Junín. sábado 22 de septiembre de 2018
Semanario de Junín » Cultura » 17 mar 2018

JUNIN TIENE QUIEN LE ESCRIBA

"Abrió sus ojos y los vio", un texto de Martín Juliá


De pronto los vio. Meses o años habían pasado desde la última vez que había podido sentir esa alegría que la abrazaba y al mismo tiempo esa tristeza tan profunda y llena de resignación. Ahí estaban ellos, distintos, pero eran ellos. Quizás alguno había aumentado de peso, quizás alguno estaba más delgado. Los niños estaban más altos que la última vez. Los grandes, más encorvados, daban la impresión de haber reducido su tamaño. Pese a esto y a las modificaciones en peinados y vestimenta, ella no demoró en identificarlos.

         Vio los ojos de cada uno con una emoción que la recorría entera. La sensación oscilaba entre cosquilleos y fuertes explosiones combinados con dulces recuerdos fugaces. Cada una de estas chispas de lucidez se llevaba muy mal con la mezcla de alegría y tristeza que la atacaba cada vez que lograba el milagro de verlos. Toda esta situación se veía cruelmente apresurada por un sector de su conciencia que no la dejaba olvidarse de que este milagroso momento seria solo eso, un momento. Se había resignado a ya no ilusionarse con poder permanecer ahí con ellos en cuerpo y alma ni siquiera durante el tiempo suficiente para sostener alguna conversación. Sabía que ya nunca más podría darse el lujo de observarlos el tiempo que quisiera y llenarse de sus recuerdos, hablarles y agradecerles la incondicionalidad de su amor, su presencia ahí, su compañía. Se había visto obligada a conformarse con ese diminuto recorrido automático que no podía demorarse más de unos cuantos segundos en un mismo rostro si quería tener su instante de intimidad con cada uno de los presentes.

         Y así lo hizo, y así lo hacía cada vez que su siempre cruel cerebro le permitía contemplar a través de sus propios ojos aquello que en realidad esos ojos siempre estaban mirando. Esas personas siempre estaban ahí para ella, pese a que algo en su cabeza, vaya a saber uno qué y para qué, actuaba como una cortina de oscuridad que ocultaba todo o permitía las percepciones según una caprichosa voluntad ajena. Al principio eran cortos lapsos en los que lo que sus ojos percibían no llegaba a procesarse en su interior. Algunos confundían esos episodios con sordera, desinterés o simple falta de memoria, tan típicos de la edad. Ella temía que le estuviera ocurriendo algo más grave que eso, pero, fiel a su costumbre, jamás alzó la voz ni preocupó a nadie con aquellos temores. Con el pasar del tiempo, fue aumentando la cantidad de momentos en los que lo percibido por sus sentidos se oscurecía y nunca llegaba a entenderlo hasta llegar a este maldito punto en que los lapsos cortos no eran de oscuridad sino todo lo contrario, de lucidez.

         Ahí estaban ellos, pudo reconocerlos con claridad, dos de sus tres hijos y tres de sus nietos. Miró con mucha atención los brazos de sus hijos, había aprendido con el correr de su enfermedad a fijar su mirada ahí desde que vio, no se acuerda cuánto tiempo atrás, a una hermosa beba en brazos del menor, justamente el que en ese momento no se encontraba en la habitación. Recordó que aquella vez alzó rápidamente los brazos hacia su hijo sin decir nada y con su característica mirada iluminada por la ternura. El menor la vio y orientó su mirada hacia el mayor para que interprete un entendible miedo a que lo que quedaba de su madre cometa alguna torpeza que dañara a la recién nacida. Su hermano, el único que estaba allí, lo miró entre decidido y enojado obligándolo, sin la necesidad de pronunciar palabra, a obedecer la súplica de su madre y depositar en sus brazos a la pequeña nieta. Ella no culpaba a su torpe hijo por esas dudas, nunca había querido preguntarles a sus familiares por la forma en que se comportaba en esos momentos en los que estaba vacía, aunque sentía la curiosidad de saber si era capaz de hablar o al menos repetir las palabras dichas por los presentes, o si era capaz de girar su cabeza en dirección a los que le hablaban al menos.

Ya nada de eso importaba. Había optado por el silencio absoluto aun estando presente tras desilusionarse una y otra vez cuando, en medio de alguna conversación, se perdía y ya todo dejaba de existir una vez más. Así, ya ni preguntaba cuando uno de sus hijos aparecía acompañado por alguna persona desconocida para ella, ya no le importaba saber de esas personas que seguramente habrían sido presentadas más de una vez en tiempos de ausencia. Fueran amistades, parejas, familia política, ya no tenía sentido averiguarlo. A ella solo le importaban sus hijos y nietos. Odiaba a esas enfermeras que le hablaban como a un bebé, la tomaban de los brazos en caminatas inútiles y aburridas desde que volvió a la realidad mientras una desconocida lavaba su cuerpo con una esponja. En realidad el odio era consigo misma, con su mente, por obligarla a ver a través de sus ojos y a tomar posesión de su cuerpo en esas situaciones y derrochar allí la lucidez que podría aprovechar mirando a sus nietos.

         Quizás por esa frialdad casi matemática no quería hablar, preguntar, responder, moverse, ni ninguna otra actividad que significara gastos de energía. Tal vez reduciendo al mínimo su participación lograse que su presencia permanezca unos dorados segundos más. También por esta razón cada recuerdo que le invadía la cabeza le molestaba, no quería que nada interfiera en su mente, solo quería realizar esa rápida pero detallada observación de sus nietos primero y de sus hijos después, apreciando cambios o simplemente observándolos. Esta vez sus hijos conversaban ajenos a su mirada que ya no estaba perdida en cualquier rincón, sino clavada en ellos. Distendidos pero nerviosos a causa del siempre áspero clima de aquella institución. Por suerte estaba en una habitación relativamente cómoda, iluminada y ventilada. En ella tenía su cama, un par de sillones individuales con una mesita de café de por medio que servía de punto de descanso para los hijos y un gran televisor con coloridas imágenes que entretenían a dos de sus nietos, mientras el otro, aburrido, jugueteaba con su celular.

         Ella, conforme posaba su mirada en cada uno pudo sentir cómo su alma se llenaba de amor al oír las carcajadas de sus pequeños nietos absorbidos por los dibujos. Luego una profunda paz al ver que sus hijos eran ya hombres grandes e independientes capaces de apoyarse unos a los otros en tiempos duros ante la pérdida prematura de su padre hace ya varios años y, ahora, ante la ausencia casi permanente de su madre. Llena de toda esa paz y con la risa de sus nietos como fondo, realizó un suave recorrido de su pasado y se tomó los últimos segundos para reconciliarse consigo misma. Sintió que no podía continuar enojada y guardándole tanto rencor a su suerte cuando disfrutó de tantísimos años llenos de vitalidad.

         Pudo disfrutar de sus bisabuelos cuando tenía una edad similar a la que sus nietos tienen hoy, de sus abuelos durante una generosa cantidad de años más. De sus padres y amistades durante casi toda su vida adulta y de su pareja, no había existido una persona capaz de acompañarla mejor de lo que ese hombre lo había hecho, aunque se haya ido tan pronto. Sus hijos crecieron dándole afecto y conformando una familia como la que había soñado toda su vida. Fue feliz, la hicieron feliz y sabe que también ella hizo feliz a los suyos.

         Ya completamente en paz consigo misma, con su suerte y con su vida, tomó quizás su última decisión, relajándose y dejándose llevar tranquilamente por su enfermedad con una mueca de satisfacción en su cara, algo parecida a la que llevaba en sus momentos de ausencia, pero esta vez esa satisfacción la acompañará para siempre.

Perfil de autor

Martín Juliá es profesor de Educación Física. En 2017 su relato “Extraño pocas cosas de los tiempos pasados” fue seleccionado para formar parte de la antología “Nuestros cuentos” de la editorial Rama Negra.

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