Junín. martes 21 de mayo de 2019
Semanario de Junín » Locales » 11 may 2019

aniversario

A 45 años del crimen de Carlos Mugica, un cura comprometido con los humildes

Lo mataron de cinco balazos en la puerta del templo donde acababa de oficiar misa el 11 de mayo de 1974. Mientras agonizaba, alcanzó a balbucear: “nunca más que ahora debemos estar unidos junto al pueblo”.


Por:
Ismael A. Canaparo

Cuando todos creíamos que Leo Messi se había transformado en el argentino más importante del mundo, una nueva sorpresa vino a sacudir nuestra modorra lagrimera. Hace un poco más de seis años nos conmovió la sorpresiva elección del cardenal Jorge Bergoglio como nuevo pontífice, que lo elevó a un pedestal mayúsculo, como nunca ocurrió con un connacional, ahora el más importante de la historia. Tenemos a Gardel, a Maradona, a la Pulga, a Luis Angel Firpo (juninense, a mucha honra) y ahora… ¡el Papa…! ¿No será mucho? ¿No será que desde el más allá nos invitan a reconciliarnos, a cerrar la grieta y a transitar el definitivo camino a la gloria cultural y humanista?

Como Bergoglio fue un “cura villero”, asiduo concurrente a la zona de emergencia del barrio de Retiro, donde se la pasaba mateando de casa en casa, sin otro regalo que su palabra, se me vino a la memoria, como una cascada imparable, una relación cercana que tuve con otro “villero” empedernido: Carlos Francisco Sergio Mugica Echagüe, asesinado un 11 de mayo de hace cuarenta y cinco años. El contacto y el deseo expreso de la nota tuvo como protagonista a Elsa, hermana de Pocho Sabella, uno de los propietarios del desaparecido diario “Mundo Nuevo”. La entrevista, publicada en junio de 1972, se realizó en una humilde habitación del altillo de la casa de sus padres, una lujosa mansión ubicada en Gelly y Obes 2230. “Venite entre las dos y tres de la tarde, porque es el único momento que visito a mis viejos”, me había adelantado telefónicamente.

La charla giró, primero, en torno al Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo y de su labor en el Instituto Pastoral de Villas de Emergencia. Contó que el “aggiornamiento” de la Iglesia a través de las encíclicas y el Concilio Vaticano II, así como la influencia de prelados progresistas argentinos y latinoamericanos, encontraron decidido apoyo en él. Y agregó que la influencia de este movimiento renovador “no tardaría en identificarse mayoritariamente con el peronismo”.

También en la nota habló de su llegada a Juan Domingo Perón. A raíz de que su padre había sido canciller de Arturo Frondizi, le pidió que movilizara sus relaciones para pautar una entrevista con Perón en Madrid. En marzo de 1968 viajó en un vehículo destartalado desde París hasta Puerta de Hierro y habló durante una hora con el líder exilado. Quedó tan fascinado que se transformó en un gran admirador, a partir de lo cual empezó a compartir cada una de sus decisiones.

Antes de volver al país aceptó la invitación de John William Cooke, figura destacada de la izquierda peronista, que le envió el pasaje para visitar Cuba. Sobre Cuba dijo: “Cuando tuve la ocasión de conocer la experiencia cubana, realmente vi una vida dura. Ningún adulto puede tomar vino ni leche. Pero todo niño menor de siete años tiene un litro de leche por día. Y uno piensa: muy bien, desde las pautas burguesas resulta difícil. No se puede tomar Coca- Cola, cerveza ni vino. Pero, ¿es necesaria la Coca-Cola para la salvación eterna? Desde las pautas del Evangelio, ¿no estará mucho más cerca de él esta sociedad que la que nos presenta cantidad innumerable, lujuriosa, de bienes, aunque muchos no los puedan ni oler?”

Decía, además, que el contacto con la gente humilde lo acercó al peronismo. Y lo explicó así: “Mirá, vos tenés que optar por aquel movimiento, aquel partido que exprese fundamentalmente a los humildes, a los pobres. Por aquel partido o movimiento que desde los pobres luche por el bien de todos. Yo personalmente pienso que hoy en la Argentina ese movimiento es el movimiento peronista”.

Con el esfuerzo común, levantó su capilla Cristo Obrero en el barrio villero de Comunicaciones, esa “ciudad oculta”, a las puertas de Retiro. La defensa de los intereses de los más humildes, lo llevó a enfrentarse con las altas jerarquías eclesiásticas. También tuvo fuertes cruces con las autoridades de la Universidad de El Salvador, donde tenía dos cátedras a su cargo. Las misas que oficiaba eran motivos de controversias y sus sermones muchas veces eran tergiversados por la prensa de turno. La homilía que improvisó en el funeral a los Montoneros Carlos Ramus y Fernando Abal Medina le valió una semana de cárcel, imputado por “apología del delito e incitación a la violencia”, además fue suspendido de sus funciones eclesiásticas durante 30 días, ordenado por el obispo Juan Carlos Aramburu. Ese mismo año, al regresar Perón de su exilio, una de las pocas visitas efectuadas por el General fue a la villa del Padre Carlos.

Tras la asunción de Héctor Campora, hecho ocurrido el 25 de mayo de 1973, Mugica aceptó un cargo (no rentado) de asesor del Ministerio de Bienestar Social, aunque luego se desvinculó de él por sus discrepancias con el ministro José López Rega, que posteriormente tendría el dudoso honor de ser el fundador de la no menos célebre "Triple A". La explicación de Mugica fue sencilla: "No había comunicación entre el ministerio y los villeros".

De todos modos, comenzaron a tomar cuerpo otras preocupaciones para el sacerdote: una noche, ante algunos colaboradores, manifestó que "López Rega me va a matar". Pero por esos días le había dicho a un periodista que "no tengo miedo de morir. De lo único que tengo miedo es de que el arzobispo me eche de la Iglesia", agregando luego: "Nada ni nadie me impedirá servir a Jesucristo y a su Iglesia, luchando junto a los pobres por su Liberación. Si el Señor me concede el privilegio, que no merezco, de perder la vida en esta empresa, estoy a su disposición".

¿QUIEN MATO A MUGICA?

Caían las primeras sombras de la noche de aquel triste sábado del 11 de mayo de 1974. Mucha gente se aprestaba a concurrir a la Parroquia San Francisco Solano, Zelada 4771, barrio de Villa Luro, en la Capital Federal. El Padre Carlos Mugica celebraba –como todos los sábados- la que sería su última misa. En la predica después de leer el evangelio, sus palabras dan nueva vida a las palabras de Jesús: “Les doy un mandamiento nuevo. Que se amen unos a otros como yo los amé. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”. Todo el templo vibró ante la energía, el entusiasmo y la alegría que contagiaba el cura villero.

Terminada la ceremonia saluda a muchos, entre ellos a una madre embarazada, y se retira acompañado por su amigo Ricardo Copelli, tratando de abordar su humilde Renault 4L. A pocos pasos fue interceptado por un hombre joven, quien desde corta distancia disparó una ráfaga de metralleta. Mugica recibió cinco balazos, los dos primeros en el tórax, otro en el abdomen y los restantes en un codo y la espalda. Trasladado al Hospital Salaberry, murió a las 21.50. El Padre Jorge Vernazza, que estuvo a su lado después de la tragedia, contó que las últimas palabras del cura fueron: “Nunca más que ahora debemos permanecer unidos junto al pueblo”. ¿Quiénes fueron los cerebros del asesinato? La historia apunta claramente a la Triple “A”, encabezada por José López Rega. ¿El ejecutor? Algunos testigos creyeron reconocer al comisario Rodolfo Eduardo Almirón, uno de los principales secuaces de “Lopecito”. Almirón fue extraditado desde España y murió en la Argentina en 2009, tras haber pasado detenido en prisión un breve lapso y ser beneficiado con arresto domiciliario. El despertar de ese domingo 12 no tuvo gusto a medialunas calientes con el desayuno en la cama, sino un enchastre de luto que se contagió en las lloviznas de una tarde amarillenta.

Como hacía cada vez que necesitaba reflexionar, a mediados de abril de 1974, junto a sus dos amigos Héctor Botán y Jorge Vernazza, viajó a Los Toldos a visitar a Mamerto Menapace, el prestigioso y respetado monje benedictino del monasterio Santa María. Años después, Mamerto contó que al despedirse, Carlos le dijo: “Hermano, este año muchos nos vamos a encontrar con Dios”. Una charla premonitoria.

El Padre Mugica tenía “angel”, carisma. Se hacía querer. Incluso por sus enemigos. Era de temperamento apasionado, “calentón”, del que se embala rápidamente. Pero embestía de frente. A cara limpia. Sin más armas que su crucifijo y su manera combativa de entender su sacerdocio. Fue muchas veces arbitrario, injusto. Lo reconoció. Tan rápido para la equivocación como para la rectificación. Pero en todos los casos de buena fe, sin mala conciencia, sin especular. Seguía siendo “Carlitos”. ¿Político o sacerdote? Cuando se le planteó optar entre la política y su sacerdocio, siempre eligió los hábitos. Por eso rechazó la candidatura a diputado que le ofreció el propio Perón.

Quisimos recordar a Mugica a cuarenta y cinco años de su asesinato tan cobarde, como así su relación cercana con Jorge Mario Bergoglio, simplemente porque el nuevo jefe supremo de la Iglesia Católica fue un defensor acérrimo de los “villeros”, como solía llamarlos, y también asiduo visitante de la 31 y de la Capilla Cristo Obrero, en el Barrio Comunicaciones, cercana a la zona de Retiro. Bergoglio no jugaba al fútbol con los muchachos de la villa como Carlos, pero en casa en casa se trenzaba en largas charlas futboleras, entre buñuelitos y tortas fritas, oportunidad que aprovechaba para destacar su amor por San Lorenzo, los forzosos de Almagro. Mugica, en cambio, no disimulaba su cariño por Racing, como varios famosos: Gardel, Atahualpa Yupanqui, Perón, Piazzolla, Francella, Ceratti y tantos otros.

El sacerdote fue enterrado primeramente en el cementerio de la Recoleta, hasta que en 1999, en un acto de justicia, sus restos fueron trasladados a la Parroquia Cristo Obrero, donde amó y fue amado sin condiciones.

“Meditación en la villa”: Oración que Carlos Mugica escribió en 1972

“Señor, perdóname por haberme acostumbrado a ver que los chicos que parecen tener ochos años tengan trece;
Señor, perdóname por haberme acostumbrado a chapotear en el barro; yo me puedo ir, ellos no;
Señor, perdóname por haber aprendido a soportar el olor de las aguas servidas, de la que me puedo ir y ellos no;
Señor, perdóname por encender la luz olvidándome de que ellos no pueden hacerlo;
Señor, yo puedo hacer huelga de hambre y ellos no: porque nadie hace huelga con su hambre;
Señor, perdóname por decirles: ‘No sólo de pan vive el hombre’, y no luchar con todo para que rescaten su pan; Señor, quiero quererlos por ellos y no por mí. Ayúdame.
Señor, sueño con morir por ellos; ayúdame a vivir para ellos.
Señor, quiero estar con ellos a la hora de la luz. Ayúdame”.

El cura villero se confiesa

Un año antes de su muerte, Carlos Mugica contaba parte de su vida a la revista “Cuestionario” (Nº 1, de mayo de 1973): “Nací en el palacio Ugarteche, creo que lo llaman el palacio de los Patos y siempre viví en Barrio Norte. El colegio, mis amigos eran todos como yo. Mi familia tenía una honda fe cristiana y fui criado en un clima de piedad religiosa. Pero era una fe trascendentalista, muy preocupada por la salvación del alma, que no turbaba para nada la conformidad que sentíamos hacia todo lo que nos rodeaba. El otro mundo, el mundo de los humildes, no lo conocía. Me acuerdo, sí, de un amigo del barrio, Giménez, hoy estanciero, que era distinto; tenía una forma especial de hablar con los pobres: simplemente se daba, me acuerdo de él por eso: porque se daba, se daba más que yo. En aquella época tenía, sin embargo, ocasión de tocar las cosas del pueblo. Yo soy hincha fanático de Racing, me gustaba mucho ir a la cancha. A mi padre no le sobraba la plata: éramos siete hermanos. Entonces a mí me daba un peso por semana; la popular en ese tiempo valía 50 centavos… yo iba a la popular con Nico, el hijo de la cocinera. En la cancha, durante el viaje de ida y al regreso, Nico y yo, compartíamos las mismas cosas; además éramos iguales, bueno… éramos todos iguales: era la alegría simple del pueblo y Nico y yo estábamos allí. El mundo de la burguesía, en cambio, es el mundo de las diferencias; está la puerta de servicio y la entrada de la gente; una comida para el personal de servicio y una comida para los patrones. Con el fútbol me agarraba unas ronqueras bárbaras, pero además tenía problemas de conciencia. Yo era muy piadoso… y en mis oraciones le pedía siempre a Dios que ganara Racing el domingo, mi hermano Alejandro era de River, y él le pedía a Dios que ganara River… yo pensaba 'ahora no sé cómo se va arreglar Dios, y bueno…entonces habrá empate'”.

“Yo era un muchacho piadoso y, a mi manera, feliz. Primero, iba aprender que había otra clase de felicidad… después lo otro: otra clase de piedad. Me acuerdo que un día charlando con mi confesor, el entonces padre Aguirre, hoy obispo de San Isidro, le dije: 'Padre, hoy me siento un tipo feliz: primero, porque hay una chica que creo me lleva el apunte; segundo, porque Fangio acaba de ser campeón mundial y tercero, porque Racing va primero'. Esa era toda mi problemática en aquella época. Pienso que mi vida se hubiera derrumbado si Fangio volcaba con el coche o Racing perdía dos a cero. El padre Aguirre se sonrió y me dijo: 'Mirá, yo creo que la felicidad depende de cosas más profundas…'. Después lo descubrí. Un tipo extraordinario el padre Aguirre, era un hombre que se daba, un hombre que vivía para los demás. A él, después de Dios y mi madre le debo la vocación sacerdotal. Además, me hizo pensar por primera vez que la felicidad no está en las cosas de uno, sino en las cosas de los demás. Por todo eso, creo que es una de las personas importantes en mi vida. Fue un encuentro decisivo. El otro vendría mucho después, cuando estrellé con un letrero escrito en el sueño de un callejón. Mi mundo era un mundo homogéneo y sin conflictos, en el que, sin embargo, el padre Aguirre había abierto la primera, pequeñísima brecha. Todavía mi piedad y mi felicidad vestían su vieja piel. Hasta los 19 años no se me había cruzado por la cabeza que yo podría ser sacerdote. A los 21 entré en el seminario: estaba todavía en tercer año de Derecho. La enseñanza que daban en el seminario, la lectura y la meditación de la Biblia, donde está indicado claramente que Dios viene por todos, pero que, principalmente Dios viene para los pobres, me habían hecho ver que el sacerdote está llamado a una vida austera, abierta a la vida de los humildes. Todavía era seminarista y entré a trabajar al lado del padre Iriarte, hoy obispo de Reconquista, que era teniente cura en la parroquia de Santa Rosa. El padre Iriarte visitaba a la gente de la parroquia. No la esperaba, la iba a buscar. No se trataba solamente de ir con la palabra de Dios, se trataba de recoger la palabra de los hombres. Tratábamos de hablar con la gente, de comprender. Era un barrio popular y la gente humilde siempre tiene problemas. Había que evangelizar, llevar a cada uno la seguridad de que todos eran hijos de Dios, pero aparte, había que tratar de llegar a todo lo demás. A fines de 1954 y durante todo el año 55, íbamos con el padre Iriarte a visitar a la gente en sus casas. Una vez por semana, íbamos a un conventillo que quedaba en la calle Catamarca y charlábamos con la gente. Yo preparaba unos muchachos que luego tomaron la primera comunión. Los domingos jugábamos al fútbol. Como en aquellas idas a la cancha con Nico, era mi otra gran experiencia de ese mundo, el mundo de los humildes del cual yo había vivido siempre distante. Pero esta vez, me iba a dar cuenta que era más adentro, bien adentro”.

“Eran los días finales del gobierno peronista. En mi familia, mi padre estaba prófugo y tenía dos hermanos en Villa Devoto. En el Barrio Norte se echaron a vuelo las campanas y yo participé del júbilo orgiástico de la oligarquía por la caída de Perón. Una noche, fui al conventillo como de costumbre. Tenía que atravesar un callejón medio a oscuras y de pronto, bajo la luz muy tenue de la única bombita, vi escrito, con tiza y en letras bien grandes: “Sin Perón, no hay Patria ni Dios. Abajo los cuervos”. La gente del conventillo me conocía bien, yo había intimado bastante con ella durante todo ese tiempo (después seguí yendo, casi todo el año 56). Sin embargo, para mí lo que ví escrito fue un golpe: esa noche fue el otro momento decisivo en mi vida. En la casa encontré a la gente aplastada, con una gran tristeza. Yo era un miembro de la Iglesia y ellos le atribuían a la Iglesia parte de la responsabilidad de la caída de Perón. Me sentí bastante incómodo, aunque no me dijeron nada. Cuando salí a la calle aspiré en el barrio la tristeza. La gente humilde estaba de duelo por la caída de Perón”.

“Y si la gente humilde estaba de duelo, entonces yo estaba descolocado, estaba en la vereda de enfrente. Me acordé de María. Había ocurrido hacía mucho tiempo, lo tenía olvidado. Un verano había ido con mi hermano, en las vacaciones, al campo. Entonces, les escribí a mis padres. En la despedida de la carta había puesto: “Saludos a las sirvientas”. Cuando volvimos, María me dijo: “Carlos, nosotros no somos sirvientas: somos seres humanos”. Era la misma cosa que el letrero del callejón. Si María hubiera escrito en una de las paredes de mi casa “… somos seres humanos”, bueno… se lo hubieran hecho borrar o tal vez la hubieran echado. Sí, yo estaba en la vereda de enfrente. Ahora la gente pobre estaba de duelo y debía pensar en el significado de esa tristeza. Cuando volvía a casa, a mi mundo, ese mundo que en esos momentos estaba paladeando la victoria, sentí que algo de ese mundo, ya, se había derrumbado. Pero me gustó”.

OPINÁ, DEJÁ TU COMENTARIO:

NEWSLETTER

Suscríbase a nuestro boletín de noticias

VIDEOS