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Semanario de Junín » Locales » 26 jul 2018

SemanAgro

El campo es de todos, no sólo de los productores

Hay que trazar diferencias entre campo y producción agropecuaria. Esta última se está llevando puesto al ambiente rural y mientras ruegan por la quita de retenciones a la soja, olvidan que hay retenciones ambientales de las que nadie se hace cargo. La mirada de un especialista, el Dr. Walter Pengue.


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Decir “el campo” cuando nos referimos al sector agroindustrial puede estar resultando un error garrafal.

Muchas corporaciones hoy día gustan de estar “secuestrando” palabras y algo de ello está ocurriendo por estos ámbitos.

Se entiende por “campo” a la ruralidad y en verdad, en estos tiempos la producción extractiva que ha adquirido la agricultura de la pampa húmeda está bien alejada de lo que es “ruralidad”.

De hecho, este sistema de cultivos originados en organismos genéticamente modificados, dependientes del glifosato y sus acompañantes de la formulación, han estado devastando la ruralidad por más que hayan logrado récord y competitividad en algunos sitios.

Desde los años 90, el “campo” se ha llenado de mitos, merced a una campaña bien agresiva por parte de los vendedores de insumos que, como primera medida se adueñaron de los sumarios de las publicaciones comerciales especializadas en temas agropecuarios.

A partir de ese momento los editores o jefes de redacción dejaron se ser quienes guiaban las publicaciones para ser reemplazados por los ejecutivos de cuenta, más conocidos como vendedores de publicidad.

Entonces los sumarios de las revistas comenzaron a ser digitados por el jefe del departamento comercial y los periodistas en la mayoría de los casos se dedicaron a realizar excelsas crónicas a los lugares donde eran enviados, como así también memorables entrevistas a personajes que luego terminarían teniendo intereses dentro de las empresas comercializadoras de los sistemas de explotación.

Por lo tanto los productores agropecuarios quedaron subyugados al poder de la información que les decía que ellos eran magníficos en tanto sembraran los híbridos recomendados los que les permitirían lograr récords de productividad, como lo hacían los norteamericanos hasta llegar a este presente de hoy donde el récord es de endeudamiento, contaminación y pérdida del patrimonio y la aptitud agrícola de sus devaluados campos.

Tal como lo hemos señalado en otras oportunidades el productor sojero está sentado sobre los millones de dólares que vale su campo, pero ha llegado a tal punto de vulnerabilidad que si el clima no lo acompaña, no tendrá ni para echarle gasoil a la chata para ir a tomarse un vino a la ciudad. Porque puso todos los huevos en la misma canasta, porque el sistema productivo lo hace dependiente de un montón de gastos fijos, porque el gasoil cuesta más que la leche que alguna vez produjo antes de achicar primero y vender después el tambo y porque el boliche del pueblo donde antes se tomaba un vino cerró hace ya cinco años.

Y apurado por los mismos que lo metieron en el berenjenal, sigue a pie juntillas recitando lo que le dicen al oído, para no quedar como un anticuado, pero sin deudas.

Y la muletilla del “esforzado trabajo del hombre de campo” se cae al barro porque en el sistema agrícola se sabe que el trabajo arriba del tractor puede ser de unos 40 días al año.

Y como si fuera poco, aquellos que llegaron a estas tierras promoviendo la drogadependencia agrícola, dejaron el tendal ambiental y ya nadie vive en el campo, el hambre del mundo sigue tal cual que cuando anunciaron que este sistema productivo lo terminaría.

¿Y los pueblos? Abandonados.

Abandonados los pueblos, inundados de taperas, con un puñado de insectos, mariposas contadas con los dedos, peces contaminados, pájaros que desaparecieron como especie común del lugar y mamíferos que deambulan muertos de hambre en un paisaje desierto pleno de barbecho químico.

Y se habla de retenciones, como si fuera la panacea para recuperar lo perdido. Y todos se motivan para saber que se llevarán al bolsillo, pero no evalúan el costo inmenso que han motorizado por el mero hecho de elegir que el campo se transformara en una industria a cielo abierto y que terminarán pegando un tiro en el pié. Metáfora que si aun no han entendido seguramente en breve la interpretarán.

¿Quién pagará las retenciones ambientales?

RETENCIONES AMBIENTALES

El Dr. Walter Pengue es ingeniero agrónomo, doctor en Agroecología, miembro científico del Panel Internacional de los Recursos (Resource Panel) del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, integra el GEPAMA (Grupo de Ecología del Paisaje y Medio Ambiente de la Universidad de Buenos Aires), es profesor de Economía Ecológica en la Universidad de General Sarmiento, e integra el equipo docente del Diplomado Dr. Andrés Carrasco de Periodismo y Comunicación Ambiental de lavaca.

Pengue asegura en un artículo que: “en nuestros días existe una “captura” por parte de sectores parcializados del mercado que se apropian de un bien ambiental, sin reconocer el valor intrínseco que tiene ese recurso.

La retención ambiental es un concepto novedoso, que viene a obligar a reconocer el uso y abuso de bienes ambientales, no reconocidos por las empresas, pero de los que dependen sus ganancias”.

Dice el especialista que “la sobreexplotación de los recursos del suelo, del agua, de la biodiversidad, del paisaje, de los espacios productivos en territorios templados del mundo, ameritará un reconocimiento por su uso hasta hoy pobremente valorado. Dada la globalización actual, la aplicación de retenciones ambientales, pueden ser útiles para capturar y de alguna manera “regular”, la extracción de un determinado recurso natural.

Hoy en día la sobreexplotación del recurso es la moneda de cambio con la que se paga esta intensificación direccionada.  La pérdida de biodiversidad es un fenómeno creciente que amenaza a la mayoría de las ecorregiones argentinas. La biodiversidad es una propiedad de los ecosistemas y de las sociedades que es necesario preservar y utilizar en su beneficio conjunto. Los problemas de contaminación de los acuíferos, son un tema de preocupación especialmente en un país donde la intensificación de la agricultura industrial es un hecho exitoso, justamente porque no incluye ni paga ninguno de los costos ambientales y sociales que genera.

El acceso a las fuentes de agua y su utilización es otro problemática importante en tanto y en cuanto, unos capitales las quieren apropiar para sí y para su disfrute privado (nacientes de ríos patagónicos, humedales) o bien para utilizar los cuerpos de agua como receptores de contaminación, como el caso de las pasteras. Ambos conflictos han generado una fuerte respuesta social que superó y de alguna manera enseña caminos a funcionarios y técnicos.

La sobreexplotación de los recursos forestales y la pesca, genera conflictos socioambientales en distintas regiones del país por efecto generado por la desaparición del recurso, la contaminación del ambiente, efectos a la salud y el empleo”.

MATANDO PUEBLOS

El ingeniero Pengue destaca además que “la contaminación agroquímica en pueblos y ciudades nuevamente es un factor que hecho que varias comunidades se organizaran incluso por encima de sus decisores políticos, que por error u omisión u otros intereses menos santos, miran para otro lado.

Es sobre renta esta ambiental, sobre el usufructo de un recurso que trasciende a la propiedad de un privado, sobre el que deberían calcularse las retenciones, y ser vistas no como un elemento único para apropiarse de una mejora coyuntural de precios internacionales, sino como un resarcimiento al país de la extracción del bien, de la remediación de parte de sus daños y, especialmente, muy especialmente, como una medida de restitución de fondos para el sostenimiento de un modelo productivo en el tiempo.

La aplicación correcta de una retención ambiental podrá ayudar a poner orden en el desproporcionado abuso de los recursos naturales (en general ubicados en territorios de países pobres que hasta ahora no tienen presión y poder suficiente para hacerse respetar) por parte de los países ricos y de los grupos corporativos que hoy expolian el planeta.

O acaso, se valúan en las cuentas de nuestros bienes exportables (granos, carnes, leches, maderas, petróleo, gas, minerales), los recursos básicos sobre los que estos han sido producidos o extraídos, como el paisaje, el medio natural transformado, la extracción de los ricos nutrientes de suelos aún algo ricos de la tierra pampeana y chaqueña, el agua virtual, la irradiación solar por unidad de área o el clima que permite duplicar cosechas en el mismo tiempo.

Así como se escuchan los cantos de sirena sobre las bondades de muchas nuevas tecnologías, algunas serán veraces y otras tantas, solo falacias habrá que escuchar aún con más atención, las consideraciones en este siglo XXI sobre el valor de nuestros recursos naturales (no sólo de los bienes exportables en el mercado mundial), sino la base de estos recursos que les sostienen, y hasta ahora (sólo hasta ahora no hemos considerado).

Tampoco las economías más ricas, los grandes grupos económicos y los traders de los negocios agrícolas o energéticos, pagan a las naciones pobres, cuota alguna por este “alquiler” de su espacio vital. Pero es claro, que lo utilizan.

Peor aún es la contaminación y depredación provocada por las minas a cielo abierto que nuevamente tienen a las asambleas y actores sociales como emergentes reaccionarios de este nuevo ecologismo de los pobres y los no tan pobres”, concluye el especialista Walter Pengue.

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