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Semanario de Junín » Cultura » 29 sep 2018

ALGO QUE SIEMPRE NOS DESLUMBRÓ

El misterioso encanto de los faros

Es cierto que al día de hoy los avances tecnológicos han mermado su utilidad, pero lo que es innegable es que su hechizo es insustituible. Algo que nos ha llevado a realizar un breve recorrido por algunos de los que iluminan las costas de nuestra geografía, con el deseo de que la próxima vez que uno pase por allí, mantenga los ojos y el corazón bien abiertos.


Por:
ISMAEL CANAPARO

De chicos, nos fascinaban muchas cosas, además de la historieta, el cine, el fútbol y los infaltables juegos con los amigos del barrio. Pero siempre hubo algo, una especie de curiosidad rayana a la obsesión por lo desconocido, que estaba aferrado a la historia de los faros, presente en los cuentos infantiles y afianzado en las anécdotas de los abuelos, a quienes considerábamos sabios, un rasgo más arriba que el de nuestros padres. 

Los faros, un símbolo de la navegación con casi 200 años de historia, fueron construidos para ser vistos desde el mar y por eso ocupan puntos panorámicos totalmente despejados a su alrededor. Primitivamente, cuando no existían la energía eléctrica ni la solar, los faros se alimentaban con  gas acetileno. Cada treinta días, había que cargar en camiones más de 50 tubos de gas, con un peso de 110 kilos cada uno y transportarlos por rutas muchas veces intransitables,  donde eran frecuentes los accidentes. Hoy todos están dotados de modernos sistemas conectados a la red de suministro eléctrico y si bien, trece de estos faros tienen “torreros” (o guardafaros) y el resto funciona con sistemas automáticos.

En cuanto al diseño de un faro no es obra de la casualidad ni del buen gusto de quien lo proyectó. Sus formas y colores se pensaron con alguna característica o detalle que permitía su clasificación y su inmediata y certera identificación. La ubicación, en lo que respecta a las coordenadas de latitud y longitud geográficas, igual que la frecuencia de sus destellos de luz, también fueron características propias de cada uno de ellos que figuran en las cartas de navegación, siendo todos estos detalles, las que le permitían cumplir con su objetivo: prevenir la presencia de costas peligrosas a los navegantes.

Quizá nuestros ojos asombrados habían nacido con la proximidad de dos construcciones que veíamos en las ocasionales vacaciones en la costa atlántica, como el Faro Punta Mogotes, en Mar del Plata, inaugurado el 5 de agosto de 1891, y el Faro Miramar, construido en 1929.

Además de esos dos, existen otros doce faros en la provincia de Buenos Aires, la mayoría sobre la costa atlántica. Sus nombres y ubicaciones: Punta Piedras (1917), en la desembocadura del Río Salado; El Rincón (1925), en la Península Verde, entrada a Bahía Blanca; Mar Chiquita (1932), al sudoeste de la laguna Mar Chiquita; Punta Médanos (1893), al norte de Punta Médanos;  Querandí (1922), a 30 kilómetros de Villa Gesell; Recalada a Bahía Blanca (1906), a 11 kilómetros al oeste de la desembocadura del arroyo Sauce Grande; San Antonio (1892), al extremo norte del cabo San Antonio; Segunda Barranca (1914), entre Segunda Barranca y Punta Rasa; Martín García (1897), en la isla Martín García y Claromecó (1922), en Tres Arroyos.

El primer faro en levantarse en la Argentina fue el San Juan del Salvamento, destinado a auxiliar a los navegantes ante las inclemencias del Cabo de Hornos. Está situado al noroeste de la Isla de los Estados, en Tierra del Fuego. En su construcción, que data de 1884, se utilizó lenga, madera prodigiosa de la zona, capaz de soportar los vientos fríos y el salitre del sur. Ese mismo año se puso en funcionamiento, con las expediciones del marino Augusto Laserre, que fue mencionado por Julio Verne, en la clásica obra “El Faro del Fin del Mundo”. Fue llevado a cabo de 6,5 metros de altura, pensando que al estar elevado a 60 metros sobre el nivel del mar le ganaría a la niebla. Pero la visibilidad  fue baja y los ocho faroles de aceite que lo mantenían iluminado no fueron suficientes para evitar los naufragios. Con esto, se dejó de invertir en el San Juan y los presos que se destinaban a la isla fueron trasladados a la cárcel de Ushuaia. En 1902 dejó de operar, pero en 1998 y en 2002 fue reconstruido por asociaciones amigos del faro, empleando madera de cedro. Desde el año 2000 cuenta con una réplica en La Rochelle (Francia), en honor al navegante André Bronner y su fascinación por el faro y la obra literaria que lo hizo mundialmente famoso.

El Faro de Punta Mogotes fue construido por la empresa Torres, Sturiza y Cía. en un terreno que se eleva a 55 metros por sobre el nivel del mar, con el objeto de evitar que los navegantes se aproximen a las piedras costeras que enmarcan el lugar. Quedó  inaugurado el 5 de agosto de 1891. Tiene una altura de 31,50 metros  y su estructura está conformada por planchas de acero de 6 milímetros de espesor, abulonadas, sin soldaduras. Funciona conectado con la red urbana de 220 voltios y tiene seis paneles con lámparas de 230 watts cada una, selladas y rellenas de gas inerte. Emite  un haz de luz blanca  que abarca 190º  y alcanza los 45,92 kilómetros de distancia, pero el sector que da a sus espaldas, hacia la ciudad, no emite luz. Mediante una célula fotoeléctrica, se enciende cuando se apaga el sol y se extingue al amanecer, produciendo un destello que dura 1,5 segundos, alternando con un eclipse de 17,5 segundos. Cuenta con un sistema de emergencia a gas acetileno que se utiliza  cuando se corta la energía eléctrica. El faro tiene guardián.

El Faro “Recalada”, de Monte Hermoso, es el más alto de la República Argentina y ocupa el primer lugar en Sudamérica entre aquellos de estructura abierta. Los materiales para su construcción fueron provistos desde Francia por la misma empresa que se hiciera cargo de la construcción de la torre Eiffel. La inmensa torre metálica, inaugurada en 1906, se compone de un tubo central de 1,50 m de diámetro, el que alberga los 293 escalones que hay que ascender si se quiere alcanzar la garita de iluminación, desde donde se obtiene una excelente vista panorámica, ideal para fotografías de la ciudad y sus playas. Está abierto al público con visitas guiadas integradas al Museo Naval. Horarios: en verano, todos los días de 8 a 20. En temporada baja, de viernes a domingo, de 8 a 18.

Otro faro famoso es el “Río Negro” (15/05/1887), el primero  que se levantó en la Patagonia y el más antigüo de los que están en funcionamiento en el territorio argentino. Se encuentra a 43,5 metros por sobre el nivel del mar, sobre la barranca sur de la desembocadura del Rio Negro (provincia de Río Negro), junto al balneario El Cóndor, conocido por los lugareños como “La Boca”. Si bien actualmente la navegación por el citado río se limita a embarcaciones de poco calado, no debe olvidarse que no siempre fue así, ya que en otras épocas brindaba a las embarcaciones un punto geográfico de referencia para la aproximación del río y posterior arribo al puerto de Carmen de Patagones y sirvió para el tránsito de barcazas con productos de la región y para otros fines.

El Faro “Cabo Vírgenes” (15/04/1904) es el más austral de nuestro territorio continental y se encuentra en el extremo oriental del Estrecho de Magallanes, provincia de Santa Cruz. Se accede a él por medio de la ruta provincial 1, 130 kilómetros al sur de Río Gallegos. Su nombre lo recibe del accidente geográfico descubierto por la expedición de Hernando de Magallanes el 21 de octubre de 1520, quién bautizó al lugar como “Cabo de las Once Mil Vírgenes”. En ese mismo sitio se erigió en el siglo XVI, la primera fundación de la Patagonia Argentina, la antigua ciudad de Nombre de Jesús. La misma tuvo un trágico final, el clima inhóspito y la dificultad en conseguir alimentos hicieron que la población muriera poco tiempo después.

El farero que impidió una masacre franquista

En febrero de 1937, primera parte de la guerra civil española, más de 120 mil personas integraban la caravana humana que huía de Málaga (episodio conocido como “La Desbandá”), de las tropas de Franco y de la aviación italiana. La multitud llegó a la localidad de Torre del Mar y se encontró con un héroe digno de recordar: el farero que apagó la luz las noches del 6 y 7 de febrero, evitando con ello la muerte de miles de personas.

En esa localidad de Vélez-Málaga, donde se concentraron las personas que escapaban desde Málaga y los que venían del interior de la comarca de la Axarquía, no se produjeron bombardeos ni ametrallamientos por parte de la aviación italiana y la marina golpista. Anselmo Antonio Vilar (foto), el farero de Torre del Mar, natural de Lugo e hijo del que fuese a su vez primer farero de la población, mantuvo apagado el faro durante dos días, dificultando con ello que los aviones y los barcos pudiesen ubicarse y localizar a la población que huía.

"Vilar salvó a muchas personas de las ametralladoras y las bombas, pero su decisión le costó la vida, ya que pocos días después de la entrada de las tropas nacionales fue fusilado", según  explicó Jesús Hurtado, vecino de Vélez-Málaga e investigador de este suceso. Hurtado, que ha publicado varios escritos sobre el hecho, presentó una iniciativa impulsada por el grupo municipal de IU para homenajear y distinguir al farero, a fin de que su acción no quede olvidada.

Hurtado asegura que Vilar fue un héroe, que al incumplir la principal obligación de su cometido y dejar sin referencia a los aviones, salvó a las miles de personas que se ocultaban en la zona en la que se encontraba el antiguo faro de Torre del Mar, actualmente encajonado entre unos edificios en la avenida Toré Toré. Ante la falta de referencia, los barcos utilizaron el faro de Torrox, que sí funcionó en los días en los que se produjo “La Desbandá” y se ubicaron frente a este punto del litoral, que recibió el grueso de los bombardeos, según los partes de guerra estudiados por Hurtado.

 

 

 

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