Junín. sábado 18 de agosto de 2018
Semanario de Junín » Locales » 4 ago 2018

BARRIO SAN MARTÍN

Casa Calcuta: La plaza como espacio de contención, amor y aprendizaje

Un proyecto integrador, en el que personal docente, padres y estudiantes decidieron involucrarse de manera desinteresada y comenzar a colaborar en el campo social.


Por:
LUCIANA CAMARERO

Enseñar valores que tienen que ver con la solidaridad, el respeto hacia el otro; valorar lo propio, tratar que la sociedad sea más justa, aportando cada uno su granito de arena, son algunos hábitos que se han perdido, sobre todo en ámbitos familiares. En una sociedad donde el consumo muchas veces enceguece y no nos permite ver cómo está la persona que tenemos al lado, es destacable el accionar de gente que trabaja por y para la comunidad.

SEMANARIO dialogó con María José Bottasso (foto abajo), profesora de literatura y secretaria del nivel secundario del Colegio Hogar Belgrano de nuestra ciudad, quien dio detalles de un proyecto que se inició como merendero en 2015, impulsado por dicha institución, con el apoyo incondicional de  alumnos y docentes.

Actualmente, funciona como comedor “Casa Calcuta” todos los sábados en la plaza del barrio  donde, además de brindar el almuerzo del día a más de 30 chicos, aprovechan el espacio para realizar actividades, jugar con los más chicos y dialogar con los familiares que se acercan.

“Casa Calcuta surgió en 2015 con un grupo de alumnos que estaban en ese momento en sexto año y trabajaron, dentro de la materia Trabajo y Ciudadanía, sobre un proyecto para brindar un servicio en el barrio donde está situado el colegio. Casi todo el grupo quiso brindar un servicio a la comunidad y por eso surgió la iniciativa de darles la merienda a los chicos del barrio, a los más carenciados, una vez por semana”, detalló Bottasso.

Nunca funcionó estrictamente como merendero porque otro de los objetivos, además de darle la merienda, era enseñar algunos hábitos, ayudar con las tareas, brindar apoyo y contención afectiva y también contribuir a generar en ellos valores y principios.

Ante la falta de un lugar físico, los encuentros se empezaron a hacer en la plaza del barrio San Martín, ubicada en Almafuerte y San Lorenzo, los días miércoles a la tarde, aunque en un principio utilizaron la sociedad de fomento del barrio, pero después de un período tuvieron que abandonarla porque hubo cambios en la comisión directiva.

Este factor no impidió que los voluntarios siguieran brindando apoyo y alimentos a quienes más lo necesitan sino que benefició en muchos aspectos, según los organizadores, haber continuado las jornadas en la plaza.

“Decidimos quedarnos ahí porque nos convenía, los chicos del barrio nos veían, mucha gente grande se acercaba, gente que quería colaborar también y al vernos ahí era más fácil que encerrados en un salón en donde nadie sabía quiénes éramos ni que hacíamos. Hasta el día de hoy seguimos trabajando en la plaza, no volvimos a pedir la sociedad de fomento porque la realidad es que nos hemos arreglado bien. Las meriendas de los miércoles la llevábamos preparada desde el colegio y cuando terminaron las clases, aquellos chicos y chicas que terminaron sexto empezaron a estudiar y se les complicaba los miércoles asistir. Por eso lo trasladamos al sábado por la mañana y en vez de meriendas, preparamos almuerzos”, contó María José.

Con más de dos años al servicio de la comunidad, el quipo de voluntarios se organiza pese a los pocos insumos y se las ingenian para que cada sábado los niños tengan un plato de comida.

“Llevamos todo el equipo que permita realizar guisos, empanadas, panchos, cosas que se puedan resolver con una olla y un mechero. Algunos vecinos del barrio nos permitieron guardar bancos, tablones, banquetas, caballetes; hay una vecina que nos presta el baño y el agua porque no tenemos canilla en la plaza. La gente del barrio colabora muchísimo y las familias que han necesitado ayuda nos han visto ahí en la plaza”, apuntó la docente y secretaria a cargo del Hogar Belgrano.

“Actualmente logramos conseguir la cocina del colegio y un grupo de mamás colabora con nosotros. Ellas hacen la comida cada sábado muy generosamente y después la llevamos hasta la plaza que se encuentra a dos cuadras. Se les enseña valores a través de los juegos y después de jugar se les da el almuerzo que hacemos de más para que cada familia se pueda llevar una cantidad extra y poder cubrir la cena o el almuerzo siguiente”, expresó María José.

Es importante pensar en el otro, y esa capacidad que se construye a diario, debería inculcarse en cada institución (familiar, educativa, religiosa) ya que hay mucha gente que sufre porque no tiene acceso a lo material ni tampoco –muchas veces- a lo afectivo.

“Todos necesitamos entregarnos y entregar lo mejor de nosotros mismos. En los chicos tratamos de inculcar eso, que traten de ver que hay mucha gente que sufre material y afectivamente, que debemos estar agradecidos porque quizás a nosotros no nos tocó pasar la realidad que pasan ellos en ese aspecto pero no podemos mirar para un costado. La realidad nos muestra que hay gente que sufre frío, mala alimentación y violencia... y tenemos que involucrarnos”, reflexionó la docente.

De eso se trata, de poder desprenderse de las vivencias personales y comprenderse con un todo. Convivimos en sociedad y por ende, para salir adelante ante tantas adversidades y situaciones de crisis social, se hace cuesta arriba si no se brinda una ayuda por más mínima que parezca.

“Lo más hermoso que nos puede pasar es saber que uno pudo hacer algo y a su vez agradecer que tenemos un montón de cosas que no valoramos. Ver que otro no la tiene nos ayuda a reflexionar y pensar: yo sí tengo esto, ¿lo merecía?, quizás no, pero lo tengo y puedo ayudar a quien no lo tiene”, detalló María José.

El agradecimiento a cada persona que colabora con Casa Calcuta en constante, muchos de ellos brindan su apoyo de manera desinteresada. María José destaca la labor llevada a cabo por el equipo que compone junto a David Rivero, a las cocineras Graciela Broggi, Marta Berale, Florencia Crechia y Eugenia Arnal; a los egresados Gonzalo Linares y Florencia López; a la profesora Jimena Verdera y los estudiantes Brenda, Rodrigo, Paz, Candela, Alejandro, Teresa, Nicolás, Agustina, Lucía, Liz, entre otros colaboradores.

“Cada día trabajamos con ser muy delicados en el trato, ser muy afectuosos con ellos y que los niños y las mamás se sientan queridos. Eso da mucho placer, valoramos que los estudiantes y los ayudantes, un sábado a la mañana, que podrían estar durmiendo tranquilamente, cedan su tiempo para estar con los niños. Eso no tiene precio, es una satisfacción y un placer espiritual porque no hay nada que compense la alegría de esos nenes”, concluyó María José Bottasso.

EL TEXTO ORIGINAL FUE PUBLICADO EL SÁBADO 28 DE JULIO 2018 EN NUESTRA EDICIÓN IMPRESA  

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