Junín. miércoles 13 de diciembre de 2017
Semanario de Junín » Cultura » 2 dic 2017

JUNÍN TIENE QUIEN LE ESCRIBA

“El viaje a Clark”, un cuento de Gerardo Pereyra

En Semanario tenemos la intención de divulgar nuevas (y también experimentadas) voces de la literatura, y en ese desafío hoy te presentamos un texto de Gerardo Pereyra.


La luz del ventanal le pegó de lado en los anteojos de marco grande y dibujó extrañas líneas alrededor de sus ojos, completaba el cuadro un bigote espeso sobre los labios. La franqueza de su rostro era fatal, Becerra era un tipo tan amargo como parecía. Se paró frente a todos con postura arrogante y esperó por el silencio, yo sin soltar la lapicera de entre los dedos me dispuse a escucharlo.

-Les comento que por nuestras acciones de expansión hemos hecho un acuerdo para capacitaciones con el Instituto de Ciencias Agrarias de la Nación, no es obligatorio, a quien le interese hacer la primera en la sede de Clark este fin de semana tendrá, obviamente, todos los gastos pagos y un plus en el salario, además de sumar al curriculum para un futuro ascenso…

 Disfrutó el silencio y sus ojos saltaron, clavándose un instante como una tijera en nuestras caras, los más antiguos de la oficina torcieron la boca mientras miraban de reojo para ese mismo lado, las promesas de ascenso y demás me hicieron dudar. Pasaron unos instantes, al jefe le temblaba la rodilla debajo del pantalón gris, levanté lentamente mi lapicera, dudando: “Yo, yo voy”, dije con convicción solo de las palabras, porque por dentro sabía que me había puesto el cartel de boludo de la semana. “Y bueno, ya está, ya lo hice”, pensé.

-Perfecto, Ojeda, antes de irse a almorzar pase por mi oficina así le doy las instrucciones y los pasajes.

Asentí con un movimiento de cabeza y mantuve la vista abajo evitando cruzarla con el resto. Fui a la oficina, me hizo entrar pero no me invitó a sentarme, posó su mano pálida como un lagarto sobre mi hombro, me sentía carne de carroñero.

-Ha tomado una buena decisión, Ojeda, lo compensaré-. Me fui con los pasajes ida-vuelta y las acartonadas recomendaciones que hizo antes de desearme buen viaje.

Mientras leía los pasajes, 06:30 / plataforma 3 / asiento 12, iba teniendo una doble sensación: por un lado, no era tan malo porque era únicamente el sábado, por el otro había que ir solo a un pueblo casi desconocido y volver de madrugada, ni loco me quedaba a dormir en el “hotelito” que él decía que había; era un puto sacrificio para una dudosa promesa del “Vinagre” Becerra.  Esa noche dormí poco y fui dos o tres veces al baño, así que a las seis de la mañana estaba listo, ya había tomado unos mates, llamé un taxi y llegué rápido a la terminal. Me acerqué a la ventanilla para verificar mi boleto, la chica lo miró de costado, me lo devolvió con desgano y dijo: “Oiga, ese no va a salir hasta las siete”. Al largo rato de sentado se escuchó la voz poderosa de una mujer: “¡Atención, pasajeros a La Polvorosa, Clark y Campo Enrique! ¡Salimos en cinco minutos!”.

Me asombró que el micro fuera de doble piso, debería venir de una ciudad grande y estaría yendo a otra igual. Entregué el boleto y un chofer escuálido me lo cortó murmurando: “Arriba”.

-¿Cuánto tardamos en llegar a Clark? -le pregunto. El flaco sin mirarme dijo: -A las nueve más o menos…

¡Una hora y cuarenta y cinco minutos para hacer 95 km! Respiré profundo y encaré la escalerita bien empinada, ahí nomás estaba el asiento número doce, justo enfrente de la expendedora de agua y café. Eso me alegró porque podía estirar las piernas, me saqué la campera y de la mochila una novelita que cargué para entretenerme un rato. Estiré el asiento y corrí la cortina, por suerte nadie ocupó la otra butaca.

Cuando ya había leído varias páginas de la historia de un pibito de barrio humilde, comencé a sentirme incómodo, el sol pasaba la ventanilla y castigaba sobre el sweater negro. El calor fue en aumento y sentí ganas de mear, recordé que llevaba una remera en la mochila, entonces la doble ventaja de ir al baño era evidente. Saqué la remera de la mochila y puse billetera y teléfono en los bolsillos del jean, por las dudas.

Bajé la escalera agarrándome de las manijas y enfrenté la puerta del baño buscando una señal de “desocupado”, la sonrisa grande y el movimiento de cabeza de una señora me indicó que podía pasar, tiré fuerte de la manija y entré. Tardó varios segundos en encenderse una luz que era indigna rival de la oscuridad, sería mejor cambiarme primero la remera y luego mear.

Agobiado por el ínfimo espacio me di cuenta de que junto con la remera traía el libro. “Puta, ¿qué carajo hago?”. Con la desconfianza sanitaria de agarrarme de la manija o poner la remera, giré y trabé la puerta, coloqué la remera entre los muslos y el lomo plastificado de la novelita entre los dientes, tirando con las dos manos del elástico del sweater lo levanté hasta los hombros hasta que pude soltar una mano, con el pulgar pesqué el puño y tiré para liberar un brazo. Cuando me disponía a hacer lo propio con la otra, se inclinó el piso y fui a darle con el hombro a la puerta bien trabada, la curva de la ruta parecía larga porque quedé pegado a la puerta, tomé puño y elástico con el brazo desnudo y tiré hasta liberar el otro, suspiré, aún con la remera entre los muslos, la novela entre los dientes y el sweater colgando del cuello… Contracurva brusca del chofer, agrupado como estaba le di con la cabeza al ventanil, pero no solté nada a pesar del dolor. Cuando se enderezó el piso me apuré y saqué la novela babeada con la derecha, el sweater con la izquierda y en ese mismo movimiento, libro y remera se volvieron a juntar, el sweater quedó como una marioneta apretado entre las rodillas. Volvió la novela a la boca y mis manos buscaron dentro de la remera arrugándola hasta encontrar el hueco de las mangas, volví a tomar el libro y metí la cabeza en la remera, la alisé con la mano izquierda. Suspiré. “Voy a mear”.

Con paso de pingüino me acerqué al escusado plástico que tenía la tapa levantada, la luz alcanzaba apenas para ver el reflejo acuoso que algún otro visitante de escasa puntería dejó en los bordes. Me di cuenta que aún tenía el sweater entre las rodillas, aflojé y la mano izquierda lo colgó del hombro. La novela fue a parar bajo la axila y me arrimé bien al hoyo; alcé la vista y me encontré conmigo, una gotita de sangre en la ceja izquierda y la cara borroneada. “¿Por qué estos tipos ponen un espejo justo ahí?”, y se me vino la imagen de una vieja treta, el que espía a través de un vidrio espejado. “Un hijo de puta”, pensé. El dolor en la ceja me devolvió rápido a la realidad, aún así no comprendía el porqué del espejo.  

Separé bien los pies para darme sustentación y llevé las dos manos al cierre del jean. Bajé el elástico del bóxer con el pulgar izquierdo y empecé a relajarme cerrando los ojos mientras se disipaba la tensión vesical… Frenada del chofer y mis ojos como una olla, desesperadamente saqué mano y antebrazo derechos, el espejo se me vino encima, la novela firme bajo la axila, el pulgar fuerte sobre el bóxer, nada pude evitar, el chorro se cortó solo después de regar el borde y el talón de la mano no pudo frenar el choque de mi frente astillando el espejo. “La re puta madre”.

Me quedé un segundo, como si quisiera, con la frente contra el espejo y resoplé. El chofer arrancó y el empuje poderoso me sacó del espejo hacia atrás como a un domador de Jesús María, mano derecha intentando equilibrar y el pulgar izquierdo todavía en el elástico del bóxer, la espalda chocó fuerte contra el único lado que aún no había visitado.

Tres golpecitos seguidos en la puerta y una voz femenina que llama: “¡Señor! ¡Señor!”. Alcancé a articular un “¡Voy!”. Enseguida fui hasta la canilla que sorprendentemente tenía agua, me enjuagué un poco la frente y presioné la herida con la manga del sweater, luego giré la manija y abrí, bajando inmediatamente la cabeza intenté salir pero la señora del asiento 2 me frenó preguntando: “¿Está bien usted?”. Y me apuré a decir: “Sí, sí”. Aceleré el paso para subir la escalerita y me desparramé en el asiento.

 Un sacudón corto en el hombro me despertó, la voz del chofer flaco que dice: -¿Dónde baja usted?

Lo miré extrañado y con algo de temor:

-Clark, ¿por qué?

El flaco se sonrió y me dijo:

-Ya estamos saliendo de Clark…

Perfil de autor 

Gerardo Pereyra nació en Chivilcoy, en 1969, y vive en Junín desde hace 40 años. Es profesor nacional de Educación Física. El vino, el box, el rugby y la fotografía son otras de sus pasiones, además de la escritura. En agosto de 2016 publicó “La misiva” en la revista Rama Negra Nº 3. Por ese relato recibió el 2º premio en el concurso “Palabras en libertad” del Instituto Superior del Profesorado Junín y los colegios “San Ignacio de Loyola” y “Nuestra Señora de Luján”. Ese mismo año fue finalista en el concurso “Osvaldo Soriano” organizado por el Laboratorio de Ideas y Textos Inteligentes (LITIN) de la facultad de Periodismo de la Universidad de La Plata. Publicó su cuento "El gol de arquero" en la Antología "Nuestros cuentos" de Editorial Rama Negra.

 

 

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