Junín. lunes 24 de junio de 2019
Semanario de Junín » Locales » 8 jun 2019

Leila Guerriero

El negocio del miedo

Por el día del periodista, la escritora de Junín disertó en la UNNOBA sobre el oficio de escribir. 'El negocio del miedo'. Escribir y volver a hacerlo con los temores de ¿tendré algo para decir?


En el coqueto y moderno auditorio de la Universidad del Noroeste, la UNNOBA de Junín, disertó e intercambió ideas Leila Guerriero. La escritora de Junín, desde el púlpito del anfiteatro y por el día del periodista, vino a su ciudad natal para versar sobre el oficio de escribir. 'El negocio del miedo', un título que a cualquier aprendiz paralizaría antes de emprenderlas con algún teclado desafiante y un oficio maravilloso.

 

Deleitó su texto, el modo de contarlo, las pausas, los silencios y el fraseo. Leila, como cualquier periodista, trabaja en el negocio del miedo. Y a ella también le pasa. La hoja en blanco pregunta si habrá algo para decir, algo para contar. 

"Yo no estoy en el negocio de la felicidad. No estoy en el negocio de la alegría. No estoy en el negocio de la satisfacción, ni del placer, ni del gozo, ni de la dicha. Yo estoy en el negocio del miedo. Estoy en el negocio de “siempre salió bien pero esta vez puede salir mal”. En el negocio de “quiero hacerlo como nunca lo hice antes pero es posible que no lo logre”. En el negocio de “¿siempre tendré algo para decir?”.

Ahora, por ejemplo, mientras escribo esto, sé que al terminar obtendré algo parecido al alivio. Pero sé también que ese alivio durará poco y que, apenas después, el desasosiego volverá a comenzar y estaré asediada por las mismas preguntas de siempre: qué decir, cómo decirlo, para qué.

Desde 2001, y durante un par de años, me aboqué a tomar clases de tango cuatro o cinco veces por semana: tomé clases tradicionales y de vanguardia, hice seminarios específicos sobre giros y sacadas, deambulé por diversas escuelas y profesores. Hasta que un día empecé a sentir un dolor invencible en la planta del pie. Cada vez que giraba o que caía sobre el metatarso, sentía que una piedra se me hundía en la carne. De modo que fui a consultar a un traumatólogo.

El hombre me revisó, me dijo que iba a indicarme sesiones de kinesiología pero que, si seguía bailando, el alivio sería sólo pasajero: que ningún pie está preparado para girar y caer sobre sí mismo durante horas, cuatro o cinco días por semana, embutido en un zapato de taco. Lo miré con asombro y le pregunté: “¿Entonces esto es normal?”. Su respuesta fue una pregunta: “¿Usted les miró los pies a alguna de sus profesoras de tango?”. Dije que no y era verdad: los pies de mis profesoras de tango permanecían embutidos dentro de zapatos de taco iguales a los míos.

La clase siguiente la tomé con una profesora que además era amiga y le pedí que me mostrara los pies. Lo que vi me dejó aterrada: dedos torcidos, huesos como picos, falanges que parecían machacadas con un martillo. Le pregunté: “¿Esto es normal?”. “Todas las bailarinas tenemos los pies así”, me respondió. “¿Y no te duelen?”. “Todo el tiempo”.

Esa respuesta acabó con mis clases de tango. Me gustaba bailar, me gustaba ese mundo donde no importaban ni la edad ni la forma de los cuerpos sino su exquisita gracia, pero no estaba dispuesta a vivir con dos extremidades laceradas para siempre. No sentí pena al dejarlas, pero sí indignación por el hecho de que nadie me hubiera advertido que avanzaba por un campo minado en el que, antes o después, aparecería el dolor.

Antes o después, el dolor de la piedra de la escritura aparece. En ocasiones, bajo la forma de esas frases que mencioné al principio: “siempre salió bien pero esta vez puede salir mal”; “quiero hacerlo como nunca lo hice antes, pero es posible que no lo logre”, “¿siempre tendré algo para decir?”. Y, para combatirlo, no hay más antídoto que la convicción de que no se quiere hacer otra cosa.

El escritor norteamericano David Foster Wallace escribió, en 2005, el discurso de graduación para los egresados de la Universidad de Keyton. Es un ensayo llamado Esto es agua, donde dice: “Ustedes deciden qué es lo que van a adorar, porque (…) en el día a día de la vida adulta no existe tal cosa como el ateísmo. No existe tal cosa como no adorar nada. Todo el mundo adora algo. La única elección está en qué decidimos adorar. Y una gran razón para decidir adorar a algún dios o algo parecido a un espíritu –llámese Jesucristo, Allah, Yavé, la Diosa Madre, Las Cuatro Nobles Verdades o un conjunto de principios inquebrantables– es que prácticamente cualquier cosa que adores te comerá viva”.

No sé qué será la escritura para los demás, pero para mí es una pulsión ineludible y una forma de organizar el mundo. Hablo del mundo de ahí afuera –de todas esas personas y todas esas aves y todas esas alfombras y barcos y puentes y colchones y almejas y bacterias–, pero también del mundo de aquí adentro, de mi mundo lleno de un ruido blanco y cenagoso que sólo deja de ser un balbuceo demente cuando escribo.

Poniéndolo en palabras de Foster Wallace, es probable que la escritura me esté comiendo viva. Y yo estoy dispuesta a dejarla. (...)

Cada vez que me siento a escribir, soy esa mujer sin esperanza, pero sin lugar a dudas entregada a una convicción imposible(...) ¿podré hacerlo? ¿Lo habré hecho alguna vez? No lo sé, pero eso, esa incertidumbre, es el salario que se cobra el miedo. Y yo se lo pagaré. Toda la vida. Quizá a quienes estén dispuestos a entrar en este negocio deberían preguntarse si están dispuestos a pagarlo".

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