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Semanario de Junín » Opinión » 20 dic 2017

enfoque

Obscenidad básica

La pobreza en Argentina actual es muy impresionante, pero tanto o más impresionante me parece es que hayamos aprendido a convivir con todo eso, y que no estemos en un estado de indignación permanente.


Por:
LuCa

A veces me da un ataque de ingenuidad y no puedo parar de pensar en esa obscenidad básica y, sobre todo, en cómo conseguimos olvidarla. Es cierto que miles de técnicos en las más diversas ramas trabajan para eso. Pero igual es sorprendente que hayamos conseguido dejar de lado la cuestión, que podamos hablar de tantas otras cosas y no de la central: ¿no es básicamente intolerable que haya ricos muy ricos y, en consecuencia, pobres muy pobres? ¿No es terriblemente pornográfico que haya tantos hombres y mujeres y chicos que no comen suficiente porque algunos se gastan un mes de comida para cuatro en un par de pilchas de marca que usarán un par de veces? ¿Qué yo pueda manducarme en una cena con amigos lo que tantos ganan en una semana de trabajo, si los ganan? ¿Por qué no nos resulta insoportable? ¿Cómo hemos conseguido convencernos de que esa es la lógica del mundo?

Yo sé que a esta altura del partido uno debería pensar cosas más inteligentes. Pero ahí está la trampa, la primera: minucias como estas pasan por torpezas, por consignas trasnochadas. Además, los que prefieren que olvidemos este dato controlan la política y los medios, los focos de producción del discurso. Así fue como nos convencieron de que no existe causalidad: que los pobres nos son pobres porque los ricos son ricos. Y, también, de que existe una “riqueza legítima”: que “robar” está mal, pero que es correcto que un patrón les pague a sus empleados dos con treinta mientras se llena de guita gracias al trabajo que les compra.

Me parece que allí actúa, como tantas otras veces, la falta de perspectiva histórica: seguramente vendrán tiempos en que esta idea parezca inverosímil. Si se hubiera hecho una encuesta en las calles de la Roma imperial, todos habrían dicho que la esclavitud era una de las formas naturales de la propiedad, por ejemplo.

La pobreza en Argentina actual es muy impresionante, pero tanto o más impresionante me parece es que hayamos aprendido a convivir con todo eso, que no estemos en un estado de indignación permanente ante la obscenidad básica –como sí lo estuvimos y estamos, por ejemplo, ante los curros o curritos, los errores y excesos de la década ganada-. Y que pensemos que ese estado de cosas es una especie de fatalidad y no el producto de decisiones políticas que se podrían cambiar con otras decisiones políticas.

Y eso por no hablar de otras cuestiones colindantes. Cómo, por ejemplo, que los nuevos pobres no tienen siquiera la identidad de clase que los pobres solían tener. Los pobres eran, en esos años, señores y señoras que trabajaban en fábricas, talleres y servicios, no ganaban mucho, y tenían unas costumbres que los constituían. Esos señores y señoras no solían llamarse pobres a sí mismos. Eran, según y cómo, los obreros, los trabajadores: su posición se definía con relación a la estructura laboral. Era una posición subordinada –tenían que vender su fuerza de trabajo por no mucho- pero era. Y en relación con esa estructura tenían una cultura de la que estaban orgullosos –su propia cultura- y una idea de sí mismos. La izquierda los veía como la “clase portadora de la historia”; los manuales los enlazaban como los “creadores de la riqueza nacional”; ellos solían definirse, entre otras cosas, como peronistas. Hasta que el trabajo fue dejando de estar en el centro y, al final, dejó de estar en cualquier parte. Los obreros –y muchos otros trabajadores- perdieron ese foco organizador y volvieron a convertirse en pobres: su lugar en la sociedad ya no está definido por lo que hacen sino por lo que no tienen.

 

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