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Semanario de Junín » Cultura » 27 dic 2017

UN PUÑADO DE CLAVES SOBRE EL ESCRITOR Y PILOT

“El Principito”, un libro que embellece día a día

La forma en la que Saint-Exupéry escribió esta gran obra (y libro de culto) se encuadró como literatura infantil. Sin embargo, la publicación está plagada de temas con gran transcendencia como la pérdida, el sentido de la vida, la amistad, el amor o la soledad; un auténtico escrito sobre la naturaleza del ser humano.


Por:
ISMAEL CANAPARO

Aunque no figura en el Libro Guinness de los records –donde se ignoran los cortes temporales-, “El Principito” es el libro de mayor venta en los últimos setenta años (170 millones de ejemplares en todo el planeta, en 250 idiomas y dialectos, incluido el braille) y el que más ediciones tuvo en la Argentina (250) desde que Bonifacio del Carril lo tradujo para Emecé, en 1951, superando incluso a La Biblia.  Está considerado como uno de los mejores libros del siglo XX en su país de origen, Francia. Existen más de 200 portadas distintas de ese bello trabajo. El manuscrito original se encuentra en la Biblioteca Pierpont Morgan, de Nueva York.

La leyenda del libro y de su autor ha recrudecido en estos últimos meses, cuando se recuerda, casi al mismo tiempo, los setenta y tres años de la primera edición de “Le Petit Prince” en una editorial de Nueva York y los de la muerte de Marie-Antoine-Roger de Saint-Exupéry, quien falleció en la mañana del 31 de julio de 1944 en algún lugar del Mediterráneo francés, durante la que de todas maneras iba a ser su última misión como piloto de guerra.

Saint-Exupéry tenía entonces 44 años. Había nacido en Lyon el 29 de junio de 1900. Días antes de aquel 31 de julio, cediendo a su insistencia, el alto mando aliado le permitió reincorporarse a su escuadrilla para emprender algunos vuelos de reconocimiento desde la base de Alguero, en Cerdeña. Logró cumplir cuatro misiones. En la siguiente, unos cazas alemanes se cruzaron en su camino. La conmoción de su muerte suscitó las lógicas reacciones. “Allá donde iba, era para aportar felicidad. Creo sin embargo que esta alegre exuberancia solo era la coraza de una profunda melancolía”, explicó el novelista André Gide. “Ha desaparecido sin otros testigos que el cielo y el mar. Y sin duda no esperaba la muerte. La provocaba. Era un duelo, un combate singular”, señaló su buen amigo Léon Werth.

Algunos historiadores sostienen que Saint-Exupéry se suicidó arrojando su avión contra al mar, pero esta hipótesis es muy improbable. El piloto tenía un altísimo concepto del honor y de la responsabilidad (de hecho, eran los fundamentos de su visión humanística de la vida). Es cierto que en aquellos días no veía ningún sentido a la vida en un mundo cada vez más deshumanizado por la guerra y la propaganda. Pero es muy difícil creer que una persona como él se suicidase. Tampoco son creíbles las hipótesis de que fuera derribado por un caza alemán. Lo más probable es que tuviera un accidente o que se le estropeara el inhalador de oxígeno. O quizá se quedó sin combustible por haberse desviado de su ruta para ir a contemplar desde el aire el castillo de Saint-Maurice, donde había vivido una infancia de cuento de hadas. El caso es que no regresó a la base y su cuerpo jamás fue encontrado. “Parecerá que me he muerto y no será verdad”, decía el pequeño príncipe al final de su historia. En cierta forma, Saint-Exu estaba hablando de sí mismo.

Las dudas sobre un posible suicidio solo se despejaron hace unos pocos años atrás, en 2008, cuando un soldado alemán admitió que sus disparos derribaron el aparato del escritor. En apariencia, sus restos fueron hallados. “Ahora me he consolado un poco. Es decir… no del todo. Pero sé que verdaderamente volvió a su planeta, pues, al nacer el día, no encontré su cuerpo. Y no era un cuerpo tan pesado…”, termina “El Principito”.

A pesar de que la obra fue publicada el 6 de abril de 1943 tanto en inglés como en francés, por una editorial estadounidense llamada Reynal & Hitchcock, lo curioso es que la editorial francesa Éditions Gallimard no pudo imprimir la obra hasta 1946, por motivos que poco tenían que ver con la literatura: a causa de la Segunda Guerra Mundial.

El director estadounidense Mark Orborne se rodeó de un fantástico equipo para embarcarse en un reto casi imposible: adaptar al cine el clásico literario de Antoine de Saint-Exupéry, “El principito”, que se estrenó el año pasado. En rigor, ha sido llevado a la gran pantalla en su justa medida (nunca la suficiente si se trata de esta apasionante historia). Orbone supo armar un elenco de actores de élite y dos grandes compositores musicales, tales como Richard Harvey y Hans Zimmer, que prestaron su talento para crear una hermosa banda sonora.

Antoine de Saint-Exupéry apenas vivió 15 meses en la Argentina, pero la experiencia le cambió la vida para siempre. El aviador y uno de los escritores más leídos y admirados del mundo llegó el 12 de octubre de 1929, nombrado para ocupar el cargo Director de Tráfico de la Aeroposta Argentina, empresa dedicada al transporte de correo y de pasajeros, filial de la Compagnie Générale Aéropostale de Francia. Lo hizo junto a su esposa, la millonaria salvadoreña Consuelo Suncín, viuda de Enrique Gómez Carrillo, el gran cronista del modernismo. No fue un matrimonio feliz. Se lo podría describir más bien como un pacto de amistad errático, intermitente. Consuelo era ególatra, sensual y caprichosa. Sus infidelidades fueron tan numerosas como las del propio Saint-Ex, que mantuvo relaciones paralelas con otras muchas mujeres y nunca le puso las cosas fáciles a su esposa. Era un hombre difícil y derrochador, que sólo se sentía a salvo cuando pilotaba un avión y se hallaba cerca de las estrellas. Se sabe que la pareja alquiló en una de las torres de la Galería Güemes, ubicada en Florida al 200, en un departamento que contrató amueblado. Solía viajar en coche por caminos de barro hasta una pista en Pacheco, a 35 km de la ciudad, donde se subía a aviones de tecnología precaria con la misión de inaugurar y prolongar las rutas aéreas de la Patagonia.

Sin embargo, estuvo poco tiempo aferrado a los laberintos de su escritorio postal. Prefirió tender una red de correos sobre los Andes y hacia la Patagonia, organizar rescates heroicos como el de su amigo Guillaumet, escribir su relato de la vida en el aire, sobre el mar. “Vuelo nocturno” (1931) es su gran libro de esos años azarosos.

Huérfano de padre, último conde de un linaje de nobleza campesina que se remonta al siglo XIV, Saint-Exupéry ingresó en la aviación luego de haber fracasado en los exámenes de ingreso a los liceos de la alta burguesía francesa. La aviación era la épica de su tiempo, y el vuelo había sido un sueño recurrente de una infancia poblada de mujeres: la madre, una nodriza, dos hermanas. En 1921 comenzó su entrenamiento como piloto. En octubre de 1926 entró en una empresa aeropostal francesa llamada Latecoére, con la misión de ir creando, sobre la base de vuelos en etapas, un servicio de correos.

El diario “El País” de España publicó el desenvolvimiento del aviador en sus últimos años: “Desde 1932, y dadas las dificultades de su empresa, Saint-Exupéry se consagra al periodismo y la escritura. Hace reportajes sobre la Indochina Francesa (hoy Vietnam) en 1934, sobre Moscú en 1935, y sobre España en 1936, previos al inicio de la Guerra Civil en este último país, acontecimiento que cubrió enrolado como periodista. Sin embargo, no dejó de volar como piloto de pruebas, participando en algunos “raíds” o intentos de récords, que en ocasiones se saldaron con graves accidentes, como el ocurrido en la zona del Sahara vecina a Egipto,  en 1935.

Sus reflexiones sobre el humanismo las recogió en “Terre des hommes”, publicado en 1939. Ese mismo año, fue movilizado por el ejército del aire, como piloto de una escuadrilla de reconocimiento aéreo, caracterizada por misiones suicidas y estratégicamente absurdas, dado el arrollador avance alemán. Tras el armisticio forzado por la ocupación alemana de Francia, abandonó el país, y a través de sus agentes literarios se instaló en Nueva York, llegando a participar en algunas de las campañas orquestadas para que los norteamericanos entraran en la guerra.

Descontento con su participación pasiva en el conflicto y habiendo sido rechazado sistemáticamente como piloto, por fin, en la primavera de 1944, fue destinado a Cerdeña y luego a Córcega en una unidad de reconocimiento fotográfico del frente alemán en los prolegómenos del desembarco aliado en Provenza. Durante su última misión de reconocimiento, el 31 de julio de 1944, sobre los movimientos de las tropas alemanas en el valle del Ródano poco antes de la invasión aliada del sur de Francia, presuntamente se perdió en el mar. Ese día, a las 8.45, Saint-Exupéry despegó a bordo de un Lightning P-38 sin armamento de una base aérea en Córcega, con una autonomía de vuelo de seis horas. No regresaría jamás”.

 

Para conocerlo mejor

Quien quiera conocer a Saint-Exupéry debe leer la biografía escrita por Montse Morata. La autora demuestra que Marie-Antoine fue uno de los más grandes escritores del siglo XX. A veces rozaba peligrosamente la sensiblería, pero a la larga lograba salir indemne de todos los riesgos porque su espiritualismo -una especie de espiritualidad panteísta basada en la fe ciega en el hombre- era tan genuino como su afición por los aviones o su amor por las estrellas.

“Esta guerra no es una guerra sino una enfermedad”, dijo de la Guerra Civil Española.

De niño sus amigos le llamaban Tonio y sus camaradas de vuelo, Saint-Ex. “No estoy muy seguro de haber vivido después de la infancia”, le escribió en una carta a su madre cuando ya había atravesado el Sáhara y los Andes y la Patagonia repartiendo el correo aéreo con la compañía Aeropostal. En 1928 pasó un año y medio como jefe de destacamento en Cabo Juby, una remota zona del protectorado español del Sáhara. Allí, Saint-Exupéry notó que «un silencio no se parece a ningún otro silencio», y cada estrella “es la estrella de los Reyes Magos”. Algunas de las páginas más bellas que escribió surgieron de aquella experiencia.

Algunas frases para recordar

"He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos".

"No se debe nunca escuchar a las flores. Sólo se las debe contemplar y oler. La mía perfumaba mi planeta, pero yo no era capaz de alegrarme de ello".

"Fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante".

"No era más que un zorro, semejante a 100.000 otros. Pero yo lo hice mi amigo y ahora es único".

"Por la noche mirarás las estrellas; mi estrella será para ti una cualquiera de ellas. Todas ellas serán tus amigas".

"Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, empezaré a ser feliz desde las tres".

"Lo hermoso del desierto es que en cualquier parte esconde un pozo."

"Uno se expone a llorar un poco si se ha dejado domesticar".

"Caminando en línea recta no puede uno llegar muy lejos".

"Es una locura odiar a todas las rosas sólo porque una te pinchó. Renunciar a todos tus sueños sólo porque uno de ellos no se cumplió".

“Los hombres –dijo el Principito– se meten en los trenes pero no saben a dónde van. No saben qué quieren ni saben qué buscar…”

“Es igual con la flor. Si quieres a una flor que habita en una estrella, es muy dulce mirar al cielo por la noche. Todas las estrellas han florecido”.

“Caminando en línea recta no puede uno llegar muy lejos”.

“Conozco un planeta donde vive un señor muy colorado, que nunca ha olido una flor, ni ha mirado una estrella y que jamás ha querido a nadie. En toda su vida no ha hecho más que sumas. Y todo el día se lo pasa repitiendo como tú: “¡Yo soy un hombre serio, yo soy un hombre serio!”… Al parecer esto le llena de orgullo. Pero eso no es un hombre, ¡es un hongo!”

“Las personas mayores nunca pueden comprender algo por sí solas y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones”.

“¡La Tierra no es un planeta cualquiera! Se cuentan en él ciento once reyes (sin olvidar, naturalmente, los reyes negros), siete mil geógrafos, novecientos mil hombres de negocios, siete millones y medio de borrachos, trescientos once millones de vanidosos, es decir, alrededor de dos mil millones de personas mayores”.

“Para los vanidosos todos los demás hombres son admiradores”.

“¡Bueno! Te admiro —dijo el Principito, encogiéndose de hombros—, pero ¿para qué te sirve?”

 

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