Junín. miércoles 15 de agosto de 2018
Semanario de Junín » Opinión » 19 feb 2018

NOTA DE OPINION

Carnaval y machismo

Elecciones a reinas: premiar la superficialidad, en contexto de lucha feminista, es un retroceso.


Por:
LUCIANA CAMARERO

Los concursos de belleza, en el contexto actual que estamos atravesando, propios de una sociedad que lucha por los derechos de las mujeres y en pos de erradicar la violencia de género que nos acontece a diario, entorpecen el trabajo que muchas feministas vienen llevando a cabo (ya sea desde la militancia, como desde la disputa de derechos, o simplemente concientizando con el diálogo diario).

En tiempos de fechas festivas a nivel nacional, como es el caso de los carnavales, en cada provincia y en cada ciudad (excepto algunas como Gualeguaychú, Chivilcoy, etc.), se sigue realizando la famosa coronación de la reina a modo de cierre y como broche de oro de la noche última.

Mientras tanto, los días previos, cada una de las postulantes realiza su pasada en carroza, condicionadas al reconocimiento público, mostrando sus aspectos físicos propios de un ideal estereotipado del “cuerpo perfecto”, medible a través de las tallas 90-60-90.

Es cierto que “feminismo”, como definición, aún no ha encontrado enmarcarse en una teoría exacta y única, pero porque de eso se trata, de reconocernos desde la diversidad como mujeres, cada una con su historia y su estilo de vida.

Pero lo que sí es seguro, si de feminismo se trata, es que hay que hablar de igualdad de derechos entre mujeres y hombres, de desnaturalizar cada una de las prácticas que el patriarcado ha instalado, de visibilizarnos como sujetas trabajadoras con equidad de condiciones a las de los hombres. También se trata de memorizar, recordar que, por ejemplo, años atrás no podíamos votar y gracias a la lucha de nuestras antecesoras feministas fue posible que hoy todas nosotras tengamos participación en la política porque claro, eso antes era cosa de varones. En definitiva se trata de caminar juntos, ni unx adelante, ni otrx atrás.

Por supuesto, que esas luchas y batallas ganadas no hubiesen sido posibles sin violencia y revolución, como cada uno de los derechos adquiridos que siempre se han ido dando a partir de las movilizaciones de las clases, para nada pacifistas.

Volviendo a lo que compete este artículo, el hecho de desnaturalizar prácticas instaladas por el patriarcado, hace que repensemos cada situación cotidiana, es decir, a la cultura en general.

En el norte argentino, los carnavales se inician con el famoso destierro del diablo encargado de fecundar a la tierra (Pachamama) y que simboliza al sol, durante el mes de enero; y culmina en febrero, nuevamente con su entierro.
Simbólicamente, ese diablo representa el espíritu festivo por los cuales, esos días de carnaval, tiene toda la comunidad. Alegría y diversión representada en trajes que cubren de pies a cabezas, con excéntricos colores, con apliques de espejos de diferentes tamaños y formas y sus máscaras con cuernos, permiten que cada persona que participe en los festejos se desinhiba y se uniera a los endiablados bailes populares.

Ya en el centro de Argentina el festejo es otro, más bien marketinero, donde cada municipio hace su campaña en relación a cuánto presupuesto destina para el carnaval, donde las empresas aprovechan a publicitar y donde las postulantes a reinas representan a determinadas instituciones (públicas y/o privadas). A decir verdad, se fue perdiendo lo que antes era una tradición y festejo familiar, barrial, para pasar a ser parte del mercado, y acá las mujeres volvemos a ser las protagonistas, en mi opinión, para mal.

Otra vez vuelven a someternos, haciéndonos creer que eso es lo correcto, que es parte del carnaval y del festejo la coronación de una reina que sea atractiva físicamente (dentro de los parámetros de belleza instalados culturalmente), simpática y agradable superficialmente (porque claramente no todos conocemos su personalidad), mostrando toda su simpleza y sencillez a través de brillos, plumas y maquillajes, dejando al desnudo todo tipo de sensibilidad, sensualidad y actos de feminidad.

Este tipo de concursos, que por supuesto se basa en la competencia, genera entre las postulantes una rivalidad por ver quién es más linda, simpática y buena de todas. A su vez existe una bondad fingida por cada una de ellas en relación a su “compañera contrincante” y ni hablar del desprecio que sienten tras no haber obtenido la tan ansiada corona para representar al pueblo o ciudad a la que pertenecen.

No hay situación más horrorosa que verlas desfilar tan jóvenes sometidas a la opinión de toda la población, de hombres y mujeres (principalmente adultos) que contemplan cual objeto cómo lucen, de qué tamaño y forma son sus colas y tetas, si llevan o no poca ropa, si tiene unos kilitos de más, o si se le nota por demás la celulitis.

Premiar a una adolescente por su aspecto físico no sólo es discriminatorio, sino también sexista, humillante y banal porque desde el momento en que una joven desea postularse debe encajar con los cánones de cuerpo perfecto, donde alguien con alguna discapacidad queda por fuera, donde las rellenitas deberían sentir vergüenza, ni hablemos si a una transexual se le ocurre participar. Es decir que los cuerpos variados, los reales que vemos a diario -además de las extremadamente flacas- no participan.

Estos actos convierten a la mujer en objeto, en una cosa, inferior al hombre, y si hay machismo hay violencia hacia las mujeres. Es por esto que no hay nada mejor que erradicar estos actos misóginos y patriarcales que por años nos han hecho creer que son propios de la cultura y estas competencias no tienen nada que ver con lo cultural.

¿No sería mejor que en cada carnaval se premie a un ciudadano o ciudadana por alguna obra de caridad, sea cual sea, en pos de la comunidad?

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