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Semanario de Junín » Cultura » 14 abr 2018

LA MUJER Y LAS LETRAS DE TANGO

La madre santa y la mina maldita

En los inicios del tango, muchas de sus letras hablaban de temas amorosos y en algunas de ellas la mujer era objeto de severísimos juicios adversos que marcaban su conducta vergonzosa.


Por:
ISMAEL CANAPARO

Se me ocurre que si algún investigador intentase enumerar las veces que el tema de la santa madre y la novia engañadora aparecen en las letras de tango, la sorpresa no sería tremenda como muchos suponen. La aparición de la progenitora en el dos por cuatro merece una extensión mayúscula, a la par de otro tema recurrente: aquel que habla de la traición de la mujer amada. En los tiempos que corren, aquello no sucede, mientras que esto último ya no sería posible. La mujer se ganó legítimamente un respeto que no se discute.

Los ciclos cambian y las letras de las canciones populares pueden quedar desfasadas respecto del imaginario colectivo de nuestros días. Lo que antes parecía gracioso o simpático, hoy muestra una idiosincrasia machista y retrógrada.

En la poesía tanguera, la madre aparece desde el principio del género. En rigor, esa referencia está totalmente ligada al lugar que ocupó en la sociedad criolla y la relación que se estableció entre los hijos y sus progenitoras. Cuando Pascual Contursi plantea el abandono en “Mi noche triste” (1915), está también creando un espacio más amplio que es el descuido y la búsqueda del amor inefable, aquel amor de una mujer que nunca traiciona, desea lo mejor siempre y perdona en todos los casos: esa no es otra que la madre. Existen muchas letras, quizá demasiadas, sobre todo de la década del veinte, que muestran estas facetas y que hoy parecieran hasta ridículas. Sin embargo, los protagonistas eran personajes de carne y hueso que existían en aquellos Buenos Aires.

Pagando antiguas locuras

y ahogando mi triste queja

volví a buscar en la vieja

aquellas hondas ternuras

que abandonadas dejé.

Y al verme nada me dijo

de mis torpezas pasadas,

palabras dulcificadas

de amor por el hijo,

¡tan sólo escuché!

Una cuestión ultra tabú para aquellos años era, sin ninguna duda, el de la madre soltera. Pese a ello, el tema fue abordado en una película y en un tango. La cinta fue “La ley que olvidaron” (1936), encabezada por Libertad Lamarque, que interpretó el papel de una niñera que queda a cargo de la bebé de su patrona, madre soltera, que tiene muchísimo dinero y siente vergüenza de confesarlo. Con respecto al tango, el cantor Agustín Magaldi estrenó en Junín su “Levanta la frente”, el 8 de diciembre de 1936, en la sala del Cine Crystal Palace, posteriormente grabado por él mismo.

Levanta la frente. No escondas la cara.

Enjuga tus lágrimas, échate a reír.

No tengas vergüenza, a tu rostro aclara;

¿por qué tanta pena?, ¿por qué tal sufrir?

Ya sé que tu falta será para el mundo

escándalo, risa, placer y baldón;

mas yo soy tu hermano, y al ser juez me fundo

según los dictados que da el corazón.

Carlos Gardel, el ícono mayor del tango, no conoció a su padre, ya que Doña Berta Gardés, fue madre soltera. El propio Morocho nunca hizo referencia a eso, nunca dijo nada sobre su padre real y sí coloco a su madre en un lugar muy especial. Ella fue para él una obsesión. En muchos de sus reportajes escritos menciona a su madre. Existen muchas cartas desde distintos lugares del mundo que comienzan diciendo "querida mamita" o “querida viejita”, y su testamento ológrafo dice que todos sus bienes quedarán para ella, en caso de morir antes. Además, la famosa casa de Jean Jaures 735 (hoy convertida en el “Museo Carlos Gardel”) fue adquirida por el cantor para que viviera allí su madre, y existe una filmación en el patio de esa vivienda, de Berta llorando a su hijo muerto, diciendo: "… me acuerdo cuando le llevaba su matecito a la cama".

Lo inverso de la santa y sufrida madrecita es la maldita mina que encandiló al pobre varón con sus encantos y su aire inocente para irse con otro,  dejándolo económicamente en ruinas, luego de “ganarse” una confianza que prontamente desairó.

Hasta “La cumparsita”, el tango más emblemático de la historia, reúne una letra cuestionada y polémica. Pascual Contursi insiste, sin censurar a la culpable de la pena, por el dolor que causa un abandono:

Si supieras,

que aún dentro de mi alma,

conservo aquel cariño

que tuve para ti...

Quién sabe si supieras

que nunca te he olvidado,

volviendo a tu pasado

te acordarás de mí...

(…) Desde el día que te fuiste

siento angustias en mi pecho,

decí, percanta, ¿qué has hecho

de mi pobre corazón?

Cátulo Castillo, en “María”,  trató con menos rigidez a la mujer que Pascual Contursi, agregándole una hermosa cuota de romanticismo:

Acaso te llamaras solamente María..!

No sé si eras el eco de una vieja canción,

pero hace mucho, mucho, fuiste hondamente mía

sobre un paisaje triste, desmayado de amor...

(…) María..!

En las sombras de mi pieza

es tu paso el que regresa...

María..!

Y es tu voz, pequeña y triste,

la del día en que dijiste:

"Ya no hay nada entre los dos"

En otra dirección, Edmundo Rivero interpreta “La toalla mojada”, una canción que fue popular en su época, muy festejada, que de alguna manera “justificaba” la violencia de género. Insólito. El tango, en la grave voz de “El Feo”, cuenta la historia de un proxeneta llamado Saravia, que les pegaba a sus meretrices con una toalla mojada. 

Otro tema, titulado “Amablemente”, que canta y musicaliza el mismo Rivero con letra de Iván Diez, reúne  como anécdota la historia de un hombre que encuentra a su mujer con otro en su casa, deja ir al amante y luego la apuñala. Es una milonga que hasta interpretó Joan Manuel Serrat, con la orquesta de Osvaldo Pugliese.

La encontró en el bulín y en otros brazos...

Sin embargo, canchero y sin cabrearse,

le dijo al gavilán: "Puede rajarse;

el hombre no es culpable en estos casos."

Y al encontrarse solo con la mina,

pidió las zapatillas y ya listo,

le dijo cual si nada hubiera visto:

"Cebame un par de mates, Catalina."

La mina, jaboneada, le hizo caso

y el varón, saboreándose un buen faso,

la siguió chamuyando de pavadas...

Y luego, besuqueándole la frente,

con gran tranquilidad, amablemente,

le fajó treinta y cuatro puñaladas.

En otro tango (“Cuando me entrés a fallar”, de José María Aguilar y Celedonio Flores), también cantado por Edmundo Rivero, concluye con la certera amenaza de un hombre mayor sobre su amada. Ella es menor que él y a quien jura querer como a su madre,  pero que no dudará en “hacerte saltar pa' arriba cuando me entrés a fallar”.

Por otro lado, una canción (“Si te agarro con otro, te mato”, interpretada por Cacho Castaña), que directamente ni siquiera se acerca a la lírica machista del tango, sino a la promesa del enamorado de matar a su amada si la encuentra con otro hombre.

Oscar Wilde, el brillante escritor, poeta y dramaturgo inglés, subrayó que la vida imita al arte, lo que de alguna manera resalta la importancia del contexto en la escucha e interpretación de estas canciones. Porque si bien forman parte de una tradición originalmente (y casi necesariamente) machista como es la del tango, también es bueno reconocer que se fueron filtrando en la cultura popular y aceptadas, en todo caso, por la audiencia educada por esa misma tradición.

El tango fluye con los cambios sociales y hacia otras décadas y ya entrando en los '50,  la mujer tiene otro lugar en la economía, en la política, en el arte. En las letras hay culpas compartidas cuando no es el mismísimo varón ("en un momento atroz te hice llorar") quien las asume. Una poesía más existencial, más refinada con menos nocturnidad, menos cabaret y más barrio, más espacio vital del conjunto de hombres y mujeres, mucho más numerosos que los eternos calaveras. Cuando surge la resurrección del tango-danza, la mujer pasa a ser el mayor emblema de una nueva revolución estética para un mundo horrible, gritón y despiadado.

 

 

Mujeres

“Juan Gelman me contó que una señora se había batido a paraguazos, en una avenida de París, contra toda una brigada de obreros municipales. Los obreros estaban cazando palomas cuando ella emergió de un increíble Ford a bigotes, un coche de museo, de aquellos que arrancaban a manivela; y blandiendo su paraguas, se lanzó al ataque.

A mandobles se abrió paso, y su paraguas justiciero rompió las redes donde las palomas habían sido atrapadas. Entonces, mientras las palomas huían en blanco alboroto, la señora la emprendió a paraguazos contra los obreros.

Los obreros no atinaron más que a protegerse, como pudieron, con los brazos, y balbuceaban protestas que ella no oía: más respeto, señora, haga el favor, estamos trabajando, son órdenes superiores, señora, por qué no le pega al alcalde, cálmese, señora, qué bicho la picó, se ha vuelto loca esta mujer...

Cuando a la indignada señora se le cansó el brazo, y se apoyó en una pared para tomar aliento, los obreros exigieron una explicación.

Después de un largo silencio, ella dijo:

-Mi hijo murió.

Los obreros dijeron que lo lamentaban mucho, pero que ellos no tenían la culpa. También dijeron que esa mañana había mucho que hacer, usted comprenda...

-Mi hijo murió –repitió ella.

Y los obreros: que sí, que sí, pero que ellos se estaban ganando el pan, que hay millones de palomas sueltas por todo París, que las jodidas palomas son la ruina de esta ciudad...

-Cretinos –los fulminó la señora.

Y lejos de los obreros, lejos de todo, dijo:

-Mi hijo murió y se convirtió en paloma.

Los obreros callaron y estuvieron un largo rato pensando. Y por fin, señalando a las palomas que andaban por los cielos y los tejados y las aceras, propusieron:

-Señora: ¿por qué no se lleva a su hijo y nos deja trabajar en paz?

Ella se enderezó el sombrero negro:

-¡Ah, no! ¡Eso sí que no!

Miró a través de los obreros, como si fueran de vidrio, y muy serenamente dijo:

-Yo no sé cuál de las palomas es mi hijo. Y si supiera, tampoco me lo llevaría. Porque ¿qué derecho tengo yo a separarlo de sus amigos?”

(Capítulo del libro “Mujeres”, de Eduardo Galeano -1995).

 

 

 

 

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