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Semanario de Junín » Cultura » 31 oct 2019

A 76 AÑOS DE UNA CENSURA ABSURDA

Recordando la prohibición del lunfardo por un gobierno de facto

El lunfardo es un producto de las lenguas de las corrientes inmigratorias de finales del siglo XIX y principios del XX y nace en el hacinamiento de los conventillos por la necesidad de comunicarse.


Por:
Ismael A. Canaparo

El 14 de octubre de 1943, bajo el gobierno militar encabezado por Pedro Pablo Ramírez, comenzó la censura radiofónica para las letras de tango escritas en lunfardo o al “vesre”. Estas modificaciones obligatorias en la difusión radiofónica de páginas del género, provocaron la deformación de las letras y títulos que, con la intención de moralizar, se transformaron en una fábrica de disparates, duplicando la letra original.

Aún hoy, a 76 años de entonces, no se conoce si hubo una ley para impulsar aquella veda radiofónica del lunfardo. Muchos se preguntaron… ¿esa prohibición se hizo, acaso, a través de un decreto? Pues no hay documento que lo pruebe. Algunos investigadores dicen que sí, aunque lo más seguro es que haya sido una orden oral que partió de los responsables de Radiocomunicaciones, quienes eran los encargados de autorizar o no la emisión de los tangos. No se conoce quién dio la orden, pero sí que fue alguien que se tomaba muy en serio el trabajo de censurar. Esto surge de una comunicación, la N·1377 de la Academia Porteña de Lunfardo del 30 de junio de 1996 enviada por Leopoldo Díaz Vélez. En ella se relata una verdadera ironía: Vicente Crisera, un ex cantor de tango que trabajaba en Radiocomunicaciones, rechazó un tango (“Club de barrio”, de Leopoldo Díaz Vélez) que ya había sido editado por Fermata porque se hacía referencia al mítico Hansen y a tal local se lo consideraba un prostíbulo.

Esteban Celedonio Flores fue un gran poeta del lunfardo que escribió tangos memorables. Uno de ellos es “Mano a mano”, cuya letra dice:

“Rechiflao en mi tristeza, hoy te evoco y veo que has sido en mi pobre vida paria solo una buena mujer…”. 

En la versión modificada, el texto aparece así:

“Te recuerdo en mi tristeza y al final veo que has sido, en mi existencia azarosa más que una buena mujer”. 

El criterio discriminativo no tenía fundamento porque “rechiflado” no era ofensa y “pobre vida paria”, no era lunfardo. Esta disposición originó situaciones ridículas en el forzado cambio de títulos de los tangos. Por ejemplo, “La maleva” pasó a ser “La mala”; “El ciruja” fue “El hurgador de basurales”; “Chiqué” fue “El elegante” y “El bulín de la calle Ayacuchoi” fue “Mi cuartito”.

Hay una anécdota que ilustra a la perfección la importancia trascendental del lunfardo en la lengua de los argentinos, pero también en su idiosincrasia, en su filosofía, en su forma de vida. Sucedió en plena prohibición del lunfardo en las radios, un período que fue de 1943 a 1949, y que nace “legalmente” en 1933 con el Reglamento de Radiocomunicaciones. En 1949, cuando la prohibición de hecho empezaba a declinar, existió un punto bisagra: un encuentro entre un grupo de músicos populares designados por SADAIC –Francisco Canaro, Homero Manzi, Mariano Mores y Enrique S. Discépolo– con el  por ese entonces, presidente Juan Domingo Perón, ferviente admirador del tango que, durante su cargo en la Secretaría de Trabajo, había entablado relación con varios de esos artistas. Durante esa charla, y aun con la prohibición latente, Perón se le acercó a Alberto Vaccarezza para soltarle un inesperado: “Don Alberto, me enteré que los otros días lo afanaron en el bondi”. Además de las carcajadas que estallaron por el uso de esas palabras, el comentario generó un impostergable golpe de gracia a la prohibición del lunfardo.

Otilia Da Veiga, escritora, periodista y titular de la Academia Porteña del Lunfardo, apunta: “El lunfardo es un vocabulario y se asienta sobre la estructura gramatical del castellano”, define y agrega: "Lo que hace novedoso al lunfardo es que no nació del castellano, sino de la mescolanza de las lenguas de la inmigración. Existen aproximadamente 6 mil términos, pero se trata de un número dinámico: algunos surgen y otros caen en desuso. La Academia estima que aparecen unas 70 palabras por año”.

“Aunque no de manera consciente, todos nos apoyamos en el lunfardo para comunicarnos. ‘Pibe’, ‘macana’, ‘chamuyo’, ‘laburo’, ‘mina’, ‘banquina’, ‘guita’, ‘trucho’, ‘chabón’ y ‘gil’, son tan solo algunas de las palabras que el colectivo popular utiliza a diario. Y si bien el lunfardo es un fenómeno portuario y rioplatense, que hace a la identidad de Buenos Aires, lo cierto es que se ha extendido por vastas regiones de la Argentina e incluso ha trascendido las fronteras. Pero, ¿qué hace que un término perdure en el tiempo? Son términos vagabundos. Por eso tenemos que buscarle a este desamparado una filiación. Una filiación que haga posible, andando el tiempo, que un término determinado ingrese al diccionario de la Real Academia como sucedió con pibe, macana, banquina. La permanencia en el habla le da al vocablo esa posibilidad”, finaliza analizando Da Veiga.

En tanto, Oscar Conde, poeta, ensayista, profesor, licenciado y doctor en Letras, escribió, entre otras obras, el “Diccionario etimológico del lunfardo” (2004), “Lunfardo” (2011), y editó la primera novela lunfarda: “La muerte del Pibe Oscar de Luis C. Villamayor” (2015). ¿Quién mejor que él para aprender sobre algunos términos del lunfardo que usamos a diario y su etimología?

En una de las ediciones del suplemento Radar de Página/12 de hace casi ocho años, se habla sobre un libro que indaga en las raíces del lunfardo, pero también lo proyecta hacia el presente y el futuro. “Sin tantas anécdotas pero con mucho dato duro y análisis esclarecedores, ‘El habla de los argentinos: Identidad, inmigración y lunfardo’, además de ser el ejemplar que inaugura la flamante Editorial de la Cultura Urbana –un espacio dedicado a la difusión de cultura nacional– constituye un repaso muy completo por la historia del lunfardo: sus siempre difusos orígenes que no se reducen a una mera expresión del hampa y que sí es seguro que se intensificó notablemente con las oleadas inmigratorias españolas e italianas; su difusión internacional a raíz de las letras de tango, el teatro y el sainete, su consolidación una vez que ingresó al mundo de la literatura, uno de cuyos más claros exponentes fue Roberto Arlt, sobre todo en sus Aguafuertes porteñas. Pero acaso lo más interesante de este libro, y lo que constituye su novedad, son los capítulos que investigan los satélites que rodean a la influencia del lunfardo, los idiomas originarios como el Tucmanahao, el quechua y el guaraní pero, sobre todo, la actualidad del lunfardo y su probable proyección, desde algunas letras de rock como “Avanti morocha”, de Caballeros de la Quema, con palabras como ‘prepo’, ‘escolaso’, ‘bingo’, ‘punguearle’, ‘amarreta’, hasta los usos del ‘aguante futbolero’ y los prototípicos cantos de las hinchadas argentinas, pasando por supuesto por el lenguaje de la cumbia villera, o algunas canciones representativas de la Mona Jiménez. Con valioso glosario y bibliografía, además de sistemizar mucha información que, en general, no se conoce acerca de algo tan entrañable para nuestra cultura como es el lunfardo, este volumen constituye un verdadero viaje en el tiempo hacia nuestra historia y una especie de mirador hacia el futuro”.

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El lunfardo es una jerga que surgió entre las personas de clase baja en la Ciudad de Buenos Aires y sus alrededores a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Con el paso de los años, numerosas palabras y expresiones del lunfardo se incorporaron al habla coloquial de Argentina y de Uruguay.

¿Qué es el lunfardo?

La palabra lunfardo es una palabra derivada del romanesco lombardo, una palabra del habla romana, que quería decir “ladrón”. Esto tiene que ver con una larga tradición europea, más que italiana solamente. Según esta tradición, como los lombardos fueron los primeros tipos que se convirtieron en banqueros y, por lo tanto, en prestamistas, a los ojos del resto de la sociedad eran considerados estafadores, ladrones; de ahí que en el siglo XIX en Roma corriera la palabra con el sentido de ladrón. Pero su uso es incluso muy anterior. Ya en la literatura italiana, en el siglo XIV, El Decamerón incorpora la palabra lombardo como persona poco confiable, estafadora. La palabra técnica desde el punto de vista lingüístico es argot, un habla popular creada al margen del  vocabulario oficial.

(Oscar Conde, poeta, ensayista y estudioso del habla popular argentina)

Algunas palabras del glosario lunfardesco

Amurar: abandonar.

Araca: ¡Atención! ¡Cuidado!

Afanar: robar. Del antiguo español popular.

Biaba: paliza.

Bondi: Su origen aludía al tranvía.

Beguén: capricho amoroso.

Berretín: fantasía, ilusión. Deseo ardiente de algo.

Buyón: alimento, comida.

Calá: mirá, observá.

Canero: relativo a la cárcel.

Cotorro: habitación, vivienda.

Chabón: refiere a una persona poco hábil.

Changa: ocupación transitoria.

Chamuyar: conversación, habla. 

Diquero: se dice del fanfarrón.

Encurdelarse: embriagarse.

Espiante: partida, retirada.

Facha: rostro.

Fiaca: desgano, pereza.

Funyi: sombrero.

Gavión: galán, tenorio.

Grela: mujer.

Groso: importante, grande.

Guita: dinero, moneda. Del español popular.

Lengue: pañuelo al cuello.

Malandra: delincuente, malviviente.

Mina: mujer, chica.

Morfar: comer.

Pibe: niño, joven.

Pilcha: ropa.

Papusa: mujer hermosa. 

Quía: alguien de poca monta.

Quilombo: lío, desorden.

Rante: atorrante, vago.

Rantifusa: despreciable, vil.

Sacar la chala: obtener dinero.

Trucho: falso, falto de calidad. 

Tuje: buena suerte.

Vento: dinero.

Yeca: experiencia, "calle". 

Yuta: policía.

 

 

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