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Semanario de Junín » Cultura » 28 feb 2019

A 20 AÑOS DE LA MUERTE DE ROBERTO RUFINO

Un cantor que dejó un legado imborrable

Di Sarli fue su maestro, pero luego tuvo la oportunidad de perfeccionar su arte en las orquestas de Roberto y Miguel Caló, Armando Pontier y Enrique Francini. En 1962, y durante tres años fue el gran cantor de Aníbal Troilo.


Por:
Ismael A. Canaparo

Roberto Rufino fue un innovador que brilló en la época dorada del tango. Tenía un estilo propio y una voz cálida y melodiosa. Integró las mejores orquestas del momento, como las de Antonio Bonavena, Anselmo Aieta, Carlos Di Sarli, Enrique Mario Francini, Armando Pontier, Miguel Caló y Aníbal Troilo, además de cantar como solista. Mañana se cumplirán veinte años de su fallecimiento, originada en problemas cardiorrespiratorios. Nació en el porteño barrio del Abasto el 6 de enero de 1922 y falleció también en Buenos Aires el 24 de febrero de 1999, a los 77 años.

El Abasto, esa emblemática zona de Buenos Aires y del barrio de Balvanera, fue desde siempre inspiración de poetas, cantores y compositores. Con la silueta del nuevo edificio del Mercado y las escasas señales que permanecen de la vieja construcción por culpa de la cruel piqueta, marca el paso de un barrio que era campero de grandes y medianas quintas, al barrio en el que el propio mercado imprimió su ritmo. Fue por allí donde Carlos Gardel, vecino del lugar, alumbró sus primeras canciones, justo en el hoy demolido café O’Rondeman de la esquina de Humahuaca y Agüero. Por aquellos parajes, curiosamente también se movieron el Gordo Troilo y el Cachafáz, y transitaron guapos de fuste, como los que pinta Enrique Cadícamo, en su perdurable “Canción de Buenos Aires”:

 

“... Dónde estarán Traverso, el Cordobés y el Noy,

el Pardo Augusto, Flores y el Morocho Aldao.

Así empezó mi vuelo de zorzal...

Los guapos del Abasto

rimaron mi canción…”

 

Y por ese barrio se movió, además, un jovencito, Roberto Rufino, al que apodaron “El pibe del Abasto”. Vistiendo aún pantalones cortos, el pibe abrazó el tango, para ya no dejarlo sino hasta el 24 de febrero de 1999, cuando partió hacia el Olimpo, aunque igual que Gardel siempre está entre los tangueros como luminaria permanente de un pasado que impulsó la identidad del barrio que ya nadie puede negar, por más que la disfracen de shopping, y le coloquen estrellitas y globos multicolores.

Rufino vivía cantando en todos los boliches del Abasto, llevado por sus amigos y seguidores mayores que él. Todos se quedaban asombrados por la potencia de su voz. Y así aterrizó en la orquesta de Antonio Bonavena (el tío de Ringo), cuyo pianista era Pepe Basso, en el Petit Salón de Montevideo y Corrientes. Tenía una facilidad enorme para hilar mentalmente los temas sin demasiado estudio, y así se lucía por ejemplo, con “Milonguero viejo”, el tango de Carlos Di Sarli y Enrique Carrera Sotelo, dedicado a Osvaldo Fresedo. También hilvanaba sin esfuerzo aquello que parecía complicado, por la extensión de la voz en varios pasajes, como en “Alma de bohemio”, de Roberto Firpo y Juan Andrés Caruso.

El historiador tanguero Oscar Mármol recuerda, en uno de sus libros, cómo llegó a la orquesta de Carlos Di Sarli: “Uno de aquellos tantos sábados, durante el verano de 1938, le comentaron al gran maestro Di Sarli sobre “El Pibe”, quién corrió hasta El Nacional a comprobar personalmente las maravillas que le hablaban de este joven talento. Fue tal el impacto emocional que causó en el bahiense ver a ese chiquilín de tan solo 16 años cantando, que colmó todas sus expectativas. Evidentemente ese niño era un dotado para el canto, con un tono angelical. Cuando Rufino terminó de cantar, los presentes comprobaron que nacía un nuevo ídolo de la canción. Di Sarli no fue ajeno a tanta emoción, tan es así que sus ojos se humedecieron de gratitud. Cuando se acercó para saludarlo, le preguntó “¿Pibe, querés cantar conmigo en mi orquesta?”. Rufino recordaba que en realidad no sabía lo que quería y le daba igual, pero le dijo: ...y bueno!...”.

Después, Di Sarli lo probaría en el cabaret donde actuaba, y lo hizo precisamente con “Alma de bohemio, donde se destacó con su prolongado cantaaaaaaaar sostenido de la primera frase. Escucharlo fue para el maestro muy emocionante, único. Pronto nació una amistad muy intensa entre ambos, que duró hasta la muerte del autor de “Bahía Blanca”, un 12 de enero de 1960. Di Sarli le compró el primer traje de largos, en la tienda “Los 49 auténticos”, hecho que Rufino recordaría por toda la vida. “Era azul con finas rayas coloradas”, contó en más de una ocasión. Según asegura Mármol, cuando el joven Rufino terminaba de cantar “Alma de bohemio”, la respuesta del público era impresionante, lo aplaudían de pie,  al pedido de ¡otra, otra! Cuentan que el maestro, desde el piano, esbozaba una sonrisa de aprobación, al comprobar que no se había equivocado con la elección del joven cantor. Había nacido para el tango una nueva estrella en el firmamento porteño.

La semblanza que realiza Julio Nudler sobre Rufino, no tiene desperdicios: “Era un cantor llano, sensible y emotivo, de aquellos que su época de oro el tango lucía con orgullo. Además de precoz y popular, resultó un innovador, allá por sus comienzos a finales de la década del 40. En el momento culminante de su carrera, con la orquesta Francini-Pontier, fue capaz de darle voz a una propuesta diferente de todo lo oído hasta entonces. En aquel momento tenía 25 años, y ya habían corrido diez desde su debut con la excelente agrupación de Antonio Bonavena, cuando, como adolescente que era, tenía problemas legales para que le permitieran actuar con el conjunto en el Petit Salón, sólo apto para mayores. Tras otras experiencias, debutó con Carlos Di Sarli en el disco en diciembre de 1939, y aunque los cantores de orquesta no habían alcanzado aún la preponderancia que pronto lograrían, Rufino ya mostraba la seducción que lo convertiría en una de las grandes voces de la década de oro.

Los directores tuvieron que entender, muy a su pesar, que había llegado la hora de los cantores, pero no la de los líricos (tipo Alberto Gómez) ni de los viriles (tipo Hugo del Carril) sino de los sensibles, llanos y comunicativos. Esto lo demostraba la tremenda atracción que ejercían Angel Vargas, Alberto Castillo, Fiorentino o Roberto Chanel, por más que difirieran entre sí. Luego lo corroborarían Floreal Ruiz, Julio Martel o Alberto Morán. Rufino encajó bien en este molde, que él contribuyó a crear, contando a su favor con su hermoso timbre y la tensión emotiva de su voz.

En los 45 registros que dejó con Di Sarli –un maestro que siempre supo envolver a sus cantores en un cálido clima sonoro, basado en las cuerdas– mostró un estilo pulido, prolijo, sin desbordes ni amaneramientos, a tono con el buen gusto de la época. Aquella serie, reeditada en CD (hay una integral en el sello japonés de Akihito Baba), contiene muchos títulos memorables. Pueden mencionarse “En un beso la vida”, “Charlemos”, “Cascabelito”, “Patotero sentimental”, “Griseta”, “Mañana zarpa un barco”, “Si tú quisieras”, “Tristeza marina”, “Verdemar” y “Todo”, entre otros. Según el discografista Saúl Nicolás Lefcovich, del Abasto como Rufino, éste cantaba con Di Sarli y lamentablemente no alcanzó a grabar “El ciruja”, “Cambalache”, “A la luz del candil” y otros.

Luego de una larga etapa como independiente, en la que llegó a tener a su servicio a músicos de la talla del bandoneonista Antonio Ríos, y en la que cantó y grabó en Uruguay y Chile, ingresó a la orquesta de Enrique Mario Francini y Armando Pontier. Allí debió integrarse a esquemas rítmicos y armónicos mucho más complejos que los disarlianos, y hasta las letras resultaron en promedio mucho más intrincadas. El resultado fue antológico, como lo demuestran “Oyeme” (de Francini y Homero Expósito), “Canción para un breve final” (Pontier y Expósito), “Los despojos” (Dames y Sanguinetti), “Los días pasarán” (Paz y Bahr), “Claveles blancos” (Pontier y José María Contursi), y por supuesto “Nunca tuvo novio” (Bardi y Cadícamo) y “Déjame” (Canaro, Mores y Pelay).

En todos esos años, la trayectoria de Rufino fue coincidiendo o cruzándose con la de Alberto Podestá, otra voz fundamental. También tuvo a su lado a Raúl Berón, con quien en 1949 emigró de Francini-Pontier a Miguel Caló. En los ‘50, pese a algunos buenos momentos, como aquél en que Armando Cupo dirigió la orquesta del cantor y grabaron en discos Orfeo, Rufino perdió el rumbo. Especialmente penosa fue su etapa de estrecha vinculación artística y comercial con Alejandro Romay, que incluye la metamorfosis de Rufino en Boby Terré, cantante de boleros y para colmo enmascarado. Sin embargo, volvió al tango, y todavía dejó aportes valorables, como algunas de sus grabaciones con Leo Lipesker. En 1963 ingresó a la orquesta de Aníbal Troilo, y pese a su voz castigada y ciertos tics que afeaban su estilo, brindó impactantes versiones de “Ninguna”, “María”, “Desencuentro” y “Mensaje”. El material posterior de Rufino, con otros músicos, muestra cada vez más el agotamiento de su garganta. En cuanto a su muy despareja tarea de compositor, incluye, casi como una rareza, el muy inspirado “Eras como la flor”, y en un plano menor “Cómo nos cambia la vida”, “Quién lo había de pensar” y “Calla”.

Definiciones de “El Pibe del Abasto”

“Desde muy chico me gustó el tango. En realidad toda mi vida estuve mezclado con la música de Buenos Aires. Por eso, a mi familia no le pareció raro que yo debutara como cantor profesional a los 14 años. ¡Usaba pantalones cortos! Empecé cantando en el café Nacional y en Radio Mitre, con el maestro Francisco de Rosel. El Nacional era un café típico del Buenos Aires de la década del 30. Estaba en la calle Corrientes casi esquina Carlos Pellegrini. Era angosto y largo como la calle. Mi primer tango como profesional fue “Milonguero viejo”, que en aquella época se cantaba y hoy ya no”.

“No tuve la suerte de conocer a Gardel, aunque nací en la zona del mercado de Abasto en Agüero y Zelaya, cerca de la casa de él. Después fui amigo de Armando Delfino, su apoderado. Un día, estaba actuando en un teatro, se me acerca y me dice: "Roberto, te quiere conocer la madre de Gardel". Entonces lo acompañé y la conocí”.

“Mi mejor época fueron los cinco años que pasé con el maestro Di Sarli. Calcule que él me contrató cuando yo recién empezaba y todavía usaba pantalones cortos. A veces, cuando me daba vergüenza, le robaba un traje a mi hermano, de pantalones largos, gris a rayitas. Así anduve un tiempo, hasta que Di Sarli me compró mi primer traje. No podía actuar de noche de pantalones cortos en las confiterías. Yo, para disimular, trataba de cantar medio escondido detrás del piano. Pero una vez, en la boîte Moulin Rouge, tocaron los dos timbrazos que indicaban que había llegado la taquería (NR: la policía). Entonces, Di Sarli me tiró un sobretodo largo, que me llegaba hasta los pies y me hizo salir por una puerta de atrás. Después de eso, no actué de noche hasta que me compraron el traje con los pantalones largos”.

“¿Cuáles fueron mis mejores éxitos? Curiosamente, los tangos que más me gustaron y que más fueron pedidos por el público, por una serie de imponderables, nunca los grabé: “Cambalache”, “Alma de bandoneón” y “Buenos Aires”.

(Fragmentos de una entrevista que le realizó la revista “Siete Días”, el 15 de octubre de 1973).

 

 

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