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Semanario de Junín » Cultura » 8 jul 2019

UNA ORQUESTA A LA ALTURA DE LAS MEJORES

José Basso impuso un estilo de exquisita brillantez sonora

Fue uno de los directores de más garra y raigambre tanguera de los últimos tiempos y que, junto a Osvaldo Pugliese y Alfredo De Angelis, siguió al frente de su agrupación sin parar por más de cincuenta años. Obtuvo en 1985 el Premio Konex, como Director de Orquesta Típica.


Por:
Ismael A. Canaparo

José Hipólito Basso (pianista, compositor, arreglador y director) tuvo una prolongada vinculación con el tango, en el marco de una orquesta típica de las mejores, con un ritmo y una cadencia propia. Nació en Pergamino el 30 de enero de 1919 y murió en Buenos Aires el 14 de agosto de 1993, a los 74 años.

“Pepe”, como todos lo conocían, estudió música desde los cinco años con la profesora Margarita Solano, en Vicente López. Ya radicado en Buenos Aires, comenzó a actuar como pianista en 1932 en el balneario de Olivos con Juan Sánchez Gorio (bandoneón) y Emilio González (violín).

Ya en carácter de profesional, integró sucesivamente las orquestas de Alberto Cima (1935); de Emilio y José De Caro (1936), tomando el lugar de Héctor Grané; de Francisco Grillo (1937) y de José Tinelli (1938). Una vez que cumplió el servicio militar, formó parte del trío Gallardo-Ayala-Basso, pasando luego a tocar en los conjuntos de Antonio Bonavena, Anselmo Aieta y Alberto Soifer. Con este último en el exitoso programa “Ronda de Ases” de LR1 Radio El Mundo, desde el Teatro Casino.

El ojo clínico de Aníbal Troilo no dejó pasar por alto el estilo y la calidad de José Basso cuando lo veía tocar en la formación de Alberto Soifer. Pichuco andaba en busca de un pianista porque Orlando Goñi (El Pulpo), ya le había comunicado su decisión de formar rancho aparte.  Lo cierto es que en septiembre de 1943, “Pepe” se incorporó a las filas Troilo. La primera grabación del pianista con la orquesta fue la del tango de los hermanos Virgilio y Homero Expósito “Farol”, con la voz de Fiorentino, registrado el 30 de septiembre de ese año.

José Basso permaneció con Troilo hasta 1947, y en ese lapso intervino en 88 placas discográficas, la última de ellas un disco que tenía de un lado “Flor de lino”, de Héctor Stamponi y Homero Expósito, cantado por Floreal Ruiz y en el acople, “El milagro”, de Armando Pontier y Homero Expósito, con la voz de Edmundo Rivero, del 29 de abril de 1947.

De tal modo que en ese año, 1947, Basso formó su orquesta propia. Los años al lado del gran Pichuco habían agigantado su merecido prestigio y, al lanzarse como director, tuvo la inteligencia de rodearse de músicos altamente capacitados, tales los casos de Julio Ahumada, Eduardo Rovira, Adolfo Francia y Andrés Natale (bandoneones), Mauricio Mise, Francisco Oréfice, Rodolfo Fernández y Domingo Serra (violines), Leopoldo Marafiotti (violonchelo) y Rafael del Bagno (contrabajo). Sus primeros cantores fueron Ortega del Cerro, enseguida sustituido por Francisco Fiorentino, y Ricardo Ruíz, que poco antes había sido estribillista de Osvaldo Fresedo.

Con su flamante orquesta, Basso presentó en LR3 Radio Belgrano, Ocean Dancing, Café Marzotto y Confitería Ruca, entre otros lugares porteños, con los vocalistas Ricardo Ruiz y Ortega del Cerro. Sus primeros arreglos tenían una inevitable raíz troileana, aunque poco después, con la progresiva incorporación de recursos diferenciados terminó dándole a su obra una identidad propia, la que conservó e incluso mejoró, con el correr de su trayectoria. Sonido brillante y base rítmica con componentes variables, fueron dos de las características más influyentes de Basso, además de una perfecta armonización.

En 1949, realizó sus cuatro primeras grabaciones particulares para el sello RCA Víctor, en discos de 25 cm. Y 78rpm: “Mi noche triste”, con la voz de Francisco Fiorentino; “Sentimiento gaucho”, con Ricardo Ruíz; el instrumental “Se han sentado las carretas” y “Dos que se aman”, con Fiorentino-Ruíz.

Su primera página para Odeón fue también en 1949: “Claveles blancos”, con Ricardo Ruíz y “El bulín de la calle Ayacucho”, con Fiorentino. En ese año, la orquesta editó otras cuatro canciones:  “Una lágrima tuya” (Fiorentino-Ruíz), “Tabernero” (Fiorentino), “Perdón viejita” (Ricardo Ruíz) y “Un placer” (Fiorentino-Ruíz).

Poco a poco, iba imponiendo su estilo, caracterizado por la brillantez sonora, la sucesión de solos encadenados y, en especial, los pasajes en “tuttis” de piano y orquesta de división rítmica muy peculiar, con broches invariablemente “rallentados”, esquematizando un tanto sus versiones en los últimos tiempos sobre la base de largos coros de cuerda sobreaguda. Fue sin embargo, uno de los intérpretes que mantuvo su actuación permanente, incluso en los más desalentadores momentos de la década del cincuenta.

Con distintas voces (Oscar Ferrari, Francisco Fiorentino, Ricardo Ruiz, Jorge Durán, Rodolfo Galé, Alfredo Belusi, Héctor de Rosas, Roberto Florio, Luis Correa, Alfredo del Río, Juan Carlos Godoy, Carlos Rossi, el juninense Marcelo Biondini, Alberto Hidalgo, Aníbal Jaulé, Quique Ojeda, Eduardo Borda y particularmente con Floreal Ruiz, de larga labor en su agrupación), logró calificados trabajos de tango cantable, como “Anteayer”, “Claveles blancos”, “La maleva”, “Por la vuelta”, “Vieja amiga”, “Se marchita un clavel”, entre ellos, grabados para los sellos Odeón y Music Hall. También alcanzaron gran éxito en su repertorio instrumental las interpretaciones de “Guardia vieja”, “De mi corazón”, “Don Juan”, “Pecachi”, “Amurado” y “El llorón”.

Compuso un total de 54 páginas: entre los cantables, “Amor y tango”, “El pasado vuelve”, “Rosicler”, “Pena, copa y tango”, “Qué vas buscando muñeca”, “Me están sobrando las penas”, “Mundana”, “Pobre negro”,  “Atrevete”, “Anteayer”, y entre los instrumentales, “11 y 1” (dedicado al Club Boca Juniors), “Brazo de oro”, “Pecachi”, “De diez, siete”, y la milonga “Sacale punta al lápiz”.

Por otra parte, le puso música a varios tangos instrumentales “burreros”, como “Brazo de oro” (dedicado al jockey Rubén Baltazar Quinteros), “De diez, siete” (para Aníbal Echart, otra monta de excepción, y “El Pulpa” (homenaje a Ramón Ciafardini).

A lo largo de su trayectoria, supo elegir un repertorio muy popular, reviviendo verdaderos éxitos de la década del 40. En tal sentido, logró superar en algunos temas a la popularidad alcanzada oportunamente por sus primitivos. Por ejemplo, el suceso de “Tarareando”, con Alfredo Belusi, obligó al sello RCA Víctor a reponer la versión de Carlos Di Sarli con Roberto Rufino, como así también a Odeón a hacer lo mismo en el caso de Miguel Caló y la voz de Raúl Berón.

Floreal Ruíz fue el cantor que más veces incursionó en la placa impresa. Dejó grabada 40 páginas, entre ellas cuatro a dúo con Alfredo Belusi, Jorge Durán, Ricardo Ruíz y Fiorentino. En solitario, brilló con temas fundamentales en la orquesta de Basso. Entre los que sobresalen “Como dos extraños”, “La fulana”, “Muriéndome de amor”, “Te quiero por buena”, “Vieja amiga”, “Qué me van a hablar de amor”, “El peluquero”, “En el lago azul”, “Tu beso y nada más”, “Quedémonos aquí”, “Bailemos”, “María, la del portón”, “Tormenta”, “Por la vuelta”, “Se marchita un clavel”, “Dónde estás”, “Después del carnaval”, y muchas más.

En 1967, viajó a Japón contratado por un mes y el éxito fue tanto que se quedó ocho. Para esos años, un hombre del tango y de la noche podía complacerse con su música y sus cantores en el Viejo Almacén, Caño 14 o en El Rincón de los Artistas. Ya para entonces, el tango de Juan Canaro y Osvaldo Sosa Cordero, “Ahí va el dulce”, era su clásica carta de presentación.

El regalo del Gallego Vilches

El Gallego con el equipo verde de 1980.

El 9 de mayo de 1978 recordé el motivo por el cual los ojos picarescos de Francisco Vilches (el inolvidable chef sin carnet del Auto Moto, Sarmiento, Sociedad Rural, Laguna de Gómez y Social, entre otros lugares emblemáticos del buen comer) habían brillado extrañamente meses atrás, cuando nos habíamos entregado a una charla de tango con “Pocho” Sabella y “Chelo” Fernández. Sabíamos que “El Gallego” mantenía una gran amistad con José Basso, el gran director de orquesta, dueño de un ritmo que me fascinaba, al extremo de haberlo seguido con rigurosa puntualidad, en plena juventud, cada vez que venía al Círculo Italiano, al Club Sarmiento, al Club Junín, al Villa, al Ambos Mundos.

Me resultó raro que esa noche Vilches se empeñara en invitarme a cenar. “Pero Gallego, hoy es mi cumpleaños; me espera mi mujer y los chicos”, fue el argumento, totalmente cierto. “Yo les hablo a ellos para que se vengan para acá”, respondió, tajante, y con cara de pocos amigos. Lo cierto es que al rato me encontré comiendo en el restaurante, con mis seres queridos y atendidos como un “duque”. Sin embargo, la sorpresa no estaba allí. Vino un rato después, como un “postre especial”. Al principio no lo vi, pero entendí todo cuando Pepe en persona, a espaldas de mi mesa, atacó –piano en mano-  los primeros acordes de “Pe-Ca-Chi”, el tango que todavía hoy es mi preferido y que suelen dedicarme hoy, Lalo Rasia-Hilda Isaac con Argentango. En ese momento, mi corazón estalló en miles de estrellitas de felicidad, lo que no es fácil de soportar, cuando la alegría viene como una postal en pentagrama. Así era él, fantástico hasta para las sorpresas. ¿Cómo olvidarte, Francisco, me querés decir?

La última vez…

José Basso se presentó en Junín en repetidas ocasiones, siempre con un lleno total en los clubes que contrataban su música, en especial cuando tocaba en el Círculo Italiano, con la voz inconfundible de Floreal Ruíz. La última actuación aquí de “Pepe” se concretó el sábado 4 de octubre de 1975, en el salón del Colegio de la Santa Unión. Ese recital tuvo un sabor especial, ya que uno de sus cantores fue el juninense Marcelo Biondini (el otro, nada menos que Luis Correa).

Lo cierto es que fue una noche inolvidable, con estos músicos: José Basso (piano, arreglos y dirección); Roberto Pansera, Juan Carlos Bera, Eduardo Corti y Lisandro Adrover (bandoneones); Francisco De Lorenzo (contrabajo) y Osvaldo Rodríguez, Armando Husso, José Singla y José Fernández (violines).

 

 

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