Junín. miércoles 13 de diciembre de 2017
Semanario de Junín » Opinión » 17 nov 2017

OPINION

¿Qué carajo escribir?

Ahora usamos medios –redes, diarios, radios y todos esos que no habríamos imaginado hace diez años– que llegan hasta cualquier parte, literal, del mundo. Pero lo que decimos sigue siendo, casi siempre, más o menos local.


Por:
LUCIANO CANAPARO

Durante siglos, el alcance de los medios de comunicación fue limitado por sus posibilidades técnicas: un mensajero no llegaba más allá que sus gritos, un diario solía quedarse en la ciudad, una radio a lo sumo en el país. Entonces mensajero, diario, radio hablaban de cuestiones que sus receptores –conocidos, vecinos, compatriotas– podían entender: sabían cuál era su código común y se ajustaban a él.

Ahora usamos medios –redes, diarios, radios y todos esos que no habríamos imaginado hace diez años– que llegan hasta cualquier parte, literal, del mundo. Pero lo que decimos sigue siendo, casi siempre, más o menos local. Lo que decimos sigue correspondiendo a la época en que los medios tenían límites físicos.

En una época en que las fronteras nacionales pierden peso, en que un continente las eliminó, en que los grandes patrones las pasan como a un poste, su vigencia se manifiesta en el tipo de información y discusión que suele circular: incomprensible para los que viven del otro lado de esas viejas fronteras.

Mientras tanto, la incoherencia, la inadecuación entre los medios actuales y los discursos que los llenan crea un hiato. La naturaleza y los charlatanes odian el vacío, así que de algún modo vamos a llenarlo: todavía no sabemos bien cómo. Quizás el próximo desafío de los periodistas –y los columnistas y los comentaristas y los participantes en las redes sociales (casi todo el mundo)– consista en poner sus discursos en sintonía con su forma de circulación. Recuperar terreno, el atraso que tienen las palabras con respecto a los medios que las portan.

La primera opción sería buscar temas globales. No sin antes constatar que, en general, por ahora, los que lo son, son los más pavos.

En cualquier medio –en cualquier red– la sección más global es espectáculos: las películas de Hollywood, las grandes series, los bestsellers con sombras... un gran negocio que pretende vender en todas partes. Después el fútbol, porque las migraciones de jugadores y la ubicuidad de la televisión lo han convertido en un melting pot mundial. Y esas pocas noticias “internacionales”, cada vez menos en nuestros periódicos, tan pocas en las redes.

Es poco: no alcanza para hacerle honor a las posibilidades de los nuevos medios. Hay que buscar. Se podría pensar, por ejemplo, que los temas “personales” son globalizables: una nota sobre el cáncer de mama o una manera de seducir golden retrievers o el transplante de mierda parecen hablarle igual al gallego o al peruano –aunque quién sabe. Se podría pensar que los temas tecno son globalizables: por su propia lógica, los globalizados usan los mismos aparatos, las mismas técnicas globales. Pero entonces hablamos de lo que quieren que hablemos: vendemos sus productos. Se podría pensar que ciertas cuestiones mundiales –estadísticas y opiniones sobre el planeta en general, decisiones de líderes que afectan a todos, historias que implican a varios países– también calificarían, pero en general las noticias del globo no interesan a los lectores globalizados.

Y una anotación: al buscar temas “globalizados” lo que estaríamos haciendo sería cambiar los parámetros de reconocimiento y pertenencia: producir un grupo que no se reconoce por su nacionalidad sino por su interés en determinadas cuestiones.

Una opción, sería buscar temas globales: adaptar los asuntos a la forma en que los difundimos. Otra, contar las mismas cosas, no dejarse influir por los cambios técnicos, usar un medio que se podría leer en Tegucigalpa o Kiev como si solo se fuera a repartir en los bares de San Telmo. O, si no: olvidarse del universo de lectores, seguir diciendo lo que uno pueda sin pensar en ellos y que quien quiera leerlo que lo lea.

Son, en síntesis, preguntas –que ojalá convoquen intentos de respuestas. Variaciones de la pregunta más antigua: ¿qué carajo escribir y cómo escribirlo?

 

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