Junín. martes 18 de diciembre de 2018
Semanario de Junín » Locales » 5 jun 2018

HISTORIAS MÍNIMAS

Andrés Mosquera, un campeón de la vida


Por:
LUCIANA CAMARERO

Desde hace seis años, Andrés Mosquera se perfecciona en Kick Boxing, en la Escuela Black Scorpion del gimnasio Stage Gym, ubicado en pleno barrio Villa Talleres.

En ese ámbito fue ganándose la confianza de la disciplina de origen japonés, que pasó a ser parte de su vida, y de su profesor, quien diariamente lo espera para entrenarlo: de lunes a viernes –y en algunas ocasiones hasta los sábados-, Andrés llega hasta el gimnasio de calle Beruti 665 para superarse y, algún día, llegar a ser instructor.

El domingo 13 de mayo pasado fue coronado, tal como su profesor Claudio Olavarriaga expresó en diálogo con  SEMANARIO, “Campeón de la vida”. La pelea fue en General Rodríguez y Andrés venció en el segundo round al representante local Pablo Orué.

En el mismo torneo, otros juninenses -Ángel y Violeta Romani- ganaron por puntos, pero la ovación de la noche fue para Mosquera, quien no solo se lució y triunfó, sino que demostró que batalla desde el respeto, la paciencia y la perseverancia.

“El primer día que vino Andrés al gimnasio era todo tímido y nada que ver a lo que es ahora; llegó con su hermana con una ficha. Acá tuvo su lugar y acá está, aparte está totalmente estimulado. Es mi compañero leal, muy honesto. En el gimnasio lo quiere todo el mundo y además, es mi mano derecha”, dijo Claudio,  instructor de la Escuela Black Scorpion.

Cuando uno anhela que suceda algo que tanto desea con convicción, el universo conspira a que las cosas pasen a nuestro favor. 

Tal como expresó el profesor de Andrés, quien “pudo subirse a un ring, que era el sueño de él, tener un título y que fue un ‘déjà vu’, porque unas semanas antes él me había dicho que le hubiese gustado pelear por un título y me llamaron de Buenos Aires para que pelee por uno”.

Pero nada sucede porque sí. Andrés viene poniendo todo su esfuerzo y dedicación. “En seis años él se lo ganó, entrenando, con constancia porque nunca dejó, siempre siguió firme, con sacrificios, o no, porque si a uno le gusta y le ve la pasión, no le resulta un sacrificio”.

Andrés recuerda que sus primeros pasos en el Stage Gym le resultaron difíciles y de “un sacrificio enorme” pero actualmente es todo lo contrario: “ahora tengo muchos amigos y un profesor de diez”, resume.

“Ir a pelear a Buenos Aires fue una experiencia que me encantó, mucha gente en todos lados que me aplaudían”, dijo emocionado y contento de haber tenido la posibilidad de ser parte de un torneo que lo coronó campeón, rodeado de su familia y amigos.

Llegar hasta dónde llegó significó un largo y arduo proceso, y el período de adaptación fue clave. Al principio eran solo actividades relacionadas con la musculación pero un día cambió el chip y decidió probar con Kick Boxing. Y se enamoró.

“Al entrenamiento de Andrés lo dividí. Los lunes y miércoles hacemos musculación, de 18 a 20 horas, y cortamos para tomar mates. Los martes, jueves y viernes entrena conmigo de 21 a 22.30, haciendo Kick Boxing. De hecho, ya rindió tres cintos, va por uno más alto y si Dios quiere, en dos años va a ser instructor. Yo confío en que va a llegar”, apuntó el profe Olavarriaga.

“Para la pelea Andrés fue muy responsable, se cuidó, se controló con el peso, no salió, no consumió alcohol, nada. Por eso se merece el título de ‘campeón de la vida’ porque creo que la sociedad está un poco contaminada y hay miles de excusas de porqué no entrenar. Y acá lo vez, que no hay excusas, que los sueños se trabajan, que no vienen de arriba. Y él se lo merece porque lo peleó, algunos tenemos unas dificultades, otros tenemos otras y Andrés, con sus dificultades, pudo”, reflejó el instructor.

CAMPEÓN

Luego de derrotar en el segundo round a Pablo Orué, en la localidad de General Rodríguez, Andrés Mosquera se coronó campeón, obtuvo su título tan deseado y fue entregado por su profesor.

“Para mí él es como mi segundo padre, él me cambió la vida a mí. Gané el cinto el domingo pasado en un lugar lleno de gente que me saludaba y los consejos que él me dio fueron para que yo pueda aprender cada día más”, expresó Mosquera, agradecido de su profesor y amigo.

Por su parte, Claudio confió que cuando le hizo entrega del cinto sintió una enorme emoción, porque recuerda aquella vez que Andrés entró al gimnasio por primera vez. “Seis años atrás y lo veo ahora, de la forma en que se mueve, todo lo que él aprendió y que de hecho sabe mucho más que aquellos que se hacen llamar ‘maestros’”.

“Andrés es mi alumno pero es mi amigo también, nos une un cariño muy grande. Es un ida y vuelta, todo el cariño que él me da es recíproco, al igual que el aprendizaje. Cuando lo he tenido que retar lo he retado, no tiene coronita. Cuando se ha mandado alguna macana ha hecho flexiones de brazos como todos. Y para mí es un orgullo porque sé lo que es: es leal, compañero y fiel”, reconoció Olavarriaga.  

A modo de cierre, Andrés agradeció especialmente a todos sus compañeros del gimnasio “por haberme bancado en todas”. Ahora, con ánimo, más ganas y perseverancia irá en busca de un cinto superior escalando hacia el instructorado, su sueño inmediato.

Quién es Andrés

“Cuando mi mamá quedó embarazada de Andrés, su segundo hijo, en ese momento tenía la posibilidad de hacerse un análisis genético pero ella, pasara lo que pasara, iba a proceder con su embarazo. Mi hermano nació y en un principio no se dieron cuenta que tenía Síndrome de Down, porque no tenía los rasgos definidos”, contó Josefina (foto), la hermana de Andrés Mosquera.

En sus primeros días de vida, Andrés se enfermaba seguido pero al pediatra que lo atendía le parecía normal. Preocupada, su mamá decidió hacer una consulta en Bragado. El médico lo examinó y le aconsejó a la familia seguir con los estudios en La Plata, donde determinaron que tenía Síndrome de Down. Andrés tenía tres meses.

“Desde ese día, tanto mi mamá como mi papá, nunca se frenaron porque ellos querían que mi hermano se integrara socialmente. No querían que estuviese en un lugar aislado, donde  no pudiera desenvolverse. Y como Andrés nunca tuvo problemas en sus órganos, pudo desde chico hacer ejercicios”, expresó Josefina.

“Cuando mi hermano cumplió tres años, mis padres empezaron a pensar en su escolarización y como yo iba al Santa Unión, desde la institución hubo una apertura positiva, ya que Andrés siempre fue tenido en cuenta”, recuerda.

Con tres años, ingresó a la salita de 2 y siguió, fuera del horario escolar, con actividades de adaptación para poder desenvolverse en diferentes ámbitos.

“Él nunca fue a una escuela especial, porque ni mi mama ni mi papá estuvieron de acuerdo. Ellos decían que se tenía que integrar desde la escuela común. No negaban que él tenía Síndrome de Down, sino que querían que cuando se enfrentara a la realidad, a la vida en sí misma, pudiera encontrarse no solo con personas con capacidades diferentes. Entonces apuntaron a que esté integrado en la sociedad y con todo lo que eso implica, con sus diversidades”, aseguró Josefina.

Andrés siempre fue un chico muy bueno, según comenta su hermana, ya que nunca tuvo problemas de conducta. Una vez que ingresó a la primaria, sus padres decidieron ponerle un acompañante pedagógico privado, para que hiciera las adaptaciones de las materias y por la tarde, continuara con sus rutinas: fonoaudióloga, psicopedagoga, básquet y natación. Todo para acompañar y seguir apostando a esa integración en la que su familia creyó y confió para su desarrollo personal y social.

Así transitó su escolaridad, “apuntalado” para que él viviera y sintiera, de alguna manera, lo mismo que cualquiera, incorporando conocimientos básicos para desarrollarse en la comunidad.

Cuando transitaba el último año del secundario, la mamá de Andrés murió. “Fue una etapa muy difícil”, reconoció Josefina. Además de tener que afrontar la pérdida de su mamá -antes habían perdido a su padre-, también había que evaluar lo qué Andrés quería hacer.

En principio, la idea de independizarse económicamente lo motivó y por algunos años estuvo trabajando en un comercio hasta que vio la posibilidad de hacer deporte, y encontró en el Kick Boxing el camino para seguir perfeccionándose.

“En todo lo que se propuso Andrés, puso mucho esfuerzo, siempre fue muy perseverante y dedicado, por eso siempre ha logrado todo en su vida, a su manera y como puede, como hacemos todos. Y nunca tuvimos miedo de que Andrés no pudiera, o si en algún momento no pudiera, que no pudiera reponerse al fracaso, que a cualquier ser humano le puede pasar. A lo que le temíamos era a la sociedad, que no le permitiera mostrar todo el potencial que él tiene”, expresó Josefina.

Cuando nació Andrés, Josefina tenía tres años y medio, y asegura que nunca lo vio diferente, tal como lo veía el resto: “para mí era mi hermano Andrés, el más chiquito, el que jugaba conmigo y con el que a veces nos peleábamos, siempre lo traté de igual a igual y así lo sigo haciendo”.

Otra característica que considera fundamental Josefina, es que sus padres siempre creyeron en él, “jamás le pusieron un techo ni lo limitaron, todo lo contrario, siempre dejaron que Andrés decida por sí mismo y que intentara lograr lo que se proponía”.

“Creo que nunca puede haber una verdadera integración si aislamos a las personas y la ponemos en un lugar donde solo hay personas que nosotros creemos que solamente tienen esas posibilidades. Lo que estamos haciendo es creer que nosotros tenemos la capacidad de determinar que un ser humano llega hasta ahí”, reflexionó Josefina. 

EL TEXTO ORIGINAL FUE PUBLICADO EL SÁBADO 19 DE MAYO 2018 EN NUESTRA EDICIÓN IMPRESA    

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