Por: Redacción Semanario de Junín
En Junín, la contaminación no es un fenómeno difuso ni lejano. Tiene ubicación precisa, recorrido conocido y responsables institucionales claros. Desde hace décadas, los líquidos cloacales recolectados por la red urbana son derivados mediante un bypass y volcados en forma directa al río Salado, aguas abajo de las compuertas de la laguna El Carpincho. No hay tratamiento previo, no hay remoción de carga orgánica, no hay control sistemático. El sistema hídrico regional funciona, de hecho, como una planta de tratamiento improvisada y forzada, sin considerar los daños al ambiente en general incluyendo flora, fauna y humanos.
Semanario lo publicó en 2023 con datos, testimonios y respaldo técnico. Las imágenes satelitales de los últimos diez años muestran con claridad el curso oscuro del efluente cloacal ingresando al Salado.
No se trata de una situación excepcional ni de una contingencia operativa: es una decisión estructural adoptada tras el fracaso de una planta de tratamiento que nunca funcionó de manera sostenida. Frente a esa obsolescencia, distintas gestiones municipales optaron por la solución más simple y menos visible políticamente: derivar el problema aguas abajo.
Desde el punto de vista ambiental, el impacto es directo y acumulativo. Al volcar materia fecal sin tratar en un curso de agua superficial, se introduce una enorme carga orgánica y bacteriológica que el sistema no puede absorber sin degradarse. Los sólidos sedimentables se depositan en el fondo, especialmente en sectores de menor velocidad de flujo, como pequeñas lagunas accesorias y ensanchamientos del cauce. La consecuencia es la eutrofización: pérdida de oxígeno disuelto, proliferación de algas, digestión anaeróbica y emisión de gases como metano.
En Junín no existen estudios públicos que analicen de manera integral la calidad del agua del Salado en el punto de descarga cloacal ni aguas abajo
El resultado final es la destrucción de la biodiversidad. No se trata solo de peces visibles, sino de toda la biota asociada: invertebrados, microorganismos y procesos ecológicos básicos que sostienen la vida acuática. Cuando el oxígeno desaparece, también lo hace toda la cadena trófica. El río deja de ser un ecosistema y pasa a ser un conducto de descarte.
La gravedad del caso Junín se amplifica por una razón geográfica clave: el río Salado tiene su naciente prácticamente en las lagunas de Junín, iniciándose en la Mar Chiquita, compartida con el partido de General Arenales.
Contaminar el curso desde su origen implica comprometer toda su extensión aguas abajo. A unos 40 kilómetros por cauce, el sistema desemboca en la laguna de Rocha, en el partido de Chacabuco, que termina funcionando como zona de decantación final de los residuos cloacales juninenses. Allí se acumula, día tras día, lo que no se trata en origen.

LO QUE NO SE MIDE
En Junín no existen estudios públicos que analicen de manera integral la calidad del agua del Salado en el punto de descarga cloacal ni aguas abajo. Tampoco hay monitoreos sistemáticos de contaminantes emergentes. Esa ausencia de datos no es neutra: impide dimensionar el daño real y diluye responsabilidades.
En 2018, un trabajo realizado por investigadores de la UNNOBA sobre la contaminación de las lagunas de Junín fue descalificado desde el Municipio, que negó la existencia de una situación anormal sin presentar estudios propios ni argumentos técnicos que refutaran los resultados. Ese episodio marcó un patrón que se repite: frente a la evidencia científica, la respuesta institucional es el silencio o la negación.
La falta de mediciones no significa ausencia de contaminación. Significa, simplemente, que no se la quiere mirar. Y en términos ambientales, lo que no se mide suele ser lo que más daño causa.
¿Qué pasaría si interviniera la ciencia? Aquí es donde un reciente estudio del CONICET aporta un marco insoslayable. Investigadores del Centro de Investigaciones del Medioambiente (CIM, CONICET–UNLP) analizaron la presencia de 16 fármacos de uso humano en ríos y arroyos del área metropolitana de Buenos Aires y demostraron una relación directa entre urbanización, infraestructura sanitaria deficiente y contaminación del agua superficial.
Los resultados fueron claros: en zonas rurales se detectaron, en promedio, dos o tres medicamentos; en tramos urbanos, prácticamente todos los compuestos buscados.
La gravedad del caso Junín se amplifica por una razón geográfica clave: el río Salado tiene su naciente prácticamente en las lagunas de Junín
Encabezaron la lista la carbamazepina, el paracetamol, el ibuprofeno y el atenolol. Además, se observaron variaciones estacionales asociadas a hábitos de consumo y condiciones climáticas.
Un dato especialmente relevante es que los cursos de agua que reciben descargas de plantas de tratamiento cloacal presentaron altas concentraciones de fármacos, porque los sistemas convencionales no están diseñados para remover estos compuestos. Es decir: aun donde hay tratamiento, los medicamentos persisten.
La pregunta inevitable es qué ocurriría si se aplicara una metodología similar en Junín. Si en ríos que reciben efluentes tratados se detectan residuos farmacológicos, resulta razonable inferir que un vuelco directo de materia fecal humana sin tratamiento contiene, además de carga orgánica y bacterias, restos de medicamentos excretados por la población. No se trata de una afirmación, sino de una inferencia basada en evidencia científica robusta.
En 2018, un trabajo realizado por investigadores de la UNNOBA sobre la contaminación de las lagunas de Junín fue descalificado desde el Municipio,
RESPONSABILIDAD NULA
El problema del Salado no es técnico: es político. La falta de una planta de tratamiento operativa en Junín no es una novedad ni una herencia reciente. Es una deuda estructural sostenida por distintas administraciones, que eligieron convivir con el daño ambiental antes que encararlo de fondo.
Algunos juninenses memoriosos recuerdan que cuando Pablo Petrecca llegó a la intendencia una de sus primeras intervenciones fue pedir un análisis estructural de la planta de tratamiento de residuos cloacales, que siempre se supo que estuvo inactiva prácticamente desde su construcción por vicios técnicos diversos. Aún así el jefe comunal gastó varios millones de pesos en aquel entonces y nadie puso en tela de juicio semejante erogación totalmente innecesaria. Poco después el intendente se mudó de propiedad del barrio Belgrano a la zona más cheta del centro a metros del boulevar de la avenida San Martín y nunca más se ocupó del destino de la caca de los juninenses.
Mientras la ciencia avanza y demuestra cómo los efluentes urbanos alteran los ecosistemas acuáticos, en Junín ni siquiera se resuelve el tratamiento primario. Cada día de descarga directa suma contaminación, degrada un recurso estratégico y traslada el impacto a otro distrito. Cuando el olor no nos llega a las narices, el problema no existe. Una fórmula que funciona con esta pobre gestión de gobierno municipal.
UNA PREGUNTA QUE SIGUE PENDIENTE
¿Qué mostrarían los análisis científicos si se estudiaran las aguas que el municipio de Junín vuelca al río Salado? La experiencia del CONICET en el AMBA indica que, además de materia orgánica, podrían hallarse residuos de medicamentos y otros contaminantes emergentes. Sin datos públicos y sin monitoreo ambiental, la respuesta sigue siendo una incógnita que tiene responsables concretos.
Ese mapa de la contaminación farmacológica en el AMBA no es una rareza local ni una alarma exagerada: dialoga con resultados similares obtenidos en Europa, Asia y América del Norte. Pero también exhibe rasgos propios, ligados a hábitos de consumo, densidad poblacional y deficiencias estructurales en los sistemas de saneamiento. Y, sobre todo, funciona como espejo para otras realidades donde ni siquiera existe un tratamiento primario de los efluentes. Junín es una de ellas.
El estudio también permitió observar variaciones estacionales. En verano, por ejemplo, aumentó la detección de sildenafil (Viagra), asociado a cambios en los hábitos sexuales; mientras que en invierno se incrementaron los rastros de salbutamol y otros fármacos vinculados a afecciones respiratorias. Las lluvias, a su vez, produjeron efectos de dilución temporarios, sin eliminar el problema de fondo.
Un dato clave para el debate ambiental es que los cursos de agua que reciben descargas de plantas de tratamiento cloacal presentaron, paradójicamente, las mayores concentraciones de fármacos. La explicación no es contradictoria: los sistemas convencionales de tratamiento no están diseñados para remover este tipo de compuestos. A ello se suman descargas clandestinas, pozos ciegos y posibles filtraciones desde rellenos sanitarios. En síntesis, aun donde hay cloacas, la contaminación persiste; donde no las hay, el impacto suele ser mayor y más burdo.