miércoles 4 de febrero de 2026

CULTURA | 18 ene. 2026

UN BRILLANTE POETA ARGENTINO

José Pedroni, el gran admirador de Marcilla

Su poesía nos provee siempre un lugar de afecto, de la calidez del hogar donde podremos poner sus libros sobre la humilde mesa de la cocina, no sin secar antes un poco "el vino derramado" sobre el mantel trasegado de manos infantiles.


Por: Ismael A. Canaparo

El poeta y escritor José Bartolomé Pedroni, que nació en la ciudad santafesina de Gálvez el 21 de setiembre de 1899 y murió en Mar del Plata el 4 de febrero de 1968, fue un empedernido admirador de Eusebio Marcilla.

Cuando se inauguró en 1955 el monumento que recuerda al Caballero del Camino (obra magistral del escultor Rubén Mario Chiérico), Pedroni le dedicó un hermosísimo poema, al que le dio voz el inolvidable jujeño Jorge Cafrune. Se lo puede escuchar en Yotube, apelando al siguiente enlace: https://youtu.be/ktoGeaKg5-c

Reafirmando su admiración por el piloto juninense, también le dedicó notas muy jugadas, teniendo en cuenta el momento que se vivía en la Argentina. Una de ellas, por ejemplo, cuenta que en 1948, a raíz de la prueba Lima-Buenos Aires, el Gobierno decidió donar la nafta a todos los corredores, pero con la condición de llevar en cada auto una leyenda con el “agradecimiento a Perón”. Marcilla dice que no se debe mezclar el deporte con la política, y hace abandono de la competencia por la falta de combustible. También se refiere a los distintos sabotajes que recibió y a la conjura de los medios radiales, que lo nombran con apelativos confusos: “Marila”, “El coche número tal”, “El crédito de Junín”, “El piloto Suixtil”. Pedroni, además, subraya la actitud de Juan Duarte, que sale en defensa de Eusebio y crítica a la mayoría de los pilotos que no concurren a la Vuelta de Junín (1952).

“Sus versos, como los de Gagliardi emparentados con la ciudad de Buenos Aires, pero con más vuelo poético, pintan en los lienzos de nuestra imaginación esos momentos que vivimos o contaron nuestros mayores: los caminos polvorientos, los boliches, los partidos de pelota a paleta, las parvas, el sulky, el hogar con aquel patio amplio con gallinas y polluelos piando, esa trilladora… Hasta supo reflejar en un poema al Turismo de Carretera de los 40 y 50,  al impactarlo la muerte de Eusebio Marcilla, el gran corredor de Junín, conocido por “El Caballero del Camino”,  al que había visto pasar horas antes por Esperanza, su tierra tan querida”, contaba Cafrune.

Resulta interesante reflejar una opinión suya sobre el género, vertida en 1957: “Estamos hablando de la poesía, que de todas las artes es la más difícil de exponer. Existe y se siente, pero su naturaleza es tal, que no se explica. Yo, que creo hacerla no me atrevo a definirla, y si no fuera por no pasar de desatento, me limitaría a contestar: No entiendo. Lugones, tildado de dogmático, sostiene que la poesía es emoción y música, sujeta a ritmo y rima; Eluard, que es el lenguaje que canta; Güiraldes, que es aquello hacia lo cual tiende el poeta. Me complace esta vaguísima definición que elude la controversia por admitir el misterio, y que se despreocupa del modo y el ordenamiento. La poesía es inefable, como el amor. Quizás haya un símil figurativo de ella: la flor flagrante. Ergo: no es la estructura lo que cuenta sino la genuina e inconfundible esencia, y lo primero vale como elemento de contenido y comunicación de lo segundo. Tal la responsabilidad del verso, que no es poca. Siendo el lenguaje poético una expresión de la sensibilidad donde la voluntad no rige, y supuesto que no es honesto sujetarlo a forma y fin, se justifica que no me interese la existencia de una poesía con denominación genérica sino la permanencia de la poesía como fenómeno de belleza.

Es indudable que la gran aventura que vive la humanidad ha dado y está dando ejemplares poéticos que se manifiestan preocupados por el destino de ésta y que tienen en el lenguaje un agente de estremecimiento y sostén del hombre. El movimiento es fuerte de progreso y visión ancha, y se le reconoce novedad conceptual y constructiva. Pero es fuerte porque la emoción es su potencia generativa. De la función humana de esta poesía le viene el marbete de «social» y hasta el sorprendente de «comprometida». Pero lo social no es absolutamente nuevo. Virgilio, cincuenta años antes de Cristo, hace poesía social en la forma de su tiempo, y dando un gran salto para situarlos en nuestro pasado cercano, nos encontramos con Whitman, Martí, Hernández, autores de una magnífica poesía de igual contenido. ¿Para qué, pues, las abstracciones con lo que es accidente de un invariable latido? Lo que me preocupa, eso sí, es lo que ocurre con la nueva generación, que se muestra muy diferenciada y poco comprendida. A un gran sector de ella se lo ve en la experiencia de la libertad extrema que renuncia a la resonancia o la espera en el futuro. Sus enrolados, administran la economía hasta en los signos: ubican curiosamente las palabras, sea para darles resplandor, sea para descubrir su densidad oculta; no estiman la música, que si la usan es muy sutil y de fondo; descuidan la claridad, y especulan con la facultad de adivinación del lector a quien crean un conflicto de interpretación. Este, no educado, se confunde y desmoraliza. Frente a ellos, mi posición es de respeto, pero incrédulo. No puede ser otra ante un lenguaje que pocas veces alcanza a comunicarme la emoción de belleza. Un arte sin ecos, de soledad, ¿para qué sirve? ¿por qué se hace?”.

El periodista Jorge Isaias escribió estas reflexiones en Página/12 Rosario: “El caballero del camino/ el de Junín, ha muerto./ Vino a morir en mi provincia./ Atravesó mi pueblo./ Iba tan rápido a su fin,/ que nadie pudo verlo./ La voz de mi saludo -¡Libertad!-/ me la quitó con viento”. Esta estrofa, para mi desconocida como su autor, cuando la leí por primera vez en las páginas de El Gráfico, en mi niñez y en mi pueblo, me siguieron durante toda la vida. Con el tiempo supe que el autor se llamaba José Pedroni y que vivía en Esperanza, en mi provincia. Justamente allí fue a morir aquel corredor de Junín en l953 y yo di por primera vez con un poema sin saber qué era la poesía, como no lo sé hasta hoy.

¿Quién era Eusebio Marcilla? Un corredor a quien los periódicos de la época motejaban "Caballero del Camino", porque había socorrido a Fangio en la prueba a Caracas y también porque cuando algún adversario estaba detenido en la carretera por un desperfecto mecánico, él se paraba a ayudarlo, sin importarle ya la competencia. Es bueno recordarlo ahora, cuando el individualismo es un flagelo que parece no querer abandonarnos. Es probable que hoy no se entienda, es probable que se me tome por mentiroso.

Tal vez este no sea de los poemas más conocidos de Pedroni. Justamente quiero empezar por él, porque me parece emblemático de lo que nos pasó como sociedad. Ahora que a las modas se las llama "estéticas", livianamente, quiero decir que Pedroni tuvo una estética, pero que enlazó con una ética de la solidaridad y la justicia durante su vida y a través de todos sus libros.

Quise empezar con esta estrofa y esta anécdota y con una tragedia, porque la tragedia del olvidado Eusebio Marcilla es la tragedia nuestra.

Uno puede imaginarse al corredor con las "muertas mariposas en el pecho", uno puede imaginárselo con ese bigotito fino que se usaba entonces, con su mameluco ensangrentado, con su cabeza rota, porque en aquellos años en las llamadas "turismo de carretera" no se usaban cascos ni en ninguna otra competencia automovilística.

En fin, pude empezar con otros de los tantos de los numerosos poemas de Pedroni muy celebrados. Pero elegí este poema porque es un homenaje a mi generación, que al menos creyó en una justicia más justa, valga la redundancia, pero es lo que como sociedad nos debemos.

La obra de Pedroni participa "de la peripecia del pueblo", como él gustaba referirse, porque de lo que sí era consciente es que la gente toma lo que le sirve y que escribir para sí sólo es el “pero” de los negocios y que escribir deliberadamente para la Humanidad es inútil, ya que nosotros no escribimos en una lengua neutra, sino con aquella que lleva implícita la modulación de nuestros paisanos.

Una de las preguntas que no dejo de formularme es qué sería de su poesía en las tribulaciones del tercer milenio si él siguiera escribiendo. Ya que toda su poética participa de una utopía que sigue a la espera, es decir que no se cumplió. Como aquel verso que dice: "Es el año dos mil. Ya la tierra es de todos". Tal vez su mayor virtud haya sido esa inclaudicable ética que formuló como ejemplaridad de justicia y paz. El delicado equilibrio entrevisto en los trasegados volúmenes editados por Jackson de cinco tomos que era su lectura predilecta y que vi en el Museo de Gálvez. Esa antigua Biblia encuadernada en colore muy claros, seguramente favorita de sus emociones nunca exaltadas.

Otra de las cuestiones a tener en cuenta al releer su obra, tratando de evitar la emoción, de ser en lo posible reflexivos, vemos con estupor renovado que sus libros lejos de envejecer se renuevan con las lecturas sucesivas. Como si el humilde entramado en la que fueron concebidos tuviera la rara facilidad del misterio, eso que hace que un poeta se torna indispensable, en necesario antes que pensarlo en una grandeza que no le cabe. Cuando escribo "grandeza" no lo hago desde la valorización hacia los renovadores formales de la poesía, algo que evidentemente Pedroni no fue, pero cierta crítica hace pasar el canon por las vanguardias, cosa que no comparto para nada, por supuesto. Porque se queda lo más rico de nuestra literatura afuera. Esa "crítica" que elude muchas veces la verdadera carnadura de los versos y ciegamente ignora el estremecimiento, el color, la música de su palabra sino que apenas ve su arquitectura formal sin sorpresas. Ese vanguardismo que no tolera al permanencia en la memoria "de mis paisanos", como quería el gran José Hernández.

Leer a Pedroni a mí siempre me hace prefigurar un imaginario: el hule ordinario que mi madre retiraba para amasar sus pastas italianas los jueves y domingos. Mantel de hule con la luz que se filtra por la ventana mientras los pájaros vuelan bajo allá afuera oteando alguna miguita en el patio de tierra. Así me veo a mí mismo leyendo los poemas de Pedroni cuando leo a Pedroni”.


EL CABALLERO DEL CAMINO


El caballero del camino,

El de Junín, ha muerto.

Vino a morir a mi provincia,

Atravesó mi pueblo.

Iba tan rápido a su fin,

Que nadie pudo verlo.

La voz de mi saludo

Me la quitó en el viento.

 

Allí estaban los hombres, las mujeres,

Junto al camino recto;

Los niños en los árboles

Y el avión en el cielo.

Él pasó con su ráfaga a morir,

Con muertas mariposas en el pecho.

 

La luz de tu sonrisa

Se te apagó sin verlo.

Cuando alzaste los brazos para él,

Ya estaba lejos, lejos.

Te dejó un remolino en el vestido

Y un hoja en tu pelo.

 

El zumbido perdiose hacia mi río.

Era como un lamento.

Si el río suele amanecer con ángel.

Pensé que el ángel fuera a detenerlo.

 

No digamos su nombre deshojado.

Su nombre hoy ya no es nuestro.

 

En el lugar donde dejó la sangre

Sus flores le pone el pueblo,

Amarillas y blancas,

Que duran un momento,

Atadas con hilo de retama;

Todo del mismo suelo.

 El caballero de Junín ya tiene monumento.

 

 

 

 

 

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