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Semanario de Junín » Cultura » 7 abr 2018

LOGROS Y APORTE DE INTELECTUALES

Revista Crisis: enorme valentía en un momento de fuerte ebullición política

Cuando la dictadura militar le impidió decir lo que tenía que decir, se negó a seguir hablando. Era mejor morir parados que vivir agachados”. (Eduardo Galeano).


Por:
ISMAEL CANAPARO

La revista cultural “Crisis”, ya desaparecida, publicó 75 números en tres épocas entre 1973 y 1989, promovida y financiada generosamente por el empresario Federico Vogelius, en agradecimiento por una solicitada que intelectuales argentinos habían firmado en su favor cuando fue acusado de falsificar obras de un pintor uruguayo. El primer ejemplar salió a la calle el miércoles 3 de mayo de 1973, el mismo día que el general Alejandro Lanusse instauraba la Ley Marcial en Buenos Aires, Mendoza, Santa Fe y Tucumán, en respuesta al atentado que quitó la vida al contralmirante Hermes Quijada.

Del proyecto original, pactado en un bar de Montevideo, formaron parte Jorge Lafforgue y  Aníbal Ford, junto a los escritores Eduardo Galeano, Ernesto Cardenal, Haroldo Conti y Juan Gelman, el intelectual comunista Vicente Zito Lima, los historiadores Fermín Chávez y Norberto Galasso, críticos como Angel Rama y Romero Brest, periodistas como Rogelio García Lupo (uno de los fundadores en 1959, en Cuba, de la agencia internacional de noticias Prensa Latina).

Carlos Ulanovsky, en su libro “Paren las rotativas”, cuenta con detalles cómo y de qué manera se gestó el proyecto. “La revista Crisis apareció en mayo de 1973, pero había empezado a gestarse algunos años antes. Federico Vogelius, un empresario inteligente y progresista, muy poderoso, había hecho toda una carrera en Bunge& Born. Gran coleccionista de documentos históricos y de pintura rioplatense (en especial antigua), especializado en la vida y obra de Figari, siempre había estado cerca de la cultura y de los artistas. En una ocasión, acusado de falsificar cuadros del artista plástico Pedro Figari, fue preso y muchas conocidas figuras de la cultura se movilizaron para reclamar su libertad. Al quedar libre, Vogelius pasó a saludar a uno por uno a los que habían pedido por él, entre otros a Ernesto Sábato. Cuando Vogelius le preguntó cómo podía retribuir su solidaridad, Sábato le sugirió que sacara una revista cultural. Vogelius no lo dejó en promesa y puso en marcha el proyecto encomendándole a un grupo de notables, como José Luis Romero, Ernesto Epstein, Víctor Massuh, Jorge Romero Brest y el propio Sábato, la elaboración del perfil definitivo de la publicación. Como la concreción de la línea se dilataba en conversaciones demasiadas extensas, Ernesto Sábato acercó al grupo a Julia “Chiquita” Constela, una periodista que venía de Gente, para que le diera mayor dinamismo y ejecutividad a los pensamientos de los intelectuales. “Ernesto quería ponerle ‘Krisis’ con ‘K’, nombre que fue desechado. Pero ya Crisis estaba registrado, por eso la revista se llamó ‘Ideas, Arte y Letras en los Tiempos de Crisis’”, evoca Constela. “Para directores hubo dos candidatos, Juan Gelman, que en ese momento dirigía el suplemento cultural de La Opinión y se prefirió no tocarlo de ahí, y Eduardo Galeano, finalmente el elegido, a quien se trajo del Uruguay”, agrega Constela, que durante doce números ocupó la secretaría de redacción. Galeano reunía una rica experiencia rioplatense en materia de revistas culturales, militantes de la izquierda nacional. El autor de “Las venas abiertas de América latina” (a la cabeza de la lista de best-sellers en el momento de aparecer Crisis) había sido secretario de redacción del semanario “Marcha”, de Montevideo, entre 1961 y 1964. “La de Crisis fue una experiencia que sacudió el árbol  –le explicó Galeano a Mona Moncalvillo en una entrevista-. Desafió las concepciones tradicionales de lo que debía ser una revista cultural y apareció en un período de alta euforia en donde todo el mundo era capaz de la creación. A mí me irrita mucho cuando se lo pretende reducir al puro terrorismo, eso no es verdad. Crisis fue expresión de esa creatividad. Crisis hizo por primera vez cultura popular: recogió las voces de los locos, de los niños, de los obreros, de los enfermos, de los indios, de los gauchos”. 

En verdad, Crisis aspiró y logró difusión masiva (se distribuyó en Buenos Aires y en el interior, también fuera del país): en 1975 alcanzó los 35 mil ejemplares. En pos de ese alcance, que se consideraba necesario para colaborar en la generación de una conciencia colectiva que posibilitara los cambios superadores de las crisis, la revista desplegó “una estrategia heterodoxa en la que convivían recursos del periodismo en general, de las ciencias sociales y de los clásicos diseños culturalistas”, según explicó Jorge Rivera, otro partícipe del proyecto.

La revista se ocupaba de cuestiones que tradicionalmente la “alta cultura” admitía para esa clase de publicaciones, como las artes plásticas o la poesía, pero también prestó atención a manifestaciones más marginales (la historieta o la murga, por ejemplo) y a la política local y continental con denuncias, entrevistas a personajes que la historia oficial ignoraba. La realidad europea no estuvo ausente: hubo entrevistas a Artur Lundkvist, Costas Gavras, Rafael Alberti, Vassili Vasilikos, Melina Mércuri,  Carlos Saura, Geraldine Chaplin y Peter Weiss.

Las narraciones del presente crítico se articulaban a través de esos géneros, con estrategias literarias y periodística que procuraban, por un lado, hacer atractivos los relatos y, por otro, con investigaciones periodísticas y académicas que apuntaban a desenmascarar las historias consagradas por elites dominantes, reformular las versiones del pasado reproducidas por las escuelas para mantener el orden social burgués y develar las tácticas imperialistas de Estados Unidos con el fin de someter a los países latinoamericanos.

Crisis constituyó un signo inicial del campo político y cultural en el que la literatura se despegó con mayor nitidez de la categoría de ficción para revitalizar géneros como el de la novela histórica o la narración policial.

El staff se integraba con una larga nómina de colaboradores, como Haroldo Conti, Raúl González Tuñón, Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Oliverio Girondo, Mario Benedetti, Ernesto Cardenal, Julio Cortázar, Roberto Fernández Retamar, Miguel Briante, Roberto Fontanarrosa, Vicente Zito Lema, Ernesto Giudici y Héctor Tizón . Otros nombres, no tan conocidos por entonces y muy relevantes después, se agregaron, tales los casos de Ricardo Piglia, Liliana Heker y Andrés Rivera. Además, formaban parte de la redacción los periodistas Julio Huasi, Eduardo Baliari, Roger Plá, Heriberto Muraro, Carlos Villar Araujo Mario Szichmann y los ilustradores uruguayos Hermenegildo Sábat y Kalondi. Escritores latinoamericanos ya previamente consagrados como Jorge Amado, Augusto Roa Bastos, Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez presentaron, en Crisis, avances de sus nuevas obras. Como entrevistadora, participó la uruguaya María Esther Gilio, que le realizó una fantástica entrevista a Aníbal Troilo (reproducida por el suplemento Radar de Página/12, en su edición del 7 de agosto de 2005). El filósofo Santiago Kovadloff se ocupó de la traducción de textos desde el portugués. Su primera colaboración fue trasladar un poema de Chico Buarque, que la dictadura brasileña había prohibido en su país.

“Cuando fundamos la revista  -recuerda Galeano- queríamos demostrar que la cultura popular existía, que no era la mera reproducción degradada de las voces del poder, sino que tenía fuerza propia y expresaba una memoria colectiva lastimada, herida, traicionada. Toda la redacción era un mundo de laburantes y amigos, que venían a charlar o a carburar proyectos. Esa vida era intensa, marcada por las amenazas en medio de las que había que producir la revista. Gran profesionalidad, muchísimo trabajo y un clima de distensión como en pocas redacciones. Existía tiempo de imaginación, pero había economía de ese despilfarro traducido en los proyectos que se tiraban como puntas. Hasta los intensos boludeos intelectuales funcionaban bien”.

El final, entre amenazas, detenciones, torturas y exilios

El suplemento cultural Radar de Página/12, en su edición del 3 de mayo de 1998, contó en detalles la etapa final de la revista Crisis:

“MAYO DE 1975: La Triple A no escatimaba amenazas y en la redacción se recibían a diario. Una investigación de Carlos Villar Araujo sobre el petróleo, publicada en abril y junio de 1975, motivó el secuestro del periodista y su posterior exilio. El 16 de diciembre del mismo año, Luis Sabini Fernández, coordinador gráfico, fue detenido por el Ejército: “Caí en una redada en Villa Martelli con otros cien tipos. No sabían que yo era de Crisis. Cuando se enteraron creyeron que yo era el capo. ¿Qué capo?, si no escribo ni una línea, dije. Me contestaron: Peor, vos hacés que otros escriban. Mi trabajo y el hecho de ser uruguayo (que para ellos era sinónimo de tupamaro) era un agravante. Me llevaron esposado hasta el avión y terminé exiliado en Suecia”.

Crisis había variado el registro inicial de sus notas e investigaciones, apartándose de lo estrictamente literario para escrutar todo fenómeno social. “No existía la incertidumbre, pero sí una noción de catástrofe y crisis; una sensación de que todo estaba rotando permanentemente y la revista tenía que ver con esa rotación de escenarios y sujetos”, dice Sabini.

MARZO DE 1976: Con el golpe militar instalado, el nuevo secretario de redacción fue Vicente Zito Lema, después de la partida de Juan Gelman a Roma. Recuerda Galeano: “Las cosas se pusieron feas, hasta el punto de que el costo de la página en blanco era más alto que el de la impresa. La economía se enloqueció tanto que nosotros nunca recibíamos por la venta de un número el dinero suficiente para sacar el del mes siguiente. De todos modos, quedaron buenos recuerdos de esos días inciertos. Los partidos de fútbol los miércoles de mañana en Palermo, con Vicente Zito Lema, Jorge Asís, Kovadloff, el poeta Guillermo Boido y el dibujante Mingo Ferreyra. Nos juntábamos con Conti, más pachorriento, y no con Osvaldo Soriano, muy buen jugador de fútbol pero que jamás pudo despertarse de mañana temprano”.

El 4 de mayo un comando de la policía y el ejército secuestró de su casa en Palermo a Haroldo Conti, uno de los comensales cotidianos de la revista. Las denuncias internacionales de García Márquez y de los exiliados argentinos en México y Europa no alcanzaron. El cura Leonardo Castellani, nacionalista y amigo de Conti, nada pudo hacer cuando en una cena junto a Ernesto Sabato y Jorge Luis Borges pidió por el escritor al dictador Jorge Videla. Desde 1975 habían desaparecido varios allegados a Crisis, otros se exiliaron.

Todavía compartían mesas de café Rogelio García Lupo, Rodolfo Walsh, Horacio Achával, Andrew Graham-Yoll y el brasileño Eric Nepomuceno. “Era una mesa entrecruzada de chismes y versiones teñidas de una veladura luctuosa. Casi todas las mañanas teníamos que contarnos para saber si éramos los mismos del día anterior. La gente desaparecía con mucha frecuencia”, evoca Horacio Achával.

“Ibamos con Zito Lema a la Casa Rosada, llevando las pruebas de la revista y en el Ministerio del Interior se decidía qué era publicable y qué no. Así no se podía seguir. Meses después, dijimos que era mejor morir parados que vivir agachados”, evoca Galeano. El número 40 apareció en agosto de 1976. Fue el último, aun a pesar de los intentos de reflotarla en 1986”.

 

 

 

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