Junín. domingo 21 de enero de 2018
Semanario de Junín » Cultura » 13 ene 2018

DESAMPARO CULTURAL

Patrimonio de Junín: Teatro Víctor Hugo, reflejo de la desidia

Su construcción se acordó en 1906 y con el tiempo se convirtió en uno de los centros culturales y sociales más importantes de la ciudad. En junio de 1921 fue testigo del debut en Junín de Carlos Gardel. Sin embargo, el presente de ese emblema contrasta con aquel pasado de esplendor. Hoy es un depósito de objetos abandonados, una muestra del olvido.


Por:
Redacción Semanario

Teniendo en cuenta palabras premonitorias de Juan Bautista Alberdi, el inspirador de la Constitución Nacional que expresaba “gobernar es poblar”, el presidente argentino Nicolás Avellaneda promovió en 1876 la sanción de la Ley de Inmigración conocida como Ley Avellaneda, que aparecía como una promesa interesante de tierras y trabajo para los campesinos europeos y duplicó en pocos años el flujo migratorio. En aquellos momentos, miles de inmigrantes llegaron a tierras argentinas y muchos de ellos se instalaron en Junín. Se los recibió con generosidad y se les brindó la ocasión de lograr todo aquello con lo que soñaban, una tierra de paz y de trabajo. Pero los inmigrantes sentían la necesidad de comunicarse, la gran mayoría no conocía más que su propio idioma y deseaban mantener para sí y su descendencia el respeto de las tradiciones del país natal. Comenzaron a buscar a sus compatriotas, se reunían para conversar, para ayudarse entre ellos, para recordar la tierra lejana… y siempre agradecieron a nuestra Nación la oportunidad que les ofrecía. Muchos escapaban de la guerra y de la miseria, en algunos casos era toda la familia la que se aventuraba a un nuevo futuro, en muchos casos eran jóvenes solos, que con muy pocos años, se embarcaban dejando todo atrás. Y en todos los casos, en el mismo momento de la partida, comenzaban a sentir el dolor del exilio, del desarraigo. Un dolor que ya nunca dejarían de percibir.

Un 12 de agosto de 1894, a instancia de 39 franceses residentes en Junín, se funda la Sociedad Francesa de Socorros Mutuos con el propósito de crear una asociación que los asista y los represente.

Ese día, Juan Claverie fue elegido presidente de la Sociedad y tanto la flamante comisión directiva como los demás miembros de la  entidad comenzaron a acariciar un proyecto: tener su sede.

Según archivos municipales de 1910, en todo el Partido de Junín los inmigrantes franceses representaban poco más del 1 por ciento de la población censada, por lo que no es difícil entender cuántos esfuerzos les demandó lograr su cometido.

En 1900 construyeron un primer salón social en la calle Francia, pero el lugar no era lo que ellos soñaban, y un año más tarde ya estaban buscando otro espacio. En la reunión del 22 de abril de 1906 se decidió la construcción del edificio de calle Rivadavia 114/122 y la flamante sede social se inauguraría en 1907.

Siguiendo las líneas del estilo arquitectónico característico de principios del siglo XX, el inmueble tiene su entrada principal en el número 118. Por esa gran puerta se accede a un Salón teatral al que le dan el nombre de “Víctor Hugo”, en homenaje al gran poeta y novelista francés cuyo pensamiento, producción literaria y acción social y política marcaron todo el siglo XIX en Europa.

UN PÁJARO CON ALAS ABIERTAS

El Víctor Hugo se constituye en la columna vertebral del edificio, que se completa con dos prolongaciones laterales simétricas, que se abren a ambos lados del hall de entrada y antesala del Salón Teatro y a los que se puede acceder independientemente, desde la calle, por las puertas existentes al costado del ingreso principal. Al observar el plano del inmueble, se podría pensar que aquellos franceses imaginaron su sede social como un gran pájaro de alas abiertas.

Los pioneros galos radicados en Junín querían manifestar de manera tangible el gran reconocimiento que sentían ante la sociedad local que los cobijó y los integró, permitiéndoles desarrollar sus actividades laborales y formar sólidas familias. También querían estrechar lazos entre su país de origen y su país de adopción.

Aspiraban a mantener sus tradiciones culturales y difundirlas en la Argentina, pero también deseaban disfrutar de nuestra cultura y ofrecer a Junín un lugar donde se desarrollara la vida social y cultural de aquellos tiempos.

LUGAR DE ENCUENTRO

La sede social y el Víctor Hugo constituían un lugar para franceses y argentinos, inmigrantes y juninenses. La Sociedad debía cumplir otro de los objetivos fundacionales: asistir y representar a sus asociados y brindarles un espacio donde pudieran sentir que la patria de origen no estaba tan lejana.

El Salón Teatro Víctor Hugo era un “Faro de luz”. El historiador Roberto Dimarco, en su libro “Gardel en Junín”, expresa que el salón “se constituyó en bastión de innumerables acontecimientos que jalonaron la vida musical y artística de un Junín inquieto y perseverante”.

Basta recorrer las páginas de los periódicos de la época para comprobar que fue en el Víctor Hugo donde, durante las primeras cinco décadas del siglo pasado, se realizaron muchísimas reuniones, encuentros y espectáculos que marcaron a fuego nuestra historia social y cultural.

EL DEBUT DEL ZORZAL CRIOLLO EN JUNÍN

Por solo citar algunos ejemplos, en junio de 1921 se produjo el debut en Junín de Carlos Gardel. La primera presentación fue el jueves 2, pero fue tal el éxito del Zorzal criollo que debió repetir su espectáculo en la misma sala el domingo 5 y el lunes 6. A la primera presentación de Gardel en Junín concurrió el boxeador Luis Angel Firpo, quien pocos días después pelearía en el Teatro Italiano. Esa noche gloriosa en el Víctor Hugo estas dos figuras consagradas por la historia argentina se estrecharon en un abrazo.

Es relevante para nuestra memoria ciudadana, marcar las condiciones excelentes de acústica y de confort para el público asistente que ofrecía el Víctor Hugo, donde se proyectó la primera película sonora en Junín, en abril de 1930 (“Amor pagano”, protagonizada por Ramón Navarro).

Otra hecho de singular importancia para la ciudad fue el debut, en agosto de 1947, del pianista francés Gilles Guilbert. En aquella ocasión, el destacado concertista de jerarquía mundial ofreció su recital a beneficio de las víctimas de Chatou.

A mediados de los años '50, el Club Sarmiento solicitó a la Sociedad Francesa, que dicha institución utilizara el Salón Teatro “Víctor Hugo” como sede para sus reuniones danzantes, ya que la propia estaba en construcción. Así fue como, por el término de diez años, toda la parte central del edificio estuvo destinada al desarrollo de las actividades sociales de la entidad de los Behety.

LAS PUERTAS SE CERRARON

Entre mediados de los '60 y fines de los años 70, tanto la Sociedad como la Alianza Francesa continuaron con su labor diaria, pero el Teatro “Víctor Hugo” ya no volvió a abrirse para actividades culturales. Es más, desde aquellos tiempos y hasta nuestros días se fue deteriorando paulatinamente y se transformó en lo que es hoy: un depósito de cosas abandonadas. Su salón principal, orgullo de una época dorada, está irremediablemente desamparado, vejado y mutilado por la apatía, la desidia y la negligencia. El escenario donde ocurrieron notables eventos artísticos y culturales está fracturado y derruido. El piso donde la juventud de varias generaciones bailó las melodías repiqueteadas del ayer, es una lastimosa podredumbre de desvencijadas maderas faltantes y espectrales. Lo que fue en otros tiempos honra y satisfacción por la fastuosidad de sus instalaciones, hoy es un vertedero de desperdicios y madriguera de alimañas que revolotean por doquier.

Por estos aciagos días de un mundo postmoderno, pareciera que las tradiciones, el acervo popular, las costumbres instituidas, las historias de lo que pasó transmitidas de generación en generación, los mausoleos de otrora que guardan la memoria de un pueblo, las doctrinas que apuntalan a una nación, y el patrimonio cultural de los inmigrantes, se van muriendo de a uno, ante el desinterés y la indolencia, ante el desapego y la indiferencia, ante el desánimo y la incertidumbre.

La ciudad muere infinitas muertes cada día, cotidianos desgarramientos, amputaciones y esfumaciones. A medida que crece, se renueva y se transforma, van desapareciendo costumbres, destruyéndose pedazos de su fisonomía material, quebrándose hilos de tradición que ataban a los ciudadanos al pasado inmediato o mediato. Dicen que toda muerte es condición de vida, y las costumbres, seres, edificios, mueren todos los días para que otros vivan. Todo se va yendo de a poco y son otras más, apenas en las infinitas, cotidianas e interminables muertes de una ciudad.

PASADO, PRESENTE Y ¿FUTURO? 

Al pasar por la avenida Rivadavia 114/122 y elevar la mirada, parecen verse pequeños duendecitos, verdaderos espíritus que hacen travesuras en las paredes descascaradas por el tiempo, y parecen espectros luminosos de aquellos 39 franceses inmigrantes que, con ahínco, tesón, trabajo y sacrificio acariciaron un proyecto que con el tiempo se hizo realidad: tener su sede propia y un salón teatral llamado Víctor Hugo, para homenajear al “gran jefe de la escuela romántica”, ese que divulgó el drama como género literario más adecuado para su época y que en su vasta producción poética proclamó su amor hacia la humanidad y su fe en el progreso, haciendo que su lirismo se convirtiera en alma colectiva.

Cómo iba a discurrir tal insigne pensador que el drama, representación de la acción, se iba a transformar en una sátira burlesca y apática en una calle de un pueblo bonaerense llamado Junín.

 

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