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Semanario de Junín » Opinión » 18 dic 2017

enfoque

Una sensación instalada

“Vas a sentir que nos robaste” fue la frase elegida, hace unos años, por una marca de comida apurada que acompañaba la imagen de un pan de hamburguesa con dos hamburguesas adentro e, incluso, dos fetas de queso. Al lado, el complemento habitual: un vaso de cola y un paquetito con papitas.


Por:
LuCa

Trabajar fue, durante unos cuantos siglos, la forma legítima, socialmente aceptable, alentada por el poder, de adquirir bienes. En la sociedad argentina hemos llegado a la conclusión -bastante bien sustentada por la realidad- de que trabajando no se consigue mucho, así que para obtener bienes relevantes hay que hacer otras cosas.

La idea se verifica en todos los niveles. Su caso extremo -el que la muestra más clarito- son los pibes chorros, los acusados por el aumento de la inseguridad en nuestras ciudades. Hay muchos pibes pobres que saben que trabajar es, sobre todo, muy difícil -porque no hay trabajos para ellos, porque ven que sus padres tampoco los tienen, porque no están en condiciones de recibir la formación necesaria, porque sufren el estigma de su origen. Y que, incluso cuando hay trabajo, lo que se gana no alcanza siquiera para comer todos los días -como ven, si tienen suerte, que les pasa a sus padres. Les queda claro que el modelo del trabajo no tiene nada que ofrecerles. Y para completarla ven que, en su entorno, los que realmente tienen plata no han “trabajado” para conseguirla: en el barrio los que la mueven son los punteros o los transas o los chorros. La idea está clara: no se ve ninguna razón para intentar armarse una vida de laburo y sí, en cambio, muchas para no: un chico pobre sabe que si quiere adquirir las marcas del éxito social -las zapatillas, las chicas lindas, el respeto, la moto- el trabajo nunca será el camino. También sabe que la alternativa posible es peligrosa, que tiene muchas chances de terminar mal, pero lo acepta: no tiene por qué preferir la vida de sus padres, sin recursos, sin esperanzas, sin opciones de cambio o de mejora.

Pero esas historias son sólo los casos más evidentes, más brutales: en general, la sensación de que trabajando nadie consigue demasiado está instalada entre nosotros. Por lo cual, para la mayoría de los observadores -usted, yo, la vecina de enfrente-, los que obtienen muchos bienes resultan inmediatamente sospechosos: algo habrán hecho. No digo que esté bien o mal. Esto no es un juicio moral; es, sí, la constatación de un fallo social más que notable, un fallo estructural: si una sociedad está basada en la idea de la propiedad pero no ofrece formas socialmente aceptadas de adquirir esa propiedad, si existe la idea generalizada de que sólo tienen los que, de un modo u otro, roban -porque coimean, porque explotan, porque curran con sus puestos públicos o privados-, entonces esa sociedad tiene un problema.

La percepción común de que no hay formas de adquisición legítima de la riqueza y la propiedad es, en un sistema basado en la propiedad y la riqueza, una contradicción difícil de salvar. Están en un aprieto: o inventan modos presentables de legitimar la propiedad, o abandonan la pretensión de legitimar la propiedad. Aunque, mientras tanto, la ambigüedad sirva para vendernos hamburguesas, cola y papas fritas.

“Vas a sentir que nos robaste” fue la frase elegida, hace unos años, por una marca de comida apurada que acompañaba la imagen de un pan de hamburguesa con dos hamburguesas adentro e, incluso, dos fetas de queso. Al lado, el complemento habitual: un vaso de cola y un paquetito con papitas.

El aviso avisaba que vendía tan barato su comida barata que uno terminaría con esa sensación. Fue un cambio agradable. Y también la huella de un cambio mucho más notable: el aviso proponía la sensación de haber robado como algo que el cliente potencial debería apreciar y, así, convertirse en cliente real. O, dicho de otro modo: que robar no convoca a la culpa y el remordimiento sino que es, faltaba más, un valor positivo, capaz de vender una hamburguesa e incluso papas fritas y cola.

El placer de la adquisición ilícita –el robo en cualquiera de sus formas– es el resultado de la dificultad de la adquisición lícita. No digo que sea difícil comprar tal o cual cosa porque es cara; es obvio que es cara y que es difícil. Digo que, en la Argentina, casi cualquier forma de adquisición -de apropiación- de bienes se considera más o menos ilícita o, dicho de otro modo: que no se supone que nadie adquiera lícitamente casi nada.

 

 

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