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Semanario de Junín » Locales » 15 nov 2019

murió ayer a los 78 años

A la memoria de Manuel Retes

El reconocido pediatra falleció ayer. La vida del niño que soñó con ayudar a los demás y encontró en la medicina el medio para lograrlo.


Por:
Semanario

El pediatra Manuel "Vasco" Retes murió ayer, a los 78 años. Defensor de los niños, amante de la literatura y ferviente admirador de Darwin, había nacido en Balcarce, estudió medicina en La Plata y en 1969, con el título bajo el brazo, se radicó en Junín. Ejerció la pediatría hasta hace muy poco.

Particularmente simpático, inteligente, gran lector, irónico en su punto justo. A los 50 años quiso aprender a jugar al fútbol y se empeñó en buscar a alguien que se lo enseñara. En otra oportunidad, se le dio por las artes marciales. Le preguntó a un amigo suyo si conocía a alguien que pudiera enseñárselo. El coreano Chung Cha Keh, que en aquel entonces trabajaba en un tambo, se cruzó con el transportista amigo de Retes, quien le dijo que necesitaba un instructor para un "amigo doctor que quiere aprender artes marciales". Así fue como el cinturón negro Chung Cha Keh se acercó a nuestra ciudad.

Presidente de la Biblioteca Florentino Ameghino, fundada por obreros del riel, gran amigo de Dante Balestro, con una visión muy particular sobre la medicina, lector empedernido, Manuel Retes fue, sin dudas, una persona que no desaprovechó ningún momento de su vida.

Desde Semanario lo recordamos con una nota publicada en nuestra edición impresa, el 4 de febrero de 2017, escrita por el periodista José Di Prinzio.

La vida del niño que soñó con ayudar a los demás y encontró en la medicina el medio para lograrlo:

“La foto se vuelve un deja vu allí donde el café es religión. A la sombra de la marquesina y rodeado de amigos el encuentro se sitúa en la ochava de la Cuesta y en la mesa de siempre. Justo ahí, en el preciso lugar en el que las paredes le rinden homenaje a la memoria del poeta local Juan Carlos Ghioni, quien, a pesar a su ausencia, parece sobrevolar el ambiente con su prosa criolla y estrecharlos a todos en un abrazo. La mañana avanza lenta sobre la mesa en la que se amontonan pocillos y vasos y donde un voluptuoso ejemplar de Joyce reposa junto al último número de la revista Ciencia Hoy. Allí se abre desordenada y sin pausa una charla que atraviesa historias viajadas a través del tiempo y rememoradas en cada una de sus palabras. Alejado de la práctica profesional como médico pediatra desde hace varios años, recuerda emocionado sus primeros días en la ciudad por la que camina hace casi medio siglo y a los amigos que lo acompañaron en ese trayecto. Una vida plena en la que no hubo tiempo para detenerse y donde la misión encomendada fue cumplida con holgura. Esa que descubrió de chico cuando comprendió que ayudar a la gente era el motivo trascendental de su paso por el mundo. Tras cuarenta años al servicio de la salud de los más indefensos, Manuel Retes disfruta su vida entre libros, amistades y cafés.

CIUDAD AMADA

Corría el año 69’. Tras completar sus estudios universitarios en la ciudad de las Diagonales, llegó a Junín por recomendación de un amigo que hizo las veces de intermediario entre el flamante pediatra y la localidad de la que se enamoraría de inmediato.

“Hace casi cincuenta años que vivo en Junín. Cuando me vine de La Plata me la pasaba trabajando todo el día. Los pediatras atendemos chicos y los chicos se enferman a toda hora. Quienes me acompañan en esta mesa son, además de grandes amigos, conocedores de la noche juninense, sobre todo Armandito (Álvarez) y Gustavo Rosas, lo mismo Juan Carlos Asegurado y Oreste Lapadula. Gente que uno fue conociendo a través del tiempo. Volví a Balcarce ocasionalmente pero cuando conocí Junín me enamoré y nunca más me pude ir. Es como cuando conocés una mina o un amigo y decís es acá. Ese metejón con la ciudad me dura todavía hoy. Tuve la suerte de que me fue bien desde un principio. Siempre fui bastante solitario y de chico me acostumbré a la soledad. Me fui de mi casa a los 11 años cuando mis padres me mandaron pupilo a un colegio de curas. Te puedo asegurar que eso es estar realmente solo. Pero no guardo rencor. Me manejé siempre de esa manera y jamás me quejé, es más, soy un agradecido a la vida porque la he pasado siempre de primera. Recuerdo a mi pueblo con mucho cariño, incluso al colegio donde estuve internado, encerrado… porque pupilo es estar preso. Junín me brindó todo. Estoy enormemente agradecido a la gente de la ciudad porque confió en mí como persona y profesional cuando nadie me conocía. Hoy es más común que los médicos se radiquen en otras ciudades, antes no era así”.

LOS NIÑOS PRIMERO

Dicen que uno pertenece a donde se le quiere. Y las muestras de cariño parecen haber sido generosas con Manuel Retes que se siente un afortunado por haber podido ayudar a los mejores pacientes del mundo: los chicos.

“De chiquito yo quería ayudar a la gente, hasta llegué a pensar que lo que más me gustaba ser era cuidador de locos. Después fui avanzando en mis pretensiones y pensé en ser un científico loco, incluso hasta tenía un laboratorio improvisado donde hacía mis experimentos. Recuerdo haber preparado una especie de Fly casero con cosas que encontré en la rinconera del baño de mis abuelos. Terminé tirando en las paredes un líquido azul y casi me matan -recuerda entre risas-. Siempre me gustó lo extraño, lo desconocido. Lo de la medicina lo pensé siempre, no recuerdo un momento de mi vida en que no hubiese deseado ser doctor y poder ayudar a los demás. Quizás el motivo, viéndolo desde hoy, haya tenido que ver con que me sentía muy solo aunque en ese momento no lo supiera. Dentro de la medicina elegí los niños porque son verdaderas personas. Si tuviera que categorizar a los seres humanos pondría primero a los niños, segundo a las mujeres y después a los hombres. Los chicos son seres puros. De ellos no se puede esperar nada malo. A la deshumanización que se vive hoy se la afronta peleándole, no haciéndose cómplice. Son cosas que te das cuenta que no vas a poder cambiar aunque quieras. Trato de ser, como dijo Aristóteles, ‘un animal racional’. Nuestro conocimiento se forma en dos pilares; uno es el conocimiento material y el otro es el de la razón. No hay otro mecanismo posible. Fue el que nos permitió evolucionar y pasar a ser Homo sapiens. Para ayudar es necesario sentir amor por los demás, porque la medicina se trata de eso. Estoy absolutamente convencido que no le erré con mi profesión porque la medicina ha salvado muchísimas más vidas que las que han muerto en las guerras. Permanentemente se está avanzando con el objetivo de llevar más paz, más seguridad y menos dolor a las personas. Habrá tipos a los que solo les interesa el descubrimiento de algo y en eso alimentar su ego, es posible… pero la mayoría de los médicos son buenas personas. No conozco un solo médico que diga ‘porque no se muere este tipo’, nunca jamás lo escuché. Son personas que viven al lado de tu casa, en tu barrio. También está lo de la frialdad del médico que es otro mito. La muerte nos llega a todos. Aquel que no teme morir es porque está loco. Todos tememos a la muerte porque significa perderlo todo. Existen dos realidades que son las más reales de todas; una es la vida y la otra, la muerte. Después podés agregarle los subtemas que quieras pero esas son las dos realidades concretas. ¿Y qué vas a hacer con ellas? Bueno, con la muerte lo único que podés hacer antes de padecerla es pensarla. Pero muy poca gente quiere hacerlo. Es una defensa de la sociedad no pensar en ella porque uno se siente muy bien viviendo, bah… algunos no, la mayoría te diría. La pobreza, el hambre y la desigualdad son los grandes crímenes de la humanidad. Y las guerras, claro, la máxima expresión de violencia que no son producto de la humanidad sino de pobres tipos que se creen los dueños del mundo. La vida es otra cosa”.

QUIJOTE Y FIERRO

Miguel de Cervantes Saavedra y su ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha y el Martín Fierro de José Hernández son dos de los libros fundamentales a lo largo de toda su vida. Esos, a los que aún hoy, recurre como fuente de consulta permanente y que le sirvieron de inspiración para adentrarse en la escritura de su propio libro que saldrá a la luz en poco tiempo más. Entre las cosas que más le gusta contar destaca su devoción por Charles Darwin, el científico y naturalista inglés que describió la evolución biológica en su obra cumbre ‘El origen de las especies’ en 1859, de quien conoce absolutamente todo y se declara admirador.

“Uno de mis abuelos era analfabeto cuando llegó a la Argentina. Mi viejo fue un hombre que decidió no estudiar. Si bien era un tipo inteligente eligió trabajar. Pero tanto el abuelo que yo recuerdo y quise -y quiero- mucho como mi viejo era gente que tenía mucho respeto por el saber. Ellos no tenían mucho conocimiento pero sí el suficiente para darse cuenta lo importante que era adquirirlo, lo cual ya es un gran conocimiento. Hay un refrán que tengo, y que seguramente haya heredado de alguno de ellos o leído por ahí, que dice ‘más vale saber que no saber’ y eso nadie puede discutirlo. Mi acercamiento a la literatura se dio siendo muy chico. Mi abuelo solía llamarme cuando estaba con sus amigos, me daba el diario La Opinión y yo leía las letras grandes de los títulos. Tendría cuatro o cinco años. El mejor obsequio que recibí jamás me lo hizo mi viejo al terminar cuarto grado regalándome toda la colección de Emilio Salgari y Julio Verne. Recuerdo que había una máquina de coser de esas de antes cubierta de libros por todos lados, fue una gran emoción. El primero que conocí fue ‘Tarzán de los Monos’ de Edgar Rice Burroughs y fue a través de mi viejo que nos leía un capítulo por noche a mí y a mi hermano antes de dormir.  Como también Amadís de Gaula que fue el primer libro que me regaló mi abuelo. Se trata de un caballero andante a quien Quijote admiraba por sobre todos los demás. Es un libro así de chiquito –dice juntando el pulgar con el índice hasta casi tocarlos– de la edición Billiken que todavía lo tengo, es el más valioso de mi biblioteca”.

BALESTRO, SU MAESTRO

“Lo conocí a Dante gracias a esto”, dice mientras apoya su mano sobre el boceto que guarda en un sobre madera y que pronto entrará a la editorial para darle vida a ‘Payando por la Historia’, su primera experiencia autoral compaginada en formato libro. Un viaje a través del tiempo que emprenden a caballo dos paisanos curiosos por adentrarse en culturas pasadas con el objetivo de hacer de su existencia algo más relevante que simplemente perdurar.

“Un día me avisan que un señor necesitaba hablar conmigo. Dante ya era un hombre mayor, andaba por los ochenta años. Se presentó, me saludó y me dijo ‘usted ha traído alegría a mi vida’. Había leído unos versos míos que tenía editados y que andaban dando vueltas. Dante era un amante del conocimiento, de los griegos y de cualquier autor que ayudara a mejorar la vida de la humanidad. ‘¿No escribe más?’, me preguntó. Cuando le dije que no, me dijo que tenía que seguir haciéndolo y de alguna manera fue él quien me incentivó a seguir el camino de la escritura. A los pocos días fui a visitarlo a su casa y empezamos una relación de amistad que se extendió durante años. ‘Manuelito, venite a vivir conmigo que yo no estoy nunca en mi casa’ me decía. Y así fue, después de una de mis separaciones, me fui a vivir un tiempo con él. Fue el mejor compañero de estudios que tuve y uno de mis grandes amigos de toda la vida. Dante era un tipo extremadamente inteligente y un lector medido. No leía cualquier cosa, solo aquello que sabía que le iba a aportar un conocimiento posible de ser aplicado. Tenía hasta sexto grado. Transcurrió su vida entre el trabajo y los libros de la biblioteca de la que nunca quiso ser presidente aunque haya terminado siendo su alma. El nacimiento de la Florentino Ameghino es un ejemplo porque fue fundada por obreros del riel, por tipos de tu edad y más jóvenes que se sentaban a luz de los faroles a kerosén con la imperiosa necesidad de leer y profundizar su conocimiento del mundo. De alguna manera le debo mi libro a Dante Balestro, un tipo de una integridad inigualable”.

 

 

 

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