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Semanario de Junín » Locales » 23 feb 2018

UNA MIRADA A CONTRAPELO

La muerte de un joven de 15 años y los médicos sin palabras

Un chico de 15 años murió en el Hospital Interzonal General de Agudos (HIGA) y aún no se saben las causas del deceso. Todos guardan un gran hermetismo aunque hay una denuncia en fiscalía.


Por:
OMAR MERAGLIA

“Quiero saber de qué murió mi hijo, creo que tengo derecho”, dice Gabriel Sánchez, el papá del chico de 15 años que murió en el HIGA luego de estar internado durante 17 días.

Todos tenemos derechos hasta que alguien superior nos demuestra lo contrario.

El jovencito llegó al centro de atención de la salud ingresando por sus propios medios el pasado 25 de enero. Presentaba un cuadro de fiebre, vómitos y dolor en todo el cuerpo.

El 12 de febrero fue sepultado luego de que muriera el día anterior.

Entre la fecha de ingreso hasta el deceso pasaron 17 días en los que el hospital brindaba a la familia un parte diario.

Quiere decir que sólo cinco minutos de los 1440 que tiene la jornada, se ocuparon de explicar a la familia lo que en verdad nadie sabía (ni sabe): un diagnóstico preciso.

Durante 408 horas el cuerpo del adolescente fue deteriorándose sin que no se pudiera hacer nada. Siquiera para llevarlo a otro lugar de mayor complejidad, ya que el padre sostuvo que “pedí que lo trasladaran, pero me lo negaron”.

Primero le dijeron que se trataba de hantavirus, una enfermedad transmitida por algunos roedores en particular. “Después de que realizaran los análisis respectivos se retractaron”, le comentó Sánchez a SEMANARIO.

Hoy no tienen diagnóstico. No tienen palabras, no hay comunicado del HIGA y la familia no entiende por qué no verán más a su hijo, el que tenía fiebre y vómitos y entró al hospital y salió hacia el cementerio.

Una de las directoras asociadas del HIGA, Patricia Barisich, no quiere “chusmeríos”, se muestra indignada con el que divulgó la información del “hanta” y dice que es “un mentiroso”. El papá del chico no inventó el diagnóstico, alguien se lo dijo, tal vez por dentro del nosocomio debiera buscar la funcionaria.

No hay en Junín un servicio de salud pública que se ocupe de niños y adolescentes, se los mezcla con patologías de adultos en ámbitos lúgubres, plenos de posibilidades de contraer virus intrahospitalarios, un escenario pleno de fotos deprimentes y aromas a orín. La salud, a veces, también entra por los ojos.

La carrera de medicina es tal vez de las más difíciles de transitar en virtud del esfuerzo en el estudio y en las prácticas.

La tecnología médica ha dado un salto de calidad trascendente (no sólo en lo comercial) para el bienestar de las personas.

El profesional se va curtiendo a medida que se acerca más y más a las puertas de la muerte, esa que conocen solamente quienes la franquean y que por siempre se han mantenido en silencio acerca de sus misterios.

Ni siquiera los más “profesionales” en estas lides, saben qué pasa allá atrás y tal vez por eso la impotencia los deja mudos.

Los galenos son capaces de soportar guardias de 24 horas y aún sin dormir están prestos para enfrentar una operación de alta complejidad (aunque ellos mismos lo considerarían inconveniente para sí mismos), pero se quedan paralizados cuando algo no sale según los manuales científicos y es ahí donde aparece su talón de Aquiles.

Porque los médicos no saben comunicar, usan palabras técnicas, tartamudean, les sudan las manos y la frente y están incómodos frente al paciente o su familiar, queriendo huir de la situación que no pueden manejar, que no pueden controlar.

Tanto creyeron algunos en su omnipotencia que no pueden enfrentar sus lógicas carencias.

Y eso se padece por parte de quienes están -sólo con una bata- indefensos, del otro lado del mostrador.

Barisich explica que todo esto ha causado en el hospital “una gran angustia” y dice que hay una ley a favor de los derechos de los pacientes y que por eso no puede dar información a SEMANARIO sobre el caso que nos preocupa, como también preocupa a buena parte de la comunidad. Pero tampoco le dicen a la familia del chico qué es lo que pasó.

Y la directora, basándose en el protocolo, insiste en que “si hubiera una situación que generara compromiso social, o sea que comprometiera la salud de la comunidad, haría una gacetilla y la estaría repartiendo a todo el mundo explicando la problemática, aunque sin nombrar al paciente”.

Y como periodistas acatamos la legislación y no nos inmiscuimos en la intimidad del chico del cual tampoco nos ocupamos en saber su nombre, porque en verdad el caso nos resulta un símbolo de lo que puede pasarle a cualquier adolescente de los tantos que hoy son brutalmente vulnerables por distintas causas, particularmente esas que tienen que ver con la irresponsabilidad de los adultos.

Porque no debemos hacernos los desentendidos ya que esa vulnerabilidad de la que hablamos está en el aire que respiramos, el agua que tomamos, los alimentos que ingerimos.

Y como periodistas nos preguntamos qué debe pasar para estar alertas ante un problema sanitario. Porque hoy mueren chicos por comer una mandarina fumigada o por estar cerca de un maizal tratado con agroquímicos. Y si bien este caso no iría por esos andariveles ¿cuánto hay que esperar para el comunicado? Si al fin y al cabo no se tiene idea de que fue la causa de la muerte ¿acaso no podría ser peligroso y debiera tratarse con mayor urgencia? Ante el desconocimiento, toda hipótesis resultaría posible.

Qué pasaría si hay un virus mortal en el agua de la zona, si apareció una cepa nueva de gripe, si el Zika transmutó. No se trata de una novela de Stephen King, sino de un razonamiento lógico ya que si los médicos no saben lo que fue que causó la muerte del jovencito, no habría que quedarse tan tranquilos esperando resultados, sino que tendría visos de emergencia, sin querer con ello causar alarma en la población.

No esperamos funcionarios de la salud que hablen hasta por los codos, para eso ya tenemos a los políticos, pero como sociedad necesitamos que la comunicación en estos casos, más allá de la gravedad del tema, transmita profesionalismo. Lo cual a sabiendas de que hay control de la situación, brinda tranquilidad.

Pero más allá de la incomunicación se padece también la discriminación porque mientras aún hay ecos por la muerte de la periodista de TV y hay cientos de fojas en sede judicial y más y más análisis y abogados y jueces y fiscales, acá no hay nada para saber qué le causó la muerte a este pobre chico.

Para este jovencito juninense, que hasta hace poco cazaba y pescaba cerca del Carpincho porque vivía frente a la cancha de Independiente, sólo tenemos en soledad a una familia que busca respuestas y que también en soledad el papá, el martes 13, radicó la denuncia en Fiscalía, como para refrendar que esos días son para temer según los dichos populares.

Temor por los silencios, por la discriminación, por las enfermedades, por los hospitales y por la vulnerabilidad de nuestros chicos y jóvenes.

Al menos a nosotros, para enfrentar al temor, nos quedan las palabras.

 

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