Por: Fernando Somoza Especial para NA (*)
El gobierno de Javier Milei se prepara para terminar un 2025 que bien podría definirse como “El año en que vivimos en peligro”, trazando un parangón con el título de aquella película de los ’80 protagonizada por Sigourney Weaver y Mel Gibson. Para quienes no la recuerden, se trata de un drama romántico ambientado en la Indonesia de los ’60, tras el sangriento derrocamiento de uno de sus líderes políticos. Vale reconocer -con tristeza- que no se trata de algo ajeno a nuestras tierras, aunque una suerte de negación hace creer a algunos, una y otra vez, que vivimos en un paraíso.
Y ya que estamos en ese terreno, ¿alguien podría asegurar que hoy vivimos en un estado de paz social? De hecho, ¿el lector podría responder cuán probable considera un estallido social en una escala del 1 al 10, siendo el número mayor el más probable?
Para los cercanos a este anarco-capitalismo, semejante interrogante planteado sería una chicana de mal gusto por parte de un periodista “kuka”; para quienes están del otro lado del mostrador, podría llegar a ser hasta una “expresión de deseos”. Para los que juegan al carry trade, cruzarán los dedos para que “no se corte”. Pero buena parte de los “argentinos de bien” que confiaron en las promesas se dará cuenta de que el estallido fue una implosión dentro de sus hogares: desempleo, deudas, recortes varios y lo peor, la esperanza rota.
Perder la esperanza es un cataclismo emocional, más aún cuando ocurre después de una gran estafa.
Las autoridades electas recién llegadas al Parlamento nacional -con más ínfulas que expertise- no han hecho más que dejar al desnudo que el cuentito de “la casta”, esgrimido por las huestes libertarias, era un engaño. Basta mirar la conformación de diputados y senadores para acceder al álbum de “caripelas” de quienes han pasado, desde hace décadas, como expertos saltimbanquis camaleónicos, cambiando los diversos colores de la partidocracia. Así también se observarán otros personajes que hicieron gala de las lentejuelas que les prodigan los medios de comunicación masiva, para poder llegar a un ámbito donde la historia indica que debiera primar la honorabilidad.
En ese escenario, los representados -que, vale reconocer, votaron mayoritariamente por La Libertad Avanza- están siendo empujados a celebrar victorias pírricas que ni siquiera ocurrieron en los campos de batalla, sino en la virtualidad, por lo cual siguen siendo parte de un imaginario exacerbado por medios de comunicación y redes sociales que, sin dudas, también cumplieron un rol protagónico en el resultado electoral.
Tal vez una frase bien argentina: “como bola sin manija”, sirva para definir el estado del ciudadano que integra el 90 % de las clases sociales de nuestro país, mientras el 10 % restante se regodea frente a la creación de un anti-Estado que lo favorece.
La pregunta que surge ante esta situación anómala es la siguiente: ¿se puede gobernar con falsos consensos en democracia? ¿O, en algún punto, se cae la venda y se hace la luz, dejando la calabaza (que siempre fue calabaza) expuesta ante nuestros ojos?
El efecto de “falso consenso” describe la tendencia de las personas a creer que sus propias opiniones, creencias y atributos son más comunes y normativos de lo que realmente son, y que las opiniones, creencias y atributos que otros tienen pero no comparten son más indicativos de su personalidad en general.
El principal riesgo del falso consenso en política es la polarización y la mala toma de decisiones: líderes y ciudadanos sobreestiman el apoyo a sus ideas, ignoran la oposición, crean cámaras de eco y subestiman la complejidad real de los problemas. Esto deriva en malentendidos, conflictos y políticas ineficaces al no considerar puntos de vista diversos y contrarios.
La singularidad de los problemas económicos argentinos -recurrentes desde hace medio siglo- sigue siendo la misma, a pesar del falso consenso que intentan inculcar desde ciertas usinas informativas, aprovechando la desinformación política que predomina en parte del electorado.
Alcanzaría con observar los nombres de ayer y hoy en la dirigencia toda, para comprender el engaño, más allá de las denominaciones de fantasía que le cambian a sus estructuras para sumar confusión y obtener ganancias en río revuelto.
El error es creer que los consensos deben lograrse entre dirigentes de distintos sesgos políticos para negociar cargos u otros chanchullos -tal como ocurre a diario- aunque el mensaje de presentación sea “leyes para el desarrollo”.
Sin el consenso de la mayoría del pueblo es imposible gobernar, y la Argentina lo ha demostrado más allá de las operaciones mediáticas que favorecen al círculo rojo y a los políticos corruptos.
Más temprano que tarde deberán atenderse las necesidades urgentes para, recién a partir de allí, poder ir por “lo importante”. Sin esa cronología, lo que viene por delante no es más que desazón. Y ojalá puedan evitarse escenarios de violencia contra el pueblo, que siguen frescos en la memoria colectiva y que en más o en menos cada miércoles se sigue produciendo.