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Semanario de Junín » Cultura » 17 abr 2019

TEMPERAMENTO Y CANDOR INOLVIDABLE

Elis Regina, la brasileña que cantaba como quien se enjuaga las lágrimas

Tímida, pequeña, delgada, fuerte, explosiva, empecinada, fantástica, única, maravillosa. Todo eso fue ella. Siempre permaneció fiel al sentir de su tierra y a la promesa hecha en el inicio mismo de su carrera: ser la mejor y entregar el corazón al público.


Por:
Ismael A. Canaparo

Elis Regina Carvalho da Costa nació en Porto Alegre el 17 de marzo de 1945. Fue la mayor de dos hermanos, hijos de un padre porfiadamente ausente y de una esforzada dueña de casa (hija de portugueses), ambos de origen campesino. Falleció en San Pablo el 19 de enero de 1982. Su temprana muerte, a los 36 años, se debió a una sobredosis de cocaína y alcohol.

Tras su fallecimiento, se divulgaron algunas noticias de que la muerte de la artista había sido ordenada por el alto mando de la dictadura militar, aún vigente por entonces, ya que el relato oficial de su autopsia tardó en salir en los medios brasileños, y esto fue objeto de muchas especulaciones. Hasta el día de hoy no se sabe con exactitud qué pasó en su casa ese día tan fatídico.

“Pimentinha”, diminutivo de pimienta en portugués, era el apodo por el que se conocía a Elis Regina, una de las cantantes más importantes de Brasil. Una mujer con carácter, que no temía expresar lo que pensaba, en una época en la que el país estaba inmerso en una dictadura militar. Tan así, que en 1969 frente a la prensa internacional comparó la junta militar con gorilas, agregando que “no quería ofender a los gorilas”. El temperamento y la fuerza de Regina, el contexto histórico en el que se desarrolló su carrera artística y sobre todo, la fuerza de su música, hicieron de ella una extraordinaria estrella y una mujer de profundas convicciones.

Cuentan que de niña siempre la vieron impecable, con trenzas y cintas en el cabello. El aspecto prolijo y la vestimenta de las familias pobres, pero dignas, de la región. Muchas horas sentada frente a la radio la familiarizaron pronto con los ritmos populares y, gracias a las emisoras argentinas, con el castellano.    

Elis comenzó su carrera como cantante a los 11 años en el programa de radio para niños “O Clube do Gurí”,  en la radio Farroupilha. En 1959 fue contratada por Rádio Gaúcha y al año siguiente viajó a Río de Janeiro, donde grabó su primer LP, “Viva a Brotolândia”. Su segundo LP, con Jair Rodrígues, “Dois na bossa”, fijó un récord de ventas nacional.  A finales de los años sesenta y principios de los setenta, Regina ayudó a popularizar el trabajo del movimiento “Tropicalia”, grabando canciones de músicos importantes, como Gilberto Gil.

Joao Gilberto engendró la bossa nova a finales de los 50 y Elis Regina la reinventó en los 60, revolucionando la Música Popular Brasileña. Este logro la encaramó como símbolo de la canción del país carioca, que se rindió a sus pies. A 37 años después de su muerte, nadie ha conseguido disputarle la consideración de cantante de cantantes.

Sin embargo, el brillo de Elis no solo refulgió tras los mejores acordes de la música brasileña, pues se enfrentó con valentía a un régimen militar que la acosó desde los inicios de su carrera hasta su tumba. Aunque tuvo que resignarse a cantar bajo coacción el himno de su país en las olimpiadas militares  (lo que le granjeó sus críticas de una parte de la Izquierda) llegó a denunciar públicamente que su país estaba gobernado por "una camarilla de gorilas" y encargó la canción “O bêbado e a equilibrista”, que interpretó para solidarizarse con los compañeros que fueron encarcelados y tuvieron que exiliarse, expresando así su absoluta repulsa hacia la dictadura imperante.

Al respecto, es interesante reproducir los conceptos del sociólogo Carlos Bouza, en su página “Pikara”:  “Hasta hace no mucho tiempo, todavía se disputaban algunos señores el descubrimiento de esta brasileña de Porto Alegre, de quien se dijo que cantaba como quien se enjuaga las lágrimas o como quien camina sobre un filamento. Ambas imágenes sirven para describir la tristeza mineral con la que Elis interpretaba canciones ingrávidas, como aquel “Inútil Paisagem” que en 1974 cerraba su disco conjunto con Antonio Carlos Jobim. Pero también está aquella Elis que era más bien como el gato de Cheshire de “Alicia en el país de las maravillas”: una cantante cuya sonrisa parecía flotar en el aire cuando desencadenaba la contagiosa alegría de piezas como “Vou Deitar e Rolar”. Elis era, pues, una mujer versátil y de fuertes contrastes, tanto encima del escenario como fuera de él.

Lo cierto es que fueron sus padres quienes la animaron a certificar su valía en un primer contrato, propiciando también que el sello Columbia registrase sus habilidades en un disco inaugural de rocks y calipsos. Otra de las certezas resultó cuando la bautizaron con un nombre que consideraban idóneo para una futura cantante de éxito, y que después fue ella la encargada de perfeccionar su balanço o su swing o su portentosa cadencia, logrando que dentro del pecho le creciese algo que imaginamos como una cinta métrica, pero que en realidad es el secreto nunca desvelado del compás y el fraseo que la hicieron famosa. Ahora bien: nadie se ha peleado nunca por esclarecer quien desató su personalidad mercurial, tal vez porque ese es un episodio bien documentado en su biografía.

Como en el caso de Gilberto, la leyenda habla de una revolución solitaria, a partir de la cual este pequeño furacão, este pequeño huracán del que todos hablan, altera la fórmula intimista de la bossa para conducirla hacia los grandes aforos. Una ruptura que tiene su puesta de largo en noviembre de ese mismo 1964, en el teatro Paramount de San Pablo, donde Elis acaba su actuación entre el clamor de cuatro mil manos batiendo. “Nada me detiene cuando el maestro cuenta uno, dos y tres”, dirá en el futuro, tras una larga constelación de noches similares a sus espaldas. Lo que surge cuando el maestro da el pie puede ser, en fin, cualquier cosa: un lamento, una algarabía. En este momento suena “Agora Ta”, una canción del segundo tipo: Regina entra a pulmón libre, como una niña descubriendo el mar, como una mujer recordando la felicidad de la niña al descubrir el mar. ¿Quién podría siquiera soñar con detenerla?

Otra escena fundacional: en 1965, una multitud carioca se sienta ante el televisor para disfrutar del primer Festival de Música Popular Brasileña, al que Elis Regina se presenta con “Arrastao”, una nueva composición que lleva la rúbrica de Edu Lobo y Vinicius de Moraes. La calidad de la filmación acusa hoy los rigores del tiempo, pero hay algo irreductible no solo en la voz de Elis, sino también en su cuerpo, o en como su cuerpo entero se pone al servicio de la música. El fragmento que ha sobrevivido dura poco más de un minuto, pero su valor es extraordinario por varios motivos. El más evidente es que recoge un momento particularmente dulce en la carrera de Regina, quien con los brazos imitando al Cristo Redentor y los ojos como bengalas está a punto de convertirse en la cantante mejor pagada de Brasil. Para el país entero, la actuación jalona un acontecimiento aún más significativo culturalmente, en cuanto que marca el pistoletazo de salida del MBP.

Pero, en contraste con el cariño popular, la artista se gana entre sus compañeros una discutida reputación de mujer áspera e intratable. Para Caetano Veloso es esa compañera “llena de talento”, pero “cursi y vulgar”, cuyo temperamento bronco parece mirar en dirección contraria a la sutil precisión con la que se enfrenta a su arte. Para Vinicius será siempre “pimetinha” (“pimientita”), un apodo indulgente que ella siente como algo parecido a un disparo. Porque quién sabe nada, en realidad, de esta mujer que apenas justificó sus turbulencias ante la escritora Clarice Lispector, confesándole su condición de ciclotímica que pasaba rápidamente de besar el cielo a morder la tierra.

Una intuición: puede que el problema con Elis no fuese tanto una consecuencia de sus fluctuaciones emocionales como el resultado del enorme grado de poder y autonomía que llegó a conquistar: un logro imperdonable en una industria poco habituada a bregar con mujeres que renunciasen a ser meros peones en manos de los grandes empresarios. En ese sentido, Elis encarna una distorsión incómoda, pese a que únicamente exigía lo que era justo: composiciones de calidad, músicos rigurosos, el derecho a no hacer concesiones. No obstante, el modo en que aprovechaba cualquier intervención para blindar su mala fama provoca corrientes de placer diabólico. “Si tener genio, ser exigente y rechazar el ser relegada es tener mal carácter, entonces lo tengo”. Subiendo la apuesta: “Entre la espada y la pared, me lanzo hacia la espada”. Resumiendo: “Poca gente morirá conociéndome”.

La musa de Brasil

“Medía 1,55 m, era estrábica y la llamaban eliscóptero por la manera en que movía sus brazos mientras cantaba o pimientinha a causa de su carácter. Fue la musa inspiradora de varias generaciones de autores. Milton Nascimento, Renato Texeira, Joao Bosco y Aldir Blanc compusieron pensando en ella. Fue la cresta de una ola de modernidad que atravesó la música brasileña desde mediados de los ‘60 hasta avanzados los ‘80. Murió el 19 de enero de 1982, a las 11.45. Tenía 36 años y una mezcla de cocaína (que consumía en su casa y en secreto) y alcohol terminó con la carrera de quien había empezado cantando “Adiós Pampa mía” de pequeña y llegó a convertirse en un mito. Elis Regina dejó una veintena de discos imprescindibles, entre ellos el recordado Elis e Tom junto a Tom Jobim, actuó unas cuantas veces en Buenos Aires (la última, embarazada de su hijo menor) y sigue siendo una de las figuras principales de la música americana de tradición popular”. (Página/12, 19 de febrero de 2003).

 

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