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Semanario de Junín » Cultura » 15 jul 2017

UN POETA ÚNICO Y PERSONAL

La búsqueda de la lengua, según Girri

Fue el poeta preferido de los poetas. Vivió con suma modestia y se consideraba un aristócrata y, a la vez, un reo porteño.


Por:
ISMAEL CANAPARO

Alberto Girri figura en las antologías como miembro de la Generación del ‘40 (Olga Orozco, Enrique Molina, Edgar Bayley, etc.), que tuvo una actitud de extremo vitalismo y de celebración de la sensualidad y la materia. Pero sobre todo, fue uno de los pocos poetas de su franja que renegaba del surrealismo.

Nació y murió en Buenos Aires (27 de noviembre de 1919 – 16 de noviembre de 1991), ciudad a la que agradeció el anonimato y la posibilidad de aislarse. Su primer libro "Playa Sola" fue publicado en 1946. Colaborador del suplemento literario de La Nación y de la revista Sur, es considerado un personaje brillante entre la "generación de los cuarenta", aunque el estilo de su obra es tan personal que se resiste al encasillamiento. Los versos de Girri son más ascéticos que las ideas que representan, quizá en concordancia con su pensamiento de que "lo espiritual de la vida está en el despojamiento y no en la posesividad". Su producción principal se compone de más de treinta volúmenes de poesía y varios libros de prosa. Como si fuese poco, fue también un entusiasta traductor y divulgador de la obra de Elliot, Spender y Wallace Stevens, con los que compartía la visión estética de que la poesía es un vehículo del pensamiento filosófico.

Girri se sumergía en el terreno de la desmesura, sabiendo de antemano que había límites precisos: indagar en el misterio como si fuera posible, montado en una parca sensatez. “Alberto se metía en la precisión sagaz y deslumbrante de Eliot, en las lecturas jugosas poco después de la adolescencia de Nietzsche y Schopenahuer, trazando si se quiere su camino. Se introducía en aquellos grandes temas inefables (Dios, la Justicia, la muerte), pero no olvidaba el registro de la propia conciencia en la búsqueda. “En verdad su único y verdadero estímulo”, decía el periodista Camilo Sánchez.

Tuvo un derrotero muy austero. Profesor de Letras, acreedor del Premio Guggenheim en 1964, vivía desde 1967 de la mínima beca mensual que le otorgaron por ser Premio Nacional de Literatura, en ese mismo año. No había en sus días grandes excesos, se las arreglaba con la justeza con que tramaba sus poemas. Por su apuesta, no le quedó otro recurso que armar, palmo a palmo, su propia voz lejos de las ataduras o enmarcaciones de una escuela literaria. “Poetas como Artaud o Girri llegaron más lejos: crearon otros géneros”, escribió Daniel Freidemberg, en un ensayo que el propio Girri leía con un agrado que le costaba disimular.

Los premios nacionales de poesía del período 1961-65 correspondieron a Silvina Ocampo, Alberto Girri y Jorge Vocos Lescano, autores cercanos a la revista Sur. Este acontecimiento fue celebrado en la sede de la editorial y el orador principal fue Jorge Luis Borges. En esa oportunidad Borges le dedicó a Girri unas pocas palabras: “... ha buscado y sigue emprendiendo las aventuras más audaces del arte contemporáneo, al mismo tiempo ha traducido ejemplarmente a Donne. Y este hecho tiene una significación especial ya que esas traducciones no están hechas como un ejercicio filológico sino porque hay una esencial afinidad entre el traducido y el traductor. Por lo demás Donne está quizás más cerca de nuestra sensibilidad que de la sensibilidad de muchos de sus contemporáneos. Y de igual manera que Donne buscó no la poesía de la dulzura que todos buscaban en su tiempo, sino esa otra poesía, no menos admirable y ardua, de lo áspero, así Girri ha buscado deliberadamente la misteriosa poesía de la aspereza y de lo -pero sólo aparentemente- caótico”.

Los tangueros memoriosos se deben acordar perfectamente. En su momento, allá por noviembre de 1966, una noticia sacudía el ambiente musical. Ben Molar en un esfuerzo sin precedentes, acercaba al tango a catorce poetas y escritores, seleccionados entre los más importantes hombres de letras del país. Estos fueron los elegidos: León Benarós, Jorge Luis Borges, Nicolás Cocaro, Córdova Iturburu, Florencio Escardó, Baldomero Fernández Moreno, Alberto Girri, Leopoldo Marechal, Carlos Mastronardi, Manuel Mujica Láinez, Conrado Nalé Roxlo, Ulises Petit de Murat, Ernesto Sabato y César Tiempo. Con  “14 con el Tango” (así se llamó el disco), trató todos los estilos: el tango, el tango canción, el tango milonga, el tango de vanguardia y el tango lunfardo.

Una vez conseguidas las letras de estos importantes hombres, del más alto nivel de la literatura argentina, rastreó entre los músicos más famosos y más populares del tango. Ellos fueron: José Basso, Miguel Caló, Juan D'Arienzo, Alfredo De Angelis, Julio De Caro, Enrique Delfino, Lucio Demare, Osvaldo Manzi, Mariano Mores, Sebastián Piana, Astor Piazzolla, Armando Pontier, Héctor Stamponi y Aníbal Troilo. La idea estaba en marcha, se reunían periódicamente y ajustaban, retocaban, modificaban, hasta realizar los catorce tangos, que significaban el esfuerzo más importante que se tenga memoria: artistas famosos de la literatura acercándose a la música popular.

Como complemento y toque final de este magnífico emprendimiento, se acercó también a la propuesta, a catorce artistas plásticos del más alto nivel de la pintura argentina: Carlos Alonso, Héctor Basaldúa, Carlos Cañás, Santiago Cogorno, Zdravko Duckelic, Raquel Forner, Vicente Forte, Mario Darío Grandi, Julio Martínez Howard, Onofrio Pacenza, Leopoldo Presas, Luis Seoane, Raúl Soldi y Carlos Torrallardona.

El resultado de esta fecunda tarea fueron catorce títulos: “Alejandra”, de Ernesto Sabato y Aníbal Troilo; “Bailate un tango Ricardo”, de Ulises Petit de Murat y Juan D'Arienzo; “Como nadie”, de Manuel Mujica Láinez y Lucio Demare; “Elegía”, de Alberto Girri y Osvaldo Manzi; “En qué esquina te encuentro Buenos Aires”, de Florencio Escardó y Héctor Stamponi; “La mariposa y la muerte”, de Leopoldo Marechal y Armando Pontier; “Marisol”, de Córdova Iturburu y Sebastián Piana; “Milonga de Albornoz”, de Jorge Luis Borges y José Basso; “Nadie puede”, de César Tiempo y Enrique Delfino; “Oro y gris”, de León Benarós y Mariano Mores; “Sabor de Buenos Aires”, de Carlos Mastronardi y Miguel Caló; “Setenta balcones y ninguna flor”, de Baldomero Fernández Moreno y Astor Piazzolla; “Tango para Juan Soldado”, de Conrado Nalé Roxlo y Alfredo De Angelis y “Un silbido en el bolsillo”, de Nicolás Cocaro y Julio De Caro

Hablando de su incursión en el tango. Girri confesaba: “Hice algunos intentos. Uno de ellos apareció en ese grupo que se llamó “Catorce para el tango”. Pero no es gran cosa. Hubo que adaptar la letra a las exigencias de la música, complicaciones que no ayudaron para nada. Eran tiempos de desvaríos juveniles, donde uno cree que puede hacer esto y lo otro. Tengo para mí la idea de que solamente se puede hacer más o menos bien una sola cosa, toda versatilidad me parece sospechosa. Además, hay algo esencial: para una persona, que vive en Buenos Aires, con largos años como yo, componer un tango puede llegar a ser un juego trivial. Lo que verdaderamente importa es que eso tenga un valor artístico determinado y una obra de arte popular, como es el caso de los tangos de Julio De Caro, es tan dificultosa, tan valiosa y tan rara como una obra de arte de la música clásica. Mucha gente me preguntaba si yo no pensaba en una poesía genuina, verdadera, más que en la difusión. En realidad, esto me alimenta a mí, de una manera subterránea. Cada uno tiene sus propias normas internas, de las cuales a veces es responsable y a veces no lo es, le vienen del ámbito que le toca vivir. Respecto del tango, hubo algunos prejuicios de mi parte, prejuicios racionalistas y psicológicos. Racionalistas porque he llegado a la conclusión de que el tango es una cosa totalmente extinta desde hace más de 50 años, en el sentido de que no se puede seguir hablando de una realidad que ya no existe, y componer letras que retóricamente son la reiteración de algo que antes correspondía a una realidad y ahora no. Y prejuicio psicológico en el sentido de que soy absolutamente antinostálgico. Me parece que mirar hacia atrás es una negatividad algo destructiva. Sin contar que con el paso de los años uno mismo acaba por transformarse en objeto de nostalgia”.

Los grandes hablan de él

Girri y Borges fueron constantes amigos durante varias décadas y se admiraron mutuamente. “De Girri puedo decir esto: a veces no lo he entendido; pero siempre que lo he entendido, lo he admirado. A veces el poema me ha excluido, sin duda por incapacidad mía, no por torpeza suya. Yo querría conversar con él, y querría pedirle, humildemente, explicaciones sobre algunas cosas”, fue uno de los magníficos elogios que le tributó el fantástico autor de El Aleph.

Por otra parte, figuras cumbres de la literatura mundial y de nuestro país tuvieron expresiones admirativas sobre la obra de Girri. A continuación se transcriben las incluidas en un artículo periodístico publicado por el diario La Nación del 11 de noviembre de 2011.

OCTAVIO PAZ: “Los poemas de Girri me enriquecieron, me abrieron nuevas puertas y me mostraron que la oscuridad también es luminosa, que la sequedad es también humedad espiritual”.

ITALO CALVINO: “poemas (los de Girri) que observan y testimonian, cual un cuaderno de bitácora de la mente”.

ENRIQUE PEZZONI: “Frente a la quietud de los tradicionalistas y el arrebato de los vanguardistas, la pasión crítica de la poesía de Alberto Girri es una especie de desmesura silenciosa [...]. Alberto Girri ha ido despojando su poesía de imágenes. Pero no ha cesado en su labor de transfigurar el mundo en una sintaxis de visiones que, sin explicar ni el mundo ni al hombre, revelan súbitamente ese último vértigo en que ambos, sin reconciliarse, se anulan o se funden”.

HORACIO CASTILLO: “Girri trató de eliminar la idea del poeta como persona, el romanticismo. Por eso él se llamaba hacedor de versos. Era una persona muy generosa. Seriamente generosa. Muy buena persona. Lamento no haberlo tratado de otra manera”.

SEVERO SARDUY: “La celebración (de un homenaje a Girri) es merecida, ya que él nos dio su poesía sin énfasis, con una ejemplar discreción y como si le incomodara”.

RODOLFO MODERN: (Girri fue) “moneda de una sola cara/ tesoro de todos/ ademán de tierra/ airosa llama y luz” (”Elegía”).

MARÍA KODAMA: “Lo que transmiten los poemas de Girri es una experiencia análoga a la que uno puede tener cuando descubre un jardín japonés. Uno lo recorre, a veces sólo con la vista, ya que muchos están hechos sólo para ser vistos o percibidos. La sensación que nos queda es que han estado ahí desde el origen del mundo.(?) Ésta es la mágica e inagotable aventura que nos depara la obra de Girri”.

JUAN LISCANO: “En Girri, la modernidad se produce como consecuencia de un producto de mutación interior, de hacer vacío, de limpiar la casa por dentro, de empezar por sí mismo”.

ALEJANDRA PIZARNIK: “Girri puede seducir o repeler, pero es uno de los escasísimos poetas serios”.

Un hombre brillante y austero, por Hermenegildo Sábat

Yo iba los jueves de tarde a conversar con Alberto, a su departamento en Viamonte casi 25 de Mayo. Era un gran tipo con un gran sentido del humor. Un hombre que no hablaba mal de nadie y que tenía una forma de vivir muy ascética. Cerraba todas las cortinas y vivía con luz artificial. A la vez tenía un tostado permanente porque iba todos los días a la plaza San Martín. Me contaron –nunca lo leí– que había sido canillita. Qué curioso que un tipo que hizo una poesía tan sofisticada, tan exquisita, tuviera ese origen. Había armado un sistema tan austero de vivir y trabajar que era intimidante. Todos los días en su máquina de escribir. A pesar de que le sobraban contactos en todas las editoriales, vivía muy modestamente, como por milagro. Su biblioteca tenía los libros imprescindibles, lo que tenía que tener. Yo lo admiraba por su manera de mantenerse fiel a su estilo de vida humilde, y tuve la suerte de hacer con él el libro Galería personal, con sus poemas sobre pintores. Recuerdo que Alberto adoraba a Julio de Caro. En su casa había una foto del autor del tango “Copacabana” apoyándose sobre una palmera en Río de Janeiro. Ya siendo Alfonsín presidente, una vez nos invitó María Elena Walsh a su departamento para un encuentro con Amalia Lacroze de Fortabat. Amalita sabía que Alberto bailaba bien el tango y, ella descalza, lo invitó a bailar. Pero Alberto era una persona que no quería figurar. Una vez, conversando, confesó que de joven lo había imitado a Borges. El lo adoraba a Borges, como corresponde a una persona limpia.

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