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Semanario de Junín » Cultura » 30 mar 2018

NI HÉROES NI MÁRTIRES

La grieta de los intelectuales después de la dictadura

La periodista María Inés González analizó hace algunos años, hacia los finales del régimen militar, la controversia originada entre los intelectuales, sobre los que se quedaron en el país y aquellos que tuvieron que exilarse. He aquí la transcripción completa del interesante texto.


Por:
ISMAEL CANAPARO

Cuando el proceso llegó a su fin, dejó, entre sus victorias, una fractura entre escritores, científicos y artistas, quienes se enfrentaron en torno del compromiso ético del intelectual que decide irse o quedarse en un sistema autoritario. Esto implicó blanquear distintas definiciones de “exilio”: alejamiento corporal de patria y lengua de origen, o bien “exilio interno” de un modelo o gobierno, sin que mediara distancia física.

La democracia creó instancias de debate público sobre la cuestión, como la que organizó, en 1984, Saúl Sosnowski, en Estados Unidos, a donde acudieron Beatriz Sarlo y Noé Jitrik; o las jornadas en el Centro Cultural “General San Martín”, de las que participaron Osvaldo Soriano, Alejandro Rozitchner y Griselda Altamirano. En verdad, estos encuentros fueron corolario de polémicas escritas que ya se habían hecho oír durante el régimen: la primera había sido disparada por un artículo de Luis Gregorich, “La literatura dividida” y “los que quedaron”, donde explicitaba una dicotomía entre “los que se fueron” y “los que se quedaron”. Minimizaba lo producido afuera y, valiéndose de que Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo o Manuel Mujica Lainez seguían en el país, firmaba insidiosamente que el único escritor relevante en el exterior era Julio Cortázar.

Entre 1978 y 1980, una dura contienda verbal se produjo entre Cortázar y Liliana Heker, en “El Omitorrinco”. Él, desde una posición de suficiencia casi paternalista; ella, desde el lugar de joven rebelde contra un padre literario, tocaron los núcleos de tensión   que, años después, seguirían aún por resolverse.

El artículo de Cortázar que origina el enfrentamiento (“América latina: exilio y literatura”, en revista Eco, 1978), atribuye a los intelectuales argentinos en el exterior la marca de estar “condenados fatalmente a vivir lejos de la patria” y, a los radicados en la Argentina, la categoría de “mártires o muertos en vida”. En “Exilio y literatura. Polémica con Cortázar" (1980), Heker invalida esa partición y las consecuencias que para el célebre escritor implica: “La desvinculación con el proceso cultural argentino o la parálisis producida por un medio adverso”. Heker reafirma que “los intelectuales, los artistas, tenemos un papel que cumplir” y que “la función que nos corresponde no la vamos a dejar en manos de otros”. Incluso le cuestiona con sarcasmo las galas de falso exilado político con que se viste, en tanto no se fue acuciado por persecución política, sino por la escasa armonía de los bombos peronistas que distraían sus audiciones musicales de Béla Bartók. Amonesta la comodidad europea desde la que “predica un éxodo masivo” y desde la que lamenta el corte del puente con los lectores de una patria a la que, a pesar de tener lejos por más de 25 años, volvió una sola vez de visita: “No aceptamos de París, la moda de nuestra muerte. Es la vida, nuestra vida, y el deber de vivirla en libertad lo que nos toca defender. Por eso nos quedamos acá, y por eso escribimos”.

Cortázar, en tanto, le recriminó no denunciar la causa central del exilio (“ya sé que no podés hacerlo, pero entonces no habría que tocar el tema públicamente y con fines polémicos”): “la imposibilidad de seguir diciendo lo que creían su deber decir”. El ejemplo que da es demoledor: “Cuando Rodolfo Walsh lo dijo, lo eliminaron cínicamente al otro día”.

“El país atrozmente empobrecido en el plano cultural de Cortázar obtiene, a cambio, una larga lista que resisten en él: Juan J. Manauta, Armando Tejada Gómez, Isidoro Blaisten, Abelardo Castillo, Lastra, Juan Martini, J.J. Hernández, Ricardo Piglia, Rodolfo Fogwill, Orozco, Roberto Cossa, Eduardo Halac, Eduardo Pavlovsky, Griselda Gambaro, Enrique Viale, Beatriz Sarlo, Enrique Pezzoni, Juan Romano, Santiago Kovadloff, Antonio Berni y Carlos Alonso, entre otros.

Cierra irónicamente: “¿Cuáles obras de cuáles autores serían consideradas por usted “arte por arte”? Quizá la frase más lucida haya sido esta de Cortázar, que él mismo desdice con su actitud: “Discutir estas cosas entre nosotros es perder un tiempo que no pierden los que nos barren y nos aplastan”.   

Julio Cortázar y su exilio criticado

Hijo de padres argentinos, nació accidentalmente en Bruselas (Bélgica), por lo que el francés no fue una dificultad para él, y lo condenaría a pronunciar la “r” extrañamente, en su español materno. Su amor por las lenguas prosiguió con estudios de inglés y alemán, y le posibilitó ganarse la vida haciendo algunos trabajos de traducciones. Amante del jazz, e intérprete de trompeta, Cortázar vivió hasta 1951 en la Argentina, donde trabajó como maestro en algunas ciudades del interior del país (Chivilcoy, Bolívar, Mendoza), alternando con estadías en Buenos Aires. Pero la llegada del peronismo, en 1945, complicaría la vida de un escritor que, hasta ese momento, se mostraba ajeno a las causas sociales y las clases populares. "La sensación de violación que padecíamos cotidianamente frente a ese desborde popular, -rememoraba Cortazar años más tarde- nuestra condición de jóvenes intelectuales que leíamos en varios idiomas, nos impidió entender el fenómeno. Nos molestaban mucho los altoparlantes gritando 'Perón, Perón, qué grande sos' porque se intercalaban con el último concierto de Alban Berg que estábamos escuchando. Eso produjo en nosotros una equivocación suicida y muchos nos mandamos a mudar".

En noviembre de 1951 una beca del gobierno francés le da la posibilidad de viajar a París por un año, pero su estadía se prologaría mucho más, hasta su muerte, en 1984. Allí publica “Bestiario”, su primer libro de cuentos, y al que le sucederían, entre otros, “Final del Juego” (1956), “Las armas secretas” (1959), su primer novela “Los premios” (1960), “Historias de Cronopios y de Famas” (1962), “Rayuela” (1963), “Todos los fuegos el fuego”, “La vuelta al día en ochenta mundos” (1967), “Modelo para armar” (1968), “Último round” (1969), “El libro del Manuel” (1973), “Un tal Lucas” (1979), “Queremos tanto a Glenda” (1980) y “Deshoras” (1982).

El exilio elegido de Cortázar en París, se transformó en un exilio obligado a medida que su compromiso con las causas del socialismo iba en aumento, y el gobierno argentino comenzaba a perseguir  a todo aquel que se incluyera en una posición opositora. En 1963, realiza su primera visita oficial a Cuba, para años más tarde apoyar a la resistencia chilena tras el derrocamiento de Allende, y en 1979 apoyar la revolución nicaragüense. Cortázar fue duramente criticado por su posición de revolucionario desde Europa, acusado de ignorar la verdadera situación de Latinoamérica y de profesar un comunismo intelectual, alejado de la lucha armada. Pese a estas críticas, siempre mantuvo su ideología, aun cuando los mismos cubanos criticaron algunos aspectos de su modo de entender el socialismo. Su exilio en Europa no le prohibió erigirse en un defensor de América Latina y un hombre preocupado por la situación del continente, al que nunca regresó a vivir, muriendo en París el 12 de febrero de 1984, donde se encuentra sepultado junto a su última mujer, Carol Dunlop, en el cementerio de Montparnasse.

Heker y una enemistad amistosa

Como atenuantes al rigor con que acomete a Julio Cortázar, Liliana Heker sostiene que se trata de un escritor a quien no se le puede atribuir mala fe y que “es uno de nuestros mayores escritores y tal vez el más universalmente querido por nosotros”. Esta declaración amistosa quedará puesta entre paréntesis frente a la dureza de los términos en que, más adelante, adjetivará las afirmaciones de Cortázar pero marca, al menos, el tenor afectivo y que se pretende igualitario de una relación entre pares.

En lo sucesivo, Heker va a relativizar y poner en cuestión el supuesto exilio de Cortázar, al sostener que la partida de Cortázar en 1951 hacia París no fue forzada por razones políticas sino personales, casi estéticas, se podría argüir (“El propio Cortázar tuvo la honestidad de declarar alguna vez que él se fue de la Argentina en 1951 porque los altoparlantes peronistas no le dejaban escuchar tranquilo a Bartok” . Y aquí es cuando establecerá un concepto clave para toda su argumentación: los primeros veinticinco años pasados en Europa, Cortázar utilizó el término “exilio” en un sentido poético, es decir, “nostalgia de la tierra en la que transcurrieron la infancia y la juventud, extrañeza del idioma, extrañeza de las costumbres, etc.”. Y agrega: “Tal vez Cortázar quiso decir que de un exiliado en sentido poético se convirtió “en los últimos años” en un exiliado en sentido político”. Así, la polemista plantea que el malentendido que ella lee en el texto de Cortázar se vincula con el sentido ambivalente, polisémico que se le otorga al lexema “exiliado” en distintos contextos, con un semema poético y otro político, claramente diferenciados. Refiriéndose a él de un modo irónico, tildándolo de “poético”, Heker lo desautoriza, al tiempo que da por tierra con los argumentos vertidos por Cortázar. Simultáneamente, se trata de una provocación. Heker cuestiona que todo escritor que viva fuera de su patria sea un exiliado y esté condenado al ejercicio de la nostalgia. Y así también reordena semánticamente la serie de significados que el término puede adoptar para desambiguarlos. Lo que motiva la discrepancia de Heker es la comparación entre los que debieron abandonar el país por la fuerza y los que lo hicieron previamente, no en forma compulsiva, amenazados de muerte. Por último, intenta rectificar el carácter de aplastamiento y de inmovilismo que Cortázar le atribuye a los miembros del campo cultural argentino de esos años. Para ello, se sirve de un extenso catálogo de ejemplos de productores culturales y de movimientos estéticos (citas nombres y apellidos del campo literario, del teatro, de las artes plásticas) y opone a Cortázar un frente cultural que es la contracara creativa del proceso político fuertemente fanático vigente por esos años en el país. Heker sitúa a Cortázar en un lugar de desinformación y, por ende, de falta de fuentes fidedignas respecto de lo que acontecía desde el punto de vista de las artes (y de las artes disidentes al régimen) en su propio país de origen, alineándose así, mal que le pese, con las acusaciones que desde la derecha política llovieron sobre el autor de “Rayuela”. En este sentido, apunta aquí a su falta de actualización y a un rasgo ya no extraestético sino claramente literario: desconocer los valores literarios de su propio país. Lo que en un punto es cierto y en un punto es justificable, porque los intercambios epistolares estaban censurados por la dictadura y el intercambio entre los argentinos en el extranjero y los que se habían quedado era escaso, difícil y se buscaba impedirlo. Paralelamente, Heker afirma haber visto en Cortázar en sus comienzos a “un amigo importante” y en el presente, en la década del ochenta, a un clásico cuya obra ha decantado y ha dado lugar a un maestro de la narrativa. Cortázar ha ingresado en el canon de la literatura argentina y latinoamericana. El término “clásico” es clave en este contexto y puede hacerse de él una doble lectura: un “clásico” es un consagrado (es decir, alguien, no digamos que hay que combatir pero sí frente al que hay que posicionarse). En segundo lugar, “clásico”, tiene esa doble acepción de inactual, permanente, fuera del tiempo. Es decir, Cortázar está fuera del tiempo, está fuera de la Historia y, en un sentido, ya forma parte de los que ingresaron al Panteón de los elegidos. Es evidente que el enfrentamiento se produce entre dos productores culturales no simétricos, pero sí afines desde el punto de vista ideológico. Lo primero los enfrenta, lo segundo entibia la tonalidad de la polémica y la permite. De allí que Heker considerara que con el enemigo real es irrisorio polemizar y que Cortázar intentara despojar al disenso entre ambos de toda connotación peyorativa. Esta práctica intelectual sí es posible, en cambio con un adversario literario de mayor envergadura o de una reputación más consolidada, pero con un sistema de creencias confluyente.

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