

Por: Dra. Clara Bozzano
En las últimas elecciones, millones de argentinos y argentinas depositaron su confianza en Javier Milei. Lo hicieron con la esperanza de que algo cambiara, de que se terminara con los privilegios de la política y de que, finalmente, llegara un rumbo distinto para el país. Era un voto cargado de expectativas, un voto que expresaba cansancio frente a promesas incumplidas y que buscaba un horizonte mejor.
Sin embargo, a pocos meses de gobierno, la realidad muestra un escenario muy diferente. Los hechos desmienten los discursos de campaña: la corrupción, los negocios entre amigos, las designaciones a medida y los contratos irregulares forman parte de una práctica que Milei había prometido erradicar, pero que hoy se profundiza en su propio espacio.
La primera gran contradicción está a la vista: se hablaba de terminar con “la casta”, pero lo que se hizo fue reemplazar nombres para sostener los mismos privilegios. Peor aún: la política se convirtió en un espectáculo vacío, en el que los problemas de fondo se esconden detrás de un relato mediático y de peleas con enemigos inventados.
Mientras tanto, el ajuste avanza sobre la vida cotidiana de la mayoría:
Los trabajadores ven cómo sus salarios pierden contra la inflación.
Los jubilados, que aportaron toda su vida, deben elegir entre medicamentos y comida.
La educación pública y la universidad son atacadas, cuando deberían ser motores de movilidad social.
La salud se deteriora y se recorta en nombre de la “libertad”, dejando a miles de familias sin acceso garantizado a derechos básicos.
El único eje que sostiene este gobierno es el antiperonismo. Una construcción política que no propone futuro ni soluciones concretas, sino un enemigo al cual culpar de todos los males. Pero el odio no resuelve los problemas estructurales de la Argentina. Con el antiperonismo no se come, no se educa, no se cura.
Ese es el corazón del debate: el antiperonismo es un sentimiento, no un proyecto de país. Puede movilizar bronca, pero no garantiza pan en la mesa, trabajo digno, ni una vida con esperanza. El odio puede ser combustible de campaña, pero nunca será motor de desarrollo.
El peronismo, en cambio, se construyó históricamente como un proyecto nacional, popular y profundamente humano. Justicia social, independencia económica y soberanía política no son consignas vacías: son las bases de un modelo que permitió avances concretos en derechos, en inclusión y en dignidad para millones de compatriotas.
Hoy más que nunca necesitamos reflexionar: ¿este es el cambio que esperábamos? ¿Este es el camino que merece la Argentina? ¿Un país gobernado desde la improvisación, el marketing y la entrega a intereses extranjeros, o un país conducido por un proyecto político que priorice a su pueblo?
La política no es un show. La política es la herramienta para transformar la realidad de la gente. Y mientras el antiperonismo se agota en el odio, el peronismo sigue siendo la única fuerza capaz de organizar un futuro con oportunidades para todos.
De cara a las próximas elecciones, es momento de pensar con claridad: la decepción no debe transformarse en resignación. La Argentina necesita esperanza y organización. Necesita un proyecto que mire hacia adelante, que vuelva a poner al pueblo en el centro y que recuerde, cada día, que un país se construye con pan, con escuela y con hospital.
Porque, en definitiva, con el antiperonismo no se come, no se educa, no se cura.
*Abogada, concejala de Junín (2021-2025) y actual candidata a concejala en el segundo lugar de la lista del frente Fuerza Patria.