Junín. martes 21 de mayo de 2019
Semanario de Junín » Opinión » 29 mar 2019

OPINION

Mandíbula o bocado

Escribe Damián Itoiz.


Escribe Damián Itoiz

“La política es la lucha descarnada por el poder, es ser mandíbula o bocado, obviamente nadie quiere ser bocado”. Jorge Asís.

La lucha por el poder es la expresión más exacerbada de la naturaleza humana en la búsqueda del hombre por imponer su ideología política por encima de la del otro dentro de un esquema civilizado de competencia. Lo que sigue en nivel de virulencia, pero con el mismo objetivo, es la guerra.

Ya alguien ha dicho que la guerra es la continuación de la disputa política por otros medios y el logro más importante de las civilizaciones modernas fue conseguir que los hombres resolvieran esas disputas políticas sin tener que recurrir a esos otros medios.

Pero a pesar de ese avance racional y civilizado de disputar la política, esta no ha dejado, ni dejara jamás de ser la lucha de clases por obtener el poder e imponer a la otra sus intereses.

En definitiva, no dejara de ser con los métodos de la democracia occidental una guerra sin violencia física, pero encarnizada y extrema hasta donde la legalidad lo permita. Y eso está bien, debe ser así, porque la lucha de clases es el fundamento moral que mueve a los hombres a disputar el poder y la génesis misma de los procesos históricos modernos.

¿Para qué luchamos? ¿Por qué peleamos? Son preguntas que tienen como única respuesta la de imponer a los otros los intereses de la clase de la que cada actor político siente que pertenece y representa. Esa es la motivación final y no otra.

Empieza a transitar en estos meses la Argentina esos caminos de la vida política y se empieza a definir en consecuencia el escenario y los actores que lo van a transitar para llegar al poder y desde allí imponer sus ideas, para obtener al fin los privilegios de clase que cada partido representa cumpliendo el mandato histórico de construir, desde la visión que ese partido político tenga, el bienestar de la sociedad que le toque gobernar.

Es entonces necesario comprender que la metodología en esta hora se vuelve amoral y pragmática. La verdad como en la guerra, es la primera víctima en estos procesos y el fin como nunca dijo Macchiavello, justifica los métodos.

El proceso político con todos sus defectos es el campo de batalla que permite la disputa civilizada del poder y es de una necesidad tan importante para las democracias como el aire y el agua para la subsistencia de todos los seres vivos.

Por eso debe ser comprendida cabalmente, en toda su dimensión trascendental, alejada de discursos que montados en moralinas falaces y demagogias oportunas pretenden denostarla. No hay contrato social que se sostenga si no es la consecuencia de esos procesos políticos.

Es entonces allí que el pragmatismo, desnudado al fin de la moral que condiciona los discursos de los hombres, revela de manera descarnada el verdadero objetivo por el que vale la pena luchar y hacer política. Obtener el poder para ejercerlo.

Es un tiempo necesario e indispensable, es un momento de política real y la táctica y la estrategia toman temporalmente la conducción de los partidos. Claro es que si además a esa táctica y a esa estrategia se le suma el romanticismo ideológico que sostiene las diferencias éticas y morales de los partidos en disputa y el sujeto que encabeza a cada uno de esos partidos logra trasmitir con el carisma y el talento necesario su mensaje penetrando en la emoción de los votantes el resultado final es el buscado. Ganar.

Pero ganar es una cuestión de objetivos y gobernar es una cuestión de posibilidades, que casi siempre van muy separadas del discurso de campaña.

La realidad Argentina pone ante nosotros una situación sui-generis, la impericia del gobierno de turno compite por sus propios errores contra el desastre del gobierno anterior. La clave está en ver si la sociedad está más harta de lo que paso que de lo que pasa hoy, decidir qué es lo malo y que es lo peor.

El tiempo ha diluido los desaciertos del pasado y el recuerdo se convirtió en una percepción subjetiva y maniquea, que depende de cuál sea la situación actual del que lo piense. El presente es siempre más trágico que el ayer, porque es la experiencia diaria de cada uno y cada una, nos revela hoy una sociedad ahogada en la miseria y decepcionada en términos económicos.

La coyuntura siempre tiene más influencia que el pasado, por más malo que haya sido ese pasado y el gobierno que encabeza el Ingeniero Macri parece empecinado en darle una chance más al kirchnerismo, equivocándose con notable tozudez.

Es un momento binario y antagónico. Nadie parece merecer ganar las elecciones. Pero en política no hay empate.

La verdad se revela en las urnas y aquella que lo fue hasta hace un rato podrá serlo una vez mas o dejar de serlo y será entonces verdad aquella que fuera en otro tiempo.

La teoría del péndulo se confirma con notable estadística en la Argentina y la verdad como se sabe desde Einstein para acá, es relativa. Y en política la tienen los que ganan.

Es cruel la realidad y es también inevitable y dominar la coyuntura es la clave para planear el largo plazo. El que por pensar el largo plazo se olvida de controlar la coyuntura suele generalmente convertirse en el bocado.

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