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Semanario de Junín » Cultura » 17 mar 2018

VISIÓN PARA ELEGIR A SUS CANTORES

Armando Pontier: una orquesta determinante desde su bandoneón

Músico completo, exquisito ejecutante del fueye y mejor compositor, perteneció a una generación que hizo brillar al tango, consolidando la tarea del arreglo, donde nos regaló una obra como compositor, de estructura bien armonizada y con melodías muy originales, a veces sencillas y melódicas.


Por:
ISMAEL CANAPARO

Armando Pontier (Armando Francisco Punturero, su nombre real) fue uno de los puntos altos de la generación del cuarenta, tan creativa y abundante en matices renovadores. Nació en Zárate el 29 de agosto de 1917 y falleció en Buenos Aires el 25 de diciembre de 1983, producto de un suicidio. A los seis años, en su ciudad natal, ya estudiaba guitarra, pese a que le gustaba mucho el piano. La familia, de condición muy humilde, no se lo podía comprar. “De todas formas yo quería algo con teclado. Un día, mi padre viajó a Buenos Aires, vio en la calle Libertad un bandoneón por cuarenta pesos y me lo llevó como regalo de cumpleaños. Fue lo mejor que pude recibir. A los seis meses de estudio -lo hacía con el maestro Trizzi- era tanto el amor que le tenía al instrumento, que debuté en el Teatro Coliseo, de Zárate, tocando solo en una fiesta de colegio. Aún no tenía doce años”, contó el gran bandoneonista, como un eslabón previo a su enorme trayectoria.

Debutó en 1937 con la orquesta de Juan Elhert, con la que aprende solfeo, armonía y composición. De la mano de su maestro llega a Buenos Aires, junto con sus compañeros de estudios: Enrique Francini, Héctor Stamponi y Cristóbal Herreros para actuar por la radio.

En rigor, uno de los grandes acontecimientos tangueros que se concretó a principios de la década del cuarenta resultó la formación del conjunto co/dirigido por el bandoneonista Armando Pontier y el violinista Enrique Mario Francini. Provenientes de la orquesta de Miguel Caló, debutaron con su propio grupo el 1º de setiembre de 1945, inaugurando el palco del Tango Bar de la calle Corrientes. Luego, participaron en la película “Cuidado con las imitaciones”, en blanco y negro, dirigida por Luis Bayón Herrera, que se estrenó el 19 de mayo de 1948 y que tuvo como protagonistas a La Cruzada del Buen Humor (grupo del que más tarde surgirían Los Cinco Grandes del Buen Humor) y Blanquita Amaro. Las actuaciones de este singular binomio se extendieron por un lapso de diez años, con un abundante caudal de discografía: 120 registros, de ellos 34 instrumentales y el resto cantadas, todos en la casa Víctor. Un papel fundamental para esta orquesta fue la intervención de vocalistas de gran nivel y figuras de excepción, como Julio Sosa, Roberto Rufino, Raúl Berón y Alberto Podestá. También cantaron otras destacadas voces: Roberto Florio, Héctor Montes, Pablo Moreno, Mario Lagos y Luis Correa.

Posteriormente, en 1955, Pontier creó su propia agrupación, imprimiendo a la misma un desarrollo mucho más milonguero que el que había expuesto hasta entonces. La orquesta estaba formada por Pontier, Nicolás Paracino, Antonio Roscini y Ángel Digiovanni (bandoneones); Alberto del Bagno, José Sarmiento, Ernesto Gianni y Pedro Desret (violines); Ángel Cichetti (piano) y en contrabajo su otro gran socio musical, Fernando Cabarcos. La responsabilidad vocal la tenían Julio Sosa y Roberto Florio, luego suplantado por Oscar Ferrari. Por sus filas y por sus grabaciones pasaron instrumentistas de enorme nivel, como Rodolfo Mederos, Néstor Marconi, Raúl Garello, Nito Farace, Fernando Cabarcos y Antonio Agri, entre muchos otros.

El historiador Ricardo García Blaya abarcó la trayectoria posterior del exquisito músico zarateño, contando que “Pontier fue estrella durante varios años de los carnavales del Centro Asturiano, a fines de los 50, con Julio Sosa y Oscar Ferrari. En 1960 ingresa el cantor Héctor Darío en reemplazo de Sosa y al año siguiente Roberto Rufino ocupa el lugar de Ferrari. En 1963, junto a su ex socio Enrique Francini, y sus antiguos compañeros, Domingo Federico, Alberto Podestá y Raúl Berón, integra “La Orquesta de las Estrellas”, bajo la dirección de Miguel Caló, con Orlando Trípodi como pianista. En 1966 lo encontramos nuevamente al frente de su orquesta, con los cantores Alberto Podestá y Héctor Darío. Hace su primera gira a Japón con las voces de Darío y Néstor Real. Después, constituye un sexteto que trabaja en Radio Municipal y en el cabaret Marabú, junto con los cantores Oscar Ferrari y el recientemente incorporado Carlos Casado, con quien actúa por televisión y graba un larga duración. En 1973 reconstituye la orquesta con Francini para realizar una nueva gira por Japón, contando con la colaboración de Alba Solís y músicos de la talla de Omar Murtagh, Néstor Marconi y Omar Valente. En 1982 se agrega el juvenil cantor uruguayo Gustavo Nocetti.

La obra autoral de Armando Pontier es extensa y con algunos temas de gran calidad, que el tiempo ha convertido en verdaderos clásicos del género: “Tabaco”, “Trenzas”, “Corazón no le hagas caso”, “Cada día te extraño más”, “Anoche”, “El milagro”, “Claveles blancos”, “El vals soñador”, “Milongueando en el cuarenta”, “Bien criolla y bien porteña” y temas instrumentales de gran factura como “A los amigos” (su obra cumbre), “A José Manuel Moreno”, “A Zárate” y “A tus pies bailarín” y “Pichuco” entre otros. Junto al letrista uruguayo Federico Silva compuso muchos temas, catorce de los cuales grabó Roberto Goyeneche con el acompañamiento de Aníbal Troilo, para un long-play del sello RCA Víctor.

Hacia fines de la década del '60, la orquesta de Armando Pontier grabó una serie de LP con grandes cantores invitados: Alberto Marino, Jorge Durán, Roberto Goyeneche. El disco de El Polaco fue grabado a fines de 1966 y editado en 1967, quien está aquí en la plenitud de sus condiciones interpretativas y vocales. Las versiones son sencillamente excelentes, al igual que el repertorio elegido. Goyeneche reactualiza “La última curda” (uno de sus grandes hitos), “Mi canción de ausencia” y el hermoso vals “Carrousel”, al tiempo que graba por primera vez “Madame Ivonne”, “Miedo” (un tango hermoso y poco conocido) y “La novia ausente” (en mi opinión, una de las mejores versiones después de la de Gardel)”.

 

Varias veces tocó en Junín

Todas las grandes orquestas típicas desfilaron por Junín, en el esplendor del género. Tuvieron aquí una enorme repercusión popular, siempre con un multitudinario acompañamiento de la gente, con clubes que invertían en números costosos, sabiendo que el público iba a responder con creces.

En el caso de Armando Pontier, tuvo cinco visitas a Junín. Las dos primeras, con la agrupación Francini-Pontier. En febrero de 1952, lo hizo en el Parque Recreativo, con las voces de Alberto Podestá y Roberto Rufino. El Club Sarmiento contrató al binomio en mayo de 1953, ahora con Julio Sosa como figura estelar.

En 1957, ya con su propia orquesta, actuó aquí en tres oportunidades, en un corto lapso, con las voces de Julio Sosa y Oscar Ferrari. En agosto, tocó en el Club Villa Belgrano. En setiembre en el Club Mariano Moreno. Finalmente, en octubre en la pista del Club 9 de Julio. Para entonces, en estos tres lugares, ya se lucía la figura emblemática del uruguayo Julio Sosa, que empezaba a tener hinchada propia entre los cultores del dos por cuatro. “El Varón del Tango” interpretó varios temas que luego serían clamorosos sucesos en su voz: “Tiempos viejos”, “Araca París”, “Cambalache”,  “Al mundo le falta un tornillo”, “Padrino pelao”, “Tengo miedo”, “Margot”, “El rosal de los cerros”, “Brindis de sangre”, “Azabache”, “Llorando la carta”, “Quién hubiera dicho” y “El corsito del barrio”.

Penitencias por cantar tangos en clase

“Al tango no se lo puede explicar. Pero desde ya que no es un accidente en la vida de nadie, viene con uno. Yo, por ejemplo, cursé la escuela secundaria como pupilo en el Instituto León XIII. Y allí las penitencias que recibía eran por cantar tangos en clase. Es un misterio, porque en otros ritmos el sentimiento no está tan arraigado. Al tango se lo lleva dentro de la piel, por eso los argentinos cuando se encuentran en el extranjero escuchan un tango y sienten ganas de llorar. A pesar de gustarme muchas otras expresiones musicales, no las siento para interpretarlas. La peor enfermedad que tuve fue no poder trabajar. ¿Por qué? Porque siento la necesidad de poder expresar el tango”.

“En una fiesta de colegio me conoció Juan Ehlert, un gran maestro de música. Entonces comencé a estudiar armonía y composición. También fue maestro de Enrique Francini, Cristóbal Herreros, Héctor Stamponi. Toda esa gente surgió de Zárate. Estudiábamos en el Conservatorio Iberoamericano, integrando además, una orquesta que formaba el propio Ehlert. Así llegamos a Buenos Aires”.

“Un día, un amigo vino a decirme que Troilo estrenaría mi primer tango: “Milongueando en el cuarenta”. Casi me enojé. Le dije que no me hiciera esos chistes porque no me gustaban. Troilo, para mí, era tan grande que no pensaba seriamente en esa posibilidad. Pero era cierto. Cosas como éstas eran de las más lindas que me regaló el tango. Admirar mucho a un artista y que éste sea condescendiente con uno. El Gordo fue un superdotado y con mucha técnica además. Otro a quien admiraba era a Elvino Vardaro. Un día, antes de venir a Buenos Aires, le escribí una carta pidiéndole una foto. Cuando la recibí, el mejor marco de la casa fue para él. Tenía locura con él. Su manera de tocar, de decir, hablaba el mismo idioma que yo. Lo quería, lo admiraba. Son esas cosas que tenemos los que pensamos en la super/sensibilidad.

“El tango me dio mucho, y siento que nunca se lo voy a poder devolver, sobre todo como compositor. “Qué falta que me hacés” tiene 300 grabaciones por todo el mundo. Y esto no es engrandecer el ego, pero cuando uno llega a un país y lo reconocen, uno se siente empequeñecido porque piensa: ¿Cómo uno anda por acá y esto lo conoce todo el mundo?”. (Armando Pontier).

 

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