Junín. jueves 17 de enero de 2019
Semanario de Junín » Locales » 11 ene 2019

precalentamiento electoral 2019

Cristina descarta a Kicillof, se acerca a Massa y surge el nombre de Lavagna

Los días pasan y las operaciones mediáticas se multiplican. Sin embargo, el misterio parece ser la estrategia escogida por la ex presidente Cristina Fernández de Kirchner respecto de su decisión frente a las elecciones 2019.


Por un lado, queda claro que Cristina está dispuesta a jugar fuerte para meter baza en la definición de candidaturas y composición de listas a lo largo y ancho del país, para conseguir un armado político que le dé el control de la caja de aquellas provincias en que algunos candidatos que le continúan siendo leales aparecen con posibilidades de dar dura lucha en los comicios, al tiempo que aspira a incrementar su capital de diputados y senadores en el Congreso Nacional. Sin embargo, en su entorno llama la atención que, más que prepararse para dar la lucha por un retorno inmediato a la presidencia, pareciera que cada día se la nota más convencida de la conveniencia de pertrecharse para encabezar un nutrido bloque opositor, más allá de quien gane las elecciones presidenciales de 2019.

Un miembro selecto del grupo más selecto que rodea a la ex presidente señalan que, hasta hace algunos meses, su apuesta de máxima consistía en tratar de catapultar a su preferido, Axel Kicillof, a la gobernación de la provincia de Buenos Aires, para así contar con el manejo absoluto de la Nación y de la primera provincia argentina en un eventual tercer mandato. Sin embargo, ahora parece decidida a archivar definitivamente ese proyecto, luego de evaluar una serie de cuestiones de peso, extremadamente variadas.

Una de las cuestiones que más la preocupa es la actitud que tomará el poder judicial en caso de que sus números sigan creciendo y empiecen a indicar que podría vencer a Mauricio Macri en un ballotage. Cristina está convencida de que la Justicia es un terreno dominado por Cambiemos y el peronismo federal, y que no dudarían en utilizar cualquier opción disponible, incluso la de colocarla tras las rejas, para evitar su retorno a la presidencia de la Nación.

La segunda cuestión que la preocupa es la lealtad efectiva que puedan profesarle los intendentes peronistas, ya que la mayoría acepta su liderazgo más por espanto que por amor, ya que ninguno de ellos se animaría a repetir la experiencia de los intendentes “rebeldes” que osaron seguir a Florencio Randazzo en 2018, y que estuvo a punto de costarles su continuidad al mando de sus respectivos municipios. Sin embargo, mientras que una boleta “larga” y una elección unificada le aseguraba su obediencia, el adelantamiento de las elecciones provinciales que está decidida a realizar María Eugenia Vidal les otorgaría un grado inédito de autonomía, a punto tal que muchos de ellos mantienen conversaciones con la gobernadora para celebrar una especie de pacto de convivencia, por el que cada uno mantendría el control de sus respectivos territorios.

Es por esta razón que, desde el entorno de Cristina, surgió la idea de su postulación como candidata a la gobernación de la provincia de Buenos Aires. Sin embargo, esta alternativa no la convence en lo más mínimo, ya que, en el mejor de los casos, la colocaría bajo la órbita de Mauricio Macri o de un eventual presidente surgido del peronismo –Sergio MassaRoberto Lavagna o Juan Manuel Urutubey-, y en el peor le significaría prácticamente el fin de su carrera política, en caso de sufrir una nueva derrota electoral, y encima por un cargo menor.

Ni lerdos ni perezosos, los intendentes jugaron rápido para disuadirla definitivamente de cualquier aspiración a la gobernación, y salieron a fogonear una campaña mediática para proponer la fórmula Verónica Magario - Paco Durañona, que sería aprobada en las reuniones que mantendrán en la costa atlántica en el curso del verano.

Aunque aún no se haya expresado públicamente, la ex presidente evalúo esta movida como la confirmación de la rebeldía de los alcaldes y su pretensión de retomar el control de la conducción política provincial.

Un nuevo elemento que preocupa a CFK es el convencimiento de que sólo podría vencerse en una elección presidencial a Cambiemos en caso de alcanzarse la tan mentada unidad. Sin embargo, tiene en claro que, más allá de lo que digan sus números, buena parte del peronismo se manifiesta absolutamente remiso a acompañarla en esa empresa, ya que la mayoría de los gobernadores mantiene una relación mucho más fluída con el gobierno actual que la que supo tener con ella durante su propio gobierno. En su fuero íntimo, Cristina está convencida de que, en última instancia, terminarán colaborando con Cambiemos a fin de forzar su debacle definitiva.

La última razón de peso que considera Cristina tiene que ver con el desastroso estado de las finanzas públicas, la economía y la situación social que heredará el gobierno que asuma el 10 de diciembre de 2019. Por experiencia sabe que los pueblos tienen memoria frágil, y que el nuevo presidente será el “pavo de la boda” que deberá hacerse cargo de la “pesada herencia” de Mauricio Macri ante una sociedad con escasa disposición a la tolerancia. ¿Para qué sacrificar su carrera política haciéndose cargo de semejante “muerto”, cuando podría esperar tranquilamente a que un gobierno de transición se haga cargo de tomar todas las decisiones desagradables que necesariamente deberán implementarse, para que quien lo suceda se quede con el mérito? Y, en este sentido, Cristina no quiere ser la nueva Eduardo Duhalde, quien puso el pecho y las energías para que terminara capitalizando ese esfuerzo titánico Néstor Kirchner.

Por estas razones es que Cristina se muestra ambigua y dubitativa. Un día apoya a José Alperovich contra Juan Manzur, y al otro baja la intensidad de su respaldo. Un día apoya a Beder Herrera contra Sergio Casas, y al siguiente manifiesta su prescindencia. Y eso no es todo, ya que en los últimos días se han intensificado las reuniones entre sus negociadores y Sergio Massa, para sellar un pacto de unidad bajo el paraguas de la candidatura presidencial de Roberto Lavagna.

Cristina sabe que el poder que no es ejercido se diluye y que su alejamiento de la presidencia envalentonó a muchos que antes hacían gala de sumisión y admiración. Sabe también que ocho años fuera de la presidencia implican un riesgo mayúsculo para mantener unida a la tropa, al disponer de una caja menguante y limitada capacidad de cargos públicos. Pero también sabe que quien asuma la presidencia pondrá en ese mismo instante la cabeza en la guillotina. Y, ante el descontento popular por la degradación persistente de la sociedad argentina, es mucho más razonable jugar como opositora -más amigable o más crítica, según las circunstancias- para tratar de retornar con toda la gloria en 2023.

Sin embargo, hay un factor no menor que mantiene vivas las expectativas de sus allegados sobre un eventual golpe de timón de Cristina, que la llevaría a desechar todos estos argumentos razonables, para lanzarse de lleno a la competencia electoral: el hambre de poder que se habría intensificado durante este trienio de abstinencia de su ejercicio y su deseo de ajustar cuentas con los que considera “desleales”. Sin embargo, otros que pretenden conocerla en profundidad advierten que se la nota taciturna y dubitativa, con deseos de abandonar la liza política en caso de conseguir un adecuado arreglo judicial que le garantice inmunidad.

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