshumanizada como nunca. Sobrevuelan en la memoria postales de muchos de aquellos que nos hicieron felices y fueron, en alguna medida, la puerta abierta para la lectura y el reencuentro cotidiano con los diarios (Crítica, El Mundo, La Razón, Noticias Gráficas) o el semanal abrazo con El Grafico, Goles, el Billiken, Satiricón, Tía Vicenta, Intervalo, Rayo Rojo, Misterix, Batman, Vea y Lea, La Vaca Aurora, Patoruzito, Rico Tipo, El Alma que Canta y tantas otras que esperábamos con enorme ansiedad.

Por otro lado, el recuerdo apunta cada año a Florencio Sánchez, aquel humilde y taciturno periodista y dramaturgo, bohemio empedernido, cuya vida se apagó en la más completa pobreza, tal vez como correspondía a un hombre que despreciaba el materialismo, que a la primera obra que compuso la tituló, precisamente, “Canillita”. Su figura quedó inmortalizada en el bronce que levantaron los sucesores de aquel purrete larguirucho de pantalones cayéndose a una cuarta de los tobillos, a quien el oriental puso el cariñoso apodo que ha perdurado hasta nuestros días. Parafraseando a Celedonio Flores, digamos: “Yo te vi durmiendo por los portales, ¡salud!, canillita rante y contestador”.

¡La República! ¡La República!

“El Día del Canillita”, que se conmemora hoy, comenzó a festejarse hace ya 66 años, el 7 de noviembre de 1947, fecha de la muerte del dramaturgo uruguayo Florencio Sánchez, autor de la obra teatral "Canillita", cuyo personaje central era un chico que voceaba diarios por la calle. La primera vez que se escuchó el grito de un vendedor de diarios fue en 1867, cuando anunciaba: “¡La República! ¡La República!”. Éste era el nombre de un diario de la época que ideó aquella forma de venta directa. Debido a su éxito, esta costumbre fue adoptada por otros medios, creándose así una nueva fuente de trabajo.

Veamos un poco la historia resumida del nacimiento del “canilla”, contada por el fantástico periodista y poeta que fue Osvaldo Ardizzone, en “La Opinión” de Jacobo Timerman. "Compre “La República", "La República”, a medio peso",  gritaban los pibes de la calle, para asombro de los transeúntes rosarinos. El diario, que había aparecido en Rosario, fue fundado por Lisandro De la Torre, quien acababa de distanciarse de la Unión Cívica Radical. De la Torre le confió la dirección del diario a Manuel Bilbao, quien ideó esa forma de venta. Hasta entonces, los periódicos se repartían por suscripción a través del correo, lo que llevaba a leerlos con atraso, a menos que se los buscara en la imprenta. A Bilbao se le ocurrió que la venta ambulante sería un buen negocio para la empresa -el chico cobraba menos que el correo-   y para el lector: recibiría el diario en el acto y más barato. Tan grande fue el éxito, que la competencia copió el sistema de inmediato. Así, en razón de la miseria imperante, surgió un nuevo oficio, aún sin nombre, conformado por cientos de niños y jóvenes que se ofrecían a vocear los títulos en la calle para vender la noticia fresca, con tal de arrimar unos centavos al hogar. Para acortar el recorrido y llegar antes, los pibes viajaban colgados de la parte trasera de los tranvías: trepándose, llegaban rápido al centro, donde a la salida del teatro y del cabaret las ventas se multiplicaban. Con el tiempo, aparecieron los primeros puestos callejeros fijos, cuya posta fue preciso disputar a golpes o pagando el favor policial, hasta que el coronel Juan Domingo Perón, por aquel tiempo secretario de Trabajo, le aconsejó al que le proveía los diarios: ‘Hay que sindicalizarse’. Así, cada posta se normalizó”.

Y Ardizzone siguió recordando: “¿Quién les puso el nombre de "canillitas"? Lo decidieron ellos mismos en 1947, en honor a Florencio Sánchez, nacido en Montevideo, Uruguay, un 17 de enero de 1875, quien así los había bautizado. El “Día del Canillita” fue fijado para el 7 de noviembre, fecha de la muerte del escritor. Perseguido en Uruguay por sus ideas políticas -era anarquista- Sánchez recaló en Rosario, donde en 1902 asumió como secretario de redacción de La República, donde duró poco, ya que cuando los trabajadores del diario entraron en huelga, él adhirió también. Posteriormente fundó junto a otros colegas el periódico “La Época” y escribió una nueva obra teatral llamada “La Gente Honesta”, donde se burlaba de un personaje del gobierno local. Total que su estreno fue prohibido y Florencio perseguido y apaleado en plena calle, mientras los ejemplares de “La Época” que anunciaban el texto de la obra se vendían como pan caliente. Inspirado por el ambiente periodístico, en sus ratos libres escribió una pequeña pieza teatral, cuyo personaje era un niño vendedor de diarios. La tituló "Canillita", conmovido por las piernas flacas de los diarieros rosarinos. Pero también, porque en invierno los veía con las narices chorreando como una canilla. "Canilla" deriva del latín "canella", que significa "cañita" en español. Una de sus acepciones es "hueso largo de la pierna" y otra, dispositivo que "bloquea o libera la salida del agua". Después, Sánchez se mudó a Buenos Aires y adquirió celebridad con diversas obras, entre las que se cuentan: "Cédulas de San Juan"; "La pobre gente"; "La gringa"; "Mano santa"; "En familia"; "Los muertos"; "Barranca abajo"; "El conventillo"; "El desalojo"; "Nuestros hijos"; "Los curdas"; "La tigra"; "Moneda falsa"; y "Zarzuela". El 25 de septiembre de 1909, el dramaturgo se embarcó hacia Europa como comisionado oficial del presidente uruguayo, Claudio Williman, pero al llegar enfermó gravemente. Murió de tuberculosis en el hospital Fate Bene Fratelli de Milán, el 7 de noviembre de 1910, con apenas 35 años. En su testamento, dispuso: "Primero, que no haya entierro; segundo, que no haya luto; tercero, que mi cadáver sea llevado sin ruido a la Asistencia Pública, y de allí a la morgue. Sería para mí un honor único que un estudiante de medicina fundara su saber provechoso para la humanidad en la disección de cualquiera de mis músculos".

 

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