Junín. miércoles 15 de agosto de 2018
Semanario de Junín » Opinión » 20 ene 2018

enfoque

Iglesia y pobreza

La iglesia católica siempre se ocupó de los pobres –y de que no dejaran de ser pobres– para mantener una base más o menos manejable, más o menos crédula, que pudiera seguir controlando.


Por:
LuCa

La pobreza continúa siendo el talón de Aquiles del gobierno de Mauricio Macri y las alarmantes cifras vuelven a los primeros planos. El Observatorio Social de la Universidad Católica Argentina (UCA), muy cercana al papa Francisco, ha difundido un informe que revela que las estadísticas de pobreza se recuperan de la caída de 2016 y ya son equiparables con la de finales de 2015 -en torno al 30%-, pero que ha recrudecido la pobreza extrema. “Hay menos pobreza, pero los que se mantienen en esa condición son más pobres que en 2015”, resumió Agustín Salvia, director del Observatorio.

Los augurios no son buenos si se analiza otro de los datos más sobresalientes del informe, el que indica que el 48% de la población del país que vive bajo la línea de pobreza son niños de entre 0 y 14 años. Así, la proporción de niños o niñas en condiciones de indigencia o pobreza es mayor que en los hogares y poblaciones de jóvenes adultos y adultos mayores. Mientras que la condición de pobreza alcanza a alrededor de tres de cada 10 personas, entre la población de menores de 14 años esta proporción asciende a cuatro o cinco de cada 10. En otras palabras, casi la mitad de los excluidos son personas en edad escolar, y que comenzarán el nuevo decenio con pretensiones de ingresar al mercado laboral.

“La pobreza actual es más profunda; eso significa que los ingresos que tienen esos hogares ha disminuido su capacidad de sacarlos de la pobreza, o sea, están más lejos que hace dos años de salir de esa situación”, analizó el especialista. “No consiguen trabajo o los están perdiendo; los planes sociales no le alcanzan; el mercado de trabajo interno para el segmento más pobre se mantiene recesivo; hay menos horas extras, menos horas de trabajo formal y hasta menos changas. Y al no haber industrias, históricamente, no hay fichajes masivos”, enumera Salvia.

“Las cifras pueden bajar un poco más en el futuro, pero vamos a encontrar un piso estructural del 24% de la ciudadanía que para el capitalismo argentino no parece interesante. Es una población que subsiste, pero que no son demandados por los negocios prósperos”, dijo Salvia.

En ese contexto se expresó el padre Pablo Castelnovo, de la Parroquia Cristo Redentor y capellán del G.A 10 con asiento en Junín. Bajo el título “La pobreza preocupa a sectores de la Iglesia”, La Verdad publicó días pasados declaraciones del sacerdote que dejan en evidencia el “oscurantismo” de ciertos representantes de la Iglesia, que contrastan, y mucho, con los datos de la realidad. 

“La peor pobreza –dijo Castelnovo- no es no tener algo para comer sino la pobreza moral, no tener valores, que se manifiesta en una falta de visión y en la falta de dignidad. Lo que observo es que quizá, actualmente, las personas no quieren progresar, no hay metas ni contención familiar”.

La iglesia católica –debería saberlo señor Castelnovo- es una estructura de poder basada en fortunas pavorosas, millones de seguidores y la suposición de que para complacer a esos millones hay que escuchar lo que dicen sus jefes.

Claro que la iglesia católica sabe de pobres: siempre se ha ocupado de que hubiera muchos. Allí estaría una de las famosas diferencias –inexistente- entre derecha e izquierda: unos quieren, a veces, “ayudar a los pobres”; los otros, que no haya. Y la opción de la iglesia está muy clara. No digo que no existan curas obreros, curas villeros, curas tercermundistas, curas honestos y entusiastas. Sino que como institución digo que siempre sirvió para que los pobres sigan siendo pobres: que sean, si se quiere, pobres con pan, pero que no dejen de ser pobres -los reyes los necesitaban, los necesitan los patrones. En eso consiste la beneficencia en cualquiera de sus formas –damas caritativas, oenegés de jóvenes preocupados, orgas de curas compasivos.

La iglesia católica siempre se ocupó de los pobres –y de que no dejaran de ser pobres– para mantener una base más o menos manejable, más o menos crédula, que pudiera seguir controlando.

La iglesia católica es una organización que perfeccionó el asistencialismo –el arte de darle a los pobres lo suficiente para que sigan siendo pobres– hasta cumbres excelsas bajo el nombre, mucho más honesto, de caridad cristiana.

El señor papa Jorge Bergoglio, de visita en Perú por estas horas, parece un hombre inteligente y parece tener cierto perfil “vendible” que puede ayudarlo mucho en su trabajo. Que, además, puede servirle para definir el populismo: dice, desde una de las instituciones más reaccionarias, arcaicas y poderosas de la tierra, una de las grandes responsables de las políticas que produjeron miles de millones de humildes y desamparados, que debemos preocuparnos por los humildes y los desamparados.

La iglesia católica es una organización riquísima que siempre estuvo aliada con los poderes más discrecionales, que lleva siglos y siglos justificando matanzas, dictaduras, guerras, retrocesos culturales y técnicos; que torturó y mató a quienes pensaban diferente, y que llegó a quemar a quien dijo que la Tierra giraba alrededor del Sol.

La iglesia católica es una organización que hace todo lo posible por imponer sus reglas a cuantos más mejor y, así, sigue matando cuando, por ejemplo, presiona para que estados, organismos internacionales y ONG’s no distribuyan forros en los países más afectados por el Sida en África –con lo cual el Sida sigue contagiándose y mata a miles y miles de pobres cada año.

La iglesia católica es una organización que no permite a sus mujeres trabajos iguales a los de sus hombres, y las obliga a un papel secundario que en cualquier otro ámbito de nuestras sociedades indignaría y mucho.

La iglesia católica es una organización de la que se ha hablado, en los últimos años, más que nada por la cantidad de pedófilos que se emboscan en sus filas y, sobre todo, por la voluntad y eficacia de sus autoridades para protegerlos. Y, en esa misma línea delictiva, por su habilidad para emprender maniobras financieras muy dudosas.

La iglesia católica es una organización que se basa en un conjunto de supersticiones perfectamente indemostrables, inverosímiles, solo buenas para convencer a sus fieles de que no deben creer en lo que creen lógico o sensato sino en lo que les cuentan: que deben resignar su entendimiento en beneficio de su obediencia a jefes y doctrinas.

La iglesia católica es una organización que, por eso, siempre funcionó como un gran campo de entrenamiento para preparar a miles de millones a que crean cosas imposibles, a que hagan cosas que no querrían hacer o no hagan cosas que sí porque sus superiores les dicen que lo hagan: una escuela de sumisión y renuncia al pensamiento propio –que los gobiernos agradecen y utilizan.

La iglesia católica es una organización tan totalitaria que ha conseguido instalar la idea de que discutirla es “una falta de respeto”. Su doctrina dice que los que no creemos lo que ellos creen nos vamos a quemar en el infierno; su práctica siempre consistió en obligar a todos a vivir según sus convicciones. Y sin embargo lo intolerante y ofensivo sería hablar de ellos en los términos que cada cual considere apropiados.

En síntesis: es esta organización, con esa historia y esa identidad, la que ahora, con su sonrisa sencilla de viejito pícaro de barrio, el señor Bergoglio quiere recauchutar para recuperar el poder que está perdiendo.

 

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