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A 44 años del crimen de Carlos Mugica, un cura comprometido con los humildes

Lo mataron de cinco balazos en la puerta del templo donde acababa de oficiar misa el 11 de mayo de 1974. Mientras agonizaba, alcanzó a balbucear: “nunca más que ahora debemos estar unidos junto al pueblo”.


Por:
ISMAEL CANAPARO

Cuando todos creíamos que Leo Messi se había transformado en el argentino más importante del mundo, una nueva sorpresa vino a sacudir nuestra modorra lagrimera. Hace un poco más de cinco años nos conmovió la sorpresiva elección del cardenal Jorge Bergoglio como nuevo pontífice, que lo elevó  a un pedestal mayúsculo, como nunca ocurrió con un connacional, ahora el más importante de la historia. Tenemos a Gardel, a Maradona, a la Pulga, a Luis Angel Firpo (juninense, a mucha honra)  y desde hace un tiempo… ¡al Papa…! ¿No será mucho?

Como Bergoglio fue un “cura villero”, asiduo concurrente a la zona de emergencia del barrio de Retiro, donde se la pasaba mateando de casa en casa, sin otro regalo que su palabra, se me vino a la memoria, como una cascada imparable, una relación cercana que tuve con otro “villero” empedernido: Carlos Francisco Sergio Mugica Echagüe, asesinado un 11 de mayo de hace cuarenta y cuatro años. El contacto y el deseo expreso de la nota tuvo como protagonista a Elsa, hermana de Pocho Sabella, uno de los propietarios del desaparecido diario “Mundo Nuevo”. La entrevista, publicada en junio de 1972, se realizó en una humilde habitación del altillo de la casa de sus padres, una lujosa mansión ubicada en Gelly y Obes 2230. “Venite entre las dos y tres de la tarde, porque es el único momento que visito a mis viejos”, me había adelantado telefónicamente.

La charla giró, primero, en torno al Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo y de su labor en el Instituto Pastoral de Villas de Emergencia. Contó que el “aggiornamiento” de la Iglesia a través de las encíclicas  y el Concilio Vaticano II, así como la influencia de prelados progresistas argentinos y latinoamericanos, encontraron decidido apoyo en él. Y agregó que la influencia de este movimiento renovador “no tardaría en identificarse mayoritariamente con el peronismo”.

También en la nota habló de su llegada a Juan Domingo Perón. A raíz de que su padre había sido canciller de Arturo Frondizi, le pidió que movilizara sus relaciones para pautar una entrevista con Perón en Madrid. En marzo de 1968 viajó en un vehículo destartalado desde París hasta Puerta de Hierro y habló durante una hora con el líder exilado. Quedó tan fascinado que se transformó en un gran admirador, a partir de lo cual empezó a compartir cada una de sus decisiones.

Antes de volver al país aceptó la invitación de John William Cooke, figura destacada de la izquierda peronista, que le envió el pasaje para visitar Cuba. Sobre la isla de Castro dijo: “Cuando tuve la ocasión de conocer la experiencia cubana, realmente vi una vida dura. Ningún adulto puede tomar vino ni leche. Pero todo niño menor de siete años tiene un litro de leche por día. Y uno piensa: muy bien, desde las pautas burguesas resulta difícil. No se puede tomar Coca-Cola, cerveza ni vino. Pero, ¿es necesaria la Coca-Cola para la salvación eterna? Desde las pautas del Evangelio, ¿no estará mucho más cerca de él esta sociedad que la que nos presenta cantidad innumerable, lujuriosa, de bienes, aunque muchos no los puedan ni oler?”.

Decía, además, que el contacto con la gente humilde lo acercó al peronismo. Y lo explicó así: “Mirá, vos tenés que optar por aquel movimiento, aquel partido que exprese fundamentalmente a los humildes, a los pobres. Por aquel partido o movimiento que desde los pobres luche por el bien de todos. Yo personalmente pienso que hoy en la Argentina ese movimiento es el movimiento peronista”.

 

Con el esfuerzo común, levantó su capilla Cristo Obrero en el barrio villero de Comunicaciones, esa “ciudad oculta”, a las puertas de Retiro. La defensa de los intereses de los más humildes lo llevó a enfrentarse con las altas jerarquías eclesiásticas. También tuvo fuertes cruces con las autoridades de la Universidad de El Salvador, donde tenía dos cátedras a su cargo. Las misas que oficiaba eran motivos de controversias y sus sermones muchas veces eran tergiversados por la prensa de turno. La homilía que improvisó en el funeral a los Montoneros Carlos Ramus y Fernando Abal Medina le valió una semana de cárcel, imputado por “apología del delito e incitación a la violencia”; además, fue suspendido de sus funciones eclesiásticas durante 30 días, ordenado por el obispo Juan Carlos Aramburu. Ese mismo año, al regresar Perón de su exilio, una de las pocas visitas efectuadas por el General fue a la villa del Padre Carlos.

Tras la asunción de Héctor Cámpora, el 25 de mayo de 1973, Mugica aceptó un cargo (no rentado) de asesor del Ministerio de Bienestar Social, aunque luego se desvinculó de él por sus discrepancias con el ministro José López Rega, que posteriormente fundaría la "Triple A". La explicación de Mugica fue sencilla: "No había comunicación entre el ministerio y los villeros".

De todos modos, comenzaron a tomar cuerpo otras preocupaciones para el sacerdote: una noche, ante algunos colaboradores, manifestó: "López Rega me va a matar". Pero por esos días le había dicho a un periodista "no tengo miedo de morir. De lo único que tengo miedo es de que el arzobispo me eche de la Iglesia", agregando luego: "nada ni nadie me impedirá servir a Jesucristo y a su Iglesia, luchando junto a los pobres por su Liberación. Si el Señor me concede el privilegio, que no merezco, de perder la vida en esta empresa, estoy a su disposición".

¿QUIEN MATO A MUGICA?

Caían las primeras sombras de la noche de aquel triste sábado del 11 de mayo de 1974. Mucha gente se aprestaba a concurrir a la Parroquia San Francisco Solano, Zelada 4771, barrio de Villa Luro, en la Capital Federal. El Padre Carlos Mugica celebraba –como todos los sábados- la que sería su última misa. En la predica, después de leer el evangelio, sus palabras dieron nueva vida a las palabras de Jesús: “les doy un mandamiento nuevo. Que se amen unos a otros como yo los amé. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”. Todo el templo vibró ante la energía, el entusiasmo y la alegría que contagiaba el cura villero.

Terminada la ceremonia, saludó a muchos, entre ellos a una madre embarazada, y se retiró acompañado por su amigo Ricardo Copelli, tratando de abordar su humilde Renault 4L. A pocos pasos fue interceptado por un hombre joven, quien desde corta distancia disparó una ráfaga de metralleta. Mugica recibió cinco balazos, los dos primeros en el tórax, otro en el abdomen y los restantes en un codo y la espalda. Trasladado al Hospital Salaberry, murió a las 21.50. El Padre Jorge Vernazza, que estuvo a su lado después de la tragedia, contó que las últimas palabras del cura fueron: “nunca más que ahora debemos permanecer unidos junto al pueblo”.

El despertar de ese domingo 12 no tuvo gusto a medialunas calientes con el desayuno en la cama, sino un enchastre de luto que se contagió en las lloviznas de una tarde amarillenta.

¿Quiénes fueron los cerebros del asesinato? La historia apunta claramente a la Triple “A”, encabezada por José López Rega. ¿El ejecutor? Algunos testigos creyeron reconocer al comisario Rodolfo Eduardo Almirón, uno de los principales secuaces de “Lopecito”. Almirón fue extraditado desde España y murió en la Argentina en 2009, tras haber pasado detenido en prisión un breve lapso y ser beneficiado con arresto domiciliario.

Pero lo cierto es que Mugica también pudo haber sido muerto por Montoneros, dado que había roto ruidosamente con Mario Firmenich y su voluntad de enfrentar a Perón. Como señala Juan Manuel Duarte, en su libro ‘Entregado por nosotros’, Mugica había confesado sus temores de ser asesinado por Montoneros a Antonio Cafiero y Jacobo Timerman, entre otros.

SIN MEDIAS TINTAS

El Padre Mugica tenía “ángel”, carisma. Se hacía querer. Incluso por sus enemigos. Era de temperamento apasionado, “calentón”, del que se embalaba rápidamente. Pero embestía de frente. A cara limpia. Sin más armas que su crucifijo y su manera combativa de entender su sacerdocio. Fue muchas veces arbitrario, injusto. Lo reconoció. Tan rápido para la equivocación como para la rectificación. Pero en todos los casos de buena fe, sin mala conciencia, sin especular. Seguía siendo “Carlitos”. ¿Político o sacerdote? Cuando se le planteó optar entre la política y su sacerdocio, siempre eligió los hábitos. Por eso rechazó la candidatura a diputado que le ofreció el propio Perón.

Quisimos recordar a Mugica a cuarenta y cuatro años de su asesinato tan cobarde, como así su relación cercana con Jorge Mario Bergoglio, simplemente porque el jefe supremo de la Iglesia Católica fue un defensor acérrimo de los “villeros”, como solía llamarlos, y también asiduo visitante de la 31 y de la Capilla Cristo Obrero, en el Barrio Comunicaciones, cercana a la zona de Retiro.  Bergoglio no jugaba al fútbol con los muchachos de la villa como Carlos, pero en casa en casa se trenzaba en largas charlas futboleras, entre buñuelitos y tortas fritas, oportunidad que aprovechaba para destacar su amor por San Lorenzo, los forzosos de Almagro. Mugica, en cambio, no disimulaba su cariño por Racing, como varios famosos: Gardel, Atahualpa Yupanqui, Perón, Piazzolla, Francella, Ceratti y tantos otros.  

El sacerdote fue enterrado primeramente en el cementerio de la Recoleta, hasta que en 1999, en un acto de justicia, sus restos fueron trasladados a la Parroquia Cristo Obrero, donde amó y fue amado sin condiciones.

 

Una charla premonitoria

Como hacía cada vez que necesitaba reflexionar, a mediados de abril de 1974, junto a sus dos amigos Héctor Botán y Jorge Vernazza, viajó a Los Toldos a visitar a Mamerto Menapace, el prestigioso y respetado monje benedictino del monasterio Santa María. Años después, Mamerto contó que al despedirse, Carlos le dijo: “hermano, este año muchos nos vamos a encontrar con Dios”.

 

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