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Semanario de Junín » Cultura » 18 feb 2019

LEGADO Y VIGENCIA DE UN GRANDE

Zitarrosa, a 30 años de la última milonga

El 17 de enero de 1989 fallecía a los 52 años este fantástico uruguayo, un emblema de la música popular y símbolo latinoamericano: cantautor, poeta, escritor y periodista. Su obra no ha dejado de crecer y ha trascendido generaciones.


Por:
Ismael Canaparo

Alfredo Zitarrosa, el más emblemático cantor uruguayo, nació el 10 de marzo de 1936. Hombre de una voz profunda y conmovedora, se inscribe en la tradición de los grandes cantores latinoamericanos que sostuvieron un compromiso ineludible con su tiempo, su clase y su pertenencia social, a través de su poética y su relación con el pueblo de su país y de la región.

Fueron muy complicados sus años de la infancia y la temprana juventud. La madre, Blanca Iribarne, lo tuvo de muy jovencita, con muy pocos recursos y lo anotó con su apellido. Al poco tiempo de nacido se lo dio en “adopción transitoria” a un matrimonio, de clase más baja que media. Y él pasó a ser Alfredo Durand durante varios años mientras la madre lo visitaba esporádicamente. Al cumplir Alfredo dieciséis años, la madre se había casado con un argentino que se llamaba Alfredo Nicolás Zitarrosa, y es así que  Alfredo termina adoptando el apellido de este hombre. De gurí tuvo tres apellidos, tres identidades diferentes y eso lo marcaría hondamente.

La voz de Alfredo Zitarrosa, un cantor popular que venció al tiempo, no se parecía a ninguna otra. De ella emanaba un color raro, crepuscular, dentro de una profundidad extraña para entonar e introducir las palabras más simples y las más complejas. Con la incredulidad que solía desparramar continuamente, este uruguayo fantástico jamás habrá imaginado que el tiempo le daría revancha a sus canciones. Entristecido por el exilio, por las utopías perdidas y por los sueños rotos, Zitarrosa falleció el 17 de enero de 1989, hace treinta años. La muerte sirvió para probarles a todos que su vida había valido la pena. El, que solía expresar cierto desprecio por su trabajo, emprendió el último de sus exilios sin darse cuenta con exactitud que esa obra –exquisita, monumental, despareja, heterogénea como su personalidad-  lo superaría ampliamente, sin pedirle permiso a sus pruritos.

 

Por los años sesenta, cuando Mercedes Sosa apareció en Mendoza encabezando el “Movimiento del Nuevo Cancionero”, desde Montevideo ya llegaban noticias de este hombre de sonrisa difícil y preocupaciones profundas. Su figura se iba dibujando, poco a poco, con los relatos de la gente que había tenido el inmenso privilegio de escucharlo.

“Lo peor de la nostalgia es que lo demora a uno, lo aquieta, le hace perder el tiempo. Es casi una droga, porque también a la nostalgia uno se aficiona. Como indudablemente se encuentra cierto regoce en esa evocación perpetua, uno se sienta a descansar en la poltrona de la nostalgia”. Esto explicaba siempre cuando alguien le sacaba el tema de “Guitarra negra”, una de sus obras fundamentales y, en algún sentido, maldita. Largo poema desgarrado, doloroso, escrito en el exilio, lo grabó dos veces: la primera en México en 1978 y la segunda en Buenos Aires en 1985. Luego, se negó sistemáticamente a volver a hacerlo, en nombre del dolor.

Con Aníbal Sampayo y Yamandú Palacios.

“Muchos de los cantores de protesta no supimos ocupar el lugar apropiado en el momento preciso. Macaneó mucho la canción de protesta, metió la pata varias veces, se emboscó sola, se dejó emboscar y de hecho le costó reconocer que nunca una canción será la vanguardia de un pueblo”, solía confesar en una rueda de mates y cigarros, para enseguida aclarar que “escribo porque sé y porque me gusta. Me inspiro en la música y en los versos. Más allá de todo eso, no puedo evitar estar vivo y abierto por dentro y por fuera, a la vida y a la muerte; a los demás, especialmente a los humildes; atento a los malos, a los mentirosos y falsarios, que me inspiran una curiosidad irresistible. Y cerrado a calicanto para los peores, del libertino al ladrón, del agiotista al torturador, del demagogo al adulón, del nazifascista al cobarde, al ideólogo del no te metás”.

Zitarrosa no ocultaba su fanatismo por el tango, que nunca se animó a registrar en discos oficiales. En la etapa mexicana de su exilio, allá por los ´80, dejó estampado varios de antología para el consumo doméstico, como “Tinta roja”, “Malevaje”,  “Mi noche triste” y “Farolito de papel”. Admiraba tanto a Gardel y a Goyeneche, que cuando escuchó sus propias grabaciones sintió un tremendo complejo de inferioridad y decidió no editarlas. Es lógico que no tuviera la perspectiva para comprender que no cantaba esos temas como un tanguero ortodoxo sino, simplemente, como lo que era: un Zitarrosa auténtico.

El uruguayo no se murió por exceso de alcohol y cigarrillo, que los tuvo a granel, sino por una enfermedad que no tiene diagnóstico preciso: tristeza excesiva del alma, ante un mundo que, intuyó, jamás sería el soñado. Poeta, locutor, gremialista, conductor televisivo, narrador, vendedor domiciliario, fue al tiempo que cantor popular, un hombre de izquierda, uno de los más coherentes que puedan haber existido. Pero esto no debe entenderse mezclando los tantos, como suele ocurrir cuando se mira hacia atrás sin matices. Zitarrosa jamás cantó panfletos, odiaba las canciones demagógicas y consideraba que el progresismo en el arte significaba hacer mejores canciones, que en su concepción era no hablar de trivialidades, no bastardear los ritmos, sino buscar la belleza, la nueva belleza, por encima de cualquier tentación. Amaba a Bach y a Beethoven, a quien le dedicó una milonga, su género preferido, que es una pequeña obra maestra.

Alguna vez le preguntaron qué cosas le gustaba hacer y su respuesta tal vez lo haya pintado de cuerpo entero. Contestó así: “Pensar, leer, escribir, charlar, discutir de buena fe, fumar, beber, tomar mate, caminar, la temperatura de 25 grados, pescar, criar animales y plantas, los colores verdes y ocre, los olores a nafta, a bota fresca, a limón, a humo de madera, el razonamiento de los niños, las posaderas de mi mujer, buscar un acorde en la guitarra, mis buenos recuerdos, los malos también cuando son claros; estar sentado tranquilo, viajar en ómnibus por la ciudad, el truco y la carambola, mi perro, mis manos y las de mi hija, algunos objetos que conservo: cajitas, huesos, dibujos papeles escritos, libros que he leído mucho; el campo a toda hora, el ruido de un motor afinado, las ciencias naturales, algunas voces humanas, mi lugar de trabajo, la gente honrada, sincera y generosa: los limpios y por sobre todo, compartir con ellos lo que más aprecio y hasta casi todo lo que amo”.

Alfredo siempre interpretó con sencillez apabullante, sin recurrir a ninguna clase de grandilocuencia y haciendo uso de una síntesis notable, sorprendió con los timbres, reelaboró las armonías de sus propios temas e hizo contracantos imprevistos y bellísimos. Lo suyo fue una ráfaga de talento y de dignidad, suficiente para dejar a la gente conmocionada. Lo suyo fue un modelo inmejorable de una manera de cantar, que acaso murió con él en enero de 1989. Los que todavía no frecuentaron su obra, no saben lo que se pierden.

Hablan de él

“… si se quiere tener una visión de la canción latinoamericana de los sesenta hasta nuestros días, no se puede prescindir de la obra de Alfredo Zitarrosa”. (Joan Manuel Serrat).

“Zitarrosa es un cantor inteligente y culto, que sabe mirar a su alrededor y cantar lo que ve. No sólo hay que admirarle su talento, sino admirarle su capacidad para llegar al público y hacerlo sentir. Ya lo dijo Machado: “qué más quisiere yo que escribir para el pueblo”. (Juan Carlos Onetti).

“En cuanto a los elementos y los ritmos que utiliza, Alfredo Zitarrosa es un artista que parte de lo popular (…) Por la manera de hacer versos, de escribir poesía, trasciende esa temática popular; es un poeta muy profundo, que trabajó muy bien sus textos y que alcanzó un nivel literario notable”. (Silvio Rodríguez).

“El cantor empezó a recitar los versos de “Guitarra negra” ante varios obreros que no tenían idea de lo que hablaba (…) Durante los primeros diez segundos la gente se miraba, yo también estaba un poco sorprendido. Al tercer verso quedé petrificado: ¿de dónde salió este marciano?, pensé. Así hasta que acabó. Nunca vi nada más emocionante en la vida. Desde entonces lo amo”. (Joaquín Sabina).

El cantor

Por Eduardo Galeano

Cuando Alfredo Zitarrosa murió en Montevideo, su amigo Juceca subió con él hasta los portones del Paraíso, por no dejarlo solo en esos trámites. Y cuando volvió, nos contó lo que había escuchado. San Pedro preguntó nombre, edad, oficio.

        -Cantor  -dijo Alfredo.

        El portero quiso saber: cantor de qué.

        -Milongas  -dijo Alfredo.

        San Pedro no conocía. Lo picó la curiosidad y mandó.

        -Cante.

        Y Alfredo cantó. Una milonga, dos, cien. San Pedro quería que aquello no acabara nunca. La voz de Alfredo, que tanto había hecho vibrar los suelos, estaba haciendo vibrar los cielos.

        Entonces Dios, que andaba por ahí pastoreando nubes, paró la oreja. Y esa fue la única vez que Dios no supo quién era Dios.

 

 

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